Senna, el piloto que hablaba con Dios

Por Edmir Espinoza / Fotos AFP
En 1984 un joven y casi desconocido piloto brasileño dejó atónito al mundo del automovilismo luego de completar una magistral carrera en el Gran Premio de Mónaco. Desde entonces la Fórmula 1 nunca más volvió a ser la de antes, y la leyenda de Ayrton Senna comenzó a escribirse con letras doradas. Hoy, a veinte años de su muerte, el mundo todavía recuerda al temerario piloto de casco amarillo que aseguraba que Dios era su copiloto.
Ayrton Senna

Ayrton Senna todavía no ha muerto. No ha ganado millones de dólares ni es aún el hijo predilecto de un Brasil que se levanta cada fin de semana a las tres de la madrugada para vibrar con las maniobras del piloto más arriesgado y veloz de la Fórmula 1. Senna todavía no sabe lo que es ser campeón del mundo, pero sueña con ello cada día desde que tiene cuatro años, cuando por primera vez condujo un kart construido por su padre con el motor de una picadora de caña. Ayrton tiene 24 años y acaba de debutar como piloto en el Campeonato Mundial de Fórmula 1 representando a la pequeña escudería Toleman, un equipo sin demasiadas aspiraciones ni posibilidades de pelear con los gigantes Williams, Ferrari y McLaren, que lo superan en tecnología, mecánica y experiencia. Es mediodía de un 3 de junio de 1984 y un joven piloto brasileño permanece a un lado de la pista del GP de Mónaco, con los ojos cerrados, las palmas de las manos extendidas y mirando al cielo. Ayrton Senna reza. Habla con Dios y le pregunta si acaso ha llegado su hora. Si será esta la carrera que lo catapultará al estrellato y la que comenzará a forjar su leyenda.

El francés Alain Prost y el austriaco Niki Lauda han ganado cuatro de las cinco primeras carreras del año y asoman como los principales candidatos para el título mundial. Minutos antes de iniciarse la partida del Gran Premio de Mónaco, sobre la pista del principado llueve a cántaros. En un hecho insólito, los bomberos franceses riegan con mangueras de alta presión el túnel del circuito, para así tratar de igualar la cantidad de agua sobre la pista. El público, mojado de pies a cabeza a pesar de los paraguas, aguarda en vilo el inicio de la carrera.

A las 12 y 34 de la tarde se larga la partida con Prost como líder. Senna comienza en el puesto 13 de la parrilla, y, luego de un par de vueltas al circuito, se asienta y comienza a recuperar posiciones. Apenas en la tercera vuelta, Senna ya se ubica sétimo. Entonces las cámaras comienzan a centrarse en el casco amarillo de aquel novel piloto que maneja como un poseído. Sin el mínimo atisbo de prudencia, y con una demencial urgencia por adelantar, Ayrton supera a sus rivales hasta colocarse tercero en la vuelta 16, por detrás de los pilotos del team McLaren, Prost y Lauda. La lluvia cae sobre la pista de forma violenta, y torna casi imposible la visibilidad de las curvas. Aun así, desafiando el aguacero y los temibles muros del peligroso circuito de Mónaco, Senna pisa el acelerador y comienza a recortar la ventaja de los líderes. En la vuelta 19 supera a Lauda y se va a la caza de Prost, que, ante la inminente arremetida del joven brasileño, pide que la carrera se suspenda por malas condiciones, lo cual finalmente sucede en la vuelta 31, cuando Senna pisaba los talones al francés.

Por primera vez en su carrera, Ayrton estuvo en el podio. Pero no estaba satisfecho. El brasileño sabía que de continuar, habría pasado sin problemas a Prost y ganado su primer Gran Premio de la F1. No era la arrogancia propia de un joven vehemente, sino la seguridad de quien había hablado con Dios, y obtenido respuesta. Esta era su carrera y, paradójicamente, la lluvia –su mejor aliada en sus años de piloto– había arruinado su incandescente sueño de gloria. Aunque esta llegaría más adelante.

Ha sido una carrera sublime. Magia pura a bordo de un monoplaza de Fórmula 1. Los aficionados, atónitos, se jalan los pelos y deambulan por la sala de sus casas profiriendo gritos al televisor. El éxtasis se ha apoderado de las calles, las plazas y los bares de todo Brasil. En el resto del mundo, los fanáticos de la F1 se frotan los ojos –incrédulos-, seguros de estar presenciando el nacimiento de una estrella con habilidades nunca antes vistas. Con 24 años y bajo una torrencial lluvia, un brasileño casi desconocido acaba de completar una de las mejores participaciones de un piloto en la historia de la Fórmula 1. Nacía una leyenda, y los cronistas deportivos –sumidos en la desesperación– prendían cigarrillos Marlboro y buscaban algún cable, alguna reseña breve que diera más luces sobre el pasado del joven piloto de la humilde Toleman, que acababa de hacer historia en una carrera que, dos años después, sería comparada con el gol imposible que Diego Armando Maradona marcaría ante los ingleses en el Mundial de 1986.

Luego de ganar tres campeonatos mundiales con solo 31 años, de batir el récord de mayor cantidad de pole position en una temporada (19) y sumar 41 victorias en el circuito, Senna se convirtió en el hijo predilecto de Brasil. Apuesto, millonario y exitoso, Ayrton fue portada de revistas y el principal tema en los noticieros. Senna sabía que el espectáculo, las conferencias de prensa y la política eran elementos inherentes a la Fórmula 1, y, aunque siempre criticó este juego de tronos, supo adaptarse a él y ganarse la admiración de todo aquel que conociera su historia.

Ayrton Senna

Historia de una rivalidad

La aparición de Senna en el circuito de la Fórmula 1, y su posterior rivalidad con Alain Prost, desató una inédita exposición del deporte. De pronto el negocio creció exponencialmente y las televisoras internacionales registraban altísima sintonía en el momento de las carreras. Senna y Prost, Prost y Senna. La eterna y encarnizada lucha por ser el piloto más rápido del mundo. Ambos eran personajes contrapuestos. Senna, empático y espontáneo, reflejaba al piloto apasionado y romántico, que en su afán por convertirse en el mejor, toma riesgos desmesurados, pero al hacerlo desata una incontrolable fascinación entre conocedores y aficionados. «Antes fuera de la pista, que vencido» era una de las frases predilectas del brasileño que hasta el fin de sus días aseguró que Dios le hablaba al oído. Prost, en cambio, era apodado El Profesor, y comúnmente asociado con el cálculo y la consistencia. Eso sí, Prost era considerado por todos un piloto superdotado, un genio del cálculo y de la velocidad. A diferencia de Senna, que remontaba posiciones con maniobras temerarias, Prost adelantaba a sus rivales con una parsimonia escalofriante, casi sin esfuerzo. Rob Walker, dueño del Rob Walker Racing Team, el equipo privado de F1 más exitoso de todos los tiempos, siempre fue un fanático de la forma de manejar del
piloto francés.

–Las maniobras de adelantamiento de Prost eran elegantes en sí mismas, ¿verdad? Tan elegantes y seguras, casi como un ballet, exclamaba Walker.

Senna y Prost vivieron casi una década compitiendo entre sí, regalando a la F1 una de sus mejores épocas. Hubo entre ellos palabras, hubo odio y competitividad. Hubo vetos [Prost a Senna para entrar en Williams], hubo retos y hubo más de una «venganza en pista», a manera de choques, reclamos y descalificaciones. Senna siempre acusó al francés de politiquero y cascarrabias, mientras que Prost solía quejarse de la temeridad de Ayrton, y lo acusaba de imprudente, de exponer a sus compañeros al peligro y de creer que Dios lo protegía. Senna, por supuesto, no tardó en responder.

A pesar de los numerosos incidentes entre ambos, tanto Senna como Prost siempre se guardaron respeto y admiración, al punto que –sin saberlo– las últimas palabras que Senna dijo a la radio minutos antes de iniciarse el Gran Premio de San Marino de 1994 fueron dedicadas al francés, que acababa de retirarse y fungía de comentarista de radio.

«Alain, vuelve, te echo de menos», fue lo último que se le escuchó decir. Luego de eso, iniciaría la carrera en San Marino, y Senna tomaría rápidamente la iniciativa, por delante de un
joven Michael Schumacher. Hasta que en la vuelta número siete, el Williams Renault FW16 de Ayrton sufre la rotura de la barra de dirección y este pierde el control del monoplaza. Logra disminuir la velocidad de 314 a 211 km/h, pero ya es tarde: Senna se estrella contra un muro de concreto, y el impacto hace volar una varilla de suspensión que finalmente atraviesa el casco y el cráneo del brasileño. Muere instantáneamente.

Un cuarto de millón de brasileños acude a sus funerales, en una procesión de 102 kilómetros de largo. El país declara tres días de duelo nacional. El mundo del automovilismo yace abatido por la trágica muerte de su máximo referente. «Fue el fin de una era. Tuvieron que pasar muchos años para que la Fórmula 1 volviera a concitar la atención del gran público. Para muchos el deporte murió con la partida de Senna», relata Kike Pérez, fanático del brasileño y corresponsal deportivo del Campeonato Mundial de Fórmula 1.

Ayrton Senna todavía no ha muerto. Es 1991, ha ganado dos veces el campeonato mundial y acaba de triunfar por primera vez en casa, en el GP de Río de Janeiro. Ha conducido las últimas nueve vueltas a una velocidad desmedida, luego de que la caja de cambios se rompiera y tuviera que pilotear en la sexta velocidad el último tramo de la carrera. Senna grita desde la cabina de su monoplaza, solloza, habla con Dios y le agradece tantas bendiciones. Luego cae desmayado por el esfuerzo. Entonces la película se acaba. Senna nunca muere. Se desvanece, como un alma liberada del tiempo, pero permanece en el recuerdo colectivo como un genio irrepetible que desafió las probabilidades y se hizo inmortal en la memoria de todo aquel que lo vio un día surcar las pistas como un loco de atar, a una velocidad imposible y sin otro afán que conseguir la gloria.