Sueños de tiza

Cuando dibujar sobre una pizarra nos puede hacer felices

De niña, quería ser conserje de colegio. Tenía una obsesión con las pizarras de superficie oscura, esas que se usaban con tiza y que se veían impecables al comienzo de las clases. Las profesoras y las monjas no dejaban que las alumnas de los primeros grados escribiéramos en las pizarras. Recuerdo estar en segundo de primaria y haber pasado dos años de mi vida suspirando, soñando e imaginando cómo sería dibujar un monigote de bordes blancos en esa pizarra verde oscuro. Ese día en el colegio, fui a buscar a mi hermana mayor, que estaba en quinto grado, y entré al paraíso, sin monjas vigilando. Todas las alumnas dibujaban libres en la
pizarra: flores, mariposas, jugando michi con tiza blanca. Mi hermana también dibujaba feliz. Me dio una tiza y olvidé por completo por qué la había ido a buscar. Dibujé. Cosa curiosa la verdad, pues odio dibujar. No lo hago bien. Pero en la pizarra todo era distinto. Tal vez porque podías borrar lo que no salía bien. La pizarra era el lugar perfecto para equivocarse y empezar de nuevo. Siempre.BITÁCORA PIZARRA

De pequeña, quería ser conserje de colegio porque las encargadas de la limpieza entraban inmediatamente al terminar nuestras clases. Cada salón tenía una señora encargada de limpieza. Ella se quedaba ahí, en ese salón gigante, sola, sin una profesora que le dijera «la pizarra no es para jugar» o una monja que le pregunte por qué mejor no haces tus tareas. Quería ser conserje porque podría estar sola con esa pizarra y con todas las tizas de colores toda la tarde.

Alguna vez, durante una reunión familiar, cierta mujer que no conocía y que aparentemente era una tía lejana, me dijo las cuatro frases típicas de quien no te ve desde hace mucho: «¡Qué grande estás! ¿En qué grado estás ya? ¿Y te gusta el colegio? ¿Y ya sabes qué quieres ser cuando seas grande?» Le dije, con la convicción intacta que tiene cualquier niña de ocho años, que quería limpiar colegios. «Ay, mi amor, no digas eso, tú vas a ser profesional», me refutó. Y así, en segundos, murió mi sueño de la infancia. Días después, procuraba mirar la pizarra con desencanto e ignorar esas tizas que ya había tocado y quería tocar otra vez. Pero sentía que no debía. No debía soñar con ser conserje de colegio.

Poco a poco, el deseo de tocar la pizarra con una tiza fue disminuyendo. Pero nunca se fue por completo. Hasta ahora, cada vez que me encuentro con tiza y una superficie que lo permita, dibujo. Lo que sea. Por lo general, solo escribo mi nombre, porque no sé dibujar, pero qué divertido es. La tiza y la pizarra, un placer raro y envolvente. Me sorprende sentir que algo tan simple me puede hacer, todavía, tan feliz.

BITÁCORA KEITH HARING

De vez en cuando, cada vez que caigo en esas preguntas existenciales como «¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿por qué estoy aquí?», entre el estrés del trabajo y la indignación de todo lo demás, pienso qué habría sido de mi vida si me hubiera dedicado a limpiar colegios. Si hubiera hecho lo que en verdad pensé que me podía hacer feliz. Si no hubiera dejado que esa mujer que decía ser mi tía y que nunca vi más, corrompa mis sueños y hubiese seguido con mis metas intactas hasta convertirme en alguien como Keith Haring, que hacía arte callejero con unas cuantas tizas. Tal vez nunca hubiese tenido el coraje para decirle a mis padres «quiero ser conserje de colegio para poder dibujar en la pizarra todos los días». Tal vez no lo hubiera querido hacer. Curiosamente, terminé en un trabajo en el que escribo y borro y vuelvo a escribir sobre una hoja blanca de Word: una pizarra más sofisticada, igual de entretenida y algo más demandante. Tal vez por eso me gusta tanto este trabajo. Porque se puede borrar lo que está mal, hacerlo de nuevo, una y otra vez, hasta quedar satisfechos con la belleza de nuestras palabras.

MARÍA JESÚS ZEVALLOS

SUBEDITORA