Manu Chao

La vida tómbola

Escribe: Bruno Larocca
Músico nómade, trovador con conciencia social e ícono de la protesta mundial. En 2007, durante un concierto en California, gritó que George W. Bush era el terrorista más grande del planeta. Es francés de madre vasca, padre gallego y vive en Barcelona. Manu Chao, el músico que siente miedo antes de iniciar un concierto, tiene un nuevo sueño: aprender a curar con las manos. Aunque no cree en Dios.

La vida de Manu Chao es una tómbola. Lleva una camisa negra desabotonada, gorra guerrillera, ojotas hawaianas y una sonrisa dibujada a pulso. Nació hace medio siglo en París y su documento de identidad lo conoce como José Manuel Thomas Arthur Chao, el hijo de padres españoles que emigraron a Francia durante la dictadura de Francisco Franco. Su biografía es el sueño de ese adolescente que quiere recorrer el mundo con una guitarra acústica como único equipaje. Cruzar fronteras para tocar canciones con amigos. Ofrecer conciertos en los mejores estadios del mundo y también en las calles de barrios marginales. Andar sin reloj, teléfono celular ni agenda. Es la vida tómbola, como se titula la canción que escribió para la película Maradona by Kusturica, de un inmigrante constante. Una vida que en los últimos 36 años, desde que formó su primera banda, Joint de Culasse, junto con su hermano Tonio y su primo Santi, no ha cambiado demasiado. Entonces, sabe que cada vez que anuncie en su página web un concierto, en algún rincón del mundo tendrá amigos esperándolo.
Y pueden ser miles.
Una noche de noviembre de 2009, en el estadio del club All Boys, en Buenos Aires, 20 mil personas vibraron con La Radiolina, corearon Me gustas tú y se emocionaron con La Vida Tómbola. En el medio de esa fiesta interminable ovacionaron la dedicatoria de Desaparecido a un joven de barrio marginal que, según testigos, fue visto por última vez subiendo a un patrullero. Luego aplaudieron el pedido de una mujer mapuche que reclamó por las tierras que la derecha roba en La Patagonia. La escena se repitió un día después, en el mismo escenario. Y también en un concierto promocionado de boca en boca a beneficio de una radioemisora alternativa que cumplía veinte años y que recibiría todo el dinero recaudado.
Por eso, Manu Chao es considerado el ícono de la protesta social mundial, que participó en la cumbre anti Bush, realizada hace siete años en Mar del Plata. El mismo que apoyó al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, México.
—Creo que solo hay una vida y hay que aprovecharla —dice Manu Chao una semana después de aquellos conciertos multitudinarios, sentado en la mesa de un bar en Buenos Aires. Un lugar decorado con globos de colores, publicidades que invitan a fiestas clandestinas y mesas y sillas antiguas que parecen haber sobrado de alguna mudanza.
Es una tarde de diciembre y Manu Chao, el músico nómade que no puede estar quieto, intenta explicar de dónde surge tanto compromiso social.
—Hay que ir hacia donde late el corazón. Y donde late el futuro de nuestros hijos. La preocupación de todos tendría que ser la de dejar un mundo un poco más plausible para ellos. Eso es básico para dormir por la noche con buena conciencia. Me parece absolutamente natural. No es ningún esfuerzo. Aunque luego hay esfuerzo, claro. Cuando te pones a pelear por una causa hay que poner esfuerzo, trabajo y dedicación. Pero eso es lo positivo. Yo vivo de eso. Vivo de sentirme vivo.