Viaje de vuelta a la risa

Por Rodrigo Alomía/ Fotos de Sanyin Wu
El reconocido mimo peruano Jorge Acuña vive en Suecia desde 1980, pero acaba de regresar al Perú para presentarse en la plaza San Martín, donde debutó hace 46 años. ¿Quién es este longevo artista que decidió emprender el retorno?
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Parece un rockstar. Cuando Jorge Acuña concluye su presentación, una masa de cincuenta personas lo rodea y se abalanza sobre él. Un hombre gordo y de barba lo abraza por el cuello y estira su brazo para sacarse una foto con su celular; una mujer rubia le besa la mejilla izquierda y le grita que lo admira, y un fotógrafo le dice que sonría para su cámara. Jorge conserva la calma, sonríe y agita su mano derecha para corresponder a todos los saludos, y junto con los espontáneos fans camina por el jirón Ocoña, dobla en el jirón de la Unión y enrumba por Quilca para llegar al bar Queirolo en el cruce con la calle Camaná.

El mimo de 83 años quiere sentarse a tomar un trago. Está cansado. Minutos antes regaló un espectáculo gratuito de una hora a todas las personas que llegaron a la plaza San Martín para verlo. Comenzó su número trazando con una tiza un amplio círculo que delimitaba el espacio entre él y su público, y, para despedirse, se limpió el maquillaje blanco con una toalla percudida que sacó de una mochila con rueditas. «El actor ha dejado de ser el personaje para convertirse en el hombre de la calle», dijo tras acabar su función.

Para cuando llega al Queirolo, la masa que lo rodea se ha reducido a una veintena de personas. Pero ni bien ingresa al local el entusiasmo por el viejo mimo recupera bríos. Un mozo grita: «¡Jorge Acuña, presente!», y unos cuantos parroquianos lo aplauden con gesto ingenuo.

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Sobre Jorge Acuña, el diario LE MONDE de París ha dicho: «Es el único auténtico juglar que queda en el mundo». Con semejante reconocimiento a cuestas, no es difícil creer que este hombre que acaba de tomar asiento al fondo del bar goce de fama y popularidad. Sin embargo, en las mesas contiguas a la suya comienza a gestarse un murmuro: «¿quién demonios es Jorge Acuña?».

—Es un mimo –dice un periodista a uno de los parroquianos.

—¿Un mimo?… –duda el hombre por unos segundos, y se lleva una mano a la cabeza, como pensando: «… ¿así como Cachín?».

ENTRE REJAS

La última vez que Jorge Acuña pisó una comisaría se prometió nunca más volver al Perú. Corrían los últimos años de la década del setenta y estaba harto de que cada vez que terminaba una presentación en la plaza San Martín, un oficial lo estuviera esperando para retenerlo por alterar el orden público.

«Un gran favor, señor Acuña, usted ha destrozado mi carrera, me faltan pocos años para retirarme… no siga reuniendo a esa gente en la plaza San Martín», le dijo un coronel de la policía la última vez que el mimo pisó la Prefectura de Lima, y, luego de sacar de un bolsillo su pasaporte sueco, Jorge, apenado, le respondió que se iba para siempre.

«Me llevaron mil veces a la primera comisaría de Monserrate, a la quinta que queda cerca del parque Universitario, y a la sexta… ¡He sido un huésped!», recuerda Jorge entre risas. Han pasado cuatro días desde la presentación que ofreció en la plaza San Martín y aún se sorprende por la cantidad de personas que fueron a verlo. Esta vez ningún oficial lo molestó. «Llegué a conocer a los policías que me detenían porque traían a sus hijos a mis funciones de los domingos, así que al final entendieron la importancia del teatro en la calle», añade, orgulloso.

Jorge comenzó como muchos peruanos: llegó a Lima desde su natal Iquitos a los quince años, tras quedar huérfano de padre y madre, y en la capital tuvo que probar suerte en todo tipo de trabajos para subsistir. Según relata, primero trabajó alimentando a las ratas de un laboratorio de Breña; después atendió un billar donde terminó siendo adoptado por los dueños, que vieron en él a un enviado especial de la Virgen del Carmen, y por último acabó enrolándose en el ejército peruano en 1949. Pero la vida exagerada de Jorge Acuña cambiaría seis años después, cuando advirtió que un aviso en el periódico promocionaba la Escuela Superior de Arte Dramático, en la que no dudó en matricularse.

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EL PUNTO DE QUIEBRE
Su interés por el teatro no nació de la casualidad. Si se le pregunta por ello, Jorge siempre se remite a un episodio de su niñez iquiteña que marcaría su vida. Una tarde, cuando solo tenía cinco años, una comparsa circense llegó de sorpresa a su pueblo y él se apresuró a salir de su casa. «Cuando abrí la puerta, me topé con dos zapatos grandes y rojos, y, asombrado, seguí la ruta de sus piernas hasta alcanzar el techo de mi casa… ¡el hombre estaba descansando en la cumbre de mi casa!», exclama como si lo volviera a vivir. Parado sobre un par de zancos, el sujeto era un payaso llamado Fuchico, quien por esa época recorría la rivera amazónica para llevar la alegría del circo.

Años más tarde, Jorge reflexionaría sobre aquel episodio. Sin duda lo sobrecogió la labor de este hombre que transitaba por diversos lugares del país con la meta de llevar entretenimiento, y solo entonces la idea de volcarse a las calles para actuar dejó de parecerle trillada. «Ya me he olvidado de las caras de mi madre y de mis hermanos, pero de Fuchico nunca me olvido», confiesa el mimo.

Hace 46 años, Jorge Acuña dibujó por primera vez un círculo con una tiza sobre el piso de la plaza San Martín, de la misma forma como lo haría en la estación de trenes de Estocolmo cuando llegó a Europa en 1980. «Señoras y señores, me llamo Jorge Acuña Paredes. Soy actor egresado de la Escuela Nacional de Arte Dramático y vengo a dar una función al aire libre. El teatro que voy a representar es uno que no usa la palabra; un arte antiguo que nació allá en Grecia, en las plazas, en las falderías de los cerros», dijo en aquella ocasión, y a partir de entonces nunca más se detuvo.

Durante todos estos años ha sido invitado a festivales de teatro en Francia, Irán, y Alemania, y ha filmado dos largometrajes y cinco cortos en Suecia. ¿Por qué insiste en volver a Lima? La respuesta –para Jorge– no requiere de preámbulos ni de explicaciones complejas. «Aquí comencé —sonríe—… y aquí acabaré».
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