Gisela Ponce de León

Quiere ser la bruja mala de Broadway

Escribe: Manolo Bonilla / Dirección de arte y styling: Sebastián Sommaruga / Foto: Alonso Molina
De niña, el ballet la apasionaba. En los recreos del colegio, bailaba Chiquititas. Durante la adolescencia, idolatraba a Britney Spears. Se sabía sus coreografías y canciones. Bailó en Cabaret, en La jaula de las locas, en El show de los sueños y ahora también en La chica del Maxim. Pero su más grande sueño sigue siendo llegar a Broadway y convertirse en Elphaba, la Bruja Mala del Oeste, en el musical Wicked. ¿Qué nos atrae de una actriz que, sin quererlo, hizo del baile un arma de seducción?

Si una pantera pudiera bostezar, lo haría como ella. Se le escucha, escondida entre sábanas. Luego, se levanta de la cama y se convierte en un vendaval pelirrojo. Corsé negro, calzones carmesí y mallas negras con rajas en forma de rombos. Calza unas botas de cuero altas y lleva un moño recogido sobre su cabeza como un florero de orquídeas rojas. Gisela Ponce de León es una presencia que desborda sensualidad. Es 1880 y estamos en París. Bueno, en realidad, es el escenario del teatro Peruano Japonés, en una tarde limeña, y Ponce de León es Cocò, la protagonista de la obra La chica del Maxim, el más reciente montaje del director Juan Carlos Fisher. El Maxim era un bistròt vuelto boîte creado por Maxime Gaillard. Dos voces francesas que designan un espacio sugerente donde habitaban femmes fatales que atrajeron a personalidades del arte y la cultura durante todo el
siglo XX parisino.

Pero Gisela Ponce de León no sabe francés.
Ella sabe actuar. En solo cinco minutos de la primera escena ya ha lucido sus piernas ejecutando pasos de baile, ha sonrojado a Lucien Petypon (un doctor interpretado por Carlos Carlín) y ha despertado la lascivia de otro compañero de escena, mientras ella se acurruca felinamente en un sillón. Gisela es seductoramente convincente. Alguna vez declaró que encontraba placer en interpretar papeles que no tuvieran nada que ver con ella. Otros actores sostienen que su oficio debe sacar de su mundo interior, lo que más los identifica con el personaje a interpretar. Pero ella no lo siente así. Si bien cuando empezó su formación en el Teatro de la Universidad Católica (TUC) era tan solo una chica recién salida del colegio, algo engreída, alérgica y llorona; recuerda la severidad y exigencia de un profesor como Alberto Ísola que le achacaba su “exceso de histrionismo”, como prefiere referirse a esas pataletas de chibola.
Quizás su papel más importante fue el monólogo en Mi nombre es Rachel Corrie (2007). Gisela lo reconoce como el más intenso y dramático, a pesar de ser una realidad lejana para ella. No sabía nada de su personaje ni de su tragedia en la franja de Gaza. Desde entonces le gusta descubrir facetas que no reconocía en ella. Piensa que es más divertido así, porque puede inventar o jugar con movimientos que no se parecen a los suyos. Es tenso encontrarle el timing a la comedia y que el público se ría, entonces «una se engolosina con hacerlo más gracioso. Sobreactúas y haces
cosas raras».

Ninguna función es igual para Gisela Ponce de León. Durante la obra, al grito de upsalá flexionaba la pierna derecha y la elevaba a la altura de su hombro. Juan Carlos Fisher, el director de la obra, le recomendó que se fijara en la actuación de Nicole Kidman en Moulin rouge. Pero a Gisela esos papeles abiertamente pícaros no le resultan ajenos. Hace dos años, participó en el musical Cabaret interpretando a Sally Bowles, una bailarina de diecinueve años inmersa en el oscuro mundo del Kit Kat Club de un ficticio Berlín de 1931.
Jugar a ser sexy. Ser otra.
Eso es lo que hace Gisela Ponce de León. Aunque sienta algo de roche. Más aún cuando habla de ese lado suyo frente a una cámara de televisión o una grabadora. La timidez y los nervios, nunca ajenos a los actores como podría pensarse, la acompañan desde mucho antes.