Una top model busca excusas para volver temprano a casa

Escribe: Carlos Fuller / Fotos: Marco Garro
Anahí Gonzales Daly ha posado en sesiones de fotos desde los cinco años y, a sus veintinueve, aún no sabe lo que es un after party. En un mundo conocido por las divas, los vicios y las fiestas, ella prefiere una tarde de cine con Joaquín, su primer hijo. El mismo por quien lloraba cuando tenía que irse del país a modelar hasta por dos meses. En Lima, la esperan él, su esposo y el más reciente miembro de la familia, Iago, que aún no puede caminar. ¿Cómo sobrevive una top model que siempre quiere estar cerca de su familia?

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La hora del baño es sagrada.

Nadie puede interferir, nadie puede interrumpirla. Nadie más puede llevarla a cabo. Solo ella.

Ella enciende y coloca, una por una, las velas en el baño. Ella sumerge el cuerpito desnudo en el agua y se mete, junto a él, en la tina. Ella lo jabona, lo limpia y lo seca con una toalla. Ella le hace masajes en las piernas y los brazos mínimos. Todos los días, sin falta. Cada noche de sus tres meses de vida, Anahí Gonzales Daly ha bañado a su segundo hijo, Iago. Y nadie más ha tenido el permiso de hacerlo. Desde hace tres meses que no acepta un solo trabajo de su agencia principal, Elite Model Management Miami, ni de ninguna de las otras catorce agencias de modelos que usualmente trabajan con ella. Es más, no acepta un trabajo desde los cinco meses de embarazo, cuando comenzó a aparecerle la panza y se recluyó en su apartamento en San Isidro. En suma, desde hace siete meses aquel edificio blanco de tres pisos se ha convertido, por primera vez, en su hogar a tiempo completo.

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Lejos parecen los días en los que viajaba tanto que olvidaba la fecha del día o el lugar del mundo en el que estaba. En los que partía a Sudáfrica para ser portada de la revista GQ, vestida de un bikini dorado. O a las islas Maldivas para aparecer en Sports Illustrated, con un bikini arcoíris. O en lencería para la marca de sostenes Wonderbra o abrazada a Antonio Banderas para una campaña de lentes por Europa y Estados Unidos. No, nada de eso. Ahora ella no tiene agenda para esas cosas.

Esta es una tarde de los primeros días de febrero y la modelo internacional Anahí Gonzales Daly tiene que bañar a su segundo hijo, Iago. Pero ella sabe que no siempre será así. Sabe que tiene hasta fin de mes para ser la única. Y es que, luego de pensarlo y repensarlo mil veces, ha decidido aceptar un trabajo. Una sesión de fotos en Miami. Marzo, esa es la fecha límite. Luego mamá volverá a subirse a un avión.
‒Mamá… ­‒le dijo el niño, tímidamente, luego de saludarla. Tiene el pelo castaño y las mejillas pronunciadas. Su nombre es Joaquín y ya cumplió once años. Es el primer hijo de Anahí, quien lo tuvo a los dieciocho años, con su primer esposo.
‒Dime mi amor –respondió ella.
‒¿Puedo ver Esto es guerra?

Ella lo pensó un momento.
‒Sí, mi amor, anda –le dijo, con la misma sonrisa que pondría alguien que sabe que está haciendo algo que no debe. El niño subió corriendo las escaleras–. Está castigado. Se sacó un jalado en la libreta, así que nada de televisión ni videojuegos. Pero le encanta ese programa…

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Así es Anahí: dos ojos verdes a 1.72 metros del suelo, el pelo lacio, castaño y planchado, la piel bronceada como recién llegada de la playa. Un vestido ceñido de rayas azules llega a taparle la mitad del muslo, y en el pecho, una cadena con un corazón minúsculo. En este momento está sentada en el enorme sillón blanco que ocupa la mayor parte de su sala. Y la sala es así: alrededor del sillón hay muebles y en las repisas hay esculturas y retratos familiares. Hay también lienzos en las paredes. Más allá, en este mismo primer piso, está el comedor y, aún más lejos, una puerta que da a la cocina. Por una ventana alta que da al jardín entra la luz dorada de las cinco de la tarde.

Joaquín vuelve a aparecer desde el balcón del segundo piso.
‒Mamá… ­dice con el mismo tono de voz de la última vez. Dime, mi amor.
‒¿Podemos ir al cine?
‒Más tarde vamos, ¿ya? Busca qué películas hay.

Joaquín asintió y volvió a perderse. Ir al cine es una de las cosas que más disfrutan hacer juntos. Por siete meses, la vida de Anahí ha sido así: martes, miércoles y jueves en su casa de San Isidro; sábado, domingo y lunes en la playa Caballeros, al sur de Lima. A pasear por el malecón o por los parques desde temprano en la mañana. A visitar a su madre, Maribel Gamboa, para llevarle a su nieto. Yendo a una cena sin volver muy tarde. Respondiendo correos de su empresa [Anahí Modeling Inc.], con la que representa a jóvenes modelos en el extranjero. Eso, de todas formas, significa poco para alejarla de Iago o de Joaquín o de Diego de la Puente, su esposo. Salvo por una excepción: su personal trainer. Y es que, en este momento, Anahí pesa 54 kilos como rezago de su embarazo. Su peso ideal para poder trabajar es 52.

Cuando llegue a los 52 dejará el país.


La hora del almuerzo es sagrada. Esa ha sido siempre la única regla en casa de las Gonzales Daly Gamboa. Son las dos de la tarde y estoy en el comedor de Maribel Gamboa, la madre de Anahí, que está sentada en la cabecera de una mesa larga. En sus respectivos asientos están sus otras tres hijas: Ximena, Alejandra, Isabella. De mayor a menor, Anahí es la segunda. Pero ella no se encuentra hoy en esta casa. Dos niños chicos corren por el comedor con juguetes en las manos. Ha terminado el almuerzo y todas hacen sobremesa. La única que come es Alejandra, que ha llegado tarde. De todas, ella es la que más se parece a su hermana, una versión más niña. Es igual de guapa, ligeramente más pálida, pero tiene los mismos ojos verdes. A ella Anahí la ha llevado, también, como modelo al extranjero con su empresa.

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Si Alejandra es una versión más niña, Maribel, la madre de Anahí, es una versión mayor. Su rostro tiene la misma forma y tiene, también, los ojos verdes. Pareciese que, de joven, hubiese sido modelo internacional como su hija. No lo ha sido, aunque sí ha modelado. Maribel Gamboa se casó a los dieciocho años. Se dedicó siempre a sus hijos, aunque, de vez en cuando, la llamaban para protagonizar comerciales y hacer fotos de belleza. Fue gracias a ella que Anahí comenzó su carrera, a los cinco años. Llevaba a su hija a las producciones y la gente se quedaba impactada con lo bella que era. Fue así que apareció en catálogos para empresas de cosméticos como Yanbal o Ripley y Saga Falabella. Luego del colegio se iba a las sesiones de fotos vestida con su uniforme del San Silvestre.

La infancia de Anahí fue eso: sus hermanas, su hogar, los paseos familiares, sus dos padres juntos. La mayor parte la pasó en una casa de la calle San Martín, en Miraflores. Desde ahí podían irse todas las hermanas en patines a recorrer la Av. Larco. O a hacerle bromas a la gente que paseaba en el parque Kennedy. O se bañaban en una piscina de plástico de dos metros de largo que tenían en el jardín. No era enorme, pero para ellas lo era. Cuando no estaban en Lima se iban a la casa de la madrina de Anahí, en Chincha, donde jugaban con los animales. Si no querían ir muy lejos, partían a Chaclacayo, a la casa de otro tío, donde Anahí subía a los cerros con sus más de diez primas. Sucia, feliz, llena de tierra y corriendo.
–Todas mis hijas han salido igualitas –dice Maribel Gamboa, riendo–. Tímidas, calladas y tranquilas. Y la más tranquila de todas podría ser Anahí.

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Pensar en el mundo del modelaje es pensar en Naomi Campbell ahorcando del cuello a su asistenta. O en Angyness Deyn pasada de tragos y repleta de moretones en las piernas. O en Kate Moss aspirando cocaína. Un mundo de fiestas hasta la madrugada, drogas, alcohol y anorexia. Sin embargo, y a pesar de vivir en este mundo, Anahí Gonzáles Daly asegura que nunca en su vida ha ido a un after party. Que jamás ha visto el amanecer luego de una fiesta, ni siquiera cuando era adolescente y salía con sus amigas. Dice Diego de la Puente, su esposo, que Anahí es tan tímida que podría contar a sus amigos cercanos con la mano. «No fuma, no toma más de una copa, no consume drogas ni ha probado», cuenta. Cuando la invitan a fiestas, suele decir que tiene que levantarse temprano para una sesión de fotos. A veces es cierto; otras, para salir del paso.

Cuenta Maribel Gamboa que hubo una fiesta en Miami a la que asistió un famoso diseñador italiano. En el momento que él entró por la puerta todas las modelos presentes armaron un escándalo. La única que se quedó tranquila en su sitio fue Anahí. Y fue justamente por su indiferencia que el diseñador pidió hablar con ella. Le dijo que quería invitarla a desayunar al día siguiente. Anahí respondió que no podía porque tenía una sesión fotográfica. Este le dijo, entonces, que la invitaba a almorzar. Ella respondió que quizá terminaría muy tarde.

Sana. Así se describe a sí misma. Caseras. Así describe Maribel Gamboa a sus hijas. Ninguna sabe explicar muy bien las razones, pero es así. Quizá a imitación de aquella vida familiar que disfrutaron tanto. Y, de todas las hermanas, Anahí es el mayor exponente.
Una chica sana, de su casa y tranquila posando en lencería.


Anahí es, también, sagrada. Eso dice la leyenda guaraní sobre el origen de su nombre. Era una niña que se rebeló frente a los conquistadores españoles. Pero fue apresada y condenada a arder en el fuego. Dicen que, cuando se consumió, la niña ya no era niña, sino flor. Una flor de ceibo. Una que es de rojo intenso con delicados estambres en punta. Eso significa Anahí: ‘bella como la flor de ceibo’.

Anahí es sagrada, bella como la flor de ceibo y está bendita. En una de las repisas de su sala hay una muñeca morena y con un vestido amplio. Es una estatuilla de la diosa de la fertilidad. La trajo de Sudáfrica, país que ha visitado unas veinte veces por su trabajo. La compró al poco tiempo de comprometerse con Diego de la Puente, su actual esposo, con la esperanza de quedar embarazada en el largo plazo. Sin embargo, bastó un solo mes para quedar embarazada de Iago.

Pero aquella no había sido la primera oportunidad en que afloraba su excesiva fertilidad. Tenía dieciocho años y acababa de terminar el colegio cuando quedó embarazada de Joaquín. La noticia sorprendió a la familia, pero recibió todo el apoyo. Se casó con su entonces enamorado y, nueve meses después, nacía Joaquín en un parto rápido y sencillo. Así como el de Iago, que tomó una hora y veinte minutos. Una nadería comparada a mujeres que esperan por más de diez horas. La modelo que es bella como la flor de ceibo está bendita por la diosa de la fertilidad y los bebés salen de ella con la facilidad de quien quiere venir al mundo para verla.

A sus veinte años, Anahí ya había logrado todo lo que podía lograr en modelaje a nivel local y pensó en probar suerte fuera del país. Ella estudiaba Arquitectura durante el año, así que esperó hasta las vacaciones de verano para partir a Miami con Joaquín y su entonces esposo para presentarse en diferentes agencias de modelaje. Casi todas respondieron positivamente. Al verano siguiente, volvió. Al subsiguiente ya no regresó a la universidad. Nunca la dejaron de llamar.

Siempre que podía se llevaba a Joaquín consigo. Pero conforme su fama crecía, sus viajes se hacían más frecuentes y hacia lugares más remotos. Eso significó alejarse. Dos semanas en Lima, dos semanas en cualquier punto del mundo. La cosa empeoró cuando decidió separarse de su esposo, lo que complicaba la comunicación. Hubo una vez en la que la mandaron a Milán para una producción y tuvo que quedarse durante dos meses. Nunca había estado lejos tanto tiempo de su hijo. Dice Maribel Gamboa que Anahí la llamaba llorando porque extrañaba a Joaquín. Luego de esa experiencia dijo nunca más. Pidió a su agencia que si la mandaban a Europa fuese solo por unos días. Hizo su base en Miami, donde tiene un apartamento para poder moverse por Estados Unidos. Desde que se casó con Diego de la Puente, y pensando en tener un segundo hijo, su ritmo de viajes bajó mucho.

«Ahora el plan es que coja trabajos cortos y no muy lejanos, como este que va a tomar en marzo», dice Diego de la Puente, sentado en su oficina. Él es dueño del restaurante de comida peruano-oriental Osaka y, por su trabajo, también tiene que viajar seguido. Hace poco, se fue a California y lo único que quería desde que aterrizó era regresar a casa. «Aunque igual va a ser duro. Recién se va a dar cuenta de lo difícil que es cuando se tenga que ir. Joaquín está acostumbrado a ver a su madre viajar desde los tres años, pero con Iago va a ser algo nuevo. Es un hijo nuevo. Ahora está tranquila, pero es porque no se ha dado cuenta».

Arriba, en el segundo piso, está Iago, en su cuna. Moviendo los brazos mínimos. Sonríe. Hace un momento estaba sobre los hombros de Joaquín. Dice Anahí que a este siempre le han gustado los niños. Se llevan bien. Ella los miraba jugar.
–Necesitaba las dos cosas, la maternidad y mi carrera. Si no, me hubiese sentido frustrada en un aspecto. Siento que si no hubiera viajado no me sentiría realizada. Pero si me hubiese ido por completo, dejando a mi hijo, me sentiría completamente vacía. Creo que traté de combinar las dos cosas lo mejor que pude… sí, hice lo mejor que pude.
Es ahí, luego de decir aquello, que Anahí Gonzales Daly se despide. Se levanta del sillón, me dirige hacia la puerta del ascensor y sube las escaleras. Su taconeo resuena en toda la casa.

Antes de entrar al ascensor espero un momento y escucho.

«¿Cómo está mi bebito hermoooshhhooo», se oye desde abajo. «No te has bañado, ¿no? Vamos a bañarte, ¿ya?», dice, justo antes del sonido de dos besos que retumban en los tres pisos de la casa.

Lo bañará antes de irse al cine con Joaquín.

Es tarde, por la ventana del departamento entra la noche. Los primeros días de febrero llegan a su fin. Anahí pronto volverá a modelar.

Y marzo.

Marzo aún está lejos.

O, al menos, eso quiere creer.

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