Robert Fox

El hombre de ningún lugar

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: Marco Garro
Uno de los productores de cine y teatro más importantes del mundo, estuvo en Lima para la premier de El chico de Oz, musical que creó hace casi veinte años. ¿Su inspiración? Los hombres que no encajan, que no se encuentran o que prefieren perderse. Forasteros por convicción. Como él mismo.
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Robert Fox es un forastero en Lima. De hecho, Fox se siente un forastero en cualquier lado. Es el productor de teatro que también es productor de cine. El que alguna vez fue actor por necesidad. Porque no fue a la universidad y necesitaba un trabajo. El que odia actuar porque no es buen actor, y que trabajó como chofer, asistente de producción y director de escena antes de llegar a producir sus propias películas como Closer y Las Horas, ambas nominadas al Óscar. «Pero las películas pueden ser algo ingratas –admite–. Las construyes, inviertes tu tiempo y tu dinero, y luego termina siendo de alguien más. Es como perder un amor». Por eso Fox prefiere la intimidad de un teatro. Estar ahí, siempre presente. Vigilando que su amor no se le escape de las manos.

Fuera del teatro, Robert Fox se siente forastero. Un sesentón de lentes y canas; hijo de una actriz y un agente de actores y directores, de abuelo dramaturgo y abuela actriz; y que alguna vez fue un adolescente fascinado con la revolución cultural del Londres de los años sesenta. «Me sentía un forastero porque el resto de chicos venían de hogares convencionales, y yo no». Solo habían dos lugares en los que sí estaba cómodo: el escenario del Royal Court Theater de Londres, donde escritores y actores jóvenes iban a experimentar con obras nuevas; y las salas de cine, donde se entretenía viendo películas suecas, francesas, italianas. Aunque la que más lo impactó fue IF…, una cinta inglesa que retrataba la vida de unos adolescentes en un colegio privado, como al que asistía Robert. Entonces él tenía trece años y la esperanza de sentirse parte de algún lugar. Y, de pronto, su vida estaba ahí, frente a él, en pantalla gigante, con un público observando a un puñado de chicos hacer lo que él hacía a diario. «Me pareció increíble que alguien hiciera una película sobre las experiencias que yo estaba teniendo. Fue muy poderoso», recuerda el productor.

Robert Fox es un forastero como los personajes de sus obras de teatro. Hombres que no encajan, que no se encuentran, o que prefieren perderse. Como Peter Allen, el excéntrico cantante australiano, que fue marido de Liza Minelli y que aceptó su homosexualidad tras su divorcio. Allen es en quien se basa El chico de Oz, el musical que Robert Fox produjo en Australia y Estados Unidos a mediados de los noventa, y que ahora se estrena por primera vez en Perú. «Me gustan las historias de personas como Peter, que no se conforman con lo convencional –dice Fox–. Que viven sus vidas con el espíritu que ellos eligen».

No sorprende por eso que Fox haya comenzado a trabajar en una nueva obra de teatro. Esta vez es sobre Stephen Ward, un doctor involucrado en un escándalo político en la Inglaterra de los sesenta que prefirió una sobredosis de pastillas para dormir en vez de asistir a su sentencia judicial. «Otro forastero de la sociedad», se ríe el productor inglés.

Robert Fox es, aquí, un forastero, como lo es todos los días en Inglaterra. Como lo seguirá siendo en cualquier país que visite. Menos en el teatro, dice. Allí, es el que decide, el creador de su propio mundo. El espejo de sus personajes. Aquellos que persigue, como a sus amores, para que nadie los aparte de él.