Recetas de una mujer que celebra la vida

Escribe: Gloria Ziegler / Foto: Vito Mirr
Marisa Guiulfo es la pionera del catering en Lima. Ha estado en las fiestas más importantes de la ciudad, en las páginas de sociales y ha preparado banquetes para los presidentes de turno. Pero no solo es una mujer elegante. Crió sola a sus cuatro hijos, superó al cáncer, tres infartos y batalla contra la diabetes. Ahora esa misma mujer invencible solo quiere una cosa: pasar todo el tiempo que pueda con su familia
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Los extraña. Es la empresaria que cocinó para Ollanta Humala y el Presidente español Mariano Rajoy, la reina del catering en las fiestas exclusivas, una de las mujeres más elegantes de Lima, esa misma que puede irritarse mucho cuando algo no anda bien en uno de sus banquetes o en el café restaurante La Bombonniere de San Isidro. Pero ahora, a los 73 años, Marisa Guiulfo está sentada en una de las salas de su casa y llora.

—Cuando me hicieron el bypass en Estados Unidos, en el año 2000, fue la época más linda —recuerda, enjugándose las lágrimas—. Puedo parecer una egoísta pero en ese momento tuve la atención de mis cuatro hijos.

La voz se le entrecorta. Pide un momento y toma un trago de agua. Tiene el pelo amarrado con una vincha de toalla y todavía lleva el short y el polo deportivo con los que hizo ejercicio hace unas horas. Esta vez, tampoco está maquillada.

—En Lima siempre son los hijos o las esposas, o esto, o lo otro, pero eso era increíble. Estaban conmigo en la clínica, bromeaban con las enfermeras, pedían comida y hasta me llevaron de compras en silla de ruedas. Me empujaban por los centros comerciales a toda velocidad y a mí me acababan de operar. Eran unos salvajes —dice y sonríe un poco.
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Entonces Guiulfo recuerda cuando Felipe, José Carlos, Álvaro y Coque aún eran niños y los llevaba al colegio en el Volkswagen que usaba para los repartos: un auto pequeño que solo tenía los asientos delanteros y atrás estaba repleto de repisas para los postres. Recuerda a Esteban, como llamaban al step van en el que años después un chofer los recogía del colegio Markham y la envidia que despertaban en sus compañeros al verlos trepar a aquel camión destartalado. Recuerda cuando planchaba los manteles o preparaba platos en sus cuartos y tenía que desmantelar todo cada vez que regresaban de clases. O aquella vez del centenario de Backus que tenía que preparar una cantidad enorme de pavos y los terminó metiendo a macerar en su bañera. Recuerda los campeonatos de bolitas de maná para llegar con un pedido o cuando iban los cinco a la playa de la isla de Pucusana y le decían: «Mamá quedémonos a vivir aquí para siempre».

—También hubo una época bien dura, cuando José Carlos, mi segundo hijo, se metió a cura de los Sodalicios. Fue súper triste eso —dice.

Y vuelve a llorar.IMG_9371

Marisa Guiulfo recuerda que le habían dicho a su hijo que no podía dar un beso, ni abrazar a nadie. «Cuando venía parecía un palito, ni siquiera levantaba los brazos para abrazarme», cuenta. Tiempo después lo llevaron a una residencia en Petropolis, Brasil. Y allí se quedó por tres años, hasta que un día llamó a su madre para pedirle que lo fuera a buscar. Entonces, esta misma señora que ahora se refriega los ojos, viajó hasta la ciudad brasileña para buscarlo. Y se lo llevó al festival Rock in Rio.

Dice que esos años alejada de José Carlos y cuando Felipe se fue a vivir a Madrid con su padre, mientras hacía el bachillerato, fueron los años más duros. La diferencia es que entonces ella acomodaba sus tiempos y hacía lo que fuera necesario para estar con sus hijos. Pero ahora, que tiene nietos adolescentes, uno quiere ir al norte, otro al sur. Y, entonces, la vida se complica. Por eso se reúnen en ocasiones especiales. Pero esas veces, al menos para ella, son pocas.

—El otro día murió una tía mía de 92 años, y parece mentira, pero esa pena terminó siendo una alegría porque hemos estado juntos —dice mientras se acomoda en el sillón de rayas blancas y negras—. Fue un momento bien nuestro, porque las esposas pasaron un ratito pero ellos sí se quedaron acompañando a la tía, que los cuidaba cuando eran chicos y yo tenía que trabajar.

Por aquellos años, cuando vivía con sus hijos en la casa de su madre, Adela Zender, ellos solían comprarle regalos en un bazar. Siempre le conseguían pequeñas figuras japonesas. Hasta que ahorraron lo suficiente para poder comprarle un platón de dibujos chinos, con un pedestal de plástico. Hace una semana, cuando estaban en el velorio de la tía Elvira, los hermanos Ossio descubrieron otra tienda.

—Yo estaba recibiendo el duelo y en una de esas me llamaron y me dijeron que me habían comprado un regalo y cuando lo abrí era un plato igualito al que me habían dado cuando eran chicos. Nos hemos reído tanto y me he sentido tan feliz, porque al final fue un momento bien lindo —cuenta.

Marisa Guiulfo recuerda ese momento pero ya no llora.

Ahora tiene los ojos espejados.

Marisabel Guiulfo, como realmente se llama la pionera del catering en el Perú, tenía diecinueve años cuando se fue de Lima. Era el año 1960 y entonces no soñaba con banquetes. No al menos con ser la encargada de servirlos. La mayor de los cuatro hijos que habían tenido Adela Zender y Luis Guiulfo del Río estudió Taquigrafía y Mecanografía y poco después consiguió empleo en la agencia de viajes que tenía el padre de una amiga. Al año, los dueños le regalaron un pasaje a Estados Unidos y ella se las ingenió para conseguir una visa de residente, por si acaso.

—Me trompeé un poco con mi papá. Estaba triste porque me iba y porque yo estaba saliendo con un tipo que tenía 40 años… La verdad es que era la rebelde —recuerda, 54 años después, en su casa de San Isidro.

En San Francisco las cosas tampoco fueron tan sencillas como había esperado. Al principio, Marisa no conseguía trabajo. Caminaba y caminaba con tacos para estar mejor vestida, pero nada. «Hasta ahora tengo una cosa aquí en el dedo por tanto caminar con los tacones», dice riéndose. Meses después, cuando encontró un empleo en un grupo del Bank of America, Marisa fue conociendo algunas cosas de la ciudad. Tenía amigas estadounidenses, húngaras y asiáticas con las que salía o hacía reuniones y preparaban algunos platos para los invitados. Entonces, fue cuando le empezaron a preguntar qué se comía en el Perú. Al principio les hablaba de los platos peruanos que sabía comer; pero cocinar, nada. Y luego, en las cartas que intercambiaba con su familia, le fue pidiendo recetas a su mamá.

—Así empecé. Hacíamos butifarra y, si conseguíamos pisco, pisco sour. Pero éramos unos salvajes, unos amigos hacían sour con alcohol puro. No sé cómo no se han quedado ciegos todos.

Cinco años después, en 1965, Marisa Guiulfo volvió a Lima por problemas familiares. Para entonces ya estaba casada con el peruano Tomás Ossio y Felipe, su hijo mayor, tenía un año y medio. Al poco tiempo nacieron José Carlos, Álvaro y Coque. Y, entonces, Marisa Guiulfo empezó a organizar cosas pequeñas: cumpleaños infantiles, showers, despedidas de soltera y algunas comidas para amigas que invitaba a la casa. Le encantaba la decoración y hacía una mezcla, una fusión, entre la comida y la presentación de las mesas. Ese fue su secreto. Presentó algo nuevo en una época en que los cocteles en Lima eran muy limitados. Empezó a considerar los platos peruanos, la comida tailandesa, la hindú; cuidaba la presentación de las mesas, los arreglos florales, los aspectos técnicos. Se encargaba de todo. Y eso, entonces, no lo hacía nadie más.

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Marisa Guiulfo dice que sus amigas aún creen que su vida parece de fantasía. Tuvo cáncer de mama, tres infartos y diabetes, pero sus hijos dicen que nunca la vieron tirar la toalla. Y, sin embargo, ellas piensan en las fiestas, en las entrevistas de los periódicos y las revistas y aún se quedan maravilladas de su éxito.

—Pero mi vida ha tenido un montón de tropiezos. Cuando mis hijos estaban en el colegio, yo me había separado de mi marido y él se había ido a España, entonces yo me tuve que encargar de todo. He sido padre y madre en realidad.
—¿Cómo fue esa separación?
—Lo que pasa es que yo me enamoré de Alejandro [Saenz, su segundo esposo]. Y cuando te enamoras se te nubla el cerebro, entonces ya… Él fue quien me empujó a ser lo que soy hoy en día. Venía de una familia muy distinguida, que había vivido en Europa y eran muy refinados. Yo ya estaba metida en el negocio, pero él me refinó.

Con él logró expandir el negocio como nunca había pensado. Coque Ossio cree que no hay dudas de que él fue quien la impulsó. Dice que era la persona que le ayudaba a poner un poco de orden en la casa, que su madre se respaldaba en él. Pero las cosas no fueron siempre de la misma forma. «Así como me ayudó, después de diecisiete años se hartó de que tuviera tanto trabajo y no pudiera dedicarle el tiempo que él quería», cuenta Guiulfo y dice que en una pareja, cuando la mujer trabaja mucho, el hombre siempre se queda con un resentimiento, porque eso le quita tiempo a la familia. Pero en aquella época ella no se daba cuenta. Se involucraba con la gente, con el evento, porque creía que así las cosas resultaban diferentes. Esa siempre ha sido la madre del cordero.

Y ahora ve cómo sus hijos cuidan esos espacios, pero entonces ella se quedaba trabajando hasta las cuatro, seis, siete de la mañana. Lo que fuera necesario hasta que termine la fiesta. Porque ahí era donde todo se podía malograr.

—Siempre fue una mujer con una vitalidad y una energía alucinantes. Aún nos deja exhaustos pero en el momento en que ella se separó de Alejandro mi hermano Felipe tomó un papel bien importante —explica Coque Ossio, su hijo y el empresario gastronómico con el que maneja La Bombonniere—. Se involucró y trabaja con ella hasta el día de hoy, que está a cargo del negocio.

Marisa Guiulfo dice que ya le llegó la hora de retirarse, pero que siempre hay alguien que insiste. Habla de la suerte de que su hijo Felipe esté trabajando con ella. «Al principio fue difícil porque soy hiperquinética y él es mucho más tranquilo, pero al final ha servido para calmarme un poco a mí y para darle confianza al cliente. Él es muy paciente, muy paternal». Pero ella, dice, no puede con su genio. Cuando le dan ganas de hacer algo, no hay quien
la pare.

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—Siempre he sido independiente y para mí el trabajo siempre ha sido lo primero. Ahora ya soy vieja, vivo sola y no tengo que dar cuentas a nadie; pero he perdido muchas cosas, momentos de tranquilidad o alegría con mis hijos porque tenía que trabajar. Lo he hecho toda mi vida pero ya no quiero eso todo el tiempo.

A su lado, en un librero, tiene decenas de álbumes fotográficos de los eventos que ha organizado en los últimos cuarenta años. Esos mismos recuerdos fueron reunidos en Celebra la vida, el libro que hace un recorrido fotográfico por todo lo que vivió Marisa: la familia, los viajes, sus amigos, las tradiciones y hasta sus supersticiones.

—Ese libro lo he hecho porque el Perú es un país donde se celebra muchísimo. No importa el nivel socioeconómico, toda la gente trata de festejar el matrimonio o los quince años o la primera comunión, la fiesta de la Virgen o San Pedro, o lo que fuera. Somos uno de los pocos países que hacemos eso. El peruano sabe vivir, sabe celebrar la vida. Y esa fue mi forma hacerlo.

—A ella le encanta celebrar. Siempre ha sido así —dirá Coque Ossio bajo uno de los toldos de La Bombonniere—. Hasta el día de hoy, cuando se acerca el cumpleaños de alguno de nosotros o las fiestas tradicionales siempre está ofreciendo su casa para hacer algo.

Marisa Guiulfo siempre trata de juntar a la familia y hacer que prevalezca la tradición. «Porque si no, se olvidan», dice. Ahora, cuando hace un recuento de su vida, piensa que tuvo suerte, que siempre se ha divertido con sus hijos pero está segura de que podría haber tenido más.

—He podido gozar más, no he viajado tanto como he querido —dice mirando hacia la calle—. Y cuando te das cuenta ya tienes más de setenta años. Ahora estoy tratando de aprovechar el tiempo que me queda. Con más calma, por supuesto, porque ya no es igual. Los años uno los va sintiendo en el cuerpo.

Y, tal vez, no solo allí.