El piloto más veloz de Sudamérica jamás se pasa una luz roja

Nicolás Fuchs

Escribe: Rebeca Vaisman / Fotos: Macarena Tabja / Dirección de arte: Mencía Olivera
Ha sido cinco veces campeón del rally nacional y hoy corre por tercera vez en el Campeonato Mundial. Es el mejor piloto sudamericano de 2012 según el Ranking Mundial de Rally, y cada vez busca más velocidad. Pero nunca dudará en detenerse para dejar que un peatón cruce la pista. Al timón, Nicolás Fuchs es desapasionado, estricto y cerebral. Ni siquiera la hora punta de Lima le hace perder los papeles. A todos sorprende su autocontrol. Una habilidad que, al parecer, lo está llevando lejos
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¿Por qué ruta quieres ir, la corta o la larga? —pregunta Nicolás Fuchs, abrochándose el cinturón de seguridad.
—¿Cuál prefieres tú?

Fuchs gira la llave.
—Vamos por el camino largo —responde, y arranca.

Son casi las siete de la noche cuando la camioneta parte del taller de Nicolás Fuchs, en Chorrillos. El piloto peruano acaba de regresar de un evento deportivo en Colombia. En dos días debe partir a México para la siguiente fecha del Campeonato Mundial de Rally. «Conversemos en el auto», dice Nicolás, aún en la oficina de su taller. «Hoy quiero regresar temprano a mi casa».

En unos días, Nicolás Fuchs estará corriendo por tercera vez el Campeonato Mundial. A sus treinta años, tiene ganado el rally de Italia de 2012, y este año, en el de Suecia, quedó segundo en su categoría. En el ranking general, ocupa el puesto dieciséis de casi cuarenta pilotos. Pero esta tarde, cuando estaba en su taller, Fuchs solo era un mecánico que le da la última mirada al motor de un auto de carrera. No al Mitsubishi Evolution con el que correrá en México: ese ya partió por adelantado. Luego de conversar con su jefe de taller y pedirle a Jack –su staffordshire bulldog terrier de año y medio– que se trepe a la parte trasera de su camioneta oscura, Fuchs maneja por última vez ese día.

«¿Por qué hay tantos buses?», se pregunta en voz alta, mientras avanza por la avenida Lavalle rumbo a Huaylas, una calle de comercios tristes que suelen funcionar hasta la madrugada. Es hora punta en Lima y todos los autos se apresuran para llegar a sus destinos. Cuando el semáforo aún está en rojo, algunos aceleran y dan bocinazos en su sitio, como si estuvieran esperando la largada de una carrera.

«¿Por qué hay tantos buses», se ha preguntado Fuchs. Parece que está dudando su elección de ruta.

Pero no espera una respuesta. El piloto va serio tras el volante.

Jack va en el asiento trasero, tranquilo. Está acostumbrado al tráfico.



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Antes de que Nicolás Fuchs descubriera la velocidad, su pasión por las máquinas o por la competencia, solo era un chico de doce años que le gustaba acompañar a su padre. Fue este, Germán Fuchs, quien compró dos motos de cross: una para él y otra para Nico. No pretendía motivarlo a ser piloto profesional. Solo quería hacer deporte con su hijo. «Salíamos a pasear, nos divertíamos», recuerda Nicolás y se ríe. «Mis pies ni siquiera llegaban al piso». Quizá el regalo del padre no fue tan inocente: «A Nicolás ya se le notaba la pasión por la velocidad. Cuando le compré la Honda se adaptó a ella muy rápido. A pesar de tener doce, la hacía caminar a la par con otros más expertos», recuerda Germán. Pronto Nicolás empezó a andar muy rápido. Demasiado. Entró al circuito de competencias. Le decían Kamikaze Fuchs: «O ganaba, o no paraba hasta la clínica», recuerda ahora el piloto, en medio del tráfico de Chorrillos.

Nicolás Fuchs aprendió a manejar a los diez años en un automático. Fue su madre quien le enseñó, cuando vivían en Santiago. Él practicaba con el auto en el campo. Su mamá maneja muy bien, dice Nicolás. Y su padre sigue conduciendo su moto. Incluso el año pasado viajó desde Lima hasta Argentina, donde Nicolás corrió una fecha del Rally Mundial, solo para verlo.

Cuando ingresó a la universidad para estudiar Arquitectura, Nicolás dejó la moto. A los dieciocho años se compró su primer auto. Era un Toyota Corolla del año 82. Lo compró desarmado, con el motor en la maletera. Quiso conocer su máquina. La armó y desarmó. Rompió cajas, colocó partes al revés y el Corolla humeaba como locomotora. El carro tuvo siete motores distintos a lo largo de los años. Nicolás Fuchs dice que aprendió de mecánicas con ese auto. Su familia le llamaba coche bomba.

Desde entonces, solían regalarle cosas que le sirvieran en su afición. Herramientas, máquinas de soldar. Hasta que su papá le regaló una jaula de seguridad para el auto, como aquellas que protegen a los pilotos de carrera. Una vez más, el cariño de su padre resultó insospechadamente premonitorio. Unos amigos lo invitaron a participar en una carrera callejera en Trujillo. Nicolás nunca había competido en auto. Quedó segundo.

Vendió ese Frankenstein motorizado y se compró un auto de carrera ya armado. Pensó: listo, con esto me voy a correr. «Pero el auto no servía para nada. Lo habían tenido muchos años guardado, estaba todo oxidado», recuerda Fuchs. Le tomó un año más armarlo de nuevo. «Soy un maniático, quiero que todo funcione bien. Por eso estoy acostumbrado a hacerlo todo yo. Me es muy difícil delegar. Eso es un error para un piloto. Puedes perder la carrera por eso».

Nicolás pone la direccional. Dobla a la izquierda en un óvalo con luces y fuentes de agua, hacia otra avenida que lo recibe con autos que reducen su marcha.

Entonces Fuchs termina su reflexión casi para sí mismo: «Mi padre me dijo siempre, “Si lo vas a hacer, hazlo bien”. Así que yo mismo me dedico a ver todo».

El ruido de las bocinas no se oye, pero se percibe a través de las ventanas cerradas. La radio del auto está apagada. Muchos de sus carros ni siquiera la han tenido. «Solo importa la mecánica. Los demás accesorios son peso extra», explica el piloto.
—Mucho tráfico. Huaylas está parado, ¿ves? Mejor nos vamos.

Nicolás Fuchs da media vuelta, y se pierde entre las calles angostas pegadas al morro de Chorrillos. No es un piloto de una sola ruta.

La lógica de la velocidad lo dicta: ¿cómo saber hasta dónde se puede llegar si no se hunde el pie en el acelerador? A Nicolás Fuchs se le conoce –y reconoce– por su serenidad dentro y fuera del auto. Pero antes era un chico novato que aprendió a verse con las curvas chocando autos. «Me ha pasado de todo. Pero piloto que no se choca, no va rápido», explica Nicolás, ahora, sin pasar los cuarenta kilómetros por hora permitidos en esta calle que se acerca a Barranco. El primer año que corrió el Campeonato Sudamericano «se sacó la mugre», en sus propias palabras. El primer día, el auto quedó destrozado y se pasó toda la noche reparándolo. Hoy, para el Ranking Mundial de Rally, Nicolás Fuchs es el mejor piloto sudamericano de 2012.

Durante su carrera como deportista profesional, Fuchs ha coleccionado tantas lesiones y heridas como golpes se han llevado sus máquinas. Rotura de todos los dedos de la mano. Lesión en el hombro con un año de recuperación. Incluso cuando competía en moto se rompió la clavícula y varias costillas. En la historia del Rally Dakar, la carrera más peligrosa del mundo, veintiséis pilotos han fallecido durante la competencia. Dos de ellos murieron en las ediciones del rally que sucedieron en el desierto peruano. 2009 fue el año de la última muerte en Caminos del Inca, cuando el piloto Abraham Ortega se despistó fatalmente durante la última etapa. Pero Fuchs habla sin importancia de sus heridas, del peligro. Quizá ni siquiera piensa en ellos.

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A veces tienes que forzar las partes de una máquina para que rinda a su máxima potencia. Él mismo lo dice.

Hoy su aproximación a las carreras ha cambiado. Ahora Fuchs es mucho más metódico, controlado. Dentro de su Mitsubishi Evolution, su emoción es contenida y la adrenalina se diluye en el momento. Frente al volante, Fuchs piensa en el instante: la porción de pista delante de sus ojos, los siguientes preciosos segundos. Pero siempre tiene la estrategia general en mente. Sabe cuándo acelerar con todo, o cuando esperar con paciencia para que el auto no se resienta.

También sus copilotos admiran la tranquilidad con que Fuchs maneja. A Carlos Sainz, dos veces campeón mundial de rally, se le conoce como El Matador, y no solo porque sea español: es famoso por su carácter fuerte y temperamental, que se luce también cuando se encuentra dentro de su auto. Sebastián Loeb, el francés que ha sido nueve veces campeón del mundo, solo puede relajarse cuando está rodeado de gente muy cercana a él. Se dice que el piloto argentino Orlando Terranova tuvo que abandonar el Dakar 2012 por una pelea irreconciliable con su copiloto en pleno rally. «A mí rara vez me vas a ver haciendo un gesto extraño», afirma Nicolás. «Sé que no soy muy expresivo, tampoco cuando gano. No celebro. Es que me doy cuenta de los errores que cometí en la carrera y pienso en lo que podría mejorar».

Por eso sorprendió a tantos el incidente del rally Caminos del Inca 2012, cuando un piloto acusó a Nicolás Fuchs de golpearlo, luego de una pelea de autos en la ruta. Fuchs negó el incidente y culpó a su adversario de ataques por parte de su equipo e hinchada. El asunto llegó hasta la Federación Peruana de Automovilismo Deportivo, que penalizó a ambos pilotos. «Mira, para que a mí logren sacarme de mi lugar tienen que molestarme mucho rato. E incluso así puedo dejar pasar que me molesten verbalmente, pero nunca que jueguen con mi vida», dice Fuchs, aún con evidente molestia. De hecho, no había terminado de correr Caminos del Inca cuando anunció que sería su última participación. Al final, ganó la competencia. Pero todavía no sabe si participará en la edición de 2013. «Lo estoy pensando. La verdad es que por un tema de seguridad no debería correr. Lo opina todo mi equipo», dice el piloto.

«Cuando Nicolás maneja es muy seguro de lo que hace y lo transmite», dice María Alejandra Gómez-Sánchez, Mariale, la enamorada de Nicolás Fuchs desde hace más de diez años. Ella, productora, dedica mucho de su tiempo a la carrera de su novio: negocia con auspiciadores, organiza itinerarios, maneja las redes sociales y la prensa, incluso supervisa el diseño del auto y el uniforme. Después de tantos años juntos, dice estar acostumbrada a los continuos viajes y citas de Nicolás. «Tiene un corazón gigante. Me gusta que sea tan natural y transparente. Nico es una persona muy sensible y humana». Mariale tiene autoridad para decirlo. Ha sido «su copiloto» más importante la última década.


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Una vez en el malecón, ya no hay tráfico que impida avanzar.

Jack se da cuenta que está por llegar a casa. Se levanta. El animal asoma el hocico por el asiento del piloto. Todo el camino ha ido en el asiento de atrás. Tranquilo, como su dueño. Cuando Nicolás contó que Jack lo acompaña a todos lados, no exageró. Hasta ha aparecido con él en un comercial que grabó para Mitsubishi. «Lo engrío mucho», admite. Para Jack, Nicolás solo tiene sonrisas.

Fuchs ha dejado que el perro se suba sobre su regazo. Abre la ventana por completo y baja la velocidad para avanzar por el malecón. Jack saca casi todo el cuerpo fuera de la camioneta. Su dueño lo molesta dando suaves curvas.

«Manejar me sigue gustando. Me voy al desierto o al campo. En moto me he ido manejando a la selva y al norte», dice Fuchs, mientras se permite acelerar en la calle vacía y el viento invade el auto. «¿Te diste cuenta de que ahora no cogimos mucho tráfico? Si veníamos por Huaylas no llegábamos nunca. Casi no agarro tráfico, prefiero dar mil vueltas, demorarme más, pero ir siempre avanzando. Yo estaría todo el día en un auto».

¿Realmente no hay nada que pueda desesperar a este piloto? «Lo que no soporto es a la gente que tira basura por la ventana del auto. Cuando veo a alguno, me pongo a su lado y le digo: “Se te cayó”», dice Nicolás, luego de pensarlo unos segundos.

Fuchs también lamenta que en Lima pocos respeten el paso del peatón. A veces ha discutido con otro conductor. Se limita a no hacer aquello que no le gusta que otro auto le haga. Nunca para en una esquina, ni siquiera para que alguien suba o baje de su auto rápidamente. Siempre se cuadra bien para no interrumpir el tránsito de los otros vehículos. Entre Chorrillos y Barranco, al menos, no ha hecho ni una sola maniobra drástica. Nunca ha frenado en seco.

Es un chico serio. Quienes lo conocen desde que se inició, lo recuerdan parco y tímido. «Puedes pensar que soy callado, pero si me hubieras hecho esta entrevista hace un año te hubiera respondido sí, no y gracias. No hablaba nada», dice el piloto, y se ríe. Nicolás Fuchs asume muchas responsabilidades. No solo debe velar por su seguridad y la de su copiloto, mientras procura hacer el mejor tiempo sin que su auto reviente. No solo debe levantarse todas las mañanas a las 5:30 de la mañana para ejercitarse y cuidar su dieta el resto del día para mantener los 85 kilos que su 1.90 metros necesitan. No solo tiene que ganar. Para convertirse en el mejor piloto sudamericano de 2012 según el Ranking Mundial de Rally, Nicolás Fuchs ha tenido que sacar cara por él mismo, tocando puertas a las empresas y pidiendo auspicios que le permiten mantener su auto, a su equipo de más de veinte personas y viajar a citas internacionales. Ser imagen de varias marcas es otra tarea que se suma a las muchas que ya tiene. «Felizmente siempre fui tranquilo. Nunca fiestero. No tomo ni fumo», asegura Fuchs.

Trabajar con auspiciadores le ha enseñado a ser menos tímido. A fines del año pasado apareció en el programa de Gisela Valcárcel. Una aparición en televisión hubiera sido impensable para el joven y reservado Nico Fuchs de hace unos años. Pero aun hoy se apura en trazar las distancias: «A veces tienes que ayudarte de otros medios para sobresalir. Pero en el programa yo me presenté como lo que soy. No soy bailarín ni actor. Soy piloto de rally. Cuántas veces me han pedido hacer fotos sin polo. Yo siempre digo que no».

Ese aplomo es su mayor fortaleza como piloto, dice Kike Pérez, uno de los principales expertos en automovilismo en el Perú. «Hay un dicho en el automovilismo: La suerte la tiene el campeón. Es así, los fierros son traicioneros. Nico no necesita aprender más: ya está cuajado. Lo que necesita es suerte», afirma Pérez. Hasta ahora, Ramón Ferreyros es el piloto peruano que más lejos ha llegado, ganando tres rallys del Campeonato Mundial. Fuchs ya ganó uno, el de Italia, y en cualquier momento sobrepasaría a Ramón, en opinión de Pérez. Incluso más, para él: «este puede ser el año en que Nicolás Fuchs salga campeón mundial. Claro que sí».

—No sé si este año o el próximo. Pero sé que voy a ser campeón del mundo —dice Fuchs, antes de detener su camioneta al lado del malecón.

Son las siete y veinte de la noche. El piloto que jamás se pasa una luz roja no ha dejado que el tráfico le gane.

Sabe cuál es su meta.