Ricardo Darín

¿Por qué es más fácil pedirle ayuda a Dios?

Escribe. Joaquín Salas
El actor más taquillero de Argentina se pronuncia por un crimen escabroso, apoya a las Madres de Plaza de Mayo, gana un Goya, reclama contra la minería y luego prepara asado en su casa. Su última película, ELEFANTE BLANCO, lo llevó a Iquitos y a una villa miseria de Buenos Aires, dos espacios que comparten la pobreza a más de 3 mil kilómetros de distancia. Allí interpreta a un sacerdote que hace labor social y cuestiona su fe. Y como él, Ricardo Darín también se cuestionó. En la villa le piden ayuda, no sabe qué responder. Duda de su fe.

Ricardo Darín sonríe. El actor argentino más taquillero rechazó propuestas de Almodóvar y Hollywood, pero sonríe. Tiene motivos para hacerlo. Su última película, Elefante Blanco, se presentó en el festival de Cannes y en Argentina convocó a más de 150 mil personas en una sola semana. A principios de año, Un Cuento Chino, donde hace de un ferretero malhumorado, ganó el Goya a Mejor Película Iberoamericana. Hace tres años El Secreto de sus ojos, otra película que protagonizó, se llevó el Oscar a Mejor Película Extranjera. Y en los próximos meses filmará Terra con Walter Salles, el director de diarios de motocicleta. Allí, en la nueva película del brasileño, compartirá pantalla con el mexicano Gael García Bernal. Darín sonríe. Todos quieren grabar con él. «Cuando me convocan, lo primero que hago es preguntar por qué lo hacen, quiero saber si llaman a Ricardo Darín, el famoso», dijo el diario argentino Perfil.

Sin embargo, todo eso no marea a Darín.

También sale en los medios por causas ajenas a la actuación. «Estoy dolido, enojado y confundido. Queremos hacer una convocatoria para detener la ola de violencia en la sociedad», dijo, enérgico, cuando se conoció el caso de Candela, una niña de once años secuestrada y asesinada en agosto del año pasado en Hurlingham, una localidad al oeste de la ciudad de Buenos Aires. Es el mismo hombre que encabezó una campaña de Greenpeace, junto a otros artistas argentinos, para rechazar la minería a cielo abierto. El actor que hace dos años apoyó la Ley de Matrimonio Igualitario, que permite la unión civil entre personas del mismo sexo. El que homenajeó a las Madres de Plaza Mayo con un video donde declama un poema llamado Queda Prohibido, que hoy circula en YouTube y redes sociales.

Cuando Ricardo Darín no está filmando una película o haciendo activismo, se refugia con su familia en una antigua casona reciclada en el barrio porteño de Palermo. Su esposa es Florencia Bas, con quien está casado hace más de veinte años y tiene dos hijos. Entonces se encarga de hacer asados para los amigos, de llevar a los chicos al colegio, de ir a buscarlos, de acompañarlos. Es el que lleva y trae a todos en la combi familiar.

Darín es un buen tipo.


Sonríe canchero. Que es como les dicen en Argentina a las personas que creen conquistar el mundo. Y ese fue el motivo, en el año 2000, por el que lo llamaron para la película Nueve Reinas. «Tenés fama de canchero, toda la gente se caga de risa con lo que decís, pero yo quiero que este personaje no sea simpático, que el público no tenga empatía con esta lacra humana», le dijo Fabián Bielinsky, el director de la película, que murió hace seis años. De hecho, en esa película solo sonríe dos veces. Su personaje es detestable, pero «la gente aun así tuvo cierta empatía con esa lacra capaz de vender a su hermana, un amoral absoluto. Esos cancheros que nos han cagado tanto en nuestro país nos gustan. En la Argentina se prefiere al canchero que al honesto», dijo a un
medio argentino.

Pero Darín es un buen tipo.

Hoy protagoniza Elefante Blanco, que fue estrenada hace unas semanas en la última edición del festival de Cannes. Allí, Pablo Trapero –el director del film– cuenta una realidad cruda con precisión de entomólogo. Tal como hizo con Leonera y el imaginario de las mujeres en los pabellones carcelarios, y en Carancho, retratando ese submundo de los hospitales públicos del conurbano bonaerense. Ahora vuelve y lo hace con la pobreza
de las villas.

Elefante blanco se le suele llamar a los gastos inútiles.

Elefante blanco es un monumento al abandono en la villa Ciudad Oculta. Un enorme edificio que se quedó como intención. Pensado como el hospital más grande de Latinoamérica durante el gobierno socialista de 1937 en Argentina. El Presidente Juan Domingo Perón quiso continuarlo y no pudo. Luego, la Fundación de las Madres de Plaza de Mayo creó un comedor, donde les daban de comer gratuitamente a las familias que viven ahí. Pero eso tampoco funciona ya. Eso es Ciudad Oculta. Solo en el edificio abandonado viven cien familias, que ocupan dos pisos de uno de los dos módulos de la estructura. El resto está cerrado. Vacío hace 77 años y lleno de huecos para ascensores. Los dos primeros pisos tienen las escaleras y las paredes destruidas.

«Lo que pudimos ser y decidimos no ser», dice Darín acerca del edificio. «Es un lugar impactante. Es una síntesis de la historia reciente de la Argentina. Es impresionante que se haya diseñado una ciudad, una villa alrededor de ese tótem». La villa es un asentamiento marginal en los extramuros de Buenos Aires. Es un territorio que habita el imaginario de los argentinos como una zona de peligro, donde conviven la delincuencia, la perdición y la drogadicción. Ciudad Oculta es uno de esos primeros asentamientos, donde viven unas 16 mil personas, que rodea al Elefante Blanco, ese proyecto que fue detenido tres veces hasta quedar en el olvido.

En esas geografías, Trapero rodó su película como un homenaje al Padre Mugica, un cura tercermundista que fue asesinado en 1974 por un grupo de extrema derecha. Julián, el personaje de Darín, se cuestiona si su trabajo social con la Iglesia es la mejor forma de ayudar a las personas que viven las villas.

Elefante Blanco, digamos, es una historia de religiosos en un lugar olvidado por Dios.