Gabriel Villarán, guerrero del océano

Correr las olas más grandes del mundo puede ser más fácil que tener los pies sobre la tierra

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: Giancarlo Shibayama
La vida de Gabriel Villarán ha sido de todo menos predecible. Entre victorias, tragedias y desilusiones, el tablista peruano ha logrado controlar poco de su propia historia. Pero todo es diferente cuando entra al mar. Las olas son sus súbditas: desde las más pequeñas que corre por diversión, hasta las más grandes, que doma por profesión. ¿Cuántos golpes y caídas puede resistir un campeón que siempre parece salir ileso?

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Gabriel Villarán no se quita los lentes oscuros. Nunca. O casi. Al conocerlo es difícil descifrar qué intenta esconder debajo de esos lentes gigantes, cuadrados y negros que el tablista usa casi como si fueran parte de su cuerpo. Son las tres de la tarde en el club Waikiki, del circuito de playas de Miraflores. El cielo está nublado, pero Villarán solo se quita los lentes al saludarme, y regresan inmediatamente a su rostro. En sus ojos marrones y claros hay una dulzura infantil, pero el ceño fruncido sostiene preocupación.

«Pucha, disculpa por la demora», me dice el campeón nacional de tabla, claramente contrariado: tuvo que llevar a su madre de emergencia al hospital. Gabriel Villarán es un hombre menudo, pero de cuerpo atlético esculpido por las olas y los ejercicios de yoga que hace cada mañana. Sus veintiocho años pasan desapercibidos bajo su vestimenta juvenil. Su cabello rubio, maltratado por el sol, asemeja una pequeña y desordenada choza de paja que se sienta sobre su rostro angular, de nariz fina y quijada fuerte. Se sienta de espaldas al mar y no parece distraerse por nada de lo que sucede en el club: ni los niños jugando en la piscina, ni las mujeres de cuerpos bronceados que pasean frente a nuestra mesa.

Gabriel Villarán es amable. Saluda a las siete personas que se acercan a verlo; los conoce a todos de nombre y apellido. Es un hombre carismático, pero distante, de respuestas cortas y precisas. Pero las palabras que faltan en sus labios sobran en su cuerpo. Un tatuaje en la muñeca izquierda resalta sobre la piel bronceada de Villarán: Monique / Tu amor lo llevo dentro por todos los tiempos, reza el tatuaje, que el tablista explica con sencillez algo abrupta.

—¿Por qué te hiciste ese tatuaje?
—Porque mi mamá se puso picona cuando me hice el tatuaje por mi papá.
Villarán acomoda una sonrisa grande debajo de sus gafas al recordar la experiencia. Es una sonrisa simétrica, acogedora, que quiebra su rostro tosco y masculino de inmediato. Y, aunque las bromas fluyen con más comodidad que las conversaciones serias, las sonrisas son breves y precisas, igual que sus palabras.

Talla Still Rides / Heroes never die, se lee en el tatuaje en la parte alta de su brazo derecho. «Talla le decían a mi papá», explica el tablista. Se lo hizo en un viaje a Londres en 2005. Su padre, Augusto Tallarín Villarán, fue tres veces sub campeón nacional de tabla y el que le presentó el mar a Gabriel cuando, a los cuatro años, en la playa de este club, le amarraba unos flotadores de tecnopor al cuerpo y lo subía en su tabla con él. «Desde ese verano corro tabla», recuerda el capitán que lideró el equipo campeón mundial del ISA Billabong World, en 2010. «Me afané muchísimo, hasta ahora, una de las mejores sensaciones que recuerdo es tener catorce o quince años, llegar a la playa y correr con mi tabla como loco hacia el mar». El tablista tiene mucho que agradecerle a su padre, y lo hace. Pero, para Gabriel Villarán, el recuerdo de Talla también tiene otros matices.


Era marzo de 2002 y Gabriel Villarán, de diecisiete años, disfrutaba de los últimos días del verano, camino a las playas del sur, en el auto de su madre. Fue un viernes por la tarde y un viaje silencioso, pero Gabriel no sospechaba nada. Al bajar del auto, su madre le dijo lo que había estado pensando cómo decir durante todo el camino. «Tu padre ha tenido un accidente y ha fallecido», es lo que recuerda que le dijo su madre. «Después de eso, no recuerdo qué pasó; no recuerdo lo que sentí, ni cómo reaccioné, ni qué pensé», dice Villarán. Su madre le pidió que vaya a la playa, que se relaje, que ella iba a lidiar con eso. Ella y Talla estaban separados desde que Villarán tenía seis años. «Mi papá era el amigo que venía a la casa y nos hacía morir de risa», comenta. «Mi mamá era la que trabajaba y nos daba de comer, nos cuidaba y nos obligaba a hacer las tareas».

Al día siguiente, el padre de Villarán sería velado en Lima. Su padre había saltado del puente Villena, en Miraflores, conocido por ser uno de los lugares preferidos de los suicidas por esa época. «Yo simplemente no quería ir. No sé por qué, pero no quería ir. No quería lidiar con esa situación». Gabriel Villarán es un hombre que evita los malos ratos. O intenta hacerlo. «Un amigo mío me convenció para ir; me dijo que ya estaba grande, que era la familia, que tenía que ir. Y tenía razón».

—¿Lo lloraste?
—No. No me salió ni una lágrima en el entierro ni en el velorio. Las lágrimas vinieron con el tiempo.
Gabriel Villarán cuenta su historia con el temple de alguien que habla sobre esa película que acaba de ver en el cine y que no llenó sus expectativas. Su tono de voz no expresa tristeza, regaño o desdén.
—¿Tienes buenos recuerdos de tu padre?
—Si no fuese por él, yo nunca hubiese conocido el mar. De hecho lo extrañé, lo necesité. Todo pudo haber sido más fácil si él hubiese estado aquí. Pero no le reprocho nada. Él no estaba bien. Hizo lo que tuvo que hacer, y yo respeto su decisión.

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Es difícil entender cómo una persona tan fría en sus respuestas, puede tener, al mismo tiempo, el sentimiento a flor de piel. Sus tatuajes son una prueba de esto. También lo es el anillo que lleva en la mano derecha, una réplica que mandó a hacer de un anillo que su padre le regaló a su madre y que él mantiene como recuerdo de ambos. También lo es la fragancia que usa desde adolescente, que su madre le regaló y que no ha cambiado hasta hoy. Gabriel Villarán es un hombre de símbolos, y cada símbolo expresa un sentimiento, pero esos sentimientos, a pesar de estar plasmados en su cuerpo, son suyos, y no los comparte. «Cuando algo le molesta, es para él. No lo comparte a veces ni conmigo, ni con sus amigos», explica Andrea Dibós, su novia desde hace cinco años. Dibós describe a Villarán como un hombre detallista y amoroso, pero a la vez calculador y frío en sus decisiones. «Él piensa mucho antes de hacer las cosas», explica. «Nada sale por impulso».

Sus sentimientos, en cambio, se traducen en adrenalina; en el riesgo que corre cada vez que compite en campeonatos de ola grande, donde enfrenta las olas más peligrosas dentro de este deporte, como la que corrió de más de nueve metros de altura en un campeonato en México hace tres años. Este es el circuito en el que Gabriel Villarán quiere triunfar a nivel mundial. Pero, al menos por estos días, su prioridad es otra.


Gabriel Villarán ha llegado dos horas tarde a la sesión de fotos. Los expertos del clima han pronosticado que la capital experimentará una de las mayores radiaciones solares en lo que va del verano. Pero ese día de enero, en el balneario de San Bartolo, al sur de Lima, donde se realizaban las fotos, inmensan nubes grises opacan el sol. El cielo nubla a Gabriel Villarán, otra vez.

Come un mix de nueces y frutas deshidratadas mientras mira los atuendos. Villarán tiene mucha hambre hoy. No tomó desayuno porque fue a visitar a su madre a Lima y estuvo con ella toda la mañana. Su madre, que trabajó para mantenerlo a él y a su hermano mayor cuando su padre perdió todo su dinero, ha sido diagnosticada con cáncer de páncreas. «Gabriel ha puesto su vida en espera por lo de su mami», explica su novia. Pero, competir en momentos difíciles no es tarea nueva para Villarán.

«Gabriel es una roca. A ese brother nada lo tumba», me había dicho Roger Velasco, amigo de la infancia, tablista profesional y socio de Gabriel en la productora de videos Magic Nature. «Muchos piensan que él es un hijito de papá, que su vieja lo auspició, pero todo lo que tiene Gabriel es porque él se lo ha ganado». Velasco cuenta que, durante los primeros años profesionales de Villarán, la plata escaseaba. Iba a los campeonatos con el dinero contado. Vendió sus tablas antiguas, puso una lista de apoyo en el club para que los socios donaran dinero, y se embarcó a lo que sería el resto de su vida. «Él, cuando no estaba compitiendo, iba a la casa Quiksilver a parchar las tablas de la gente que estaba ahí. Tenía un kit y se ponía a trabajar parchando tablas y se hacía su plata». Esto sucedió por unos tres años, hasta que el talento de Villarán, y su audacia le consiguieron los auspiciadores que tanto necesitaba. «Él se iba a conversar con la gente de las marcas en los torneos», cuenta Matías Mulanovich, tablista profesional y amigo íntimo de Villarán. «Se iba a surfear en las prácticas exactamente al frente de donde estaban los sponsors, así no había forma de que no lo vieran».

Gabriel ya sabe cómo funciona este negocio, y él hace lo que tiene que hacer: se pone la ropa que no le gusta, hace las poses que no quiere hacer; se quita la camiseta frente a diez personas –en su mayoría, mujeres desconocidas. Y no está cómodo. «Antes era de las personas que renegaba porque no quería usar cierta ropa o no quería hacer cierta pose, pero ahora me he dado cuenta que, si digo sí a todo, se acaba más rápido». Gabriel Villarán no quiere estar ahí, no quiere que su madre esté enferma. Quiere estar en Hawaii, en el campeonato Volcom Pipe Pro, como tenía planeado antes de que le dieran la noticia de su madre, pero está en Perú, viendo cómo ella se debilita y viendo como otros ganan en vez de él. Pero a Villarán no le gusta perder el tiempo, menos aún, renegando por cosas sobre las que no tiene control.

La sesión acaba, y Villarán se pone una camiseta negra antes de despedirse de todos. Ya pronto llegará la mañana, y Gabriel, por fin tendrá tiempo, después de cuatro días enteros sin correr, para entrar al mar con su tabla. Ya pronto todo será mejor.

Gabriel Villarán no recuerda cuántas veces lloró en su adolescencia por no haber ganado, pero sabe que fueron muchas. «Yo sé que soy recontra competitivo» dice. Y sé que soy recontra picón, pero ahora trato de volver a disfrutar de estar en el mar en vez de loquearme por ganar todo».

Es el campeonato Quiksilver UFO’s Point, y Gabriel Villarán ha estado en la playa de Chilca desde las siete de la mañana. Es un campeonato invitacional que este año reúne a los 56 mejores surfistas del país. Villarán pasó a los cuartos de final el día de ayer, y hoy 30 tablistas compiten por el campeonato. «Para mí, Gabriel es el mejor surfer de Latinoamérica», comenta Renzo Zazzali, ex campeón nacional de surf y gerente de eventos de Quiksilver, mientras mira la competencia bajo un toldo negro.

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Villarán entra al mar con un wetsuit naranja. Es el favorito en su grupo. Es el favorito entre todos los grupos. Su hit [la jornada que cada tablista compite en el mar] es el primero. Gabriel está en el agua con el resto de tablistas. No hay sol. La playa está tan nublada que la competencia se detiene por quince minutos porque los jueces no divisan a los participantes en el mar. Quedan cinco minutos para terminar, y Villarán aún no corre una sola ola. Necesita al menos dos para que los jueces califiquen. Los tres primeros del grupo pasan a la semifinal. Dos minutos pasan, y Gabriel sigue sin remar. Durante el entrenamiento, Villarán corrió lo que él considera el mejor tubo que ha corrido en la playa de Chilca. Pero, ahora, a dos minutos de que su hit acabe, Villarán sigue sin correr una sola ola. «Anaranjado remando, preparándose para correr», suena por el micrófono de los jueces. Gabriel corre su única ola de la competencia, a los aplausos del público que ha ido hoy, muchos de ellos, solo para verlo competir.

Cuando su participación acaba, Gabriel Villarán sale del mar con el rostro neutro que lo caracteriza. No tiene los lentes de sol puestos. Tiene el ceño fruncido, pero eso, dice él, es porque sus ojos son muy sensibles al sol. Va a su camioneta, deja su tabla, se saca el wetsuit y se pone los lentes oscuros. Su novia y sus amigos lo esperan en la playa. El tablista se sienta con los brazos sobre las rodillas y mira el resto de la competencia. Su novia se recuesta sobre su hombro, pero Villarán no se inmuta. Su vista está en el mar, en aquellos tablistas que siguen compitiendo. O tal vez esté en solamente en el ir y venir de las olas, o tal vez esté con los ojos cerrados, pensando que más tarde irá a ver a su madre, que está en Lima, empeorando con el pasar de los días. Si los ojos en realidad son las ventanas del alma, Villarán mantiene la suya resguardada en todo momento, protegiéndola de los intrusos.


Han pasado once días desde aquel campeonato en Chilca. Gabriel Villarán acaba de regresar del Nelscott Reef Big Wave Classic, la tercera fecha del tour mundial de ola grande, en Oregon, Estados Unidos. Llegó a Oregon un primero de febrero, tres días después de que su madre falleciera víctima del cáncer que padecía.

Hoy no tiene mucho tiempo. Tiene el día lleno de reuniones, así que lo acompaño hacia una de ellas en su camioneta. No hay música. Gabriel sabe que conversaremos en el camino, y baja el volumen del equipo de sonido apenas subimos.

—¿Cómo pudiste concentrarte en un campeonato luego de todo lo que has tenido que vivir?
—Era una buena oportunidad —dice Villarán, rascandose la barba—. Es complicado que se den campeonatos de ola grande y que yo tenga el tiempo para ir. Y mi mamá siempre deseo que yo vaya a competir a donde tenga que ir. Entonces, fui con la mentalidad de llegar al podio por ella.
Y lo logró. Quedó en el tercer puesto y regresó a Lima con una sonrisa en los labios.
—¿Te consideras una persona fuerte?
—Creo que hago lo que tengo que hacer. La otra opción no existe. Es deprimirte y mandar todo a la mierda. Pero va a llegar un momento, a menos que te suicides, que vas a tener que lidiar con todo eso. Mientras pueda evitar todo ese mal rato y de frente hacer lo que tengo que hacer, ¿por qué no hacerlo?

Gabriel Villarán sabe que ahogarse en sus penas no le dejaría llegar a ser el mejor del mundo, y él es un hombre práctico. «Es un poco irónico que, por un lado, gane tanto y por otro pierda tanto. Pero, no creo que el propósito de mi vida sea el quejarme de por qué me pasan estas cosas. Hay cosas más importantes en las que pensar».

—¿Te asusta la depresión?
—No creo que sea una persona que pase por eso. De hecho a veces me pongo triste y lloro y me pregunto por qué he tenido tanta mala suerte con mis padres. Pero lo bueno es que cuento con gente a mi alrededor que me distrae y tengo al mar en frente que me llena.

Nada es tan malo al fin y al cabo.

Llegamos al restaurante de Miraflores donde Gabriel tendrá una reunión. «Muchas gracias por todo», se despide el tablista, y se quita los lentes oscuros por segunda vez desde que lo conocí. Achina los ojos, pero esta vez, sus lentes no regresan a su rostro.

Hoy, por fin, salió el sol.