Federico Salazar un filósofo con calle

Por Alfredo Pomareda / Fotografías de Morfi Jiménez
¿Cómo ser un endemoniado académico, amante de la semiótica y de la más dura filosofía y al mismo tiempo ser una estrella de la televisión, tanta veces tildada de frívola y desalmada? Federico Salazar, uno de los tipos más famosos y carismáticos de la pantalla chica, se declara un demente a tiempo completo. Sin locura, dice, no podría vivir

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Leer por las noches LA ACCIÓN HUMANA, de Mises; o los FRAGMENTOS DE UN DISCURSO AMOROSO, de Roland Barthes; y cinco horas más tarde se enfunda en un terno y asume con una sonrisa el matutino más importante de la televisión peruana. Luego, por la tarde, hace química con una decena de niños que planean ser grandes artistas. Ese programa se llama PEQUEÑOS GIGANTES y Federico Salazar lo conduce junto a su esposa, la actriz Katia Condos, a quien conquistó con versos del poeta griego Kavafis, un escritor sensible y erótico, como él. Federico Salazar se declara un esquizofrénico, un loco, un hombre que guarda una dualidad que muy pocos conocen.

«Todo eso me debería alejar, pero soy suficientemente esquizofrénico para mantener los dos lados. Yo gozo al tener este tipo de doble personalidad», sonríe Federico, desde la sala de su casa en Miraflores. Hoy se encuentra algo cansado. Las grabaciones de PEQUEÑOS GIGANTES ahora le quitan aquellas tardes que antes empleaba para la siesta, o para leer filosofía del derecho, o para cuidar a Siena, su última hija, de dos años.

Aquella locura por la filosofía le viene desde los años ochentas, cuando era jefe de la página económica en el diario La Prensa. Cuando creía que ir a burdeles era algo tan normal como ir a cenar. Cuando el bajativo para el almuerzo era un ron o una cerveza. Cuando sostenía que el papel lo acallaría todo. Pero una tarde lo llamaron de la televisión para participar como panelista en el histórico programa Pulso. Entonces le gustó hablar ante una cámara y saber que eso que decía podía llegar a cientos de miles de personas. Luego lo llamaron para hacer un programa sobre detalles de la economía diaria. Y exactamente hace veinte años se hizo conductor de Primera Edición, el matutino de América Televisión. Desde ahí no paró. Se enamoró, y de eso hablaremos más adelante, pues antes, como buen amante de la noche, fue un alma demasiado libre.

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En 1981 había una chingana en el jirón Puno, en el centro de Lima, que se llamaba. «Un Hueco en la Pared». Había un diario famoso llamado La Prensa y ahí sobrevivían alrededor de quince muchachos que se iniciaban en el camino de la escritura y la bohemia. Uno de ellos, y acaso el más experimentado de todos, era un delgado y largo estudiante de filosofía de diecinueve años, de cabello azabache tirado para la derecha y dueño de un MG de 1960. Un auto de quinta mano que a veces fallaba y se quedaba botado en el Jirón de la Unión. Se llamaba Federico Salazar y era uno de los que capitaneaba las fugas de La Prensa a la cantina «Un hueco en la pared». Casi siempre lo secundaba su asistente, un adolescente de quince años, lentes poto de botella, sonrisa pícara, preso de una súbita intriga por las putas. El aprendiz de Federico se llamaba Jaime Bayly y como la vida es una constante heredad, el maestro se encargó de conducir al discípulo por los caminos de la noche. Si Bayly fue un mataperro, se lo debe, en parte, a Salazar. «No, eso sería una exageración. Pero sí, estuvimos los dos en una sección en La Prensa. Los dos mataperreábamos juntos, y a veces salíamos en grupos grandes. Imagínate terminar de trabajar, solteros, muchachos y con algo de plata en los bolsillos. Había mucha bohemia. Cerrábamos el diario y nos quedábamos hasta las últimas con Jaime», recuerda Federico. También recuerda los torneos de fulbito por la Plaza Unión. «Yo casi no jugaba, me quedaba en el bar frente a la canchita haciendo barra. Me acuerdo que Jaime jugaba muy bien. El fulbito no era lo mío. Yo prefería el fullvaso».

Hace siete años, cuando Bayly era El Francotirador de la televisión peruana, invitó a Salazar a su set y le recordó lo putañeros que ambos habían sido. Federico sonrió, lo escuchó relajado y al minuto giró la conversación.

—En una entrevista dijiste que habías sido un Charlie Sheen.

—Sí, en broma. No he tenido la gracia de tener una novia actriz porno. Actriz nomás.

Federico Salazar se ríe, mientras intenta espantar a su perro que salta por los sillones de cuero.

—¿Probaste drogas en esa época?

—Claro, probé desde el quaalude, unas pastillitas del colegio para estar despierto. Cua cua, le decíamos.

—Pero en ese tiempo la noche en Lima era más tranquila. Aunque seguro el Centro de Lima estaba poblado de putas…

—No, no. No era como ahora. ¡Lamentablemente! Esa era la época de la avenida Arequipa.

—Había que hurgar por la Arequipa, entonces…

—Claro, pero eso era en la noche.

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Dos mil trescientos años distan entre Aristóteles y el periodista Federico Salazar y, a pesar del tiempo, ambos continúan estrechamente relacionados. Es muy posible que Aristóteles jamás hubiese bailado con Karen Dejo o con Gisella Valcárcel, como sí lo ha hecho Federico, pero si el filósofo griego viviera sin duda Fede lo llevaría al segundo piso de su casa y los dos se perderían en una de esas interminables tertulias que suelen tener aquellos que viven para la reflexión. El hombre símbolo del periodismo matutino es, ante todo, un filósofo. Antes de ser padre de cinco hijos, antes incluso de ser lector de Borges, muchos años antes de ser un feliz parroquiano de los clubes nocturnos del centro de Lima y afanar a las chicas con cuentos de Ribeyro y Cortázar, antes de casarse por segunda vez y antes de morder el fracaso, Federico Salazar ha sido –y es– un amante de la sabiduría. «La virtud resplandece en las desgracias», dijo Aristóteles hace tanto tiempo y esa frase se renueva ahora cuando entramos a la casa de un filósofo contemporáneo que lleva el sofismo como disciplina secreta.

¿Qué hace Salazar cuando no conduce AMÉRICA NOTICIAS: PRIMERA EDICIÓN? Lee con fruición, solo para dar un ejemplo, filosofía del derecho en alemán y en inglés. «Yo de casualidad estoy en la televisión, lo que pasa es que esta es una casualidad que ha durado demasiado tiempo», admite Federico, desde un sillón de cuero, mientras carga a Siena, de dos años. Ella algún día entenderá que su padre es mucho más que una cara conocida de los noticieros mañaneros. Algún día, lejano, cuando ese monstruo llamado televisión lo jubile, Siena responderá a la pregunta «¿a qué se dedica tu padre?»: mi papá lee filosofía y es seguidor de Aristipo, el filósofo del placer.

—Te miro en la tele y no te creo que eres filósofo. ¿Cómo te nació esa afición?

—En el colegio La Inmaculada conocí a un filósofo que era cura. Yo no estaba de acuerdo con nada de lo que decía el padre, que en paz descanse, pero sí me encantaba lo que enseñaba y cómo lo enseñaba y ahí se me hizo la luz: me di cuenta de que lo que me había gustado de la literatura no era la estética, sino lo reflexivo.

—Qué divertido es que un filósofo pueda

hacer periodismo.

—¡¡¡Y pueda bailar con Gisela!!! Claro es que la vida es así, la filosofía está relacionada a la vida, a la vida de la gente. Hay filósofos más abstractos que hablan del ser del ente, en realidad la filosofía empieza como una reflexión sobre la vida.

El amor es bailar, dice una canción de Café Tacuva, uno de los grupos favoritos de Federico. Si el amor es bailar, Salazar es un amante amateur.

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En los noventa, los combustionados noventa, tres experimentados hombres de televisión –Renato Canales, Pablo Cateriano y Nicolás Lúcar– tuvieron la ocurrencia de que Federico Salazar podría ser un buen conductor de televisión, pero a la vez, entre ellos se dibujaba un temor: ¿cómo darle una espacio en la pantalla chica a un filósofo retraído? ¿Cómo darle cámara a un aburrido de lentes de carey que hablaba de semiótica y del Mundo de Sofía? Ese aburrido, meses más tarde, se convertiría en el personaje más divertido de la tele. Era como sentar en un noticiero a Leonardo Hofstadter, el genio y protagonista de THE BIG BANG THEORY.

Era el año 1993 y el filósofo sanmarquino Federico Salazar, de amplia experiencia en periódicos y revistas, pisaba por primera vez el set de un matutino. De levantarse a las 11:00 a.m. y con resaca, ahora tenía que levantarse a las 4:15 a.m. De su delgada figura y de su nariz prominente el Perú jamás se olvidaría. Pasarían muchas co-conductoras en su regazo televisivo, pero solo él quedaría en el tiempo. ¿Carisma? «El carisma no sirve sin una buena producción, sin un buen equipo de periodistas. He tenido mucha suerte en la vida, mayor suerte en tener grandes amigos. De verdad, mi capital en la vida son mis amigos», dice Federico desde su casa en Miraflores que, por cierto, es una excepción en la cuadra: una enredadera cruza la fachada de los Salazar Condos, cajas de habanos en la sala, paredes atiborradas por las obras de grandes pintores. Libros, niños y más plantas. Federico Salazar confiesa ser un hombre feliz, habla del azar y de la suerte. Un filósofo clásico no resolvería con tanta facilidad su destino, pero Federico es un punto y aparte en la filosofía.

Por estos días estudia al griego Licofrón, a partir del fragmento conservado en LA POLÍTICA DE ARISTÓTELES. Licofrón escribía tragedias, un género literario que guarda relación con las noticias que Salazar comenta todas las mañanas. «El periodismo es una buena fórmula para no volverse loco –dice Federico, y se pone un dedo en la sien–. Muchos filósofos reflexionan sobre el ente, pero esos patas no saben qué es ir al mercado, qué es un crimen pasional y qué cosa es pagar una cuenta de luz».


—¿Qué mujer te podría robar la distracción en plena lectura de un libro de filosofía? No vale decir Katia Condos.

—Bueno, después de Katia… casi todas. Si la veo de espaldas es J.Lo; si de perfil, Larissa Riquelme… y muchas, muchas más.

Federico Salazar se ha enamorado de mujeres que lo llevaron a la depresión, como todos; pensó en el fin de la vida, como casi todos; sufrió como nadie al perder la tutela de sus primeros hijos y cuando se juraba un embustero de la soledad llegó, en una inolvidable Navidad de 1996, una castaña que lo dejó perplejo, lo enamoró, lo aceptó a él y a su pasado y juntos iniciaron un camino en el que la renuncia parece una utopía: tres hijos, una historia escrita entre un set de televisión, tabladillos de teatro y una casa con perro incluido. En la televisión peruana no hay pareja más enamorada, y más estable, que Federico Salazar y Katia Condos. «Yo soy lujurioso con mi mujer, ando detrás de ella permanentemente. No me hace caso, pero yo estoy ahí. Mira, tantos años estamos e igualito ah, me produce el mismo deseo y el mismo atractivo», sonríe.

A veces, en las comidillas de la farándula, la gente se pregunta cómo hacen Katia y Federico para durar tantos años, para ser aparentemente felices. Quizá están unidos porque al mismo tiempo están distantes. Dicen que la distancia es el olvido. Pero, ¿quiénes lo dicen? «Ella tiene unos horarios loquísimos totalmente distintos a los míos. Ella hace teatro hasta tarde, llega de noche y yo estoy dormido. Yo me voy temprano y ella está dormida, pero como nos hemos conocido desde el principio así, ya nos hemos acomodado sobre todo con los niños», ríe el periodista.

Cuando Federico conoció a Katia su vida era un huracán. Tenía entonces dos hijos y por la ruptura con su pareja los había perdido, de momento. «Me fui a vivir con unos amigos periodistas, ellos veían que andaba apesadumbrado y me llevaban a sus reuniones. Cargaban conmigo», recuerda. En una de esas comidas a donde lo llevaron, Katia había ido acompañando a un amigo. Fue ahí cuando se conocieron. «Estaba recién separado. Yo estaba todo acelerado, loquito. Mucha bohemia, mucha juerga, mucho trago, amanecidas. Claro, porque tenía que regresar a la vida. En el fondo estás deprimido y en el fondo no quieres reconocer eso, entonces buscas la euforia».

—¿Cada vez que sufres una depresión buscas la euforia?

—No, ya no. Casi no tengo depresión clínica.

Sí he tenido momentos muy tristes que me hunden mucho, pero Katia es mi bálsamo, me levanta. Pasan los años y tengo el mismo deseo de mi mujer y seguramente es por el tipo de convivencia que tenemos.

A Federico Salazar nada parece inquietarlo. La vida en familia de este filósofo aprestado al periodismo transcurre entre el cuidado de sus tres últimos niños, la redacción de artículos de opinión para periódicos y el sesudo estudio de la filosofía.

—¿Tú eres lo que soñaste?

—Soñé siempre tener un hijo y ahora tengo varios, ¡más de la cuenta!

—¿Qué le dirías a uno de tus hijos si te dice: «Papá quiero ser filósofo»?

—Tengo un hijo que empezó esos estudios, pero que después derivó a filología y no sé en qué termine. Lo único que uno puede decirle a un hijo es: «Tienes todo mi apoyo», y dárselo de verdad. Los hijos son más hijos de su tiempo que de uno mismo. Comparto muchas lecturas con mi padre, es realmente maravilloso compartirlas también con los hijos.

De vez en cuando, como ahora sentado en el sofá de su casa, Federico goza escuchando a la española Bebé: «Apareciste una noche fría, con olor a tabaco sucio y a ginebra», así comienza Malo, una de las canciones preferidas del hombre más carismático de la televisión peruana. A los cincuenta y dos años, Federico Salazar vive el sueño de su vida, es feliz, dice. Para qué despertarlo entonces.