La artesana de la moda que conquistó la pasarela

Por Alfredo Pomareda / Fotos de Alonso Molina
Inspirados en los Andes, los vestidos y las carteras de esta diseñadora autodidacta han brillado en Europa, Oceanía, Asia y en toda América. Incluso Bill Clinton y Agatha Ruiz de la Prada se han rendido ante sus creaciones. Dicen que las prendas de esta diseñadora pueden hablar. ¿Entonces una pieza de ropa puede modificar tu vida y tu destino? ¿Realmente la moda es todo lo que pasa de moda? Meche Correa responde con su arte.
meche1

Tu atelier –a pesar de dominar el quinto piso de un edificio en El Golf, en San Isidro–podría ser el almacén clandestino de algún inca perdido en Lima. Hay vestidos que parecen haber sido de una ñusta. Hay una manta de esas que las campesinas usan para cargar a sus hijos. Hay lentejuelas de metal. Hay joyas hechas del cacho de un toro. Hay sedas que podrían haber quedado perfectas en la alcoba de algún cacique. Hay sombreros serranos. Hay flores sobre los sombreros. Hay muchas flores. Hay una cartera de plástico diseñada de modo que en cada recuadro transparente se luce un adorno peruano: un corazón de Jesús, huairuros, un dólar, una flor tejida, el gato chino de la fortuna, una estampa de San Judas Tadeo, pulseras. Lo has llamado Good Luck en honor a los quince amuletos que guarda en sus particiones. Los amuletos parecen decir algo, hablan. Primera observación: tu cartera, Meche, habla.

Todas las diseñadoras de modas tienen algo de locura. Conversas con tus textiles y con tus flores. A los ocho años, cuando abriste una revista de modas, sentiste que ella te hablaba. Entonces arrancaste algunas hojas de tu cuaderno de lenguaje y copiaste una pulsera. A los diecinueve conociste por primera vez una feria artesanal, y las posibilidades de colores y de piezas hechas a manos te hablaron también. Hoy tus carteras, tus vestidos y todo lo que diseñas también hablan, porque están hechas de piezas y retazos que tienen un pasado que contar.

Ahora apareces. Vistes un suéter muy claro. El pelo negro y lacio, despeinado como en casa. Dices que antes de empezar a conversar deberíamos pensar en un artista muerto. En el guitarrista ayacuchano Raúl García Zárate. No funcionas sin música, y si es de los Andes mucho mejor. Has sido una de las pocas diseñadoras que se arriesgó a poner un fondo musical andino en una pasarela en México, en el 2013. Esa vez se escuchó el huaino Falsía, luego sonó Adiós, pueblo de Ayacucho y finalizó con el saxofón de Gian Pierre Magnet, a quien le diseñaste un atuendo inspirado en la Cordillera Negra para esa ocasión. El Nobel Mario Vargas Llosa no dejó de aplaudirte ese día. Y claro que te criticaron. No los de allá sino los de acá. Pero eso a ti jamás te ha disminuido. Tienes 53 años. No eres espigada, y ninguno de los trajes que ahora se lucen en tu taller te entallarían. Pero eso no importa. A ti te gusta lucir tus bolsos porque ellos te hablan.

Quizás Paul Valéry se equivocó cuando dijo que la moda es todo lo que pasa de moda. La moda que impones no pasa y eso es extraño. Algunas de tus creaciones son tendencia desde hace una década. El ex presidente Bill Clinton compró una cartera Good Luck en una de sus visitas al Perú. La vio en una galería de Barranco y se enamoró. No llevó nada más. La cargó en el hombro todo el tiempo, y si bien nunca sabremos a quién se la regaló, «él quizás no se percató de que aquella noche que viajó a Estados Unidos se fue con su hoja de coca», ríes. Uno de los máximos promotores de la erradicación de la planta inca había pagado por una cartera que contenía una muestra de ella. «Clinton entendió lo que somos los peruanos, los latinoamericanos. Sincretismo, le dicen». Tu arte ha llegado a Japón, Australia, Francia, Italia, y a casi toda Sudamérica. ¿Cómo lograr que los europeos vistan con los textiles y los colores que usan los peruanos de los Andes en sus fiestas patronales? Tienes una respuesta a eso y a Valéry: «el lenguaje de la moda que no pasa de moda es universal».

Una clienta italiana te acaba de mandar una cartera Good Luck vía Fedex. Quiere que se la repares. La usa todos los días, desde hace dos años, en Milán. Te dice que se la envíes lo más pronto posible, que está desesperada, que le va mejor en la vida desde que la usa, que muchas personas se detienen a preguntarle: «dónde compraste esa maravilla».Te la compró a ti en un desfile en Europa. Te vio envuelta en un telar andino llamado poncho cargando en tus espaldas ese bolso que usan las mamachas. Había un lugar llamado el Perú que era tu tierra, y ahí estabas tú como su embajadora. Aquel bolso es hoy una revolución en algunas esquinas de Milán. Por algo la llamaste Good Luck, después de todo.

meche2

Algún periodista ha dicho, en broma, que eres demasiado talentosa para ser autodidacta. Todo empezó a los diecinueve años en un viaje de Lima a Huancayo: «Mi mamá era trabajadora de la fábrica textil Amazonas, que vendía hilos en todo el Perú. Y, como sabían que yo tenía cierto arte, ella me consiguió un cachuelo. Tenía que decorar la tienda de Huancayo». Era la primera vez que salías de la capital, y llegar a la sierra peruana trastocó tus sentidos. Esa tarde llovía. Y caminaste de la estación de buses al hotel de turistas. Llegaste empapada, sonriente. Ahí estaban los cerros, los huancaínos y sus sombreros, las mujeres –algunas– en yanquis cargaban un bolso de lliclla. Lo recuerdas ahora, 35 años después, con el asombro de alguien que acaba de llegar de ese viaje. Al día siguiente de tu llegada fuiste a la feria artesanal. Tenías poco dinero, pero apenas viste por primera vez la artesanía lugareña te enamoraste. «La puerta que se me abrió era demasiado grande», recuerdas. «Los tejidos eran hermosos, las piezas de metal, los imanes, las bisagras, los chullos, los ponchos. Todo lo miraba por primera vez y se quedaría para siempre en mi retina». Querías llevarlo todo, pero no te llevaste casi nada para la decoración: entonces eras una adolescente que adolecía, entre otras cosas, de dinero.

«El hecho de haber pertenecido a una familia muy pobre aceleró el ingenio. Si mi vida hubiera sido más fácil, quizás no le habría dado rienda suelta a mi imaginación», cuentas desde tu atelier. Naciste en La Victoria y creciste en el Cercado de Lima. Los Andes llegaron más tarde, y con ellos la locura de la creación. Error: tú ya ensayabas creaciones desde los ocho o siete años. Vinchas, aretes con pedacitos de metal, pulseras de cartón. Una vez cayó en tus manos una revista Vanidades. En sus páginas reconociste un collar y luego lo replicaste en papel. Aprendiste a hacer piezas, pero luego todo te parecía muy monótono. En casa no abundaba el dinero, pero había mucha música, sobre todo del lado de tu madre. Eloisa Angulo, la mítica cantante criolla, sonaba los fines de semana, y a la hora de dormir era costumbre escuchar los fados portugueses. La guitarra de Raúl García Zárate llegó después, a la mayoría de edad, tras la primera incursión en la sierra peruana.

«Siempre vuelvo al Ande. Me apasiona. Diseñé el Love Bag cuando vi a las campesinas que cargaban a sus hijos a las espaldas; los envolvían con una tela que se llama lliclla. Fue revelador presenciar eso hace décadas», cuentas. El Love Bag es una suerte de diplomado en la alta costura. Llevaste ese bolso de lliclla tejida a las pasarelas de Europa. Ahora ese modelo de bolso andino se fabrica industrialmente. Han copiado tus aplicaciones, pero eso ya no te incomoda, salvo el hecho de que la industria masifique algo que debería ser artesanal. Estás en contra de los diseños en serie. Ninguno de tus bolsos se repite. Todos tienen un ingrediente diferente, al igual que tus vestidos. Por eso te buscan de todos lados del mundo. Pero el Love Bag tiene otra virtud: habla. «Te dice todo por lo que atraviesa la mujer andina para criar un hijo. Te comunica pasión, sufrimiento, pero también te habla del amor de madre».

«Tengo un poder especial. A la distancia, con solo verte, puedo reconocer las cosas estéticamente bien hechas. Con eso nací», dices, sin ningún tipo de soberbia. ¿Pero qué te da derecho a desaprobar o aprobar una prenda? «No es cuestión de levantar un juicio. Simplemente yo diseño lo que me gusta. Con lo que algún día podría vestir. Nunca han criticado de forma negativa alguna de mis colecciones. Felizmente todas han gustado».
La española Agatha Ruiz de la Prada está enamorada de tus piezas. En
una pasarela en Madrid, ella apreció tu talento.

Eres autodidacta, no tienes un maestro. «Viajo y paseo mucho por el Perú. Y siempre me quedo en los detalles y siento que hago grandes descubrimientos. Es mi forma de vivir». Una vez fuiste a la tienda del mercader cajamarquino Warren Gutiérrez. Te encandilaste con sus textiles y le compraste todos los rollos que había en la tienda. Dejaste el local vacío. Y todavía no tenías idea de lo que harías con tanto material. Lo llevaste a tu taller y durante días solo mirabas, como perdida, tanto telar. Y de pronto –dices– se te ocurrió la idea de un bolso, luego un vestido. El truco está es no desesperar: «En la creación, la idea siempre llegará. Solo hay que aguardar. La esencia de mi arte la encuentro en todo lo peruano porque, justamente, aquí en mi patria está mi esencia».

meche3

En quince minutos saldrás a Gamarra a mirar algo de ropa y a comprar telas. Te gusta mucho lo popular. «Sobre todo me gusta saber que no voy de acuerdo con las tendencias. No sigo lo que está de moda. Mi tendencia es el Perú. Si diseño una pollera, es por mi vinculación con el Ande, a pesar de no haber nacido ahí. No miro a Europa ni a Estados Unidos, miro mi país». Por obvias razones en el 2012 te nombraron Embajadora de la Marca Perú. Llegó tarde ese título. Ya vestías poncho y sombrero desde hacía décadas cada vez que montabas una pasarela en el extranjero.

Los críticos no olvidan el brillo de tu colección en la Bienal Americana de Arte y Diseño en Madrid, en el 2012, y un año más tarde en el Intermoda Guadalajara y en el Mercedes-Benz Fashion Week. En esos tres grandes eventos fuiste la estrella, la fiesta del color, le dicen. Los telares del Valle del Mantaro, la textilería heredada de los waris y los paracas, todas esas posibilidades de trajes diseñados por ti te generaron miles de admiradores.

Y ahora estás tranquila con tu éxito. Como si las palmas fueran lo menos trascendente. Lo más importante es la creación, está claro. «Hay días en que lloro mucho. Lloro a morir. Pero respiro profundamente y entiendo que la vida sigue», contaste en una entrevista para la televisión. Lloras porque no está tu madre para verte triunfar. Sin embargo, dices que ella ya imaginaba todo lo que vendría. Melancolías a un lado, por lo general eres conocida como una mujer risueña. Todos te llaman artista, pero sientes que solo eres una artesana de la moda.

«Tú comunicas cuando eres sincero, cuando eso que quieres decir te sale del vientre y de más abajo», dices. Es hora de partir a ese mercado popular de la moda. Gamarra te espera. En realidad muchas personas te esperan. Tus fans de todo el mundo te llaman de vez en cuando para saber si tienes una prenda nueva. Dicen que tus carteras generan adicción. Quizás sea por esa extraña comunicación que logran, por ejemplo, tus carteras con los compradores. Para algunos eres como una artesana fetiche. Tu piezas acarrean suerte, esa cosa de destino final. Es como si una cartera, de pronto, pueda definir tu futuro. Quién sabe cuánto de verdad y cuánto de mito hay en eso. Pero es bueno pensar, por ejemplo, que una de tus carteras Good Luck no solo te da estilo y garbo. También te podría cambiar la vida.

Producción: Pía Gonzales-Vigil
Asistente de producción: Luciana Gamio
Dirección de arte: Mario Segovia
Styling: David Puerta
Modelo: Laura Cuadros
Maquillaje: Sono Salón
Peinado: Miriam Núñez