Vanessa Terkes

Tiene una cocina de inducción (y varias recetas de seducción)

Escribe y cocina: Manolo Bonilla Fotos: Alonso Molina Styling y Arte: Francesca Navarro-Grau y Andrea Salazar
Nunca lo había hecho antes. Vanessa Terkes, la actriz que protagonizará Corazón Rebelde. la versión peruana de Muñeca Brava, se reunió una tarde de domingo con el autor de esta nota para preparar por primera vez pasta casera. Ir al mercado por los ingredientes, viajar en taxis, buscar un rallador de queso por todo un barrio de Miraflores y cocinar. Una sola certeza: Terkes es sensualidad altamente inflamable en un metro sesenta de estatura.

Es domingo en San Borja y Vanessa Terkes ha terminado una rutina de sesenta minutos sobre la trotadora. Agitada aún, y sujetando una botella de agua, me espera fuera del gimnasio. Es casi hora de almuerzo y hemos quedado en cocinar juntos esta tarde. Lleva mallas negras y zapatillas impecables del mismo color. La imagen de ella se acerca a la que vimos durante su primera aparición en la televisión: la díscola colegiala de la serie Torbellino. Alocada. Traviesa. Despercudida. Pareciera que nunca salió de ese papel. Tiene la cara como si hubiera salido de una cámara de vapor. Y agita un abanico imaginario con sus manos. Los personajes que ha coleccionado, tanto en Perú como en México, la pintan como un vendaval tropical o un tornado F5 (siguiendo con las metáforas climatológicas). Pero la díscola quinceañera que interpretó teniendo diecinueve creció y se convirtió en una bomba sensual de escotes, figuras sinuosas y voz ronca. Incluso la oímos susurrar una canción de Los Morunos en su última película, la que protagonizó junto a Giovanni Ciccia, Bolero de Noche. Ha vuelto a Lima para grabar la versión peruana de Muñeca Brava, la novela argentina que nos enamoró de la uruguaya Natalia Oreiro.
Terkes se señala el ombligo y me dice «mira… toca». Acerco el índice. Adivino su abdomen dibujado debajo del top negro que lleva puesto. Se lo digo:
-¿Qué, el six pack?
-No, lorna, lo que he sudado.
Ríe. Es verdad. El algodón sigue húmedo.
Las razones de aquel entrenamiento dominical y del sudor delator tienen dos factores: su personal trainer y yo. La relación que tiene con la primera semeja la de una severa institutriz que vigila celosamente la dieta y los ejercicios pauteados con Terkes. «Es la mariscala que no me perdona una», diría ella. Había faltado tres días seguidos a su cita en el gimnasio. La última vez que vio a su personal trainer nos habíamos encontrado en un restaurante frente al mar. Esa noche supe de sus antojos madrugadores de cebiche durante su embarazo; probó su primer y segundo lima sour, y luego me confesaría que habla con Dios.