Giovanni Ciccia

Las mil y un caras de un tipo que odia actuar

Escribe: Edmir Espinoza / Foto: Morfi Jiménez
Es actor, director, conductor de televisión, coleccionista, músico sin pretensiones y un fanático de los juegos de video, Un tipo risueño que detesta quedarse quieto y seguir las rutinas prolongadas del teatro. ¿cómo hace un actor hiperactivo, vehemente y rebelde para repetir todos los días un mismo papel y no morir de aburrimiento?
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UNO. El chico contradicción

Giovanni Ciccia quiere ser un Teletubbie. Sí, un Teletubbie, como Tinky Winky, Dipsy, Laa-Laa y Po, aquellos afelpados personajes que irrumpieron hace unos años en la televisión peruana para entretener a bebés y niños de edad preescolar. Y es que en el mundo particular de Giovanni, los Teletubbies son simples y meros entes sin responsabilidades. Tal y como lo plantea en la canción El quinto Teletubbie –que escribió una tarde en su sala y que forma parte del disco Seko! de la banda Chabelos–, estas criaturas son seres libres, que no estudian, no trabajan, andan desnudos y sin ningún prejuicio y cagan donde les viene en gana.
—Y si hay hierba en el campo, se la fuman —explica desde su oficina en Miraflores mientras hace el clásico ademán de quien se lleva un porro a la boca.

Giovanni Ciccia quiere ser un Teletubbie, pero sabe que no se puede. Entiende que aquel que lo intente con el suficiente tesón, terminará absolutamente jodido. Sin trabajo, solo y loco. Sabe también que este razonamiento es una muestra de su peculiar forma de encarar las cosas: contradictoria, casi capciosa.

No es necesario analizar demasiado a este actor, director y productor teatral para darse cuenta del sinsentido de muchas de sus actividades diarias. Es guitarrista de una banda que dejó de hacer presentaciones y que tituló a su cuarto disco Nunca seremos músicos. Un actor que muchas veces odia actuar, y el conductor de un programa de conversación en el que apenas abre la boca.

«Toda la vida hiciste lo que te dio la gana», le repiten sus compañeros de carpeta del colegio Santísimo Nombre de Jesús en cada reunión de promoción. La frase, gastada de tanto uso pero no por eso menos cierta, sirve tanto como reproche y felicitación.
—Hacer lo que a uno le da la gana, hacerlo bien y vivir de eso, es algo bien jodido. Sobre todo porque tienes que someterte al escrutinio del resto —dice relajado, con las piernas extendidas sobre la mesa central de su oficina, y las manos cruzadas sobre la cabeza.

Pero Giovanni Ciccia no siempre fue así. Antes de que lo asaltase la rebeldía adolescente, el protagonista del recordado filme Django fue un niño obediente. Durante toda la primaria fue primer puesto y un ejemplo en conducta. En secundaria la historia fue otra. Casi lo expulsan por problemas de conducta. Durante los últimos años como escolar, Giovanni se tiró la pera [se escapaba de clases] una infinidad de veces, fumó y bebió a escondidas dentro del colegio, pintó paredes, generó cortocircuitos, atoró inodoros y hasta incendió el periódico mural. Para un púber con ánimos de rebeldía, nada era tan revolucionario como atentar contra el régimen del colegio religioso donde pasaba sus días.
—No quería estudiar, no quería hacer nada, ¿sabes? Me di cuenta de que hacer las cosas como debía no me generaba ninguna alegría.

Luego de salir de Santísimo Nombre de Jesús, colegio en el que lo obligaron a pasar por la confirmación bajo amenaza de no graduarse, Giovanni Ciccia no volvió a una Iglesia nunca más. Se caso solo por la vía civil, decidió no bautizar a sus hijos y vivir una vida lejos de la religión.
—Ni siquiera voy a las bodas de mis amigos. De frente caigo al tono.

DOS. El actor que no quería actuar

—Yo disfruto casi todo lo que hago, pero lo que más odio es actuar.

Sí, Giovanni Ciccia pertenece a la endémica legión de actores que aman su trabajo, pero odian actuar. El chico del semblante melancólico y la mirada risueña que ha protagonizado muchos de los más memorables papeles de la televisión, el cine y el teatro peruano de las últimas dos décadas, detesta la rutina repetitiva de las temporadas teatrales. Para Giovanni, en la repetición está el susto.
—Es cierto que toda función es distinta y uno tiene que hacer como si fuera la primera vez –explica Giovanni mientras se rasca la barba una vez más–, pero a mí el repetir cada día la función me empieza a volver loco.

El protagonista de El evangelio de la carne [un thriller dramático en el que interpreta a un temperamental policía de investigación bajo la dirección de Eduardo Mendoza], confiesa que la rutina teatral lo ha llegado a desesperar a niveles críticos. Con el correr de los días, y conforme avanza la temporada teatral, lo comienza a asaltar la angustia del encierro personal.
—Me siento atrapado en el personaje y en el teatro. Es horrible. He llegado incluso a marcar las funciones en el camerino, como preso en cárcel. Yo sería feliz ensayando la obra, llegar al día del estreno y de ahí a otra cosa mariposa.

Hay días en los que Giovanni se levanta así, sin mínimas ganas de actuar. Son casi siempre noches oscuras, cuando su cuerpo –aburrido de repetir el mismo repertorio de movimientos y entonaciones– se rebela y opone al personaje que se le ha impuesto.
—Es feísimo. Mi cuerpo se para, me dice: «No, mierda, no quiero decir esto otra vez. Vámonos a hacer otra cosa. Es casi esquizofrénico», dice Giovanni, con la mirada extraviada, como cuestionándose si fue conveniente exteriorizar sus frustraciones actorales frente a un periodista que, precisamente, busca escudriñar la psiquis de un actor que todo el día parece estar muriéndose de risa.

TRES. Giovanni, el hiperactivo

Giovanni Ciccia piensa. Se detiene a pensar, es decir. Cavila de forma pausada, sin la incomodidad cotidiana de aquel que le teme al silencio. Sin embargo, no pasan treinta segundos hasta que levanta las piernas y apoya los pies en la mesa central de su oficina. En los próximos dos minutos, Giovanni gesticulará, se rascará la barba a medio crecer y cambiará de posición media docena de veces. El actor que se dio a conocer en el remake de Nino [una famosa telenovela peruano-argentina de los sesenta] es un tipo hiperactivo y de mucho cuidado. De los que se detienen a pensar, pero a la hora de responder lo hacen en simultáneo con otras tantas cosas: desayunar un jugo de naranja de supermercado, llenar facturas, hacer algunas cuentas en la laptop o enviar mensajes por whatsapp desde su smartphone cuando lo entrevistan.

A pesar de tener una expresión de eterno cansancio, Giovanni Ciccia tiene ganas de comerse el mundo. Lo dice serio, con los ojos abiertos y la expresión de un niño a punto de salir a recreo. A sus 41 años, siente que la energía le sobra y el tiempo le falta. De nuevo, repite que lo único a lo que le teme es a aburrirse.

Quizá la única cura que Giovanni encontró contra el tedio de la rutina haya sido el saltar de un proyecto a otro casi sin inmutarse. Dos décadas después de su debut televisivo, Ciccia continúa con el mismo ánimo de un aprendiz. Hace cine de forma compulsiva, a razón de –cuando menos– tres películas por año y se da tiempo para interpretar personajes y dirigir sus propias obras teatrales [este 2013 tiene programadas tres puestas en escena]. Es conductor del programa de conversaciones 3G y de cuando en vez compone canciones para Chabelos, banda musical de punk rock que integra junto a su amigo y también actor, Sergio Galliani. Tiene una tienda de artículos de colección y la asociación cultural Plan 9 junto a su socio David Carrillo. Además es esposo y padre. Luca y Valentino, sus hijos, le terminaron de cambiar la vida. Sin embargo ganas de emprender nuevos proyectos es lo que le sobra.

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CUATRO. Cara a cara con el público

Son las ocho y media de la mañana de un martes y Giovanni Ciccia aguarda en su oficina con la puerta abierta, un jugo de naranja natural y un viejo tocadiscos verde sobre las piernas. A su lado, sobre un pequeño sofá, un disco de vinilo perfectamente embolsado espera a que Giovanni lo tome. En la portada de la inmensa funda de cartón que cubre el vinilo aparecen los cuatro adolescentes de la banda ochentera Parchís.
—Es para el programa. Vamos a hacer un especial sobre juegos y canciones infantiles.

Lo dice sin apartar la mirada del tocadiscos. Sin apenas perturbarse por la presencia de un extraño. Luego, descubrirá el vinilo de su funda y lo probará. Giovanni está de cuclillas con sus zapatillas amarillo fosforescente y su polo del grupo neoyorkino Talking Heads.

Luego de veinte años dedicados a la actuación, Giovanni entiende que su posición de figura pública lo expone de forma particular. Con el tiempo, se ha acostumbrado a posar para las fotos y a firmar autógrafos en las superficies más insólitas. Pero si hay dos cosas que le siguen sorprendiendo de la reacción de la gente, estas son, primero, la agresividad gratuita de algunos.
—Muchos creen que los actores somos sordos. El otro día, mientras hacía la cola en el banco, una señora comentó con su amiga a voz en cuello: «Mira, ahí está ese coquero asqueroso»—dice Giovanni y se ríe.

Lo segundo, mucho más divertido, es el nuevo requerimiento de los adolescentes. Lejos de solicitar una foto o autógrafo, los chicos ahora piden que repita frases de sus películas para grabarlas como ringtones. Giovanni imposta la voz y repite los diálogos que, de un tiempo a esta parte, se han convertido en los más solicitados de su largo repertorio.
—Puta, por favor, di: «Que ricas tetas, carajo».
—«Me siento como Dios, como Superman».
—«¿Pa’ eso fumas tronchos? ¿Para volverte estúpida?».

Giovanni Ciccia ríe, animado, y Mary, su asistente, prepara café e intenta ordenar el loquerío que es la oficina. Sucede que a diferencia de la mayoría, a Giovanni las lisuras le sientan bien. Algo en su tono de voz, en su semblante relajado, le resta agresividad a las palabras al punto que sus puteadas parecen simples muletillas que adornan su personalidad.

Sentado, ahora con las piernas cruzadas, Giovanni dice que sentir el cariño del público es una de las cosas más gratificantes de su carrera. Antes, cuando era un veinteañero que hacía su debut en la telenovela Nino, la gente comenzó a reconocerlo como El chico de la tele. Tiempo después, y tras el rotundo éxito de la película No se lo digas nadie, la cosa viró. Dejó de ser El chico de la tele para convertirse en El coquero que hace de gay. Por mucho tiempo fue así, hasta que un día, de pronto, la gente empezó a reconocerlo por su nombre de pila. Fue entonces cuando reparó que para el público ya no era el personaje fulano de la película tal. Ahora es Giovanni Ciccia, el actor. Todo un mérito en un medio donde encasillarse en un papel es moneda corriente.

Pero, claro, el público todavía recuerda algunos personajes en particular. Sobre todo Django.
—No hay chico de veinte o veintidós años que no me diga que su primer pajazo fue con esa escena.
—Y eso, ¿qué te produce?
—A mí me llena de orgullo. No sé qué pensará Melania [Urbina], pero a mí me hace sentir como un símbolo sexual. Y eso es pajísima.

Pero ser una figura pública tiene sus desventajas. Incluso para él, que no es un personaje que suela ser acechado por urracos y paparazis. Lo que más odia Giovanni Ciccia de la fama es ver que sus opiniones son tomadas no como las de un ciudadano más, sino como el personaje público que es.
—Antes publicaba en el Twitter y opinaba de todo, pero de un tiempo a esta parte decidí dejar de hacerlo, y es que la gente puede ser sumamente agresiva y violenta. Me jode no poder decir nada sin que la gente me acuse de tener algún interés particular o de cobrar plata por opinar.

Giovanni Ciccia intenta así esquivar una pregunta a todas luces política. Frunce el ceño, toma un sorbo de café sin azúcar y, fiel a su espíritu vehemente, dispara.
—Decir que la revocatoria [de la alcaldesa de Lima] me parece una cojudez no es hacer política. Es que simplemente me parece una cojudez, nada más. Lo veo como una pérdida de plata y tiempo. Por último, me da flojera ir a votar, meter el dedo en la tinta indeleble.

CINCO. Volver al principio

A decir verdad, Giovanni Ciccia es un Teletubbie a su manera. No es que ande corriendo desnudo por praderas artificiales ni que se fume las malas hierbas que encuentra por ahí. Pero muy a su estilo, Giovanni sabe que si hoy está en la portada de esta revista no es por seguir el camino correcto, sino por abrir su propio camino de vida. Del niño obediente de colegio parroquial ya no queda casi nada. Tampoco del adolescente arisco que se pasaba el día pensando en cómo sacarle la vuelta al sistema. El Giovanni Ciccia de hoy es –quiere ser– un Teletubbie menos correlón y más ermitaño. Ya no quiere mandar al diablo al mundo ni irse de juerga hasta desfallecer. Le basta con su familia, sus discos y su colección de consolas de juegos de video, como cuando era niño.