Sergio Dávila

Hecho a medida.

Supo que quería ser diseñador de moda a los veinticuatro años. Y que tenía que ser el mejor. Sergio Dávila vivió catorce años entre California y Nueva York solo para darse cuenta de que la inspiración estaba al inicio de su historia. En el color verde de las paredes de las casas tranquilas en las tardes de enero cuando llegaba el verano en Chaclacayo.

Buscar inspiración. Así se empieza. El español Natalio Martín Arroyo, conocido por sus publicaciones sobre el mundo de la alta costura, escribió un manual de moda contemporánea. Se llama Secretos de Atelier. Allí dice que, para funcionar dentro de la industria, uno podría seguir un cierto método.

Primero, la inspiración. Memorias emocionales y culturales que sirvan de referencia para crear un estilo de vestir. Todo vale. Luego, es preciso investigar los materiales, los tejidos, las formas, los colores. Encontrar argumentos que expliquen por qué la propuesta puede gustar a la gente. Al final, hacer los bocetos y patrones, el fitting y organizar la presentación.
Pero hay algo que el manual supone. El aspirante a diseñador debe poseer un talento: plasmar el gusto futuro de una sociedad en prendas de vestir.

Para que Sergio Dávila descubriera que ese precisamente era su talento, tuvo que probar algunas cosas antes. Y luego volver sobre sus pasos.

Uno: el pasado está lleno de inspiración
«Es difícil definir el buen gusto. Pero sí sé qué es lo opuesto: la arrogancia. No existe arrogante que pueda ser elegante. Es vulgar, completamente. La elegancia es ser fino: tratar bien a las personas», dice Sergio Dávila, sentado en una silla de época en su destination store de Miraflores, ubicada en el Hotel Marsano. No tiene un letrero en el exterior ni nada que diga que allí hay una tienda. Pertenece a esa clase de locales a los que se llega por prensa especializada o por recomendación de amigos. Dentro, todo refleja un espíritu antiguo. Hay estantes de madera colgados de las paredes, que parecen de bodega de barrio antiguo. Para que pueda ser acariciada, la ropa no solo se exhibe en maniquíes, sino también en muebles restaurados. «El tacto de un abrigo de baby alpaca tiene la capacidad de transportarte a tu país», dice Dávila.

Afuera, una pareja de esposos cuida los automóviles estacionados frente al Hotel Marsano, ese gran proyecto fallido. Los dueños, en la década de 1940, quisieron que se convirtiera en el complejo hotelero más importante y lujoso de América del Sur, por la misma época en la que se edificó el Country Club, en San Isidro. Dávila eligió este lugar precisamente por eso. «Veía que en Lima, se estaban destruyendo las casonas antiguas. Cuando regresé después de muchos años de vivir en Estados Unidos, estaba buscando un edificio emblemático para poder rescatarlo y mejorar las condiciones del área», dice el diseñador que aprendió ese buen gusto, la finura en el trato con la gente, de su madre. «Susy Mezzano es una persona de extraordinario buen gusto. Ella hacía cosas muy hermosas con elementos muy simples. Alguna vez, un amigo mío, o de mis hermanos, se quedó a vivir en casa por seis meses. Nunca se opuso a eso. Lo que tenía, lo compartía».

Su padre le enseñó a apreciar lo antiguo. Recuerda los autos viejos que su papá, Alfonso, coleccionaba: un Ford Mustang 65, color hueso; un Chevrolet 40, de esos que ahora abundan en Cuba. A los dieciocho, cuando aprendió a conducir, Dávila andaba en un Dodge convertible del 67 desde su casa en Chaclacayo hasta Lima. Y también para ir a la casa de playa de la familia, en Punta Hermosa. Sus tres hermanos –Ada, Mauricio y Gonzalo– y él no crecieron en los condominios privados de Casuarinas. Vivieron en Chaclacayo, siendo amigos del panadero, del heladero, de la gente del colegio y de los vecinos de la urbanización.

Verde piscina. Así recuerda Dávila las paredes de las casonas antiguas que veía por la ventana desde el asiento trasero del Jaguar de su papá. Otras veces, viajaba en un Mustang rojo. Pero el color de las paredes era el mismo. Verde piscina. Como desgastado por el sol. Mucho tiempo después, cuando recién empezaba en el mundo de la moda neoyorkina, quiso incorporar ese color como uno de sus emblemas. Para él, era «el color de las casas de Lima». Las de Chaclacayo y las del centro de Lima.

Cuando se fascinaba con ese verde tan peculiar, que ahora inunda sus tiendas de Sergio Dávila y Royal Heart todavía no sabía que sería diseñador de modas.