Historia secreta de una novela

Por Jeremías Gamboa / Fotos de Santiago Barco
Se sabe que a Jeremías Gamboa le tomó cinco años escribir CONTARLO TODO, que ese periodo fue para él más tortuoso de lo que se había imaginado y que incluso dudó si el haber renunciado a casi todo por escribirla había sido una buena decisión. Pero Jeremías, que es también columnista de Asia Sur, nos entrega aquí detalles del proceso de creación de su primera novela que ha mantenido ocultos. Hasta ahora.
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La historia que me toca contar aquí, y que es la de cómo escribí mi primera novela –CONTARLO TODO [Mondadori, 2013]– empieza del mismo modo que mi propia novela. Con la misma imagen. O al menos con la misma situación: la de un tipo empapado y desnudo, recién salido de la ducha, que escucha al azar un tema de Lou Reed –el I’m so free, del álbum TRANSFORMER– y de pronto siente, por un instante, que es capaz de lanzarse sobre el teclado de la máquina y escribir lo que le venga en gana, contarse a sí mismo su vida, recobrarla escribiéndola. El de la novela se llama y se llamará Gabriel Lisboa. Tiene veintinueve años y vive en Santa Anita dentro de un espacio de tres habitaciones que le renta a unos tíos y en el que se pasa las horas solo, sin trabajo fijo ni sueldo. El de la vida real era yo, un treintañero que intentaba atravesar la soledad de un invierno crudo en el estado de Colorado, en Estados Unidos, refugiado en un dúplex de madera asediado por mapaches. Había llegado a Boulder a terminar una maestría en Literatura Hispanoamericana, y ese 2007 iba a retornar a Lima a publicar un primer libro de cuentos [Punto de fuga, Alfaguara] que ya tenía contrato de edición. Gabriel jamás había escrito algo que le gustara. Yo estaba a punto de ser un autor editado. Ambos –él y yo– salimos de la ducha una mañana y nos sentamos a escribir como locos al amparo de Reed: después de aquello todo nos diferenció. Porque mientras Gabriel empieza a narrar su vida presa de una exaltación que desdibuja sus errores y sus dudas, y lo arrastra a componer de un solo tirón una extensa carta de agradecimiento a la gente que quiere, yo no tenía idea siquiera de que escribía las primeras páginas de una novela y menos de que me esperaba un sinnúmero de dudas, pasos falsos y tramos de verdadera desesperación y terror como parte de un proceso que se alargaría tanto que ocuparía cinco años de mi vida.


A mí me costó muchísimo escribir. Al menos más que a cualquier escritor que haya conocido y probablemente más que a cualquier escritor promedio en ejercicio, de modo que no me sorprende que mi primera novela haya abordado esa dificultad. Una de las cosas que más me gustan de escribir ficción es que en ella las peores adversidades o las experiencias más temibles o penosas pueden resultar útiles si tenemos la intuición suficiente para encontrarles un potencial narrativo. Como a mí me resultó realmente difícil asumir mi vocación, dedicarme a ella y escribir textos que me dejaran satisfecho, supongo que en cierto momento, mientras me lanzaba sobre mi primera narración de largo aliento, los traumas de esos años de fracasos con la escritura se constituyeron en un tema que terminó tragándose mi primera novela hasta darle su columna vertebral. CONTARLO TODO es, antes que nada, la historia de un chico que tiene problemas para encontrar su voz y escribir.

Con el tiempo me di cuenta de que ese drama es más común de lo que parece. Si algo me ha sorprendido durante estos últimos años ha sido conocer una cantidad impresionante de personas que han querido dedicarse a la escritura de cuentos o novelas. Para todos –me incluyo– resulta tortuoso aceptar la vocación, por incierta, y realmente temerario renunciar a tantas cosas –materiales e inmateriales– con el propósito de dedicarse a escribir. A mí, por ejemplo, esas dudas y miedos nunca me abandonaron desde la primera vez que me dije que quería ser escritor o desde que pensé dedicarme seriamente a escribir. Estudiaba en la universidad y me sentía bastante solo, o empecé a sentirme algo aislado y disociado del medio en que me tocaba ‘estar’. Había algo en mí –una confusión, una extrañeza– que me separaba de todo y que me obligó a encontrar compañía en mis ratos libres: en los libros que leía en los veranos y algunas novelas del siglo XIX –Balzac y Stendhal me encantaron– y novelas del boom latinoamericano. De pronto algo en mí se modificó y apareció un deseo de hacer lo mismo que aquellos señores que leía: juntar muchas palabras sobre una superficie en blanco, contar una historia y luego imaginar que algún día podría convertirme en escritor. Hasta ese momento había sido un periodista precoz en una revista combativa, y escribía, pero la idea de ser novelista me daba miedo.

Una vez un amigo mío me pasó un ejemplar casi deshojado de El pez en el agua, de Mario Vargas Llosa, y algo se despejó. De la lectura de ese libro de memorias salí con la certeza de que me quería dedicar a hacer eso para siempre y de que organizaría mi vida en función de mi vocación, como Vargas Llosa había contado que hizo con la suya. No sospechaba ni remotamente que muchos años después escribiría mi primera novela intentando aliviar la frustración que ese libro me dejó. Porque Vargas Llosa detiene su narración justo cuando está por volar a Europa a convertirse en escritor y escamotea la parte en que le tocaba narrar cómo escribió su primera novela, La ciudad y los perros. Desde entonces pensé en la posibilidad de un libro en el que alguien contase esa gesta personal hasta el momento exacto en que descubre su estilo, que –lo supe después– es una forma de mirar la realidad.

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A los veintiséis años, en un ataque mezcla de extraño valor y algo de locura, renuncié a mi puesto de editor adjunto en la revista Somos, de El Comercio, y me lancé, por fin, a la empresa entonces delirante de ser escritor. Fue una decisión que poca gente entendió en su momento. Y yo mismo, durante los años que pasé viviendo a la intemperie y escribiendo muy mal, me pregunté muchas veces si había hecho bien o había cometido un estropicio. Fueron tiempos de un aprendizaje intenso viviendo en la precariedad, aunque yo no podía darme cuenta, de atravesar experiencias que me llevaron al límite de mí mismo y en que oscilé constantemente entre el arrojo para seguir intentándolo y el desánimo que me decía que yo no servía para eso. Entonces me cansé. Un día me dije que había fracasado y decidí hacer caso a algunos amigos que me animaban a postular a ciertas universidades de Estados Unidos para dedicarme a estudiar Literatura Hispanoamericana. Quizás en algún momento, en algún semestre sabático, podría permitirme escribir ese libro de ficción que sentía dentro de mí.

Ahora que reviso esos años no tengo dudas de que mis textos eran bastante malos porque hacía dos cosas que iban contra mi propio temperamento: intentaba componer textos de denuncia que señalaban víctimas y victimarios y estaban destinados a alertar al lector sobre las injusticias sociales de la realidad [algo que otros autores han realizado con resultados notables pero que a mí me salía pésimo], y al hacerlo usaba un lenguaje que me parecía prestigioso porque me sonaba ‘literario’ y que en definitiva no era mío. Mis cuentos nunca convencieron a mis escasos lectores y tampoco a mí. Con el tiempo me di cuenta de que escribía para ser ‘escritor’ –algo que provenía de la responsabilidad sobre mi futuro tras la renuncia a todo– y no por el mero y simple placer de escribir. Estaba en eso cuando, durante un viaje que hice solo a Huaraz, escuché a Lou Reed cantar Beginning to see the light, y me dije que si algún día escribía de verdad tendría que ser con el sentido de libertad y el desparpajo con los que Reed interpretaba esa canción. De vuelta a Lima me senté delante de mi máquina y escribí un párrafo que era más o menos así: «Me llamo Jeremías Gamboa y he fracasado como escritor. Hace algunos años he vivido como alguien que escribe un libro o como se supone que debería vivir alguien que hace uno pero no he escrito una sola línea que me gustara. Jamás». Se lo mostré a un amigo, y me dijo que no sabía con claridad si era un buen texto, pero que sin duda era lo más auténtico que me había leído nunca.

A los meses recibí una beca que me llevaría a estudiar en Estados Unidos. Y cuando ya no me importaba nada, cuando había decidido que era claro que no servía para nada creativo, empecé a soltar casi todos los cuentos que había querido escribir desde que renunciara a El Comercio y me lanzara al precipicio o a la nada. Recuerdo que me los llevé en secreto a Colorado, y que fue allí, durante un invierno del 2006 en que trabajé como un poseso, que encontré forma, título y epígrafe a mi primer libro, PUNTO DE FUGA. Cuando eso ocurrió comencé a pensar en la posibilidad de regresar a Lima para dedicarme a escribir. Empezaba a escribir otro grupo de relatos que ocurrían entre Lima y Estados Unidos y que exploraban relaciones sentimentales y soledad cuando una mañana del invierno norteamericano del 2007, escuchando precisamente a Lou Reed, me senté frente a mi laptop y disparé las primeras líneas de lo que años después sería mi primera novela. En el primer párrafo describí la música y la acción misma de empezar a escribir, y en el siguiente –no me di cuenta en ese momento– saqué de algún lugar de mi memoria el párrafo aquel que había escrito un par de años atrás, solo que le quité el ‘Jamás’ y le añadí un ‘Hasta hoy’. Es el párrafo que figura en la carátula de mi libro. Acababa de ocurrir que el chico de la ficción encontraba una manera propia de nombrar las cosas.

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No sabía entonces que la literatura –como dice Evelyn Waugh– es «experiencia transformada», de modo que durante algunos días intenté avanzar la historia usando mi nombre y mi propia vida, pero antes de las diez páginas el pudor me invadió y no pude avanzar una línea más. Atrapado en ese callejón sin salida leí LA VIDA EXAGERADA DE MARTÍN ROMAÑA, de Alfredo Bryce, y me pregunté si mi personaje no podría ser alguien que en definitiva no fuera yo pero que estuviera hecho de mí, y entonces, de una forma automática, se me apareció uno de los personajes de PUNTO DE FUGA, el atribulado estudiante universitario que protagonizaba el cuento María José y que se llamaba Gabriel Lisboa. Me gustaba Gabriel porque representaba el anuncio de la luz o del nacimiento de algo, y también Lisboa porque remitía a una ciudad de aires nostálgicos y de muchos poetas, lo mismo que la Lima en la que mi protagonista buscaría su destino. Cuando hice ese cambio la marea se desató, y entonces sucedió algo que solo podría llamar ‘los mecanismos internos de la ficción’: una cascada indetenible de ideas, recuerdos e imágenes que convocaron personajes, situaciones y peripecias. Solo escribiendo entendí que los autores de ficción, incluso cuando son muy ‘autobiográficos’, no cuentan la vida que vivieron sino la que temieron o la que hubieran deseado vivir, y que la vida de sus personajes está más hecha de sus miedos y fantasías que de la simple memoria o del recuento de los hechos. Y también que escribir ficción, en ese sentido, es lo más cercano a soñar. Solo que con los ojos abiertos.

Yo soñé así durante varios años junto con Gabriel. Siempre de mañanas, en jornadas de tres horas, pero a veces de cinco o de seis, y cuando estaba ya muy metido en la novela, de ocho o incluso alguna vez hasta de diez horas. Terminé cerca de 900 páginas y después de un tiempo las edité y corregí hasta quedarme con 504, mientras trabajaba de profesor, de editor por encargo y de columnista. Al cabo de un tiempo tuve que reunir nuevas fuerzas para cerrar el libro porque –como me dijo una vez el escritor Edgardo Rivera Martínez– terminar una novela larga era como ‘dejar ir a una novia’. Después de haber estado tanto tiempo en la compañía de mi personaje sentía verdadero pánico y también mucha pena de seguir mi vida sin él, aun cuando guardaba la esperanza de que, llegado el momento, algún lector de mi novela pudiera sentir lo mismo que yo. Cuando una mañana de abril del 2012 recibí un mensaje de voz de la agente literaria Carmen Balcells, en que me informaba que sabía de mi manuscrito y que deseaba leer cuanto antes mi primer libro, supe que tenía delante de mí la fecha de cierre. Dejé todo, salvo mis clases, y me dediqué exclusivamente a rematar el texto hasta la noche en que sentí que estaba listo y le di send al archivo que trabajaba sabiendo que el libro dejaba de pertenecerme. El día en que recibí la llamada en que se me informaba que mi manuscrito había encontrado editor y sus primeras traducciones, supe que algo iba a dejar de ser lo que era. Aún recuerdo la voz del otro lado de la línea riéndose cuando le conté mis planes futuros: tenía solo 250 dólares en el banco y la sospecha de que volvería al periodismo para pagar algunas deudas, y, con suerte, juntar dinero para, en algún tiempo, intentar escribir otro libro. Porque sí, ya tenía otro libro en mente. Me dijeron que al menos por un tiempo eso no sería necesario. A los pocos días, El País informaba que la novela había sido una de las sorpresas en la Feria del Libro de Fráncfort y que había despertado unas expectativas que, por supuesto, yo jamás había imaginado. El resto es historia más o menos conocida. Y en tanto está bastante lejos del simple acto de escribir, la verdad es que poco importa.

Dirección de arte: Coco Miranda
Producción: Pia Gonzales-Vigil
Asistente de producción: Luciana Gamio
Make up: Sono Salon
Ropa: Emporio Armani y Adolfo Dominguez