Super Deportistas

Por Javier Wong
Fotos de Alonso Molina

Han pasado 65 años desde la última medalla dorada para el Perú en los Juegos Olímpicos y 31 desde que la selección peruana de fútbol llegó por última vez a un mundial. Pero, pese a vivir en un país en el que solo una de cada diez personas practica deporte, hay jóvenes atletas que buscan batir récords. En los Juegos Bolivarianos 2013, realizados en noviembre pasado, el Perú obtuvo 226 medallas entre 53 deportes. Aquí, diez medallistas que buscan la excelencia deportiva en un país que necesita campeones.

Todos los ojos están sobre él. Fue el abanderado de la delegación en los últimos Bolivarianos. Rompió el récord nacional de 200 metros mariposa en las Olimpiadas de Londres. Puede estar metido en una piscina hasta seis horas al día y nadar sin descanso en mar abierto. Mauricio Fiol es un convencido de sus capacidades en el agua, y su confianza sobrepasa el largo de un estanque. «Tengo diecinueve años, las próximas olimpiadas son en dos y las otras en seis. En estos momentos me siento a gusto con mi rendimiento. Mi sueño es la medalla olímpica», comenta. Hace poco Fiol se hizo un tatuaje de los anillos olímpicos en el torso. «Es para recordarme dónde he estado y el honor de participar en una competencia de esas magnitudes», señala. En su niñez, a Fiol le diagnosticaron déficit de atención e hiperactividad. Metido en una piscina usa ese trastorno a su favor. Todas sus energías se canalizan en el nado. De pequeño, también, se le abrió el labio antes de nadar, pero él igual quería meterse. «A veces, por mi edad, cometo algunos errores mientras nado, pero los he ido corrigiendo», asegura. Luego, en el 2010, se rompió los ligamentos y no pudo nadar durante ocho meses. Sus tiempos empeoraron; fue un golpe duro. Ahora, tres años después y con unos juegos olímpicos a cuestas, Fiol ve eso como un mal sueño. «Estoy por buen camino, entrenando fuerte para todo lo que viene el próximo año», comenta Fiol. Parece que nunca perderá eso que le falta a otros atletas: la motivación.

El surf tiene reglas. Pocos las conocen, pero el deporte de las tablas y olas posee jerarquías y rituales. Hay ‘lacras’, los que reman todas las olas y no dejan nada para el resto, y hay ‘lanzas’, los novatos, que no cogen nada e interrumpen a otros. «Uno tiene que pagar derecho de piso, pues ya sea compitiendo o viajando hay que respetar ciertos códigos», dice Martino. Dar preferencia a los corredores locales, ir desde abajo, «haciéndote un nombre» para tener más peso en las competencias. Hoy, que la tabla es un deporte rey en el Perú, son pocos los que conocen estos mecanismos sobre las olas. «El que rema y agarra la ola en el punto más crítico es el que tiene derecho a correrla. Es como una cola donde todos tienen que esperar su turno», afirma el cuatro veces campeón nacional de longboard. Él, que no puede concebir su vida sin levantarse e ir al mar a correr, piensa que el surf es un estilo de vida. Comenzó a los once años, corriendo en una tablita que le regaló su tío. A los doce ganó su primera competencia en la playa La Pampilla, y desde allí no ha parado. «Además hay que ser profesional», comenta Tamil. Evitar la vida nocturna, dormir bien, escapar de la premisa que condena a los tablistas de relajados y flojos. En San Bartolo, además de entrenar, Martino dirige una escuela municipal de tabla. Allí imparten clases gratuitas a chicos de bajos recursos. «Por supuesto que es posible que el surf llegue a todos los estratos sociales –dice el atleta–. Yo confío en encontrar más campeones en esta escuela».

El deporte, que nació en el Perú hace seis décadas, requiere reflejos y golpes rápidos, certeros. «Este deporte es una combinación técnica y táctica. Se deben perfeccionar mucho las jugadas, utilizar los efectos de la bola, etc.», dice el experimentado frontonista. Se trata de incomodar, mover al rival y tratar de buscar las esquinas. «Cuando el otro lee tus golpes, dejas de ser complicado. El frontón demanda ser perfeccionista», señala Álvarez. Empezó a interesarse en este deporte cuando veía jugar a su padre, a los nueve años. El frontón fue la excusa para que ambos estuvieran juntos y pudieran compartir dentro de una cancha. Y desde entonces no paró. Hace diez años, Mauricio rompió en llanto dentro de una cancha de frontón. Estaba jugando su último match en el Lima Open, había ganado en dobles y tras tres arduos partidos estaba jugando la final de singles. Eran casi las seis de la tarde y Mauricio no daba más. Estaba exhausto. Cuando ganó el último punto, vio a su papá y lo abrazó. Dice que debe ser el abrazo más fuerte que ha dado en su vida. «Esto es para ti –le dije–, y los dos rompimos en lágrimas». Ahora Mauricio continúa pegando a la pequeña pelota negra y recuerda siempre ese abrazo fuerte, cuando Mauricio se coronó campeón de aquel torneo. Por eso juega frontón, porque es como regresar a la cancha y jugar de nuevo con su padre.

Brissa estudió psicología. Como muchos otros tablistas, ella salía de gira a los doce años. Pasaba dos o tres meses fuera de casa en Sudáfrica, Hawái o algún país que no conocía, sin ningún familiar cerca. «Siempre quise un psicólogo y nunca lo tuve», dice. Cuando era chica, rompía sus tablas cuando perdía. Se enfurecía, no sabía manejar la derrota. «¿Cómo el chico va a poder controlar una carga así solo?», comenta. Por eso, además de ser regidora en Punta Hermosa y correr olas entre dos y cuatro horas diarias, Brissa quiere enfocarse en la psicología deportiva. Ahora, con más olas encima y menos tablas rotas, aprendió que enfurecerse no le favorece. «Uno practica en visualizarse, verse en la ola y saber qué ocurrirá luego», comenta la campeona nacional de tabla en todas las categorías. Motivación, autoestima, rendimiento, garra; asuntos puntuales que la psicología trata y Brissa aprendió a manejar de grande. Hace año y medio que practica paddle surf, deporte donde tiene que estar parada y realizar las maniobras con un remo entre las manos. «Al principio era desesperante, no me salía nada», comenta Brissa. Aun así, con solo dos semanas de entrenamiento, quedó cuarta en el mundial pasado. «Para el siguiente quiero quedar en el top tres», dice. Un gran sueño de Brissa, además de seguir en los logros con la tabla y el remo, es tener hijos y compartir olas con ellos. Que pasen por el Estadio Nacional y vean su nombre en los laureles deportivos. «Que tus hijos y nietos vean lo que has hecho debe ser gratificante».

La fuerza viene del estómago. Golpes, patadas y saltos en el aire tienen su origen allí, en el punto central del cuerpo. «Del ombligo sale toda la fuerza, tienes que respirar, encontrar tu equilibrio», dice Ruth Landa, quien practica el arte marcial chino desde los ocho años. Hoy, Landa dicta talleres de wu-shu en colegios e imparte la mística oriental entre niños, jóvenes y ancianos. «La respiración es fundamental. Si no la saben manejar es complicado que hagan un movimiento preciso», señala. Ella se especializa en taolu, la rama que no implica un combate cuerpo a cuerpo, sino una danza que puede durar entre sesenta y noventa segundos. Durante ese momento, Ruth se mueve, hace piruetas impensadas dentro de la zona de exhibición. Suelta gritos, lanza goles al vacío y frunce el ceño como si estuviera molesta. «Es que estoy concentrada. Tenemos que estar desmenuzando cada movimiento», comenta. Fuera de los entrenamientos y las competencias, Ruth nunca ha usado las habilidades físicas del wu-shu. Sin embargo, algo que sí le ha dado este deporte es la tranquilidad de caminar por la calle sin preocupaciones. El arte de combate chino la ayuda a despejar la mente y a concentrarse más en sus estudios de Educación Física. Solo a veces, antes de una competencia, siente nervios. «Pero te ayudan a mejorar, te ayudan a que puedas perfeccionar la danza», dice. Luego de los Juegos Panamericanos del 2019, Ruth tendrá 32 años. A esa edad dejará de competir para dedicarse por completo a los niños y enseñarles el arte marcial oriental.

Para minimizar sus errores, Alexander practica su rutina. «Desde cosas chiquitas hasta las más grandes, para que nada se te salga de control». En vela, entre sesión y sesión, uno puede pasar hasta cinco horas metido en el océano. El que gana lo hace por pura consistencia. «No alcanza con estar bien diez, quince segundos. Hay que tener la mejor cabeza de todas», comenta Zimmermann, que desde los cuatro años practica el deporte de vientos entrecruzados y movimientos bruscos de espalda. A los dieciséis años, obtuvo su mayor logro como deportista: la medalla de plata en los Juegos Panamericanos. «No podía estar más feliz, pues ese año el Perú sacó cuatro de plata y ocho de bronce», recuerda. Él sube su nivel cuando representa a su país. Como si en aquellas competencias cometiera el menor número de errores y el viento soplara a su favor. «Yo no puedo controlar a los otros, el viento o a los jueces, lo único que puedo controlar es mi propio rendimiento», señala el atleta, que en el 2011, por entrenar, pasó Navidad y Año Nuevo fuera del Perú. No todo ha sido viento en popa en la carrera del joven velerista. No haber clasificado a los Juegos Olímpicos de Londres fue duro para él. Había llegado al evento clasificatorio en Guadalajara como el subcampeón de sunfish [su categoría], pero no fueron sus mejores sesiones. Quedó fuera. Ahora su objetivo está en los Juegos Panamericanos del 2015. Es a todo o nada, piensa. Si se dedica un año, llegará a los Juegos Olímpicos de Río por inercia; está seguro de ello.

«Yo entro a explotar, a dejar todo dentro del agua». A Delfina Cuglievan le encanta el esquí acuático por la adrenalina. Afirma que uno mismo crea su velocidad y fuerza; es como acelerar un carro, pero con el propio movimiento de tu cuerpo. En su especialidad, Slalom, un bote la sujeta con una soga. Ella debe maniobrar y pasar por entre boyas puestas en línea, en el agua. «Mientras vas pasando etapas la soga se va achicando, por lo que se hace más difícil pasar todas las boyas», dice. Delfina acelera de 0 a 55 kilómetros por hora en cuatro segundos. Su cuerpo hace un péndulo en el mar y va sobrepasando los obstáculos. «En ese momento estoy en trance, como si estuviera en piloto automático. En inglés le dicen drive. Es un impulso, solo eso». A los doce años, Cuglievan compitió por primera vez; eran unos juegos latinoamericanos. «No entendía nada, pero me divertí muchísimo», comenta la ganadora del oro sudamericano en Medellín, hace tres años. Para ella el podio no es más que una foto del momento. «He aprendido más cuando me he caído del esquí, cuando me han ganado», afirma. Ha llegado a competir en lugares con más de cincuenta mil espectadores, y dice no sentir nada, no pensar en nada. El silencio la ayuda y la ansiedad también. «Es distinto el miedo que los nervios. Cuando te invade lo segundo te paralizas. A mí nunca me ha pasado».

A los catorce años, Paola se frustró con el salto largo. Quería pasar los cinco metros, pero alcanzó 4.99 metros dos veces. Quedó cuarta. Desde ese día hasta que cumplió veintiuno, no practicó. En Trujillo acaba de romper el récord nacional: saltó 6.32 metros, nueve centímetros más que la marca anterior. «Pocas veces me he emocionado tanto. Uno entrena por años y ruega que esos pocos intentos que uno tiene le salgan bien», comenta Paola, que antes entrenaba cien y doscientos metros planos. «Yo saltaba muy mal antes, me iba de cara a la arena», señala. Es difícil adquirir la destreza de correr, elevarte y sentir que vuelas por el aire. Paola empezó a mirar videos en YouTube e imitar la técnica. Comenzó a confiar en su entrenador y evolucionó su desempeño. Ahora es el orgullo en su casa, una familia llena de atletas. «Mi papá ha practicado atletismo, ha sido el tercero en Sudamérica en 100 metros planos. Mi mamá también entrena». Paola dice que ya se ha acostumbrado a la presión familiar. En el 2008 viajó a Italia y regresó lesionada. Fue la etapa más complicada de su carrera; y su papá la ayudó. «Me hizo agarrar forma de nuevo, a ponerme rápida otra vez», recuerda. Recobrar la fortaleza física fue solo el primer paso. «En el atletismo, conseguir la perfección es difícil; un velocista entrena para mejorar centésimas». Paola piensa en las próximas olimpiadas. Sabe que la marca mínima para clasificar es de 6.65 metros. Va a intentarlo. No pretende frustrarse otra vez.

En El Gringo, una playa de Chile, hay muy poca profundidad de agua. Un metro, a veces menos. César Bauer corría una ola y viró hacia un lado. «Me golpeé la cabeza con una piedra y se me hinchó tanto, que tuve que regresar a Lima de emergencia», dice. En otra ocasión, en Pico Alto, una de las olas más grandes del Perú, quedó sumergido varios segundos. «Me caí de la ola, y todas las demás me cayeron encima. Pensé que no salía», dice el campeón mundial de bodyboard en la categoría Dropknee en el 2010. Bauer piensa que las revolcadas y caídas son parte del bodyboard. A diferencia de una longboard, ser corchero implica ir echado o arrodillado en una tabla más chata y ancha. «Mira, es como la vida, o llegas al point o las olas te revuelcan», dice Bauer. Lo ideal, según él, es dejarse llevar. «Si ofreces resistencia, gastas oxígeno. Que la ola te arrastre un poco y de ahí te sueltas». La clave está en no perder los estribos. Este año el atleta participó en un documental. Enseñaban a niños especiales a correr olas, y quedó maravillado. Se dio cuenta del poder de la tabla en la sociedad. «Fue uno de los momentos más felices de mi carrera», dice. El bodyboard se puede practicar en cualquiera de los 2 mil 800 kilómetros de costa que tiene el Perú, en cualquier momento del año. Por eso –dice él– la tabla puede ser un elemento para que distintas personas se conozcan. «Es así –sonríe Bauer–. Dentro del mar todos somos iguales».

Una competencia de remo dura casi siete minutos. Parecen eternos. «Se trata de una combinación entre resistencia y potencia», dice Víctor, que se entrena en fondos largos, trabaja sus piernas y forma una palanca humana para impulsar el remo hacia atrás y adelante. «Hoy nos tocó una montada de 75 kilómetros, del Callao a Punta Negra, ida y vuela. Nos demoramos dos horas con 35 minutos», dice. Para Aspíllaga, la voluntad juvenil se va diluyendo con el pasar de los años. «Yo admiro eso, uno va creciendo, y ese entusiasmo que tenía en los primeros años se va perdiendo», afirma el remero. Ahora, ya curtido en su deporte, está mucho mejor preparado para afrontar las competencias. Tal vez haya perdido un poco de ese ímpetu juvenil, pero eso se compensa con experiencia. «Lo peor es dejar de entrenar. Un entrenador me dijo que eso contamina al deportista». La vida nocturna, las viejas amistades. Uno se distrae. Esa es una de las razones por las cuales Víctor ha decidido ser un deportista a tiempo completo. A veces tiene dudas. «¿Qué voy a hacer? ¿Vale la pena?», se pregunta. ¿Tendrá que abandonar sus estudios de abogado, su carrera, para practicar el deporte que le gusta? Bueno, esta es su única oportunidad, está en la edad adecuada para hacerlo. «Hablo con personas mayores y me dicen que se arrepienten de haberlo hecho a mi edad», dice. Por lo pronto seguirá trepado con los remos a derecha e izquierda.