Stephanie Cayo

¿Es posible hacerla enojar?

Escribe: Manolo Bonilla/ Foto: Marco Garro/ Estilismo: David Puerta
Siempre sonríe. Nadie la ha escuchado gritar. No se porta mal. No quiere posar desnuda. No ha tenido escándalos. No cambia por nada sus vacaciones familiares. Actúa, modela, canta. Parece hacerlo todo bien. El autor de esta historia entrevistó tres veces a Stephanie Cayo a lo largo de tres años. Nunca la vio enojada

Diciembre, hace un mes

Hay algo perturbador en ella. Y también algo de secreto que inquieta. No me ha pasado antes. Ni cuando entrevisté a una top model de lencería o una cantante de pop o una Miss Mundo. No tiene que ver con su escote como de acantilado, sus ojos verdes o su pelo de leona. Tampoco con el acento que ha adquirido, casi caribeño, pero que en Lima, coge algo de la tristeza gris de su cielo. Imagino que no tiene que ver con el cuerpo que dos países quieren ver desnudo en alguna publicación. Tampoco con la imagen de mujer frágil, inocente. No es la joven que se porta mal, que la fama marea con el mismo vértigo que el vodka en una noche. No la vamos a ver interpretar una caricatura de sí misma como Lindsay Lohan. Stephanie Cayo luce imperturbable ante todas las reacciones –admiración, crispación, excitación, envidia– que ella provoca en el resto de personas que la ven. O que creen conocerla.

Hoy es día de los inocentes y la espero en un café de Miraflores. Como antes la espere en un balneario privado al sur de Lima. O cuando la esperé al otro lado de la pantalla por Skype. Anoto algunas cosas en la libreta e imagino cómo reaccionará ese mozo cuando la vea entrar. ¿Y los otros hombres en el café? ¿Y las señoras tan de pie juntillas, tan misa de mediodía? Escribo en el papel: «Quizá en Bogotá fue ella misma. Acá no la hubieran dejado». En el iPhone se está cargando una escena de su último videoclip, El Alquimista: aparece en un pasadizo cubierto de papel con un chaleco diminuto que le cubre el pecho. Pero ahora, frente a mí, Stephanie aparece detrás de la pared de vidrio del café, caminando por la acera como en La angustia de vivir, esa vieja película de Grace Kelly. Ella pasea con una polera azul oversized, sandalias tipo gladiador, un short de jeans diminuto y lentes de aviador Ray Ban. Tiene un iPhone, pulseras hippies en la muñeca derecha y un hambre voraz: pide huevos revueltos con tomate, tres croissants, un caprese y un jugo de frutas: papaya, piña y fresa.

Cuando come el segundo croissant, una pequeña migaja queda suspendida en su labio inferior, como si le diera un beso. He decidido examinar cómo mastica, cómo coge el tenedor, cómo toma el jugo. Quiero analizar de dónde proviene esa turbación. Voy a detenerme a apuntar cuántas veces mira hacia la calle, a través de la ventana, como queriendo escapar; cuántas veces algunos mechones le taparán el ojo derecho, cuántas veces me ha mirado y ha sostenido la mirada. Cuántos silencios, cuántas risas, cuántos parpadeos. Quiero saber todo de Stephanie Cayo durante el desayuno. Y en esas andaba hasta que vi su cicatriz. Encontrar una cicatriz en un deportista, en un alpinista o en un karateca puede ser visto como un galeón más en su trayectoria. En la frente de Stephanie Cayo puede ser un rastro de humanidad.

No es perfecta.

Stephanie Cayo se ha caído. Tenía seis años y estaba en una piscina con tobogán en el Club Waikiki, en Miraflores. Había pasado todo el día en la piscina de niños. Como en todo cuento infantil, siempre hay una mala. Así son los niños también. Esa era la mujer encargada de la piscina, que cerraba la llave del agua que salía del tobogán. «Cada vez que subíamos, le pedía que la abriera», recuerda. Cuando regresó de comer algo y se subió, ya la había cerrado. Sus piernas no se deslizaron por el tobogán y se fue hacia un costado. Cayó de frente hacia un muro al lado de la piscina y luego rebotó en el agua, que se pintó de rojo. Su primo se lanzó a rescatarla. Entonces la llevaron al hospital de la FAP y la cosieron sin anestesia. No había tiempo para esperar a que hiciera efecto. «Ahora no tengo ningún trauma con los toboganes. Le tengo miedo a la gente bruta. A esa señora que fue tan tonta. A ellos les tengo mucho miedo. Por eso, los mantengo lejos», dice, mientras hace un mohín con los labios.

Stephanie Cayo recuerda dos cosas de ese día: una suerte de camisa de fuerza que sacaron para sujetarla mientras le cosían la herida y a su papá, Mario, que estaba ahí haciendo justamente eso: sujetándola.

Setiembre, hace tres años

Cayo está en la casa de su amiga en Madrid. Es su primera vez en Europa. La veo a través de una ventana que no es la de un café, sino la de Skype. Está llorando por su papá. Fuera de pantalla, Stephanie se aclara la voz, estornuda y regresa. Hace seis meses, Mario Alberto Cayo murió de cáncer. Ese fue el episodio más trágico que le ha tocado vivir. Y en la distancia, esta noche, lo extraña más. Stephanie Cayo había escrito esto, antes: Mi padre, era uno de esos. Un caballero. Con su espada y su caballo. Que podía buscarme donde fuera necesario para encontrarme y llevarme a casa, a salvo, fanático de recogerme del aeropuerto, y extremadamente feliz de abrirme la puerta de su carro.

«Dentro de diez años me veo al menos con un hijo. Tengo ganas de tener uno pronto, antes de los treinta. Tengo ganas de ser mamá», dijo Stephanie Cayo, en esa conversación, luego de secarse las lágrimas.

Tenía veintidós años.

Diciembre, hace un mes, aquel día

«¿Yo dije eso?», dice Stephanie Cayo, en la cafetería donde un grupo de señoras acaban de empezar el segundo desayuno de esa mañana. Mucho antes, la actriz que ha llevado un diario desde los once años dijo que esa manía por registrar su vida tenía un propósito:

—Escribo para que cuando tenga hijos pueda entenderlos un poco más, basándome en lo que yo he vivido, pensado y sentido.
Ahora parece sorprenderse y achica los ojos, incrédula. Se le ha caído un pedazo de tomate del caprese.
—No hay formas ni reglas para hacer las cosas. No existe un manual que te diga que a los treinta tienes que tener un hijo. Para mí, la gente se apresura en tomar decisiones. El hecho de formar una familia es la decisión más importante que un ser humano debe tomar en su vida.

Stephanie Cayo nunca se ha arrepentido de ninguna decisión. Es muy racional, pienso. «Las decisiones te tienen que salir del alma, y la cabeza te debe decir que sí o que no».

Lo primero que me dijo al encender la grabadora fue: «Algunas cosas muy íntimas no sé si te las responda».

Enero, hace tres años

La primera vez que la vi teníamos un encuentro pactado en la playa Pelícanos, cerca de Naplo, al sur de Lima. Ella estaba a bordo de un yate, con un bikini blanco, una camisa también blanca y lentes Ray Ban. Se maquillaba sola, sentada en un extremo de la nave. Al otro, sus amigos tomaban sol y armaban una pequeña fiesta en altamar.

—Creo que es mucho más fácil ocultar la belleza. Ese tipo de papeles, como el de Charlize Theron en Monster, te dan más libertad —me decía mientras el viento agitaba su pelo castaño—. En el espejo no te estás viendo a ti, estás viendo al personaje directamente. Pienso, además, que es más difícil mantenerse bonita con el maquillaje, todo el tiempo cuidándote y si la luz esto… Cansa y aburre estar todo el día pendiente de eso».

Setiembre, hace tres años, la misma ventana [de Skype]

—¿Qué piensas de la belleza?
—¿Por qué siempre me haces esa pregunta?
—…
—La belleza es algo maravilloso. Siempre que veo a los niños pequeños, es algo bello. No tienen nada de malicia en la mirada, porque están tan llenos de vida… Me quedo mirándolos.

Diciembre, hace un mes, antes de que se acabe el desayuno

Sus vacaciones son sagradas. Es un tiempo reservado solo para su familia. Antes, cuando venía a Lima, solo eran visitas fugaces durante Navidad. Siempre tenía que trabajar y no era dueña de su tiempo. En julio, fueron a Europa. Y en diciembre, a Puno. Todos juntos, novio incluido. Su mamá, Ana, es la encargada de tomar fotos –no importa si es solo con su celular–. Mario Alberto, su hermano, es el aventurero, el que puede nadar en el lago Titicaca si quisiera. Y ella, la menor, es la que nunca tuvo soroche. A pesar de la logística que significan estas excursiones, Stephanie y su mamá siempre encuentran el tiempo para reunirse. Antes, cuando tenía veinte años, tuvo una época de mochilera junto a su hermana Fiorella, recorriendo la costa de Santa Marta.

—Cuando mi papá estaba vivo, tenía que dividirme en cinco pedazos para estar con todas las personas que quería estar. Sentía que no me alcanzaba el tiempo. Nunca. No me daban el tiempo ni el cuerpo. Siempre tenía que volver, ir a otro lado.

Hace poco, un par de amigos del colegio la visitaron en Bogotá. Fueron al concierto de Norah Jones, que Stephanie Cayo se encargó de abrir. La conoció en el backstage y le pidió tomarse una foto. Nunca antes había pedido una, salvo aquella vez en que se fotografió junto a una jirafa en una calle de Nueva York. Stephanie hospedó a sus amigos en su casa, pero la veían muy poco: ella salía a las siete de la mañana y regresaba a las siete de la noche del trabajo. Todos los días. «Sabe Dios cómo pensará la gente que es mi vida. Ellos se sorprendieron, también. Asu, me dijeron, es difícil lo que haces».

Crecer, para Stephanie Cayo, es un proceso donde aprendes a organizarte, a poner tus horarios. Luego piensas más en ti, en lo que quieres. Para ella, lo más importante es su familia: «No quiero que me distraiga nada. Voy a darles el tiempo que ellos necesitan y que yo necesito. Sea como sea», dice la mujer que siempre se sintió más grande de lo que es. Desde niña, fue más responsable que el resto, muy juiciosa, nada arriesgada: «Nunca fumé o tomé porque me parecía tonto».

También le parece tonto portarse mal. El ascenso y caída de los ídolos juveniles en el mundo –esos espectáculos lamentables en que echan por la borda el futuro– parece menos estimado por la industria del entretenimiento. «Creo que la niñez es importante. Yo tuve una mamá que no se despegaba de mi lado hasta que acabara la grabación. Fueran las horas que fueran. Si no, sabe Dios qué hubiera sido de mí». Su mamá podía tener con ella un monólogo como el que sigue: «¿Te vas ir en barco sola? […] ¿Seguro que quieres ir? […] Entonces, ¿sí te vas a ir? […] Bueno, yo me subo contigo». Ella sigue siendo así con su madre.

Stephanie Cayo no recibía propinas. Quiso trabajar y ser independiente desde niña. Ahorrar lo que ganaba. Como todas sus hermanas. Ahora que lo piensa, quizá siempre existió esa particular revolución femenina entre las Cayo. «Somos personas autosuficientes, con agallas. Es una cuestión de quitarse el miedo. Hace tres años, yo era ante los ojos de los adultos… algo así, como “la próspera”… la niña que no tenía miedo… no sé».

Tengo cuatro años más que ella. Cuando tenía su edad, esos síntomas de adultez sana eran algo muy lejano. La veo y siento que esa responsabilidad no es una carga. «Lo que para otras personas, sería algo muy pesado, para mí no lo es. No es ay, no puedo más. Me divierto con lo que hago y soy muy afortunada en ese sentido».

Stephanie Cayo ha pedido la cuenta. Me quedo pensando –en lo que tarda el mozo en sumar el desayuno– que todavía no la conozco, que he fracasado, que ahora que se pone de vuelta los anteojos será otra. Que cuando apague la grabadora será esa misma niña inquieta, la misma que comandaba las travesuras en Ancón, las invasiones secretas a bungalós vacíos de la FAP. Después, la adolescente tímida que se aisló para escribir y saber qué quería hacer con su vida, la que se sentía rara por aparecer en la televisión. Siento que es esa hija que le rogaba todos los días a su madre para ir a un cásting. Siento que, muy en el fondo, quisiera ser impulsiva, aunque diga que no le gustan los extremos, que la mujer que sube las fotos a Instagram sacando la lengua, o haciendo muecas sí es una mujer que se divierte, pero que también sabe cómo alistarse en un yate en cinco minutos y que, probablemente, también sepa cómo contestar en una entrevista. Quisiera más desayunos, que abra sus diarios, que escoja una cita del libro que le regalé [hace tres años, le regalé un tulipán amarillo]. Quisiera que cuando lea esto se enfurezca. Quisiera eso, más cicatrices.

Como la de su frente, imperceptible.