Rafael Osterling

¿Puede un chef famoso ser un papá normal?

Escribe: Joseph Zárate Salazar / Foto: Alonso Molina / Dirección de Arte y Styling: Mencía Olivera
Uno de los cocineros más creativos y seductores de América Latina basa su éxito en una sola frase: vivir con sus reglas. Rafael Osterling hace lo que le place. Pero con estilo. Asegura que sus extravagancias más grandes han sido dedicarse a la cocina y tener una hija: Bridget, de doce años, a la que le gustaría (quién sabe) ser como su papá cuando sea grande. A Rafael, por cierto, no le molestaría ser papá de nuevo.

Esta tarde Lima tiene un cielo encapotado y Rafael Osterling ha llegado puntualísimo a la sesión de fotos. Ha traído tres trajes, varias camisas, cuatro pares de zapatos de distintos diseños. A Rafael le gusta salir bien en las fotos. Le gusta controlar en persona cada detalle vinculado a su imagen, a sus creaciones. Desde el diseño de la carta de su restaurante, pasando por la disposición de las flores y de los cuadros en su oficina, la decoración de los cuatro restaurantes que dirige, la marca de ropa para chefs que posee, el styling de esta sesión de fotos y hasta el libro que acaba de publicar y que lleva su nombre.

Uno de los cocineros más creativos de la Capital Gastronómica de América no tiene ni ve televisión. Tampoco tiene Facebook ni Messenger ni Twitter. Prefiere la literatura y leer el diario por las mañanas. No cree demasiado en los Andes ni en el orgullo de ser peruano ni en la fiesta del boom de la gastronomía nacional. Lo suyo, su cocina y todo lo que hace, es un asunto más personal. Fusión-inspiración como le llama él. En una ciudad donde no existen estrellas Michelin y tampoco críticos despiadados, prefiere trabajar como si los hubiera. Es el «Método Osterling» para hacer las cosas.

Osterling acaba de publicar su primer libro y está feliz. Trata sobre el restaurante que lleva su nombre, considerado como uno de los mejores de Lima, reseñado alguna vez por el Washington Post y El País, un lugar «que no desentonaría con Londres», a decir del The Telegraph Magazine y que, para los periodistas gastronómicos, es el primer destino de una ciudad que se ha convertido en la meca del turismo-paladar en América Latina.

Esta tarde Rafael trae el cabello controladamente despeinado. Tiene 41 años, mide 1.87 metros y no es que sea muy guapo. Más bien, tiene cierta expresión simiesca, los hombros gigantes y la enorme mandíbula inferior que se va de un lado a otro cuando cierra la boca o sonríe. Aunque la permanente barba crecida de tres días, que en muchos otros casos transmitiría desaliño y dejadez, posee esa arrogante cuota de estilo varonil.

Osterling es un chef sensible que ama las bellas artes como la arquitectura, las fotografías, los lienzos y las mujeres. Un hombre con olfato para las tendencias. Tan calibrado, tan exacto, tan sensual, <br /> tan armónico.

Todo eso ya se sabe de Rafael.
Pero no se conoce tanto de lo que, para él, es una de sus excentricidades más grandes de su vida además de la cocina: ser padre de una niña.
Ella se llama Bridget.
Y es la primera vez que aparecerán juntos en una revista.

Bridget Osterling ha llegado al estudio con su uniforme escolar. Tiene doce años, cabello castaño, ojos claros brillantes, está en sexto de primaria, le gusta pintar, preparar postres, se sabe todas las canciones de Miley Cyrus y Rihanna, y dice que su papá nunca la regaña porque siempre se porta bien. Acaba de llegar de vacaciones de Europa. Cuatro días en Londres, una semana en París. Recorrió la ciudad en una moto Vespa Piaggio que rentó Rafael para enseñarle por primera vez la ciudad sobre dos ruedas.

–Conocer ese lugar era mi sueño de chiquita. ¡París, París, París! Siempre decía. ¡Me encantó el viaje! –dice, con evidente emoción infantil.

Bridget es encantadora, educada y tiene la delicada belleza de su madre, una ex modelo y finalista de Miss Perú. Mientras la maquillan y la peinan con esmero para la foto, Bridget se distrae chateando con sus amigas del Markham en su Smartphone blanco. Nunca la han fotografiado para una revista. Y está fascinada por el vestido que la directora de arte le ha elegido para la foto.
Bridget sabe de maquillaje y le encanta vestirse bien.
Rafael le ha diseñado ropa cuando era niña.
Rafael es capaz de todo por ella.
De todo, excepto comer una hamburguesa en el McDonald’s.

–No voy a esos lugares, ni siquiera por ella –dice el chef con ironía–. No estoy dispuesto a hacer ese sacrificio. Es más, nada de sacrificios: esa es una política de Estado para mí. Las cosas las haces con cariño, con amor. La comida chatarra no me da nada. No tolero la comida mal hecha. Pero si ella quiere ir, que vaya. ¿Cómo voy a privar de eso a una niña?

Contra lo que pudiera pensarse, Rafael no es estricto en cuanto a entrenar el paladar de su hija. «Yo trato de sugerirle otras cosas. Soy súper relajado. Si pide un Dunkin Donuts, por ejemplo, yo le digo: oye, loca, mejor comete un alfajorcito, un guargüero. Pero no le impongo nada, nunca».

Para Rafael, enseñarle a Bridget a tomar sus propias decisiones es tan importante como saber ser aplicados en la escuela. «Siempre he defendido el libre albedrío respetando a los demás. El hecho de tomar las decisiones que son mejores para uno mismo, no restringirse a los mandatos que te da la sociedad, siempre y cuando no le hagas daño a terceros». Por eso es vital para él que su hija conozca el mundo. Salen de vacaciones dos veces al año: Islas Galápagos, Disney, París, Londres, Máncora. Son algunos de los lugares donde suelen viajar. También la lleva al teatro, a conciertos de piano y le obsequia obras clásicas de literatura infantil.

El primer libro que Rafael le obsequió fue Mujercitas. Aunque Bridget ahora prefiere el libro de Justin Bieber, Never say never.

Dice que lo ha llevado a París para entretenerse.

Rafael no deja de tomarle fotos a Bridget con una polaroid, fascinado con lo linda que está quedando. Es algo que siempre hace: el corcho de su oficina está llena de fotos de su hija. Fotos en el parque, comiendo, de paseo, durante sus viajes. Dice que también va a colgar las que está haciendo ahora.

De pronto, Osterling recibe una llamada. La foto de Bridget aparece en la pantalla de su celular cada vez que eso pasa.

–Me han confirmado que la presentación de mi libro será el 14 de junio en Bogotá –dice Rafael, abriendo los ojos de alegría.
–Ah… pero mi cumpleaños es el 13 de junio, un día antes…

–Noooo, china, mi amor. Tu cumple… ¿Y ahora qué hacemos? Bueno, ahora lo negociamos, chata.

Bridget, quien toda su vida ha estado al lado de su madre, ha tenido que ajustarse al ritmo de vida de Rafael y a sus múltiples ausencias. Ella sabe que debe aprovechar sus vacaciones para estar con su papá. «Nos vemos casi todas las semanas.Nos escribimos mucho por e-mail y hablamos por teléfono», dice Bridget, mientras la maquillan para la sesión.

Bridget recuerda que su papá fue solo una vez al colegio. «Fue para un musical que hice en cuarto grado: Mamma Mía. Y fue porque yo cantaba», dice Bridget, quien nunca ha visto a su papá en esas reuniones de padres del colegio.

–¿Reuniones de colegio? Nooo, me muero. Yo no me he criado para eso, china –dice Rafael, mientras el flash de la polaroid vuelve a brillar. –La veo cuando me provoca hacerlo, o cuando a ella le provoca. Me llama y me dice qué vas hacer, si tengo planes o no. Hay una relación muy abierta con ella en todo sentido.

–Has dicho que te parecía muy bien que las chicas de ahora sean tan abiertas con respecto a su sexualidad. ¿Sigues pensando lo mismo considerando que, en unos años, tu hija será una jovencita?

–Creo que los tabúes referentes a la sexualidad se han perdido. Lo que no se debe perder son los principios, no le puedes prohibir a tus hijos que tengan sexo. Que tengan sexo seguro, sí; pero no puedes prohibirles algo, les tienes que dar las pautas para que hagan las cosas con principios según la edad que tengan. Estoy de acuerdo con la libertad, mas no con el libertinaje. Son cosas distintas.

–Imagino la escena de Bridget en unos años, con chicos pretendiéndola. ¿Estás preparado?

–Jaaaa… Pero perdóname, yo lo chapo al vuelo, a una cuadra de distancia uno ya sabe qué chico es, no me hago bolas. Además, uno tiene más confianza cuando sabes que tus hijos están bien educados.

Bridget escucha el comentario de su papá y no dice nada.
Bridget no es celosa con su papá.
Bridget dice que le gustaría ser como su papá de grande.
Bridget significa ‘mujer fuerte’ en irlandés.