Gianella Neyra sabe ser la misma con o sin reflectores

Escribe: Edmir Espinoza / Fotos: Jacques Ferrand / Dirección de arte y styling: Mozhdeh Matin
Hay dos Gianellas en Gianella Neyra. Una hace yoga, medita y odia la fama. Intenta volverse vegetariana, lee libros sobre cómo ser una mejor madre y le reza a la Vida, su dios particular. La otra actúa, fuma apuradamente, es una obsesiva de enderezar cuadros chuecos y odia la rutina de los horarios fijos. Una de las actrices más exitosas del Perú ha aprendido a hacer convivir a estas dos mujeres dentro suyo, y les ha enseñado que para hacer bien su trabajo no necesita de poses
GN46726

«Quiero volver al yoga, estudiar canto y probar algo nuevo: desde hace tiempo pienso en prepararme para estar detrás de cámaras. También me gustaría escribir, pero soy demasiado caótica»

Sola. Los lunes por la mañana Gianella Neyra prefiere estar sola. Es el único momento de la semana en que su departamento está en silencio y el tiempo solo le pertenece a ella. Pero hoy no. Hoy es lunes, son las diez de la mañana y Gianella Neyra se acaba de vestir para mí.
—Ya muy faltosa recibirte en pijama —dice apurada, mientras toma un sorbo de café con leche.

Pero el pijama es lo de menos. Bastó con que dijera Me he vestido para ti –con esa voz media ronca, media dulce–, para que todo se vaya al diablo y el periodista serio, de pronto, se convierta en un manojo de nervios. En un fan enamorado que no deja de observar la intensidad de sus ojos marrones, ni de pensar de qué colores serán las pijamas de Gianella Neyra.

El sol de marzo golpea sobre el piso tres de este edificio que mira al océano, dejando entrar una luz amarillenta que llena el pequeño departamento. Las paredes son blanquísimas, adornadas por tres minúsculos y coloridos cuadros. No hay plantas, tapizados estrambóticos ni algún elemento que rompa la calma casi zen del refugio de esta actriz de mirada turbadora. Gianella Neyra, con su vestido azul de verano, ríe y sonríe, habla apurando las palabras y gesticula con un cigarrillo light entre los dedos mientras intenta recordar cómo era antes de que su fama comenzara.

GN46492


Cuando Gianella Neyra cursaba el quinto de media, un test vocacional estuvo a punto de convertirla en bióloga marina. Amaba los tiburones y las profesiones raras, así que –vehemente e impulsiva, como hasta hoy– decidió juntar algo de dinero con sus ocasionales trabajos como modelo y partir hacia Chile, donde intentaría descubrir si el mundo marino terminaba por enamorarla. Felizmente para todos, un cazatalentos de Iguana Producciones la vio en una fiesta y entonces todo cambió de forma dramática. En vez de tiburones y lobos de mar, tuvo que enfrentarse a las luces y cámaras de un estudio de televisión.

Hoy no es más la chiquilla de Girasoles para Lucía que enamoró a miles de televidentes en Latinoamérica. Hoy Gianella Neyra es una actriz de 35 años que ha pasado los últimos trece meses haciendo teatro. Y no cualquier tipo de teatro: luego de más de una década interpretando mujeres atormentadas y presas del desamor en la televisión, hoy ha cambiado el llanto por la risa. Primero fue Escenas de la vida conyugal, una divertida comedia sobre el divorcio y la separación [en la que compartió roles con su eterno amigo Diego Bertie], y luego, Toc-Toc, obra en la que Gianella interpreta a Blanca, una mujer que sufre de nosofobia: el miedo exagerado a contraer una enfermedad. Nunca antes Gianella Neyra dejó la televisión tanto tiempo para dedicarse por íntegro a las tablas.
—El ritmo del teatro es muy intenso. No puedes enfermarte, no te puede faltar la voz. No te puede pasar nada durante un año.

Gianella ama el teatro, pero acepta que la rutina llega a estresarla. La continuidad, el tener que estar todos los días ahí, llueve o truene, la termina por dejar exhausta.
—Me pasa que si no duermo, estoy muy tensa o me deprimo, inmediatamente me quedo sin voz. Entonces me quedo ronca, y quedarse ronca en el teatro es lo peor que te puede pasar —dice risueña, abriendo los ojos.

Dentro de la sala, el aire corre silenciosamente y desordena el pelo liso y oscuro de Gianella. Ella se hace un moño apresurado y dice que prefiere no hablar de proyectos futuros. Lo hace un poco por superstición y otro poco para no quedar como la actriz de los eternos planes sin concretar. En cambio, habla entusiasmada de la próxima película del director peruano Frank Pérez Garland, donde participará como una de las protagonistas. Cuenta que en un principio, el guión requería que el personaje de Gianella hiciera una escena de cama. Fue la primera vez que se cuestionó hacer un desnudo, luego de aquellas veinteañeras apariciones en Polvo Enamorado y Ciudad de M, dos referentes del cine peruano independiente.
—El pobre Frank me dijo que sabía que ahora era madre y que me entendía si me negaba a hacer la escena —dice sin descartar un desnudo más adelante—. Muchos no entienden que a veces quitarse la ropa es parte de la chamba. Si hay que hacerlo para interpretar a un personaje que me encanta, será. No es algo que me escandalice.

Por eso Gianella tampoco tiene problemas en hablar de las escenas de cama que compartió hace más de diez años con Giovanni Ciccia y Santiago Magill, dos amigos y actores de su generación.
—Ahora el cine peruano se está abriendo a otros géneros, pero entonces solo había uno, y ese género implicaba que la mujer de la película tenía que calatearse. Es una vaina, pero era así. Entonces, si el personaje te parecía muy bueno, estaba implicado lo otro. Siempre he pensado en ir por el personaje —dice, mientras apaga el segundo cigarrillo del día.

«Cuando hacía las telenovelas de Iguana todo era look y maquillaje y yo pensaba que eso no era ser actriz. Y como yo sí quería serlo, iba en contra de esa imagen. Y me ponía fea, rebelde»

Hubo un tiempo en que Gianella Neyra quería ser fea. Tenía dieciocho años y aquel encuentro inesperado con ese cazatalentos la había convertido en la actriz protagonista de la telenovela Malicia. Así, de la noche a la mañana, esta adolescente de mirada misteriosa y cabellos lisos y azabaches se convertía en el nuevo rostro de una entonces incipiente televisión peruana. La fama le había llegado como un baldazo de agua fría y, junto a los elogios por su belleza, habían llegado también críticas de todo calibre que criticaban su pobre performance actoral. Entonces ser bonita le jugaba en contra. No sería fácil sacarse de encima el estigma de la actriz plástica y superficial que se posaba sobre buena parte de la nueva camada de actores que había reclutado la productora Iguana Films. Para muchos, más que actores, estos jovenzuelos con buena pinta y mejor suerte eran apenas caras bonitas sin talento aparente. Gianella Neyra quería ser fea, desordenada y proyectar una imagen lejana a la frivolidad que le achacaban. Fuera del plató, procuraba andar despeinada y sin más adornos que la cara lavada y el ceño fruncido.
—En Iguana todo era look, imagen y maquillaje y yo pensaba que eso no era ser actriz. Y como yo sí quería serlo, me ponía fea —dice ahora con algo de vergüenza, como intentando entender a la adolescente rebelde que solía ser.

En ese entonces Gianella no podía imaginar que con los años los prejuicios se irían apagando y que su carrera como actriz despegaría de pronto. Tenía apenas veinte años y una sola certeza: quería actuar para siempre. Por eso no se amilanó cuando la producción de Iguana Films le propuso enviarla a Nueva York para llevar un curso intensivo de artes escénicas en el prestigioso instituto Lee Strasberg. La experiencia fue tan devastadora como aleccionadora. Por primera vez la asaltó la soledad y el miedo. El terror de sentirse un bicho raro en una ciudad violenta y ajena. Una vez más, supo reponerse al principio de depresión que la asaltó y terminó el taller con honores.
—Llovía mucho y yo no tenía idea como usar un paraguas. Fue terrible. Pero aprendí bastante, a afrontar mis propios fantasmas y a convivir con ellos.

Cuando regresó a Lima, Gianella era otra.

Pero eso es historia pasada. Esta mañana Gianella no lleva maquillaje ni un peinado producido y sus pies descalzos reposan sobre el suelo mientras abraza sus piernas largas. Se ha convertido en una actriz madura. En madre. Y en una mujer que no tiene miedo en confesar que nunca le gustó la fama y que la exposición constante de la que es presa es parte de la chamba.
—La carne viene con hueso —se ríe—. Todo lo positivo viene con algo de negativo, y yo creo que esto es parte del hueso. Es-parte-de. No lo puedes evitar.

GN46399 copy


Si Nueva York fue una temporada de aprendizaje, Buenos Aires fue una etapa de madurez para la mayor de los hermanos Neyra. Lejos de casa, la chiquilla soñadora y rebelde se convirtió en una actriz reflexiva, que por primera vez pensaba antes de actuar. Pero también en una mujer que extrañaba muchísimo. Argentina la trató fenomenal, pero no era su casa, ni su país, ni su comida, ni su gente. Tuvieron que pasar muchos años para dejar de sentirse en lo que ella llama el limbo del inmigrante. «Siempre me creí bastante desarraigada, hasta que me fui», explica. Entonces todo cambió para ella. Su vínculo con la familia y los amigos se acrecentó en forma proporcional a la distancia que los separaba.

Gianella sabe bien del acontecimiento que significó para buena parte del periodismo de espectáculo su paso por tierras argentinas, y del estigma de creída que se le atribuyó gratuitamente.

—El mundo comenzó a decir que me creía la última chupada del mango, así que comencé a sentirme culpable y a preguntarme si en verdad había cambiado. Imagínate que a mi regreso, algunos de mis compañeros se me acercaron a pedirme disculpas por haber rajado de mí –cuenta divertida, sin dejar de gesticular.
Cierto es que su experiencia argentina la marcó profundamente. Por primera vez sintió el desarraigo, la lejanía y el miedo, al punto que una noche se descubrió taciturna, escuchando viejos valses criollos.

—Todo fue muy violento. Un día estaba haciendo Girasoles para Lucía y al poco tiempo estaba protagonizando una telenovela en Argentina. Me moría de miedo. Sentía que en cualquier momento se iban a dar cuenta de que no sabía actuar y me iban a mandar a mi casa —se ríe antes de contar que durante el primer mes de grabaciones de Yago, pasión morena, buena parte del equipo de producción corrió el rumor [a manera de broma cruel] que de no dar la talla, Gianella sería reemplazada por la mexicana Thalía.

En tanto, y mientras Gianella intentaba mantenerse en el difícil mercado gaucho, en Lima se fabricaba el mito de la peruana que migró para triunfar. Periódicos y revistas rebotaban las noticias de los medios argentinos que daban cuenta de la nueva estrella de Telefé.

«Todo lo positivo viene con algo negativo. Estar en el ojo público, para una actriz, es parte de eso. No lo puedes evitar»

—Fue loquísimo. Me fui y de repente me vi en la carátula de una revista importantísima acá. Yo no había hecho nada. Solo hacía mi chamba, y a decir verdad no era muy diferente a las telenovelas que hacía aquí.

A pesar de ello, Gianella sintió el impacto de ingresar a un mercado tan grande como el argentino. A diferencia de las producciones peruanas de aquél entonces, donde el entorno era casi familiar, allá era común que una actriz tuviera un representante, e incluso existía un fuerte sindicato de actores que no la dejaban trabajar más allá de las ocho horas. En un medio donde los protagonistas tienen mucho poder sobre las escenas, Gianella brillaba por su aparente humildad.
Hasta que un día regresó.

Casada, con un hijo y un leve dejo porteño. Gianella Neyra volvió al Perú casi a escondidas. Sin hacer demasiado ruido. Ya no era la diva peruana que había conquistado Argentina con su indómita belleza y talento, sino una mujer que regresaba a su país para reencontrarse consigo misma.


GN46581

Gianella Neyra odia los gimnasios. Dice que las rutinas de ejercicios son demasiado violentas. Una sesión de yoga o de una clase de baile en cambio, es lo que más disfruta. Ahora mismo el duro ritmo de la temporada teatral y su intensa labor de madre la han alejado del canto, las conversaciones largas y las tardes de cine, hábitos que la apasionan y para los cuales hoy no tiene ni tiempo ni fuerzas. Por eso tiene claro que terminado el ciclo de Toc-Toc se dará un breve descanso. Se lo debe a Salvador, su hijo de cuatro años. Ahora tiene clara la importancia de darse un tiempo para preparar su próximo desafío.

—Quiero ir recuperando mi yoga, comenzar unas clases de canto y quizá probar algo nuevo: pasa que desde hace tiempo estoy pensando en prepararme para estar detrás de cámaras, en dirección. También me gustaría escribir, pero soy demasiado caótica —afirma antes de contar que en contraparte, su hermano Ezio, escritor y fundador del sello editorial Matalamanga, es de aquellos escritores metódicos que escribe en un horario determinado.

—Igualito a Vargas Llosa —dice con una sonrisa de hermana orgullosa.

Extrañamente, no hay ninguna obra de su hermano en su sala. En cambio, sobre la mesa de centro reposa el libro de su inseparable amiga y también actriz, Vanessa Robbiano, Vuélvete a querer, y debajo, un libro anillado de fotocopias: No existen padres perfectos del psicólogo austriaco Bruno Bettelheim. Gianella explica que leer a Ezio es complicado por una cuestión de pudor. Ella sabe que su hermano escribe sobre la base de su propia vida.

—Es como meterme en el cuarto de mi hermano de noche. Es demasiado para mí —dice y lanza una risotada ronca.

Gianella Neyra dice ser feliz en su mundo pequeñito e imperturbable. No le gustan los grupos grandes y admite ser tímida en extremo. Quizá por eso hoy prefirió este vestido azul a las pijamas de diario. Quizá por eso descartó la biología marina y prefirió una profesión donde –aun frente a cientos de personas– se siente escondida bajo la piel de un personaje ajeno, con el que puede jugar a ser, cada noche, una persona distinta.