Felipe Ríos

Diario de motocicleta

Escribe: Jorge Luis Cruz / Foto: Marco Garro
Nueve meses de preparación nunca son suficientes. El motociclista Felipe Ríos corrió a través de los peores terrenos, tragó polvo, durmió en campamentos casi militares por dos semanas y le dio con palo a su cuerpo hasta superar sus propios límites. El resultado: obtuvo el puesto 49 del Dakar. El Felipe que arrancó en Mar del Plata es uno diferente del que llegó a Lima. Cuando inició el rally, solo su familia y amigos lo conocían. Pero al llegar a la meta en la Plaza de Armas su nombre fue ovacionado por miles de personas. Dice que el Dakar fue como ir a la guerra. La recompensa es haber regresado a casa en una sola pieza. Pero mucho mejor que antes.

Felipe Ríos está condenado a hablar por el resto de sus días de este Rally Dakar y de todos los que correrá en su vida. Su familia, sus amigos, su pareja, sus hijos (que todavía no tiene) y los amigos de sus hijos (que aún no ha conocido) le pedirán que cuente alguna anécdota de la carrera.
Tendrá que contar las historias una y otra vez, pero no siempre serán de la misma manera. Deberá agregar nuevos detalles y quitar otros, exagerar un poco algunas cosas cuando ya no recuerde bien si fue de una manera u otra; hacer más divertidas aquellas que ya contó mil veces antes. Él piensa volver al Dakar en 2013 ­–y todas las veces que aguante su cuerpo–, así que tendrá por un buen tiempo de dónde meter mano para renovar el repertorio. Felipe Ríos siente que el Rally le ha dejado una marca imborrable y sabe que incluso quienes no lo conocen podrán distinguirla a kilómetros de distancia. Él no piensa ocultarla nunca. Su mayor orgullo es ser un sobreviviente.

La zona cero
«Correr el Dakar es como atravesar una zona de combate», cuenta algo más limpio y relajado en el sillón de su oficina miraflorina, pero todavía herido y con el recuerdo de haber dado batalla por dos semanas. Su rutina en los campamentos del Rally era casi la misma que la de un soldado antes de salir a combatir.
Luego de recorrer desiertos en su moto durante ocho a diez horas se acostaba todos los días a las diez de la noche (cuando tenía suerte) y se levantaba a las cuatro de la mañana (religiosamente). Los campamentos tenían todos los servicios, pero no todas las comodidades. Se bañaba en duchas compartidas por otras miles de personas y bajo agua helada. Dormía en carpas sobre colchones inflables y usaba baños portátiles (cuando encontraba uno que no estuviera destrozado) y se alimentó con barritas energéticas, cereal y fideos durante dos semanas.
Esa era la situación de pilotos como Felipe, menos profesionales y más amateurs, con los recursos al límite y los repuestos contados. Muy diferente era el lado donde vivían las estrellas. El motociclista Cyril Despres o el piloto Stephan Peterhansel contaban con un campamento dentro del campamento. Duchas personales, agua caliente, tiendas de campaña y masajistas que aliviaban los dolores que hoy Felipe sigue llevando.
Su cuerpo le recuerda las consecuencias de su reciente rutina. Dos días después de la carrera regresó a su oficina, una empresa de ingeniería que maneja con su padre y su hermano. Su secretaria y una compañera de trabajo fueron las primeras en felicitarlo. Lo abrazaron y le recordaron lo flaco que estaba. Encontraron a un Felipe Ríos demacrado, distinto al que se despidió semanas atrás para viajar a Mar del Plata.
«He bajado cinco kilos. Estoy más flaco», pensó Felipe frente al espejo de su baño, la misma noche que terminó la carrera, ya duchado y algo mejor alimentado. Lo peor del Rally ha llegado a su cuerpo con efecto retardado y todos sus músculos mandan señales de dolor a su cerebro a medida que pasan los días y entra en estado de reposo.
Felipe viene de una familia de deportistas. Su padre, Raúl Ríos, ha practicado toda clase de deportes en su vida, pero nunca encontró motivos para subirse a una moto. La afición de su hijo por correr en dos ruedas nació en una bicicleta. Fue ocho veces campeón nacional de downhill, antes de interesarse por la moto. Hace dos años decidió darle más bola al motociclismo y se inscribió en competencias de Enduro que lo llevaron a torneos en Europa. Ha sido difícil el camino al Dakar, pero nunca hizo nada que se le pareciera. «Hay muchas partes que no querría repetir en mi vida. Correr por tierra muerta, esperando que un carro no me embista por detrás y comiendo el polvo cuando alcanzaba las cuatrimotos que tenía delante».
Tiene la espalda reventada, apenas puede mover el hombro (hay mañanas en las que ya no puede) y tiene los dedos entumecidos e hinchados luego de haber soportado el peso de una moto de carreras de 180 kilos a lo largo de 9 mil kilómetros del peor terreno del mundo. Es como correr una maratón donde te agarren a patadas cada cien metros. Sus piernas, de milagro aún enteras, sostienen un cuerpo que necesita las vacaciones que el trabajo atrasado de la oficina no le permite.