Cuarenta y uno

Por Joanna Boloña

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Hace unos días mis padres cumplieron 41 años de casados. No sé si decir «felizmente casados», porque el matrimonio es uno de los retos más grandes a los que uno se enfrenta en esta vida, pero siguen muy unidos. Por eso, cuando los veo, sé que muchas de nosotras esperamos aún conocer al hombre de nuestras vidas, casarnos y tener el #HappyEverAfter de Disney. El amor es todo un reto y hacer que un matrimonio prospere, aún más. Como dice mi madre: «muy pocos lo conseguimos; yo lo hice contra viento y marea». Es todo un reto, pues implica sinceridad, tolerancia, etc. Quizás esa sea la razón por la que creemos que las parejas de antes funcionaban mejor: tenían todo esto. Incluso, podría pensar que el poco éxito de las mujeres, a diferencia de hoy en día, también era una razón. ¿Será verdad todo lo que digo o solo es la idea que queremos hacernos del «amor de antes»?

Lo que he visto en mis padres –y he disfrutado– es constante comunicación. Podían estar en desacuerdo, pero nunca se iban a dormir peleados. Buscaban entenderse, algo así como llegar a un punto en el que ambos coincidieran. Y, aunque sean muy diferentes –porque me queda clarísimo que lo que le confío a mi papá, jamás podría hacerlo con mi mamá o viceversa– con paciencia, cariño y buen humor se han adaptado el uno al otro. Han aprendido a aceptar las circunstancias; como buscar cuatro veces el hijo hombre y «solo» conseguir cuatro hermosas hijas. Lo han hecho con alegría y ahora los veo a mil, pero relajados en el fondo: en estado zen con la vida. Después de todo lo que han vivido creo que es lo mejor y lo confirmo cuando veo las fotos de sus viajes, esos que hacen una vez al año, en los que atesoran memorias. Huyen del mundo para conectarse el uno con el otro, aún después de 40 años. Yo quiero ser feliz así.

Not like the movies
El problema con casarse es que nadie piensa en el después. El momento es lindo: la fiesta, el «sí, acepto». Lo que hace a un matrimonio es el día a día, el resto es bullshit. Que te celebren cada mañana, que se den cuenta de todo lo que uno hace y que valoren que mujer como una no hay, son pequeños gestos que hacen la diferencia. Y creo que con decir que «la mujer hace al matrimonio» no estoy siendo feminista, pero la #uglytruth es que al final del día depende de nosotras hacer que funcione.

El matrimonio, en solo versión «ceremonia y tono», es cada vez más una competencia. Me explico: quién hizo el catering, quién puso la música, dónde compraste el vestido del diseñador marca periquito, quién diseño tus partes, dónde conseguiste la «hora loca» y más. Las ideas se terminan y el tiempo también. Me siento como La Cenicienta al filo de las 12… tic tac tic tac… ¿Será que se me pasa la hora?

Lucharla juntos, mantener el amor vivo, crecer y mejorar cada día. De eso se trata. Muchos ahora dicen: «convivo y ya no me caso, ¿para qué casarme? No lo necesito ¿Para qué firmar un papel?» Bueno, comprometerse es como firmar un papel. Es tácito, pero vale más que la ceremonia del matrimonio civil.

Y luego de analizar seriamente los 41 años que llevan casados mis papás, solo puedo pensar, una vez más, ¡qué difícil es el matrimonio! ¿Cómo ocurre con tanta frecuencia? Y lo pregunto porque desde hace cuatro años Facebook no para de torturarme con fotos de bodas religiosas, matrimonios civiles, despedidas, lunas de miel, showers, regalos, anillos de compromiso e hijos. Tengo la impresión de que todos se estuviesen casando. Están prometiendo ser fieles hasta que la muerte los separe. Están tomando la decisión más importante de sus vidas. El problema es que hace unos años, también –eso no lo veo en Facebook, pero si lo escucho por fono entre amigos– soy testigo de la ola de divorcios. Es como si la sociedad me expusiera los pros y contras de un matrimonio antes de vivirlo.

A mi manera
Mi mamá se volvería loca al saber que no me quita el sueño entrar por el altar -aunque prometo tratar de hacerlo, madre-. Pero creo que si lo hago, me gustaría celebrarlo en el lugar que más me guste –eso sí, el cura me bendice sí o sí–, usar el pelo suelto y cualquier vestido, quizás el que vi a la vuelta de la esquina y me gustó. Lo siento, mamá, yo quiero mi boda de ensueño y quiero que sea el tío Charly –es como mis amigos llaman a mi viejo– el chofer que me lleve en un mustang antiguo. Quiero que haya 100 invitados, no necesito más. Quiero que los Beatles invadan mi boda y sentirlos cantando todo el tiempo. Eso sí, quiero que sea para toda la vida. Soñar no cuesta nada. Mientras tanto, sigamos viviendo.