Toda mascota se parece a su dueño

Tres historias donde un ser de cuatro patas pudo convertirse en un miembro más de la familia

Escribe: Mauricio Niño / Foto: Macarena Tabja

Osvaldo Cattone

Sophia

Es el amor de su vida, pero Osvaldo Cattone se atreve a besarla solo en la mejilla. Ella es la única que, si se lo pidiera, podría obligarlo a dejar el teatro. Jamás imaginó que quedaría tan prendado de una dama hasta que sus miradas se cruzaron, cuatro años atrás, en una tienda de mascotas del Jockey Plaza. La chihuahua Sophia acababa de nacer y era aún demasiado pequeña para ser separada de su madre. Un panel de vidrio– le impedía abrazar a la que se había vuelto el objeto de todo su cariño. Sophia llegó al hogar de Osvaldo para convertirse en dueña y señora. En ese hogar ya vivían tres labradores, dos gatos, una parvada de loros y una tortuga. Pero la chihuahua no tardó en posicionarse como la favorita del amo. La ayudaron sus aires de diva, heredados de la estrella por la que fue bautizada: Sophia Loren. Aunque ella sabe que se apellida Cattone. Duermen juntos cada noche. Sophia usa el hombro de Osvaldo como almohada. En las madrugadas, él suele despertar con el brazo acalambrado. Intenta darse la vuelta hacia una posición más cómoda. Sophia le gruñe al hombre que se ha atrevido a interrumpir su sueño. No tiene otra opción que quedarse inmóvil y esperar a que el sueño regrese. Eso sí, se levantan juntos de la cama cada día, sin importar la hora. La primera actividad obligatoria en las mañanas es un chapuzón en la piscina de la casa. Sophia se zambulle solo si Osvaldo ya está en el agua. Nadie le enseñó a nadar. Tampoco le enseñaron a seguir a Osvaldo a todas partes. Su apego es tal que no necesita usar una correa. Solo utiliza un elegante collar de cuero turquesa con brillantes. Osvaldo la quería para que lo acompañe en sus años de vejez. Nunca se le ocurrió que el amor de su vida pesaría menos de tres kilos.

Pierina Carcelén

Filomena

Aunque sea apenas una cachorra de seis meses., Filomena tiene un futuro brillante.. Porque Filo, como le gusta llamarla cariñosamente, pertenece a una raza de canes legendarios. Pierina Carcelén cree que los perros sin pelo peruanos parecen sabios milenarios, además de ser dulces. Por eso, ella no le habla en un tono cariñoso, como se le habla a un bebé. Pierina y Filomena conversan, aunque ella no suelte nunca un ladrido. Cuando salen a pasear, parecen dos amigas disfrutando de una tarde soleada con una caminata relajante. Filomena puede ser muy juguetona y amorosa, pero parece reflexionar antes de confiar en alguien. Ello quizá se deba a ese lejano día de mudanza, hace tres meses. Dos trabajadores pintaban la cocina cuando Pierina tuvo que salir. Los hombres deben haber perdido la paciencia con los traviesos cachorros porque, al volver, Pierina los encontró dentro de la caja vacía del refrigerador que acababa de comprar. Filomena ni siquiera lloraba. Esperó a que su dueña la sacara de la caja. La inteligente cachorra quizá dedujo que a pesar de la oscuridad, ningún peligro la amenazaba. Su nombre señorial pudo ser coincidencia. A cada uno de los ocho cachorros de su camada se le asignó un nombre con la letra F, por una cuestión de orden y logística en la crianza de perros con pedigrí. Porque Filomena fue criada para ser campeona en exhibiciones y concursos, aunque por ahora solo dedique su tiempo a jugar en el parque con su padre Claudio y con Mateo, el hijo de Pierina. Su dueña, así esté ocupada en las grabaciones o en el trabajo, nunca deja de cumplir con su tradicional paseo nocturno. No para estirar las piernas, sino para dejarla curiosear con esos ojos marrones y profundos que a ella le fascinan.

Augusto Álvarez-Rodrich

Facundo e Isa

No es que Augusto carezca de tiempo para jugar con sus mascotas. En realidad, su interacción es mucho más sofisticada. Tienen un pacto implícito de compañía muda y respetuosa. Ambos cockers son libres en la casa para jugar, pero dentro de los límites que su amo ha establecido. Los jóvenes y aparentemente indisciplinados Isa y Facundo saben que dentro del estudio o en presencia del amo deben comportarse. Antes de cumplir un año no lo sabían. Como regalo de cumpleaños, Augusto los inscribió en un riguroso entrenamiento con un adiestrador de perros durante cuatro meses. Isa y Facundo se graduaron del curso y ahora responden a órdenes directas. «¡Sit!», dice Augusto. Y como por arte de magia, sin importar qué estén haciendo, ambos se sientan inmóviles y prestos a escuchar. Están ansiosos por moverse, pero no lo harán hasta que Augusto les diga: «¡Libre!». En ese instante, ambos corren sin control. Augusto no los acaricia ni les dice palabras tiernas, solo los mira con aprobación cuando cumplen con sus expectativas. Los hobbies de Isa y Facundo incluyen perseguir palomas, morder zapatos, comer pijamas y buscar pelea a otros perros cuando los sacan a pasear al parque. Hace medio año, Facundo intentó pelear con un golden retriever que paseaba con su dueño en el Olivar. Tras mucho forcejeo, el dueño terminó en el suelo tratando de proteger a su mascota mientras era zarandeado por el cocker. Por suerte, el incidente no pasó a mayores y nadie salió herido. Pero Augusto no parece encontrar estas conductas como reprobables. Para él, se trata solo del comportamiento normal de cualquier perro. Tal vez por eso ni los felicita ni los reprende. Pero, en el fondo,todos en la familia saben que eso no significa que no los quiera.