¿Y dónde está el Presidente?

Entrevista a Óscar Ugarteche

Escribe: Luis Felipe Gamarra / Foto: Felipe Luna
En el Perú existen dos filósofos de la economía reconocidos a nivel global. Uno de ellos es Óscar Ugarteche, que de elegir un lugar en una mesa de debate, se sentaría en el extremo izquierdo. Profesor de Economía en México, acaba de hacer una breve visita a Lima, para visitar a los amigos, y hacer un análisis de la administración Humala, que ingresa a su tercer año de gobierno con una caída en su popularidad, así como en la confianza empresarial.
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Óscar Ugarteche no cree en el Presidente Ollanta Humala. En 2011 le preguntaron si le gustaría encabezar la cartera de Economía, pero Ugarteche contestó «pago por ver». Tras dos años de gobierno, Ugarteche considera que no se equivocó. Profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México [Unam], con más de una decena de títulos y libros en su currículum, Ugarteche considera que desde 1990 la economía sigue un mismo libreto, que en momentos de caída de los precios de los metales se queda corto para ofrecer oportunidades a los pobres, concentrando la riqueza en un segmento conocido en discotecas limeñas como VIP. Pese a que muchos no coinciden con sus argumentos, es importante escucharlo. Porque cuando empresarios, economistas, abogados y políticos del partido de turno afirman que estamos camino al primer mundo, mientras la tercera parte del país es pobre, significa que algo no está funcionando.

¿Estamos frente a la «Gran Transformación» que proclama el Presidente Ollanta Humala, de ser un país con una economía más sólida y con inclusión social, o estamosen «piloto automático»?

Piloto automático. No veo ningún proceso sustantivo de cambio. Lo único que veo es una búsqueda de reformar el Estado a partir de la Ley del Servicio Civil, pero con un componente contraproducente, que elimina la posibilidad de los sindicatos para exigir reclamos colectivos. Una cosa es reformar el Estado, ponerle escalafones, añadir la meritocracia como regla, como debe ser; pero otra es quitarles a los trabajadores organizados la capacidad de negociar sus salarios, como pretende la ley que se ha aprobado.

Pero no tiene sentido que los empleados públicos negocien sus salarios, porque eso va contra la lógica de la meritocracia, de pagarle mejor solo a aquel que se lo merezca por rendimiento, productividad y logros.

No, así no funciona. Puedes tener meritocracia y negociaciones colectivas, como sucede en la Universidad Nacional Autónoma de México, que es pública, con meritocracia, pero con derechos para negociar los salarios según el nivel de los trabajadores. Negociación colectiva no significa que todos van a exigir un mismo piso salarial. Significa reclamar mejores condiciones –si no se dan– según la especialidad de cada trabajador.

¿Definiría esta reforma como un paso decisivo en la reforma del Estado?

Es una reforma de concentración de la riqueza, que coincide con las políticas que se ejercen en aquellos países poco desarrollados, donde las brechas entre el 10% más rico de la población respecto al 10% más pobre se han incrementado. ¿Por qué en el Perú se busca concentrar el ingreso? Es una buena pregunta. Urge modernizar el Estado. Pero se puede modernizar y desconcentrar el ingreso al mismo tiempo. Los trabajadores tienen derechos, no solo los tienen los empresarios. Una economía desarrollada y moderna es aquella que consagra su democracia. No al revés. Y en el Perú se necesita más democracia, porque no la tenemos.

¿Las reformas que el Presidente enumeró durante su mensaje a la Nación, apuntan a construir ese ideal de país moderno?

¿Cuáles? ¿Convertir a las Pymes en empresas de quinientos trabajadores? Si el Presidente Humala busca concentrar el ingreso, que lo diga, pero que no maquille esta política con reformas absurdas. Estamos en el país con el menor peso salarial en el PBI del mundo, al mismo nivel de Haití. Por ahí no va el futuro. La modernidad de un país pasa por mejores condiciones de trabajo, salarios, condiciones más justas de empleo, capacidad de negociación, respeto a las negociaciones. El incremento de la productividad y la competitividad no está divorciado de esto.

¿Qué hacen los países modernos para crecer e incluir a los más pobres?

Los países que desarrollan mejor sus mercados internos son aquellos que no crecen anclados al sector externo. Los países con mejores políticas de redistribución de la riqueza, con mayor peso de los salarios en el PBI, les va mejor. En Estados Unidos, Europa y los países de Asia, los salarios representan el 60% de su PBI. En Perú y Haití los ingresos solo representan el 22%. Es decir, de cada 100 soles, solo 22 se van a salarios; el resto, a las utilidades de algún gran señor. Esto, que comenzó en los noventa, no ha cambiado. ¿Cómo no vamos a crecer, si pagamos menos por mano de obra?

En los noventa, tras la debacle económica de los ochentas, se tuvo que reducir el Estado, ¿eso no contribuyó con el crecimiento que ha vivido el país en la última década?

Existe evidencia de que el discurso hayekiano [de Friedrich Hayek] caló con más fanatismo en el Perú que en ninguna otra parte del mundo. Esto no empezó en 1990, sino antes, en 1987, con Mario Vargas Llosa. Nos hicieron creer que esta doctrina era neoliberalismo, pero no era otra cosa que un neoconservadurismo desatado. Ni en Chile pegó tanto este discurso, porque allá existen empresas como Codelco 100% estatal, al lado de otras de propiedad público privado. En Brasil, Vale Do Rio Doce es público-privada con acciones en la Bolsa de Valores de Londres. El discurso fue muy extremista, como solemos ser los peruanos. O uno o lo otro, no los dos.

Existen pocos economistas que dirían eso.

Porque en el Perú la economía no la han digitado los economistas sino los abogados, que repiten esta doctrina como un dogma. Allí están los abogados José Luis Sardón o Santiago Bullard. Por lo menos los economistas ortodoxos saben de lo que hablan. En 2001, cuando llegó al Perú Douglas North con un discurso a favor de la institucionalidad del país a partir de un Estado más fuerte, no más grande sino sólido y eficiente, ningún periódico rebotó el debate, porque entonces esas palabras eran casi comunistas para una país sobreideologizado.

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Más cuidadanía, menos consumidores
Aunque Óscar Ugarteche no vive en el Perú, estuvo al tanto de las protestas de finales de julio en Lima, aquellas que encabezaron los sindicatos, así como el colectivo #27J y #TomaLaCalle, que protestaron contra la repartija hecha por el Congreso para elegir los integrantes del Tribunal Constitucional. Sin embargo, Ugarteche no considera que fue la ‘clase media’ la que salió a protestar, como dicen algunos analistas: «los que han salido son estudiantes y trabajadores, no los señores que ganan salarios decentes», dice. Para el economista es importante que la gente salga a las calles, porque es la única forma de recuperar su ciudadanía, que en los noventas se reemplazó por la lógica del consumo. Pero le preocupa que el reconocimiento de este derecho se transforme en un arranque de violencia.

¿En qué momento el ciudadano dejó de ser ciudadano para convertirse en consumidor?

Con el cambio de modelo económico se aisló al ciudadano, se le recortaron derechos, sobre todo los colectivos. A partir de entonces, la prédica del consumidor predominó. El ciudadano se convirtió en un agente microeconómico que actúa solo. El consumidor no agrega derechos. El ciudadano, que sí los suma para presionar, desapareció.
Ese es el salto de la modernidad a la posmodernidad. Un salto frívolo, que retrasa la construcción de un tejido social sólido.

Pero el Perú crece. ¿Por qué urge repensar el modelo económico?

El Perú ha crecido porque hubo una demanda reprimida tras la hiperinflación, por el crecimiento acelerado de las exportaciones de materia prima, por los precios elevados de los commodities, porque la tasa de interés de Estados Unidos es cero, impulsando el ingreso de capitales de corto plazo. Ha habido mejora económica en una parte limitada de la población. Pero se trata de un crecimiento falaz, producto de distorsiones en el mercado que no son eternas. Hay edificios, centros comerciales, pero el día que la Reserva Federal de Estados Unidos ajuste su tasa de referencia de interés, la fiesta se acabó. Ahí recién vamos a hablar en serio. Todavía se oye la música, no sé hasta cuándo. Si el motor externo se apaga, el interno no será suficiente para seguir volando en piloto automático.

Podría haber protestas como las de Brasil.

Para el ciudadano el voto es sagrado. Para el consumidor, no. Este Presidente ha estafado a los electores que votaron por rojo y salió azul, que eligieron perro salchicha y les dieron un dóberman. Si hubieran sabido que votaban por el piloto automático, Humala no ganaba. El voto, base de la democracia, se está banalizando. Eso es sumamente peligroso. Las protestas en las calles, aun insipientes, no son por mejores oportunidades o mejor calidad de los servicios. Son por el descrédito de la política. Si se suman otra demandas, se empezará a construir ciudadanía sobre la base de protestas en las calles. Eso es sumamente peligroso.

¿El Presidente Humala posee la credibilidad para llevar a cabo reformas en pos de consolidar una institucionalidad política que nos encamine al primer mundo?

Difícilmente, los empresarios no le creen. Mira los índices de confianza empresarial. Ni tampoco la gente. Mira la caída en su popularidad. El Presidente es el ministro de Economía. La vocera de Palacio es Nadine y el jefe de la policía es el Primer Ministro. Humala no sé qué cargo ocupa. Esto es como la película ¿Y dónde está el piloto? Pero la pregunta es: ¿Y dónde está el Presidente?

Existen revistas extranjeras que califican a Castilla como el mejor economista de la región.

¿Qué revistas? The Economist, que defiende políticas de concentración del ingreso. Los bancos, que defienden el salvataje de la banca Europea. ¿Qué les pasó a los bancos que especularon con las hipotecas? ¿Qué les pasó a los banqueros de corbata que provocaron la crisis? Los salvaron. ¿Quiénes? Los impuestos de la gente. El dinero se concentró en los más ricos, esquilmando a los más pobres.