Vivir del arte para no perder la locura

Por César Ochoa / Fotos de Santiago Barco
Un hermano es un amigo que la vida te regala. Mateo y Joaquín Liébana, además de tener la misma sangre, comparten la condición de vecinos, artistas y locos buenos que viven del arte. El primero pinta y el otro esculpe. ¿Pueden estar hechos de la misma madera dos artistas con estilos muy diferentes?
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Un día el señor Jaime Liébana cortó por la mitad dos fotos de sus hijos y formó con las dos mitades un solo rostro. Entonces Mateo y Joaquín eran pequeños, debían tener ocho y siete años, respectivamente. Jaime no está seguro de ese detalle, pero sí recuerda bien que por esa época se parecían mucho más cuando sonreían, como en esa foto. Para ellos fue una sorpresa descubrirse así: fusionados. «Les encantó, quedaron maravillados», dice Jaime, lentes de carey, pelo cano, 67 años. El cuadrito de la imagen estuvo colgado por varios años en la puerta de entrada al comedor de la casa familiar, ubicada en una esquina de la Bajada de Baños, en Barranco. El patriarca de los Liébana no imaginó que juntarlos de esa forma era una suerte de presagio. Tres décadas después, sus hijos siguen juntos, ahora compartiendo la condición de artistas-vecinos en el jirón Cajamarca, en Barranco. Los estudios de trabajo de Mateo y Joaquín son dos casonas de paredes verdes y puertas discretas que atesoran verdaderos universos de creatividad. Mateo pinta y Joaquín esculpe. Son dos hermanos que difieren en sus modos de trabajar, pero que concuerdan en que vivir del arte ha sido la mejor forma de volverse locos y felices.

El señor Jaime Liébana –artista plástico, ex coleccionista de arte, fabricante de muebles de época– y su esposa Vivian Evans –quien falleció en noviembre del año pasado– criaron a sus dos hijos a imagen y semejanza de su forma de vivir. Todos juntos recorrían el Perú como gitanos en busca de antigüedades para la tienda de la familia, y en el camino recolectaban todo tipo de arte popular: desde máscaras de fiestas patronales y cruces ayacuchanas hasta muebles coloniales y tablas de Sarhua, las célebres maderas pintadas con escenas del mundo andino. Con disciplina casi religiosa, visitaban las iglesias de Lima para desentrañar sus vestigios artísticos, eran asiduos a las galerías de arte y, como fanáticos de las formas caprichosas, recogían trozos de vidrio, plástico y pedazos de bote que el mar y el tiempo habían dotado de cantos rodados, en las playas de la Costa Verde. Si conocer el mundo es un viaje, los Liébana crecieron en una constante excursión de apreciación artística. Pronto aprendieron a dibujar, y fue para ellos como adquirir una manía irrefrenable. Cuando terminaron el colegio, Joaquín pensó en ser arquitecto, pero desistió en poco tiempo para estudiar escultura en la Universidad Católica. Mateo fue arquitecto durante más de diez años y tuvo el valor de dejarlo todo para volver al arte y dedicarse a la pintura. Hoy pasan sus días como buenos vecinos y tienen una consigna tácita: si un cliente llega a la casa de uno de ellos, será amablemente invitado a pasar a la casa del costado. Entre ellos no existe el «soy su hermano pero no sé nada», sino todo lo contrario. Así son los Liébana: diferentes, pero iguales en el fondo.

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El pintor

Mateo Liébana está pintando veinticuatro cuadros al mismo tiempo. Al menos cinco de ellos ya han sido vendidos, aunque todavía no están terminados. Los lienzos están por todo el estudio: sobre taburetes, en el suelo, en los pasadizos. Hace tres años, aquí funcionaba la firma de arquitectos del cual era socio. Horarios fijos, clientes, plazos, estrés. Hoy, en una salita anexa donde trabajaban contadores, ahora funciona su almacén de tablas de surf. A Mateo se le solía ver con saco y corbata; hoy trabaja en polo, short y sandalias. «Antes tenía mucha ansiedad», dice esta noche fresca de verano. «Sentía que dejaba de hacer algo, mi cuerpo me pedía pintar pero por el trabajo no lo hacía. Era una sensación pésima», dice Mateo, mientras remarca las manos de unos de sus personajes de un cuadro con un carboncillo.

Un día, a inicios de 2011, el decorador que trabajaba en la construcción del hotel Westin pasó por su estudio de arquitectos buscando un mueble de los que fabricaba su padre en el patio, pero de casualidad vio un cuadro largo que colgaba de la pared. «Esto es lo que estoy buscando. ¿Está a la venta?», le preguntó. «Bueno… sí», respondió Mateo, sorprendido. Era un cuadro que había pintado hacía varios años, como un hobby. Por la tarde, la secretaria del decorador lo llamó para decirle que necesitaba dos cuadros, pero más grandes que el que habían visto y que ni bien les dijera un precio, ellos le darían el adelanto correspondiente para que empiece a trabajar. Pueden llamarlo destino, suerte o azar, pero en pocos días Mateo se encontraba pintando dos cuadros gigantes de más de seis metros de largo, no sin antes haber estado a punto de echarlo todo a perder. Un día llamó para devolver el adelanto, pero el decorador le dio el último empuje de confianza. «Eso sí –le advirtió– ten listos otros cuadros porque la gente va preguntar por ti al ver ese en el hotel».

Hoy Mateo Liébana recuerda esa experiencia cuando ve sus cuadros desde un pasadizo alto de su estudio, desde donde tiene un panorama general de sus obras en proceso. «Desde aquí veo más cosas, detalles: suelo bajar apurado para dar esos retoques que solo descubro desde esta posición», dice, apoyado sobre una baranda. Mateo es un pintor de imágenes fuertes, infernales, caóticas o descomunales: personajes de cuerpos desbordados, mujeres con tres tetas, perros terroríficos, bares sórdidos y seres con cuernos. «Una vez entraron dos señoras y se fueron espantadas; pensaron que habían entrado al averno», ríe. Mateo no participa en galerías, tampoco ha hecho exposiciones. Prefiere que el cliente lo visite, para que ambos se conozcan mejor.

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Con el hall del Westin como escaparate de su trabajo, Mateo comenzó a recibir llamadas. Eso lo obligó a poner en la balanza la arquitectura y la pintura. ¿Qué pensaría su esposa si dejara el trabajo?, ¿y sus dos hijos?, ¿y sus socios? Comenzó pintando por las noches, y pronto el acrílico y el carboncillo tuvieron más éxito que los planos y el concreto. Conversó con todos los que debía conversar, y les dio la buena nueva de que dejaba todo por la pintura.

«A veces la gente se sorprende al verme, y dudan de que sea yo el que pinta esas imágenes», dice Mateo, mientras traza líneas sueltas sobre una mesa. Dibujar es su modo de expresión. Guarda cientos de cuadernillos en los que ha plasmado, como él dice, el story board de su vida. Escenas de cuando visitaba el bar Juanito, cuando recorría las playas del norte, entre otras anécdotas. Mateo dibujaba en sus cuadernos de arquitectura y hasta en los bordes de los planos. «Me gusta generar emociones: espanto, risas… Si no lo logro quiere decir que he fallado», dice Mateo, a sus 38 años. «Él es expresionista, va hasta el interior de las personas», dice Jaime Liébana, su padre. El estudio de Mateo es un espacio en constante mutación, pues los cuadros cambian todo el tiempo.

Antes de terminar su jornada, Mateo dice que solo pinta mientras sueña despierto.

—Es como un río que me sobreviene. Una vez que me meto en mi mundo, los cuadros dialogan entre sí, y yo con ellos. Entonces pinto… hasta que de repente mi cerebro se cansa y todo termina.

—¿Cuándo sabes que un cuadro
está listo?

—Eso es lo que no sé —dice Mateo—. Hasta ahora no lo llego a descubrir. Felizmente los clientes me esperan.

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El escultor

Cuando Joaquín Liébana tenía catorce años esculpió un puño de aluminio de tamaño natural, pero se perdió al cabo de un tiempo. Un día, más de quince años después de su desaparición, Joaquín lo encontró a una cuadra de su casa, semienterrado, al pie de un árbol. «No lo podía creer: era mi puño», dice el menor de los Liébana esta tarde de verano, y suelta una carcajada al recordar con cuánta rapidez devolvió la pieza de regreso a casa. «Me emocioné», reconoce. Eso sí: se ha asegurado de que el puño esté a buen resguardo: hoy lo atesora en un sagrario de madera tallada. «Soy un hombre receloso con sus objetos», reconoce Joaquín, un metro ochenta, nariz aguileña, 37 años.

La anécdota con el puño no es un hecho aislado en la vida de este escultor con alma de recolector sentimental. En apenas tres años, desde que adquirió la casa contigua al estudio de su hermano, Joaquín Liébana ha convertido su taller -al inicio repleto de latas de pinturas y hollín en las paredes- en una galería de arte a puertas cerradas. Todo lo que aquí tiene -sus propias esculturas, arte popular y hasta una instalación psicodélica- no lo ha diseñado en un afán por mostrarlo al público, sino por el placer de vivir en un mundo a su medida.

Joaquín Liébana es espontáneo, de risa fácil y relajado al vestir. Jean sin correa, polo largo y cabellos rubios dejados a su suerte. Para ingresar a sus dominios, hay que atravesar un largo zaguán celeste de una casona barranquina. Parece un tobogán que te sumerge hacia un mundo submarino. En la pared de este estrecho corredor hay unas pinturas que son la perfecta metáfora de la vida: un pez que persigue a un calamar es perseguido, a su vez, por un tiburón furioso. «Estás caminando y de repente se te aparecen: esa es la idea», dice Joaquín. Una vez que se atraviesa este umbral, empieza lo que un amigo suyo de Facebook calificó como ‘El gabinete del doctor Liébana’, parafraseando el título de El gabinete del doctor Caligari, una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, en la que destacan los decorados distorsionados y las atmósferas amenazantes.

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«Soy un hombre excesivo en todo», dice, mientras recorre uno de los salones de su casa de techos altos. Hay carteles callejeros en la pared. Le gusta coleccionar esos coloridos con mensajes del tipo “Prohibido orinar, llueven piedras” o “Maestro Hilario, consejero espiritista”. Aquí también hay dos mujeres altas y voluptuosas. Son esculturas que Joaquín crea con la técnica de intersección de láminas de acero. Es una forma de dar volumen con poco material. En el College of Art de Edimburgo, en Escocia, donde hizo una maestría en bellas artes durante tres años, se inclinó por el metal. Para estilizar sus piezas, Joaquín cala el interior de las láminas con una máquina especial. Antes aquí soldaba, pintaba y las paredes estaban sucias. Hoy en su casa-galería-taller se limita a ensamblar algunas piezas y soldar otras pequeñas en el patio. Una galería de arte como la que ha construido no puede darse el lujo de que en su interior se realicen tan riesgosas prácticas. Así es Joaquín Liébana: natural, sin ornamentos, un artista que colecciona piedras o conchitas de la playa como si fueran piedras preciosas.

El dormitorio de Joaquín es una suerte de homenaje a sus dibujos infantiles. Las paredes están inundadas de ellos, bien enmarcadas y con un detalle que salta a la vista: sus trazos son finos, complejos, abstractos, como sueños; pero la firma es de un niño que apenas está aprendiendo a escribir su nombre. «Tendría seis años cuando los hice», dice el escultor. En otra sala tiene esculturas de madera, como tótems, a base de troncos recogidos de la playa llenos de clavos y luces de neón, con focos de colores. «Son como una familia alienígena», dice Joaquín, quien no busca decir o dar un mensaje específico con sus obras, sino que son «cosas que van saliendo».

Para conocer a Joaquín Liébana hay que empezar por entender su afán coleccionista: para él no son solo objetos, sino también recuerdos, atmósferas que le generan bienestar. En un patio que da a la calle, tiene sentado a un inmenso títere como de un indio desnudo de lona y relleno de algodón sintético, de unos cuatro metros de altura. Lo hizo para un festival de arte en el que se presentó bailando, rodeado de tótems e iluminado con esas luces cortadoras. Cerca de allí hay un cuarto al que ha bautizado como Galáctica, lleno de esculturas que brillan en la oscuridad e hilos de nailon en el techo. Es su instalación casera aún inconclusa. Espera ponerle humo artificial, música, hacer que las piezas brillen más.

—¿Qué más harías en tu casa-galería-taller?

—Uy, olvídate, hermano. Solo sé que me falta espacio.

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