Vanessa Saba

Mujer Noche

Escribe: Gloria Ziegler // Foto: Musuk Nolte // Styling: Mozhdeh Matin
Una actriz padece insomnio. Durante la madrugada pasea a sus perros. A veces reza. Otras, se queda en casa cantando mientras los demás duermen. No puede irse a la cama si su casa no está impecable. Le teme al paso del tiempo. Obsesiva, neurótica, maniática. ¿Por qué nos gusta tanto Vanessa Saba?

No sé nada de Vanessa Saba. Soy argentina. Llegué al Perú hace un mes y lo único que me dijeron es que es actriz. También escuché a los hombres hablar sobre lo guapa que es. No sé nada más sobre ella.
Es una tarde tibia de diciembre y Vanessa Saba fuma en el balcón de su departamento. No se comporta como una chica engreída de la tele. Tampoco parece la femme fatale que describieron los hombres. Tiene esa belleza despreocupada de quien sabe que no necesita más. La misma frescura que le permitirá decir cosas que otras actrices no le confesarían ni a su psicoanalista.

¿Una reina de belleza obsesionada por el tiempo?

Debajo del cuello de Vanessa Saba, justo sobre la clavícula, se asoma una cicatriz casi imperceptible que le dejó una operación hace siete años. «Me salió un quiste benigno en la tiroides, pero en ese momento todos estaban asustadísimos porque no se sabía bien qué era». De esos días recuerda a su papá caminando de un lado a otro de la habitación, cuando el primer médico le dijo que podía ser un tumor cancerígeno. «Después de hacerme todos los estudios se dieron cuenta de que no era nada grave, aunque había que operarlo para que no siguiera creciendo, y me dijeron que no quedaban marcas, pero quedo así –dice y enseña el cuello–. Igual, no me molesta. Después de la operación me hacían bromas diciendo que parecía el cadáver de la novia, así que ya me acostumbre», dice entre risas la actriz que no se avergüenza de sus cicatrices, esa que juega al tenis a diario porque la hace sentir sana, segura.

Es la misma chica que hace dieciséis años participó de Miss Perú. A fines de 1995, un hombre la descubrió en una tienda de El Trigal. Trabajaba como vendedora cuando le preguntaron si quería participar del concurso de belleza. Un año después, sería Miss Madre de Dios. Ahora esa misma chica de cabello castaño viste pantalonetas y un buzo deportivo. Acaba de regresar del parque donde pasea a sus dos perros schnauzer –Charly y Pinocho– y dice que le preocupa el tiempo.

«El paso del tiempo es un tema que siempre me ha puesto nerviosa. Envejecer no es una cosa que me guste mucho, pero más me asusta que no me alcance el tiempo. No sé para qué, pero que no me alcance», dirá la actriz y se quedará en silencio.

‒¿Qué te gustaría hacer antes de cumplir los 45?

‒Ser mamá, de todas maneras, y empezar un camino de creación con Frank –Pérez Garland, el director con el que está casada hace tres años–. Me gustaría tener proyectos de películas realizadas y otros en agenda –dice y luego cuenta que ya está escribiendo un guión junto a su marido.

Esa parece su estrategia para enfrentar otro temor: que los años agoten los personajes por interpretar.

Una chica tímida se desnuda ante la cámaras

«Tienes que dar pasos largos porque son más firmes», le dijeron hace tiempo, durante la preparación de uno de sus personajes. Desde entonces, Vanessa Saba piensa cada uno de sus pasos. La tranquiliza tener todo bajo control. Le da seguridad.

Pero antes, no. Antes era una chica tímida que se tapaba las caderas con polos largos. «Tenía un trauma con mi cuerpo, pero creo que en realidad era una especie de reflejo psicológico porque no me sentía cómoda donde estaba». Por esa época estaba terminando la carrera de Publicidad y empezó a hacer prácticas en una agencia, en contra de los consejos de su familia. «Cuando terminé el colegio, mis papás me decían que me meta en el conservatorio de música, que era lo que siempre me había gustado, pero yo respondía que no porque estaba con esa tontería de que no se puede vivir del arte. No me atreví por miedo y seguí una carrera formal», recuerda. Sin embargo, allí, en la agencia, conocería al dramaturgo César de María. Él fue quien la llevó a su primer taller de teatro. «Se dio cuenta de que estaba desorientada y me llevó a un taller de expresión corporal. Ahí fue donde me empecé a soltar. Así terminé en lo que realmente me gusta».

Luego vendría la propuesta de Miss Perú, interpretaría a personajes secundarios en dos miniseries, haría campañas fotográficas, seguiría sus estudios con el dramaturgo Roberto Ángeles y después con Alberto Ísola, hasta que en el año 2000 le propondrían ser la mala de Pobre Diabla, la telenovela protagonizada por la colombiana Angie Cepeda. «Era raro porque en esa época todavía era timidona, pero frente a la cámara estaba bien suelta y llegó un momento en que me empecé a sentir muy cómoda», dice la actriz que aún se considera una mujer introvertida [y no cree que sus desnudos en las revistas masculinas la contradigan]. Desde entonces participaría en otra decena de novelas, llegaría al cine con Un día sin sexo –una película dirigida por el mismo hombre que años después sería su esposo–, haría una veintena de obras de teatro y hasta actuaría junto a Mario Vargas Llosa en la versión que el Nobel escribió sobre Las mil y una noches.

«Lo divertido de esta carrera es que te permite jugar. Nunca sabes de lo que eres capaz hasta que lo haces y siempre hay un montón para aprender. Lo mismo pasa con las fotos. Esa soy yo, pero en otro aspecto de mí. No me siento así en el día a día».

Una actriz sale de noche con Charly y Pinocho

Vanessa Saba tiene insomnio. «No es que sufra de insomnio porque la verdad que lo disfruto bastante». Entonces, durante la madrugada, pasea a sus perros por el parque que da al fondo de su edificio. «Caminar por acá a las tres de la mañana es bien rico porque es tranquilo». Aprovecha para hablar sola, o si al día siguiente tiene una reunión se queda pensando en lo que tiene que decir, o si tuvo teatro se autocritica. «Discuto conmigo sobre qué me gustó y qué no. Menos mal que todo eso no es en voz alta, sino mental. Pero, sí, soy chiflada». A veces, también reza.

Otras, simplemente se queda en su casa, escribe, lee a José Saramago o a Nicole Krauss, o a algún otro autor que hayan recomendado en el periódico o que le haya prestado su padre. A veces, se queda viendo documentales de la revolución rusa en el iPad que le regaló su marido. O canta mientras él y los vecinos duermen. O limpia. «Me encanta limpiar. No cocino nada, pero limpiar es una manía. Me relaja ver cómo la suciedad se va. Si hay una reunión en la noche puedo quedarme aspirando hasta las cinco de la mañana. Antes, cuando vivía sola, era peor. No podía dormir si no estaba todo impecable. Es algo que me supera, no puedo dejar las cosas tiradas».

‒¿En algún otro aspecto sos así [obsesiva, pienso, pero no se lo digo]?

‒¿Neurótica? Puedes decirlo. O sea, me parece una obsesión sana. No tan insana, por lo menos. Soy medio obsesiva de todas maneras, como con estos –los perros– que los paseo cinco veces al día. Y, sí, es un exceso.

‒¿Y con tu trabajo?

‒Nunca me siento satisfecha del todo. Soy bien pesada conmigo, pero me gusta porque todo se puede mejorar. Y las épocas en que el trabajo baja, sí, me da ansiedad. Es una de las cosas que hay que aprender a manejar. Si no estas en un buen día puedes pensar cosas de lo más dramáticas, como que no vas a actuar nunca más. Es algo que vengo trabajando hace quince años pero, sí, da nervios –cuenta la actriz que empezó a jugar frontón para preparar la villana de Pobre Diabla. Era un personaje directo, sin vueltas.
Igual que el juego de pelota.

Vanessa Saba no es una chica material

«Nunca me he sentido muy femenina», dice. Su mamá siempre la regañó porque no usa aretes ni pulseras. «Si tengo que salir me gusta arreglarme pero sino, prefiero estar cómoda». De niña no le gustaban solo sus muñecas. También jugaba con un circuito de carros de Mickey Mouse que le había regalado su padre. Ahora, a los 37, cada mañana juega tenis frente al mar. «Desde que lo hago me siento más segura. No es solamente una cuestión de verme bien [todas decimos lo mismo]. Boto un montón de cosas, me siento sana y además me divierto. Así que creo que seguiré el resto de mi vida». En su departamento aún conserva la raqueta con la que empezó a jugar hace dos años. Se convirtió en un arco que parece a punto de quebrarse.

Cuando prepara sus personajes, en cambio, prefiere el trabajo racional. «Hay actores a los cuales les sirve la cosa física, pero a mí no. Prefiero empezar desde adentro, entendiendo al personaje. Siento que si la psicología está clara la forma corporal va a aparecer en consecuencia».

Solo una vez renegó de un personaje. Era una de sus primeras telenovelas y, como de costumbre, tenía el más perverso de los papeles. «De una novela a otra los textos eran los mismos y en un momento en el set nos habíamos juntado un grupo de actores a criticar por qué siempre escribían igual. Entonces se nos acercó Maricarmen Regueiro –una actriz que en los noventa protagonizó Natacha– y nos dijo que nos dejemos de babosadas, que el género era así y que había que respetarlo para hacerlo bien». Desde entonces nunca más dijeron nada. Saba se divertía tratando de reinterpretar las discusiones que solían terminar con la muletilla «me las pagarás», pero no volvió a cuestionar el género. «Me la pasé bien haciendo esa telenovela y luego tuve otros personajes bien bonitos en el melodrama. Creo que la gracia es encontrarle las motivaciones a los personajes y entonces se pueden hacer cosas pajas».

¿Cómo ser una famosa relajada en tiempos de WhatsApp?

A Vanessa Saba le gustan Bon Jovi, las hamburguesas, las comedias románticas, los perros, los discos, las bodas, el tenis, el reggaetón y la literatura de Vargas Llosa. Detesta el sabor del alcohol pero, sobre todo, lo más detesta es que la gente hable durante los espectáculos. En el cine puede pelearse con media sala para que se queden en silencio [aunque en el intento termine haciendo más ruido que todos los demás]. Y en el teatro una vez paró uno de sus espectáculos para pedirle a un hombre que apague su teléfono. Estaba hablando desde hacía varios minutos en medio de la función.

Cuando se pone nerviosa, también puede hacer comentarios desatinados. Es como si alguien más –y diferente– hablara por ella. Como aquella vez que la invitaron al programa del grupo Pataclaun y durante la grabación dijo que no era buena para el humor chacota. «Cuando me di cuenta de que había dicho eso me quería morir porque los chicos son bien capos y habían sido súper amables conmigo. Era yo la que estaba nerviosa porque sentía que lo había hecho muy mal y salí diciendo eso, que encima sonaba de los más despectivo».

De adolescente, dice que sus padres no sabían qué hacer con ella. Se había vuelto antipática, se escapaba para ir a bailar y una vez, cuando llegaron los casinos a Lima, fue con un grupo de amigos al que estaba en La Rosa Náutica. En un momento de la noche, cuando se les terminó el dinero, volvieron a su casa. «Queríamos seguir jugando y mis papás dormían como troncos, así que les saqué veinte soles de la billetera y nos fuimos de nuevo a jugar».
Ahora, a los 37 años, ya no le gustan las discotecas. Prefiere lugares con menos bulla para conversar. Pero hay algo que no ha cambiado: sigue siendo la niña despreocupada que en las noches canta en karaoke en la sala de su casa mientras todos duermen.