Sobrevivir al Dakar

El Dakar en la vida de Felipe Ríos no ha terminado en la meta ni comenzó tampoco en la partida. «No corrí pensando en el puesto. Le prometí a mis amigos que llegaría, se lo prometí a los auspiciadores que creyeron en mí. La meta fue entrar al Perú». La meta fue llegar al Perú, en realidad regresar a Lima, al escritorio de su oficina, donde todo comenzó, cuando decidió participar en el Dakar y mandó el primer correo para mover la inscripción.

El primer contacto lo hizo en mayo. Correos, inscripción, papeleo, compra de repuestos, buscar auspiciadores y más repuestos y correos. Cuando quedaba tiempo, Felipe entrenaba en el gimnasio, con la bicicleta y la moto, equilibrado por una dieta de nutricionista.

Pero ni la preparación más dura y exigente lo hacía inmune ante la tragedia o los imprevistos. Todos los pilotos hablaban del peligro que significaba entrar en la carrera. La muerte ha rondado el Dakar desde su primera edición. La guadaña ha caído todos los años sobre uno o dos desafortunados pilotos. Esta vez, la carrera resultó el final del camino para el argentino Jorge Martínez Boero, que cayó de su moto en la primera etapa y falleció tras un golpe de tórax contra el suelo, a más de cien kilómetros por hora.

«Yo vi su cuerpo al lado del camino. Estaba tirado en una de esas extrañas posiciones en las que quedan los tipos atropellados por un carro. Sabía que no estaba bien. En el campamento nos enteramos de su muerte. No lo conocía, pero vi muchos argentinos que estaban llorando. Muchos debían conocerlo y no imagino qué se siente perder un amigo en esas circunstancias. Pero sabíamos a lo que nos exponíamos en una carrera como esta. Cuando uno está pedido, no hay vuelta atrás».

El Dakar es una guerra y en toda guerra hay víctimas. Pero la guerra no da tiempo demasiado para llorar. Ningún piloto más murió este año, pero la noticia de Boero activó las alarmas.

Durante una de las etapas en Chile se rompió una de las antenas que marcaba satelitalmente la posición de Felipe en la carrera. Durante casi toda la etapa, su familia –que lo seguía religiosamente por Internet– no supo más de él. La página web no indicaba su posición ni su tiempo. Corrieron llamadas, preguntas y mensajes hasta que pudieron hablar con él en el campamento. «No era mi turno todavía. Iba seguro para no tener sobresaltos ni accidentes. Si tengo que morir, espero que sea durmiendo».

«Yo sabía que estaba bien», cuenta Marcela, su madre, que se volvió una experta en Dakar cuando su hijo entró en la competencia. Siguió todas las etapas y la suerte de su hijo en la carrera por Internet, desde que se levantaba hasta que iba a la cama. «Cuando murió este chico argentino sabía que mi hijo no correría esa suerte. Cuando perdimos la señal de Felipe, yo sabía que estaba bien. Lo sentía».
El regreso

Felipe Ríos nunca se sintió tan popular en su vida como cuando su moto, parchada y casi reconstruida a lo largo de semana y media, entró al Perú. Su sueño no se hizo realidad. La realidad terminó siendo mejor que el sueño. Durante todo el recorrido no tenía que hacer más que levantar el brazo para sentir la ovación de la gente, entregada completamente a apoyar a los pilotos peruanos.
«En las etapas en el Perú, algunas veces se me salían las lágrimas en plena carrera cuando la gente nos alentaba. Era como la ovación de un estadio lleno. Tengo amigos que me preguntan si los vi en el camino, pero la verdad no podía ver a nadie. Estaba enfocado en llegar a la meta. Cuando entré a la Plaza de Armas escuché que coreaban mi nombre. Alucinante. Esto durará el resto de mi vida. La parte mediática ha sonado mucho, no te puedes imaginar la cantidad de correos, llamadas, mensajes en el Facebook. No me da el tiempo para responderlos todos pero estoy muy agradecido de todo el apoyo».

Felipe aún lleva una pulsera fosforescente de identificación que le dio la organización durante la competencia. «No me había dado cuenta que aún la tenía. No sé por qué no me la he quitado todavía. Supongo que es por nostalgia». No quiere pensar más en el Dakar y por el momento no tiene ganas de volver a meterse en uno. Ni pensar en pisar el campamento, compartir baños dos semanas, respirar polvo y comer fideos todo el día.

Al finalizar el Rally, Felipe recién comenzó una interminable semana de entrevistas para televisión, radio, periódicos y revistas. Hubo hasta firma de autógrafos organizada por sus auspiciadores. Pese al esfuerzo, le está costando llegar a todas sus citas a la hora.
Pronto, todo se irá apagando y el furor a su alrededor se calmará. Volverá a su rutina, recuperará el sueño perdido y subirá de peso. Pero ya nada volverá a ser como antes. Cuando esté completamente recuperado, sentirá que algo le falta. Su cuerpo, cree, le pedirá volver a ir hasta el límite de sus capacidades. Y entonces comenzará a desear treparse en la moto, volver a arriesgarse a lo largo de 9 mil kilómetros de territorio salvaje. Cuando la guerra vuelva a hacer su llamado, él estará preparado.