Un rebelde de los fierros

Salvador Ricci

Por David Gavidia / Fotos de Alonso Molina
Salvador Ricci es un polémico piloto de autos que suma admiradores y detractores. Promotor del automovilismo en el Perú, es quien más veces ha sido sancionado en el famoso autódromo La Chutana, pero también un terco corredor que deja atrás sus impulsos por el fraternal amor a sus hijos. ¿Cuán intenso puede ser un hombre que vive a más de doscientos kilómetros por hora?
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En los últimos quince minutos, el automovilista Salvador Ricci respondió, al menos, diez veces el teléfono móvil. Aunque se disculpa cada vez que el ringtone de su iPhone rompe la conversación, salta sobre el aparato y lo calla, como quien estrangula una almohada. Aunque este vuelve a sonar, no lo apaga. Sabe que para su interlocutor resulta molesto verlo responder correos electrónicos, atender llamadas y realizar coordinaciones laborales mientras planifica –por decir– el próximo fin de semana familiar en el balneario de Ancón. «Soy un workaholic», justifica, inquieto, moviendo las manos, las cejas, para volver sobre la pantalla táctil del teléfono inteligente. Todo, en unos cuantos segundos.

Ocurre que este piloto de 36 años es un adicto al trabajo, pero además un tipo con un claro problema de déficit de atención, ¿o es acaso un hombre dotado con gran capacidad para hacer muchas cosas a la vez?

«Es déficit de atención. Lo padezco desde siempre», explica, y se levanta de su cómodo sillón plomo para encender la luz de una lámpara y mirar el mar desde la ventana de su departamento en Chorrillos.

«Necesito estar haciendo muchas cosas; si no las hago, las invento. Siempre quiero estar ocupado. Aunque trabajo para calmarme», cuenta Salvador. Su esposa, Vanessa Olcese, da más detalles: «El domingo su teléfono y su tablet, se quedaron sin batería. Él no sabía qué hacer. No le gusta estar desconectado. Nosotros estábamos felices, pero él no. Siempre tiene que estar a mil», dice ella, sonriendo, como quien comparte una infidencia, un secreto a voces.

Pese a que Salvador Ricci niega su dependencia de estos aparatos tecnológicos no puede hacer lo mismo con su déficit de atención. Acepta que es un defecto, pero que también lo llevó a vivir todo a gran velocidad. A los diez años ingresó, por iniciativa propia, a una escuela de kart. Su padre, al ver su emoción, le propuso un reto: un cochecito a cambio de buenas calificaciones. Las consiguió. «No sé cómo, porque era un pésimo alumno», recuerda. Pero desde entonces no se alejó de los autos.

Hoy Salvador Ricci es padre de dos niños: Salvador de tres años y Cristóbal de ocho meses. Pero, además, es uno de los automovilistas más polémicos y rebeldes del circuito. Su estilo es avasallador y se basa en ir al ‘todo por el todo’ en cada competencia. No le importa ser provocador ni sembrar rumores entre los participantes para causar zozobras entre ellos. La intriga es un juego psicológico muy usado en el mundo de los fierros, y quien sabe usarlo puede recoger los mejores resultados. Como en la vida, el manejo de información es poder. Quien no la tiene, duda. Quien duda, pierde. Así de fácil.

Al piloto tampoco le interesa entrar en discusiones con sus principales adversarios. No se habla de insultos, pero sí de mensajes directos a sus más próximos rivales. Con un tono provocador y la mirada fija les ha dicho: «Iré a matar desde el inicio» o «Esta tarde voy por ti». Sus habituales blancos han sido los pilotos Mario Hart y Christian Kobashigawa, quienes tampoco han dudado en responder a sus provocaciones a través de canales especializados en automovilismo.

—Es un provocador —dice su esposa, riendo.
—Nada de eso —responde él, y se defiende—. Vanessa cree que soy picón, pero no lo soy. Lo que pasa es que friego mucho. Tengo una capacidad para responder los ataques rapidísimo, y también lo hago bien.

¿Picón, competitivo, pura boquilla? «Ricci es un rival franco y sincero. Tiene claro que la competencia comienza y termina en la pista, y si ha cometido algún error no duda en hablarlo o disculparse si es el caso», lo retrata su entrenador Wilson Maruy, con quien lleva casi una década trabajando. Para él Salva es un tipo impulsivo que siempre dirá lo que piensa. Asegura que le gusta bromear y molestar a sus amigos-rivales, y siempre dejará al misterio si la joda o el ataque va en serio o no. Todo es parte del escenario que le gusta montar a este corredor de autos para poner nerviosos a sus oponentes. «Pero cuando se trata de ayudar, lo hace», comenta Maruy, quien conoce a Ricci más que nadie sobre las pistas de La Chutana, ese autódromo que inició sus operaciones en abril del 2010, siendo un espacio alejado, casi derruido, pero que hoy se proyecta a convertirse en una de las mejores pistas de Sudamérica.

Salvador ricci es un rival franco y sincero. Tiene claro que la competencia comienza y termina en la pista, y si ha cometido algún error no duda en disculparse. También es un tipo impulsivo que siempre dirá lo que piensa. le gusta bromear y molestar a sus amigos-rivales, y siempre dejará al misterio si el ataque va en serio o no

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Según la página web del autódromo, La Chutana se encuentra en el kilómetro 50.5 de la Panamericana Sur, en San Bartolo. Cerca del mar y alejado del tráfico de Lima, ahí se realiza el tradicional Campeonato de Circuito Turismo Competición, pero también las 6 Horas Peruanas, los 200 km de Lima, y desde el año pasado un torneo monomarca llamado TC Honda Masters1. Cada cierto tiempo, este lugar, se convierte en un espacio de pasiones exacerbadas por los fierros y la velocidad.

En el 2013, Salvador Ricci ocupó el primer puesto en las Seis Horas Petroperú. Sin embargo, fuera de las alegrías que representó para su familia, su triunfo vino acompañado de críticas. Algunos colegas cuestionaban que sea accionista de La Chutana. El piloto desmiente cualquier conflicto de interés. De hecho le incomoda la pregunta sobre su participación como accionista del autódromo. Es un tema que no le gusta tocar. Pero en otro momento, con un poco más en confianza, refuta. «Se dice mucha tontería», y cuenta que, para evitar polémicas de ese tipo, los comisarios terminan siendo más rigurosos con él. «Será para que no les digan que hay favoritismo. Soy a quien más sancionan», dice, y se ríe.

Alejado de las polémicas, sin embargo la felicidad para Salvador Ricci es su tranquilidad. Y la consigue junto a sus hijos. Con Salvador, de tres años, la afinidad es mayor. El otro, Cristóbal, todavía es muy pequeño y no puede sumarse a sus aventuras. Seguro pronto lo hará. Con Salvador hijo practica fútbol, recorre scooter, cada uno va en su moto, juegan con carritos o se enfrentan en lo que ambos llaman la ‘mechadera’, un concurso de lucha muy popular entre los niños. «Ahí nos agarramos. Él me gana», cuenta Salva sobre esos toscos pero delicados enfrentamientos con su hijo.

El escritor peruano Santiago Roncagliolo pasa por una etapa muy similar en su vida como padre. Él define este periodo como un mágico instante en que el hijo todavía cree que el papá es un superhéroe. «Pero en diez años pensará que soy un completo idiota». La frase le causa mucha gracia a Salvador Ricci, y la suscribe. Entonces recuerda lo impresionante que es la relación con sus hijos. El mayor imita al padre en la forma de sentarse, pararse, apenas lo ve aparecerse en el departamento, el pequeño va corriendo hacia sus brazos para que lo cargue, lo bese. Y el piloto más arisco de La Chutana absorbe la ternura del niño. «Él me influencia y mucho», dice. ¿Qué logra paralizar a este hiperactivo automovilista? «Estar junto a ellos. Gracias a mis hijos soy un hombre más maduro; ya no soy tan ansioso».

Su vida como padre ha hecho que Salvador Ricci piense en la posibilidad de un pronto retiro del automovilismo, en su faceta de piloto. Cree que puede dejar la posta a Salvador júnior, quien en tres años comenzará con los karts. Aunque para eso todavía falta.

Mientras tanto, Salvador Ricci continúa con su dura rutina diaria como gerente en su empresa de metalmecánica, por lo que debe seguir pendiente de la tablet y del celular. Pero, además, debe seguir con lo más tedioso de ser piloto profesional: el entrenamiento. Recorrer veinticinco kilómetros en bicicleta, pruebas con el auto antes de cada carrera, hacer dieta, alejarse de sus comidas favoritas [como la papa a la huancaína por las noches], concentrarse y afinar las proyecciones para el 2014, año en el que piensa reformular su exigencia en el trabajo, para pasar más tiempo con su familia.

Por ahora Salvador Ricci solo piensa en competir, disfrutar, ganar y dedicar los triunfos a su esposa, la mujer que mira siempre antes de competir; y a sus hijos, los pequeños que lo saludan desde las tribunas cuando él, uniformado, montado sobre su auto se prepara para continuar con su vida sobre una pista. Es decir, su intensa y apacible existencia a más de doscientos kilómetros por hora.

Asistente de fotografía: Pablo Guzmán
Dirección de arte: André Toledo
Producción: Pía Gonzales-Vigil
Asistentes de producción: Luciana Gamio y Mariale Fernández
Video making of: Sensorial Films
Ropa: Emporio Armani