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La sonrisa de Caracas

¿Cómo llamar hogar a un país que no es el tuyo?

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Recuerdo el día en que Raúl me dijo que lo iban a trasladar a Caracas por trabajo. Debo admitir que en ese momento, a fines de 2007, no conocía más de Venezuela que lo que leía en los titulares de los diarios. Yo estaba asustada con la noticia y lloré como si me estuvieran enviando al Gulag, ese antiguo campo de concentración soviético. Durante los meses previos al viaje, nadie de nuestro entorno se alegraba. Todos nuestros familiares nos decían que lo pensáramos muy bien, pero cuando vieron que nuestra decisión como pareja era irreversible, pasaron a darnos el pésame.

La llegada a Caracas no fue para nada sencilla. Pasamos los primeros meses en un hotel militarizado y yo –que creo que las armas no deberían existir– cada vez que veía una metralleta, huía despavorida a mi habitación a llorar y pensar que, tal vez, habíamos tomado una mala decisión. Por suerte, en esos días me hicieron una entrevista para la BBC de Londres, en Caracas. El periodista, un venezolano inteligentísimo y encantador, me dijo, cual hada madrina, unas palabras que comencé a repetir como un mantra durante los difíciles primeros meses: «Pamela, debo confesarte que Caracas es extremadamente hostil para un expat. Pero recuerda algo: ten paciencia y no juzgues a la ciudad durante un año; solo con el tiempo vas a descubrir lo mejor que tiene. La cosas buenas andan escondidas, pero están». Las palabras del mágico reportero me dieron la fortaleza que necesité cuando presencié un pleito por una caja de leche en el supermercado, cuando esperaba durante horas en el tráfico o cuando, de pronto, se cortaba la luz en la casa.

Algunas semanas después de ese encuentro, mi amiga peruana Jenny Woodman me invitó a su casa a un almuerzo para conocer a sus amigas venezolanas. Allí, en su casa de Cerro Verde, conocí a las amigas más auténticas y excéntricas que jamás había hecho. Todas me decían gritando a voz en cuello: «Pamelita, Caracas no se hace de sus problemas. Se hace del sol, del verde y de la sonrisa de nosotros, los venezolanos. Cuando pienses que esto es una mierda, recuerda nuestra sonrisa». Y todas se agrupaban frente a mí y sonreían como para que les sacara una foto. Las palabras del reportero y la fotografía mental que llevé de mis nuevas amigas fueron dardos que se clavaron en mi mente hasta que logré adaptarme. Así, un año después de llegar, nuestra hija Luana nació bajo el cielo azul de Caracas. Raúl y yo quisimos que ella naciera allí a pesar de que él es español y yo peruana. Tenía algo de premonición lo que me había dicho el reportero de la BBC: habíamos pasado el primer año y Caracas había crecido tanto en nuestros corazones, que tener una hija venezolana nos hacía sentir en parte venezolanos. No lo dudamos ni un segundo.

«Todo lo bueno cuesta», dice la sabiduría popular. Para mí tiene un gran valor decir que, por encima de todas las dificultades, me sentiré un poco venezolana hasta el día en que me muera. Caracas siempre será mi ciudad. Y esperaré, como esperamos todos los que amamos ese lugar, a que lleguen tiempos más sanos y menos violentos para que el mundo entero pueda llegar a esa tierra sin tener que esperar un año para ver revelada toda su riqueza.

Hace poco me dijeron que piense en un lugar feliz. Y pensé en una noche caraqueña, en el canto de los grillitos; pensé en el atardecer, en los árboles naranjas y en el clima delicioso que hizo que, por primera vez en mi vida, mis pies friolentos no necesitaran de medias de lana en todo el año. Recordé el Ávila, la subida de Sabas Nieves y la catarata en la cual siempre me desvío para contemplar algo divino. Pensé también en la lección más grande que me dejaron los venezolanos: la alegría como valor de vida, como arma de guerra, como remedio para la insatisfacción y la infelicidad. Porque cuando se va la luz, o no hay papel higiénico, o cuando pasan cosas que nos recuerdan que los malandros han tomado por asalto la ciudad, siempre hay alguien «echando broma» o un comentario positivo que, sin complejo alguno, nos hace escapar de la histeria. Si mis vivencias en Caracas se organizaran en una pirámide, en el pico estaría la sonrisa de ese pueblo hermoso que llevaré siempre en el corazón. No por nada somos tantos los que nos hemos querido quedar.