Miguel Tudela: hijo, hermano y surfer

Por Raúl Lescano / Fotos de Augusto Escribens
Horas antes de partir al inicio del World Qualifying Series en Hawái, el surfista Miguel Tudela Chiozza abre algunos álbumes de fotos en su casa de Punta Hermosa para conversar sobre sus veintiún años frente y dentro del mar. Su padre recuerda las decisiones más difíciles, su madre pide que no nos olvidemos del segundo apellido de su hijo y su hermano termina de hacer su maleta para acompañarlo en el viaje.

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Las casas de playa suelen estar abastecidas con los implementos necesarios para pasar un fin de semana. La casa de los Tudela Chiozza, en Punta Hermosa, contiene una vida. Solo el cuarto de Miguel Tudela, el mayor de los hijos que consiguió la medalla de oro en los Bolivarianos a los diecinueve años, parece un pequeño museo: cuarenta trofeos alineados en una repisa que recorre toda la habitación, cuatro tablas que penden del techo, otras cuatro de la pared, cuatro cheques en formatos gigantes y una serie de siete fotografías en las que se le ve, de izquierda a derecha, salir de un tubo progresivamente. En el resto de la casa se repite más o menos lo mismo: paredes llenas de fotos, trofeos y recuerdos.

Hace 25 años, Giovanna Chiozza y Miguel Tudela decidieron asentarse acá, a cuarenta kilómetros de la ciudad, el lugar donde veraneaban de jóvenes y donde se conocieron, para formar una familia. No saben por qué un hijo criado en la ciudad es distinto que uno formado frente al mar, pero alguna respuesta se esboza –dicen– en la disciplina y seriedad de Miguel, el mayor de sus dos hijos. Él hoy tiene las maletas listas para partir con su hermano menor, Thomas, a Pipeline, en Hawái, donde correrá la primera fecha del circuito clasificatorio mundial, su objetivo de 2015.

Miguel Tudela tiene veintiún años y es considerado la promesa más joven del surf nacional. En 2010 el diario LA REPÚBLICA escribió: «Con apenas 15 años de edad el joven Miguel Tudela dio esta tarde una verdadera cátedra de actuación en las aguas de Máncora y se llevó sorpresivamente la primera fecha del nacional de surf. En una peleada final contra los experimentados Javier Swayne y Sebastián Alarcón, Tudela no solo fue el indiscutible ganador de la jornada, sino que también se dio el lujo de marcar un diez perfecto». La nota hace una mención especial a la capacidad de Tudela para, a poco de sonar la chicharra de cierre de esa tarde, realizar ‘una maniobra radical’, seguida de un ‘floater’ y un aéreo 360 ‘perfecto’, con el que desplazó a Swayne, entonces campeón nacional y panamericano, dieciocho años mayor que él. Esa es la impresión que Miguel suele dejar entre el público desde entonces.

«No me afecta en ningún sentido ser el menor entre ellos porque los conozco y, por el contrario, me motivan a seguir entrenando», dice Miguel sentado en la terraza de su casa. El sol ha salido después de las once de la mañana, y todos en la casa andan descalzos y en ropa de baño. «Igual mucha gente me dice que qué rica es mi vida porque paro en la playa. Esto requiere de una disciplina constante para poder mantener el físico adecuado y estar preparado para cada competencia», dice con las dos piernas sobre el sofá. «Felizmente para mí adaptarme a la rutina profesional no fue complicado porque se dio de manera progresiva».
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Hasta 2013, en que alcanzó la medalla de oro en la categoría Open y Aloha Cap de los Bolivarianos realizados en Trujillo, en la lista de logros de Miguel figuraban, en su mayoría, segundos y terceros puestos [en 2009 subcampeón nacional sub-16 y tercer puesto en los Juegos Bolivarianos. En 2010 subcampeón nacional Open. En 2011 subcampeón latinoamericano]. «Nos dimos cuenta [con su entrenador Gabriel Aramburú y Renato Quesada] de que la fórmula que utilizaba en las finales no era la mejor. Usualmente clasifico a un ritmo de 70%, y una vez en la final trataba de dar el 100% de mí. Pero eso me jugaba en contra. Trataba de sorprender con maniobras que no dominaba del todo, y eso me llevaba sobre todo a cometer errores en vez de asegurarme un mejor lugar con las técnicas que domino», confiesa.

Si bien tras el campeonato dijo que había ido a ganar el oro y que estaba mentalizado, ahora dice que no. Dos semanas antes había tenido que dejar de correr olas por una lesión lumbar que arrastraba desde meses atrás. El año anterior también había sufrido un desgarro en el aductor. Los resultados en los últimos tiempos, claro, no habían sido los mejores. «Estaba un poco frustrado. Entré con la cabeza puesta en hacer un buen papel y divertirme, disfrutar estar en casa y con los amigos. Pero gracias a Dios se dio el resultado». El surfista al que le ganaba el entusiasmo en las finales tuvo que dejar de pensar en el resultado.
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Durante el colegio Miguel también jugaba fútbol en la selección del Santa María. Cuando llegó su primer auspiciador como surfista tuvo que decidir entre las canchas de gras o las olas del mar. «No podía continuar con ambos deportes. El fútbol requiere un cuerpo duro y la tabla, por el contrario, necesita de elasticidad», explica su padre, quien se encarga de gestionar la carrera de su hijo prácticamente desde que cumplió tres años, cuando le mandó a hacer su primera tabla a medida. Miguel papá viste una ropa de baño verde olivo y cada tanto pregunta si ya está el almuerzo.

Pero las decisiones que tendría que tomar Miguel hijo para encaminarse en el surf no terminarían ahí. Una vez en quinto de secundaria su padre hizo todo lo posible para que Miguel pudiera ir a la universidad y correr olas de manera profesional. «Ninguna universidad aceptó que llevara solo dos cursos de manera regular», recuerda. «Vimos que no era viable cortar su desarrollo en ese momento y decidimos darle dos años de prueba». Pero debido a que empezó a competir en el torneo Alas [de la Asociación Latinoamericana de Surfistas Profesionales], a Miguel le costaba completar el circuito nacional, alcanzar el puntaje necesario y escalar con más rapidez.

Miguel siempre ha asumido con calma las trabas que se presentan en el camino. A los trece años una bacteria [estreptococo] se infiltró en su cuerpo y sus pies se empezaron a hinchar como tamales. Incluso le llegaron a diagnosticar cáncer –recuerda Miguel–, pero dice que lo peor fue que le hicieron perder un verano. Su madre Giovanna, sin embargo, considera que fue esa enfermedad la que lo hizo volver a coger la tabla con más convicción. Su hermano Thomas, con el que corre olas todos los días a las seis de la mañana, también dice que su hermano, más que técnicas, le ha ayudado a aprender a enfocarse para las competencias. «Me ha enseñado a tener garra siempre. Eso es lo que él hace en todos sus campeonatos», dice. «A veces gana, a veces pierde, pero siempre se levanta para seguir luchándola». La constancia de Miguel ha hecho que ese periodo de prueba de dos años que promediaron con sus padres vaya ahora por el cuarto año.
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«Claro que me gustaría estudiar», asegura Miguel. «Me gustan la arquitectura y la agronomía, y espero, en el futuro, poder dedicarles un tiempo». Su madre, subcampeona nacional de bodyboard en 1981 –dice que ese resultado no se puede comparar con la calidad de los surfistas de ahora– fue quien le inculcó a Miguel el gusto por la agricultura. Hoy cada vez se acostumbra menos a las olas que su hijo enfrenta. «Las olas que corre ahora son unos olones», dice días antes de que su hijo publique, ya desde Hawái, una foto en su cuenta de Facebook en la que muestra una tabla de surf partida a la mitad y anuncia: «Se fue la primera tabla del viaje #Hawaii #Pipeline». «Me gustaría que tenga un plan B», continúa su madre. «No porque crea que la tabla no es su destino –aclara–, sino porque el éxito requiere una profesión como la administración para poder desarrollarse más allá del deporte».

Al lado de la chimenea de la sala, en el segundo piso, se amontonan varios álbumes repletos de fotos de Miguel y Thomas. Su madre ha registrado durante varios años la infancia de ellos, que es, en esencia, sus hijos sobre el mar. En uno de ellos se ve a Miguel en distintos cumpleaños y sobre todo jugando fútbol con la camiseta de Universitario de Deportes, con la de Boca Juniors y su uniforme del Inmaculado Corazón. A partir de las fotos de 2002 pasa a ser el Miguel surfer en playas como Cerro Azul y Bermejos. Ese álbum termina con una entrega de premios: Miguel, 2° puesto, categoría siete años de tabla.

Miguel papá se detiene en una foto que asegura que es la primera ola de su hijo. En ella, Miguel hijo, que ahora piensa en las olas de Tahití e Indonesia, tiene alrededor de cuatro años y está de pie, suspendido sobre sus rodillas y con los brazos abiertos, sobre una tabla morey amarilla con la que corre una ola de orilla. Su padre, atrás, lo observa. «Ja. Qué curiosas estas fotos», sonríe. «Ahora Miguel ya está formado, y solo le quedan por delante las ligas mayores. Ese es su lugar».
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Fotografía: Augusto Escribens.
Producción: Pía Gonzales Vigil.
Ilustración de portada: Sissy Junek.
Agradecimientos: Volcom, Mpafre, Patronato ADO Perú, AL Merrick, Gshock, Skullcandy y Stance.