De las clases y el [bendito] fútbol

Por Joanna Boloña

de vuelta a clases con joanna
En medio de los preparativos escolares de mis sobrinas, los cuadernos por forrar, las medias blancas, los uniformes, los libros y más, recordé mis épocas de colegiala en el Villa María, un colegio de monjas. Mi abuela había estudiado ahí, mi mamá y mis tres hermanas mayores, también. No había forma de salvarme y solo quedaba seguir con la tradición familiar.

El sufrimiento de mis papás en esta etapa fue bravo. No es que el colegio fuera malo, pero no era para mí. No iba con mi personalidad ni mi forma de aprendizaje. De hecho, nunca pude ser quien realmente era. No me sentía libre.

No fui una chica problema, menos la más amiguera o popular. En el cole solo me suspendieron una vez y por falsificar la firma de mi mamá [un clásico de la adolescencia]. Y aunque nunca repetí un año, me jalaron y me mandaron a vacacional por un curso que todavía odio: BIOLOGÍA. No matemática ni física o química. Biología. Ni todas las manzanas del mundo o la lata de melocotones al jugo que le regalaba a mi profesora, sirvieron para hacerme aprobar.

Uno de los problemas de una promoción de más de 100 alumnas era solo lidiar con chicas. El cole me confirmó lo mucho que me gustan los hombres y lo necesarios que son en mi vida. Sin embargo, tener amigos del sexo opuesto no era fácil, sobre todo si no estaban en el mismo salón o cole. Había que buscar [y mucho]: estaban los hijos de las amigas de tu mamá, los de la playa y los amigos de las hermanas mayores. Era la forma de socializar hasta que [¡por fín!] lograbas tu primer beso, tu primer enamorado y tu pareja de prom ¡ja!

[Bendito] fútbol

Si había un tema que me hacía sufrir por estar en un colegio de mujeres era el fútbol. Mejor dicho, el mundial. Bárbara, mi hermana mayor, me volvió una fan de los mundiales desde que tenía ocho años. Vivía la fiebre mundialista sola y en silencio. Mientras mis amigas coleccionaban álbumes de Candy [la de la otra época, no la de ahora] o Hello Kittty, yo solo quería llenar el álbum del mundial e intercambiar mis figuritas del equipo italiano.

Todavía guardo mis álbumes que comencé a llenar desde 1994 y son recuerdos muy valiosos para mí. En aquel entonces, la pregunta era: «y ahora, ¿con quién cambio mis figuras?». Miraba de derecha a izquierda y todas traían faldas y lazos. Unas más nenas que las otras. No mencionaba ni la palabra mundial o, peor aún, el nombre de un jugador, porque ninguna los conocía. De hecho, forraba mis cuadernos con la cara de los delanteros y un periódico rosado italiano para hacerlo un poquito más girly.

En el mundial todo valía. Recuerdo que mi papá me dio [hoy lo podría llamar así] «el regalo más valioso del mundial»: una mini tele portátil. Encaletar la antena era casi imposible, medía más que yo [y yo hace rato que estaba en el 1.80 cm… jaja], y en uno de esos partidos, María José, mi amiga, descubrió mi escondite, el lugar donde vivía la fiebre del fútbol. Ella era igual o peor que yo con la selección italiana. Me confesó su más preciado secreto: era fanática. Se sabía todos los partidos, los datos, las caletas. ¡Todo! Hicimos match.

Como mis excusas ya iban perdiendo credibilidad y ya no sabía qué inventarme para salir de clase y ver cómoda mi tele, María José me animó a exponerle nuestras preferencias por los hombres y el mundial a nuestro amado colegio. Conseguir adictas como nosotras fue difícil, pero nada que las figuritas y un buen par de piernas italianas no pudieran hacer. Fuimos dos gatas que se convirtieron en ocho para el último mundial que vivimos antes de salir del colegio.

Después de esa etapa,los novios que estrenábamos nos ayudaron. Era lógico que nos consiguiéramos adictos al fútbol [en especial, al internacional] que ampliaran nuestro panorama: ahora veíamos la Champions y las ligas mayores.

Posdata:
Gracias, Majo. Gracias, Fer. Gracias, Bárbara. No éramos Neymar, Suárez o Messi, pero sí fuimos un tridente perfecto.