Estampa patria

Fotos: Alonso Molina
Definir Perú es imposible. Somos tanto que nunca podremos encerrarnos fielmente en un concepto. De lo que sí estamos seguros, sin embargo, es de esa sensación que nace en cada uno cuando mencionamos a nuestra patria. El Perú existe. El Perú es algo que vive dentro de cada uno, y que muchos peruanos ejemplares están haciendo más grande. Convocamos a siete de ellos y les entregamos papel y lápiz para que nos cuenten con su propia voz quiénes son, qué hacen y dónde radica esa magia que los convierte, para nosotros, en peruanos excepcionales.
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Jaime Pesaque

Desde el olluquito que preparaba Epifanía cuando era niño, mi interés por la cocina no ha hecho más que crecer. Epifanía era la señora que cocinaba en casa cuando era pequeño. Su cocina era impecable, y cuando había que comprar los tomates, las cebollas, las lechugas, no aceptaba productos que no estuvieran frescos.Su dedicación me hizo entender que la cocina no era solo prender una hornilla. Pero me tomó mucho más tiempo comprender qué era eso de ‘la cocina peruana’.

Cuando uno estudia cocina, se investiga a sí mismo. Solo el tiempo dice a qué corriente te terminarás dedicando. En Francia, Estados Unidos e Italia busqué aprender nuevos conocimientos, pero también descubrí el amor que los cocineros de estos países tenían por sus alimentos: los trataban con el mismo cuidado con que un médico trata a un paciente. Regresé al Perú con otra mirada y empecé a percatarme de la calidad de nuestra despensa. Me enamoré de la cocina peruana, pero que ese amor nazca naturalmente no deja de lado que también sea una especie de obligación con tu patria.

Si no te has criado con la cocina peruana es muy difícil que logres entenderla, porque para eso hay que amarla. Por eso en cada país donde abrimos un local exportamos tanto las bases de la cocina como la mano de obra. Me agrada recordar que en este momento, además de en Lima y el Cusco, en ciudades como Nueva York, Punta del Este, Miami, Madrid o Hong Kong, donde están mis restaurantes, hay gente que come platos y toma bebidas con nuestro ADN: ají amarillo y pisco. Pienso en mis restaurantes como en embajadas del Perú.

Pero aún me persigue un recuerdo. Hace cuatro años estaba en un bosque de piedras a tres horas de la ciudad de Ayacucho. Ahí vi a un hombre cargar por unos cinco kilómetros un saco de papas que pesaría cerca de ochenta kilos. Al llegar el camión, le pagaron doce soles. Ese recuerdo me genera angustia pero también más pasión por lo que hago. Hay mucho por celebrar, pero también mucho por hacer.

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Lucho Quequezana

A veces uno piensa qué sería de su vida si no le hubiesen pasado ciertas cosas. Alguna vez me dijeron que uno no escoge a sus padres ni el país donde va a nacer. Tampoco escoge sus pasiones, impulsos ni de quién se va a enamorar; solo sucede.

Mi encuentro con la música es y será un romance eterno, como de esos amores imposibles que tienen todo en contra pero que al final están juntos. Yo no decidí ser músico, simplemente no puedo dejar de serlo. Tampoco decidí tocar instrumentos peruanos; ellos cayeron en mis manos de niño y se convirtieron en mis juguetes favoritos para compartir con mis amigos.

Crecí en los ochenta en un Perú distinto a este. Ser músico en ese Perú era para muchos un suicidio. Más aún si tocabas música de tu país cuando tu país quería ser otro. Sin embargo no podía dejar de tocar.

Asumir que no puedes dejar de tocar tal vez sea la señal más clara de que tu vida es la música. En este acto de honestidad contigo mismo encaras lo que podría ser la ola para un nadador, parado en la orilla listo a batallar con la marea no porque la tenga que vencer, sino porque no puede dejar de nadar. Las olas te revolcarán mil veces, y en algún momento las pasarás. El músico no muere porque no lo escuchan, sino porque deja de tocar.

Muchos llaman éxito cuando viajas, haces giras o ganas premios. Cuando en realidad el éxito para un músico es poder vivir de lo que no puede dejar de hacer. Tengo más de veinte años en la música y hace siete años comencé el proyecto Sonidos Vivos, donde músicos de diversas partes del mundo conocieron, aprendieron y se enamoraron de los ritmos e instrumentos peruanos. Con él llegué a culturas lejanas y me enriquecí al igual que ellos de todo lo que la música puede comunicar.

Escribiendo esto me pregunto: ¿Qué habría pasado si no hubiera nacido en el Perú? ¿Si no hubiera podido tocar un instrumento? No lo sé, y me alegra no saberlo. Soy músico y parte de un país que ha luchado como lo hace cualquier músico, que ha salido de su ‘depresión’ a punta de coraje como el músico lo hace durante toda su vida; que celebra su mestizaje y se reencuentra en su música y en su historia. Después de eso, ¿qué más puedo pedir?

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Alejandro y María Laura

Alejandro Rivas: Siempre nos emocionamos con las buenas noticias. Hace cuatro años nos contrataron en una pizzería para tocar una vez por semana. Nos hacía felices pensar que podíamos comer todas las pizzas que se nos antojaran. Éramos tan misios, que guardábamos la pizza del día anterior y la comíamos al día siguiente para ahorrar el almuerzo. Esas cosas nos ponían recontra contentos. Cuando Matías Cella aceptó ser nuestro productor musical, la sorpresa fue casi la misma. Al año siguiente, en el 2011, lanzamos Paracaidas, nuestro primer disco.
Mucha gente se queja de que en el país no hay industria musical, que es difícil hacer música en el Perú a menos que tengas una fórmula. Y es cierto, pero eso ha hecho que los músicos tengan la libertad de sonar como quieran. Los músicos peruanos de nuestra generación no comenzamos a hacer música pensando en sonar en una radio o salir en MTV, comenzamos a hacer música por una búsqueda personal que luego se encontró con un público. De repente, si hubiésemos hecho música en un lugar con una industria musical instituida, nos hubiésemos malacostumbrado. Hacer música en el Perú te enseña a ser resistente. Y si hay una ciudad que hace perseverante a un músico es Lima.

María Laura Bustamante: En diciembre del año pasado decidimos dejar nuestros trabajos de medio tiempo para poder dedicarnos a la música a tiempo completo. Poco después, cosas inesperadas empezaron a surgir. Nos llamaron para ser parte del programa de HBO Encuentros en Brasil, y grabar una canción junto al compositor Paulinho Moska. También nos invitaron a ser parte del festival Indies del Sur, de Argentina, y seguimos viajando por Chile, presentándonos con Javier Barría en el Teatro de la Aurora en Santiago. Ahora planeamos nuestra visita a otros dos festivales, uno en Colombia y otro en California. Me gusta que este proceso haya sido algo gradual y sabiendo que ninguna decisión iba a ser un cambio radical en nuestras vidas. Hemos ido abriéndonos camino, equivocándonos y aprendiendo a gestionar nuestro propio proyecto. Como peruanos, hemos podido vivir un desarrollo orgánico de nuestra música.

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Piccolo Clemente

Nací en Huanchaco, lo que muchos consideramos la cuna del surf mundial, y he sido tablista toda mi vida. La gente se equivoca cuando piensa que correr olas es irse a la playa a estar bajo el sol. Surfear es un deporte en el que uno debe hacer sacrificios y enfrentar miedos cara a cara. Con el mar uno nunca sabe qué pasará, lo que es calmo puede de un momento a otro convertirse en una pesadilla. Me han cosido 18 puntos en la boca y he estado más de una vez al borde de ahogarme. Aun así despierto cada día con ganas de correr olas.

El mar te cobra y te recompensa. Los últimos veinticuatro años he pasado cuatro horas al día en el agua disfrutando de las olas increíbles que tiene nuestro país. Siempre con una meta en mente: ser campeón mundial de longboard, esa modalidad en que sobre tablas de más de nueve pies surcas las olas.
En el camino hacia mi objetivo me consagré campeón nacional, bolivariano y suramericano. En el 2012 también logré ser el primer peruano en clasificar al Campeonato Mundial de Longboard de la ASP. Cuando al año siguiente debía viajar a la isla Hainan, en China, para pelear por el título mundial, sin embargo, el ligamento interno de mi rodilla se partió parcialmente. Tenía dos opciones: parar de correr medio año y abandonar las metas que había soñado cumplir, o intentar recuperarme y competir, y así arriesgar una rotura completa. Decidí ir con todo.

Todo deportista sueña con ponerse la camiseta nacional y ser campeón. Los tablistas profesionales aquí somos pocos pero hemos logrado ganar el respeto del país. Sin importar si viajamos con menos comodidades, nuestros rivales saben que ganaremos. En cada competencia en la que he representado al Perú, nunca faltaron compatriotas apoyando desde la orilla. Salvo el 29 de noviembre del 2013, en Hainan. Ese día enfrenté a los 35 mejores longboarders del mundo, surfeando con los ligamentos resentidos, y salí del agua consagrado como campeón mundial de la ASP, el mayor título que puede obtener un surfer profesional. En la playa hubo una sola bandera peruana: la mía.

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Alessandra Petersen

Cuando era pequeña en casa había, enmarcado, un cinturón de doce metros de la cultura Paracas. Recuerdo que me gustaba acercarme y ver todos sus detalles y colores; me dejaban alucinada. Creo que dedicarme al diseño es remontarme a mi niñez, a los viajes con mis padres por el país, descubriendo lo que había alrededor. A los veinticinco años me fui del Perú sin plan de retorno. Durante once años contemplé otras realidades: la India, Noruega, Dinamarca, Alemania, Inglaterra. Vivir en Dinamarca fue como vivir en otro mundo. Pero ahí fue donde empecé a ver el tejido de otra manera: el frío hace que los daneses realmente los aprecien. Yo tenía el recuerdo de las antiguas chompas de alpaca que parecían una camisa de fuerza y hacían que a uno le picara todo el cuerpo. Allá la calidad de la lana, los puntos y los colores eran increíbles. En ese momento volteé y miré mi país con todos esos materiales maravillosos, como el algodón pima y la alpaca y la mano de obra tan calificada. Vine dos veces al Perú para trabajar una colección y venderla allá. En esas idas y vueltas, el Perú me dejaba con ganas de hacer más. Cuando finalmente regresé, empecé a investigar el tejido peruano.

Somos herederos de una cultura milenaria de tejedores. Hoy tenemos cadenas de producción muy grandes que comienzan en familias que crían una alpaca. Junto a mi esposo, que es fotógrafo, queremos poner en valor a los actores más allá de los diseñadores. Hace un tiempo fui a Taquile, en Puno. Ahí, cuando una pareja se va a casar, las mujeres hacen telares en los que cuentan con imágenes la historia de ambos. El hombre, con el cabello de la novia y algo de lana, confecciona cinturones con los que llevan los bultos desde el lugar de la ceremonia hasta sus casas. ¿Qué país tiene eso? En el Perú hay muchas historias que envuelven el tejido como una historia de amor. Es el caso de Carmela, una mujer huancavelicana con quien tengo el privilegio de trabajar. Ella ha visto a sus padres tejer toda la vida, y en Lima transmite sus conocimientos en clases. Quiero encontrar esas historias.

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Diego Villarán

He vivido en el barrio de Alto Perú, en Chorrillos, desde los diez años. Vi a mucha gente de mi generación tomar decisiones equivocadas, vivir de la delincuencia, morir por las drogas, y vi cómo la historia se repetía con los menores. Las opciones que les plantea el aburrimiento de las calles no siempre son las mejores. Durante la universidad viajé por costa, sierra y selva, y conocí realidades que me hicieron ver las diferencias del país, las que se reflejaban en Alto Perú. Sentía que el país comenzaba en mi barrio, y ese era el lugar que debía intentar cambiar.

El proyecto Alto Perú arrancó con una idea clara: suplir las carencias materiales de los chicos del barrio para que puedan aprovechar el mar que tienen frente a ellos. El mar ha sido siempre el punto de fuga de todos mis problemas, el espacio que me relaja y me llena de energía, y podía serlo también para los menores del barrio. Con el tiempo y el apoyo de la gente que se sumó al proyecto, ahora también tenemos clases de breakdance, arte y muay thai –es sorprendente ver cómo el arte marcial canaliza la violencia hacia algo positivo–, y han surgido chicos con grandes talentos para el deporte. Ver cómo después de un verano de clases dejan atrás las capuchas para mirarte a los ojos, o cómo la timidez se convierte en confianza es una gran satisfacción. Alto Perú ya es cuna de grandes figuras, como Ismael Peña, campeón nacional de muay thai, o Víctor Ccanto, campeón sudamericano. Los símbolos del barrio han dejado de ser los delincuentes: ahora son los deportistas, los que no se saturan con el reggaeton y prefieren despejarse con el silencio del océano.

No tengo una licenciatura en trabajo comunitario o responsabilidad social. He tenido que aprender en la práctica. Al principio muchos de los padres me miraban como a un desconocido, pero nos hemos hecho amigos. Ahora incluso ayudamos a los chicos a subir sus notas para alcanzar las becas que buscan. Si Alto Perú era únicamente sinónimo de delincuencia, ahora es motivo de orgullo saber que uno pertenece a una comunidad donde la gente que hace deporte y se disciplina es admirada. En nuestro mar, nuestros deportistas y nuestros barrios hay un futuro sano para el Perú.

Pinturas: Miguel Valverde / Dirección de arte y Styling : Coco Miranda / Producción: Luciana Gamio y Pia Gonzales Vigil / Maquillaje y Peinado: Sono Salon / Fotógrafo Making Of: Maka Mikkelsen / Video Making Of: Sensorial Films / Agradecimientos: Colegio Reyes Rojos, Brooks Brothers