El arte de ser mamá

Cinco mujeres poco convencionales narran la increíble experiencia de la maternidad

Por Ornella Palumbo / Fotos de Alonso Molina y Augusto Escribens
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Sonia Oquendo


¿Qué tan potente es la carrera de una madre artista para que sus hijas decidan seguirla en el camino del arte? ¿Se puede decidir el futuro de la descendencia?

Una noche de los noventa, el sendero que unía la puerta del frontis de la casa de Sonia Oquendo con la sala fue un cementerio. Cuando ella y Luis Ángel Pinasco cruzaron el umbral en plena madrugada, varias lápidas brotaban del suelo. Dentro las telarañas envolvían las barandas de las escaleras y los insectos estaban por pisos y techos. Chiara, Johana y Bruno jugaban a Los Locos Adams. «Apenas escuchábamos que mis papás salían del garaje, agarrábamos las cámaras, nos maquillábamos y empezábamos a filmar», recuerda Johana, la hija mayor de la pareja Pinasco Oquendo. La herencia artística no brota de los genes sino del entorno.

En esa –esta– casa se podía encontrar todo lo necesario para hacer una producción de televisión. Bastaba abrir el clóset de mamá para escoger entre disfraces de pirata, de mujer egipcia, de enfermera o de payaso. En algún cajón esperaban las pelucas de El show de Rulito y Sonia. El resto era dejar volar la creatividad: hacer el efecto de humo con hielo seco, cortar tecnopor en forma de lápida y pasar los créditos finales del filme casero con cartulinas. Jugaban a hacer televisión. «Eran muy creativos; aunque a veces se olvidaban de las luces y te quemaban la alfombra o las cortinas. Hacían sus barbaridades», ríe Sonia. Así como quien tiene limones hace limonada, las Pinasco Oquendo hacían películas.

Con una hija que es artista plástica y otra, una comunicadora que conduce un programa de televisión y que ha incursionado en el teatro, Sonia está segura de que la herencia artística no viene adherida por naturaleza en los bebes. «Cuando yo entro a la televisión, incorporo a mis hijas a este tipo de vida», piensa la actriz. Cuando Sonia leía las noticias en América Televisión, su hija Karina, de su primer compromiso, estaba al lado de sus piernas pintando el reverso de las hojas con los titulares pasados. Años después, cuando la señora Oquendo y Rulito Pinasco actuaban juntos en una obra de teatro, Johana y Chiara estaban sobre el escenario. Cada una en un extremo de las tablas jugando con sus muñecas en perfecto silencio y haciéndose muecas para comunicarse. Las niñas aprendieron desde la infancia a estar mudas cuando los papás trabajaban. La disciplina tampoco es genética.

Los sábados de TRIKI TRAK, mamá Sonia armaba la comitiva para ir al canal: los hijos de Rulito, las hijas de ellos, Rulito, ella. «Éramos un circo de gitanos», recuerda la señora. Así llegaron las temporadas de teatro con giras por todo el país. Padre, madre e hijas se lanzaban juntos a recorrer los recovecos del Perú: Talara, Chulucanas, Tacna, Chiclayo. En los teatros provincianos, las niñas aprendieron el valor del dinero. Recibían una propina de mamá por cada escena que decoraban para los actores. También aprendieron a montar bromas a los padres. En confabulación con los otros artistas se las ingeniaban para servir ron en lugar de gaseosa a Luis Ángel y a Sonia en la última función del día para intentar distraerlos. «Ahí nomás te das cuenta de que eso no era de una familia normal. Eso es una cosa que no tiene precio», dice Chiara. El trabajo duro y el sentido del humor convivieron en la familia de la tele.

De la costumbre de amanecer cada fin de semana en un lugar distinto viene que la menor de las Pinasco Oquendo, la chica de la tecnología, sea una viajera empedernida como su madre. Si Sonia ha conocido Egipto, Singapur, Israel, China, Catar, Rusia, Japón, la joven Chiara ha hecho turismo en Vietnam, Camboya, Tailandia, Tanzania, Marruecos, Sudáfrica, Kenia, Hungría, República Checa, toda Europa, y va a Estados Unidos dos veces por mes por trabajo.

Johana se orientó por las artes plásticas y he aquí el motivo. Cuando las niñas nacieron, Sonia se había encargado de empapelar toda la casa con reproducciones de pintores famosos. Chagall por acá, Monet por la escalera, Rembrandt en el baño. La hija mayor terminó su carrera de Arte en Europa. «Yo quise que desde chiquitas acostumbraran su vista a ver pinturas interesantes, de modo que cuando fueran a algún museo reconocieran al autor de inmediato», dice Sonia Oquendo, que alguna vez estudió Historia del Arte. Ahora Johana quiere llevar a su pequeña hija de cuatro años a conocer museos.

La nieta de Sonia se llama Brunella y parece haber heredado el gusto por el teatro. Más bien ha aprendido a cantar con la abuela en el auto. Cuando la recogía del nido ambas volvían a casa escuchando los temas musicales de la obra que entonces la señora Oquendo integraba: Acaloradas, una historia sobre mujeres adultas que se despiden de las hormonas. Hasta que un día, la pequeña sorprendió a la profesora de jardín cantando a todo pulmoncito «meno, meno, menopausia, yo no quiero usar pañal» en medio del aula. Si algún día la menor del clan Oquendo aparece sobre un escenario, ¿alguien podría sorprenderse?


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Alejandra Cisneros


La hija del poeta Antonio Cisneros tiene en sus brazos lo mejor de su creación: su bebe Alejandro, de dos meses. ¿Cómo perder a un padre y renacer como una madre?

Cuando el poeta Antonio Cisneros murió, su nieto vino a reemplazarlo. La vida de Antonio terminó el 6 de octubre del 2012. En abril del año siguiente, Alejandra, la menor de las hijas del escritor, concibió al pequeño Alejandro. La estrella guía que se había apagado para la hija renacía en forma de un rechoncho bebe de cuatro kilos. Ahora ella, artista como su padre, ve en su niño los ojos del abuelo. Tan solo a los dos meses de edad tiene el ceño que habla, que recita. La nariz, la boca y el cuerpo fortachón son herencia del padre, el arquitecto y piloto de Dakar Ignacio Flores. El nieto del poeta podría ser artista o deportista extremo.

Las ruedas y los ruedos siempre fueron cosas de los Cisneros. Alejandra acompañaba a su papá a dar paseos en bicicleta, aunque solo cuando no había una corrida de toros o jugara el Sporting Cristal. En el estadio se acababa la poesía. «Mi papá era un genio loco, un personaje», recuerda ella. El hombre que compartía actividades más de niño que de niña con su hija no permitía que alguien la llevara a casa. El poeta no solo quería permanecer en la historia, también jugaba a ser omnipresente en la vida de su hija. Él mismo la recogía de las fiestas mientras amenizaba la espera con un amigo y una cerveza.

Alejandra comía. Fue un chifa con toda la familia lo que pidió la noche previa al alumbramiento de Alejandro. La hija del poeta puso en práctica un viejo mito urbano escuchado entre consultorios pediátricos. «Te dicen: come chifa, que al toque nace». El bebe no pudo resistirse al ritual metafísico y a la mañana siguiente nació.

Cuando nacieron los hermanos mayores de Alejandra, Antonio dedicó un poema a cada uno. La menor siempre reclamaba el suyo. Cuando estaba en Europa estudiando Arte, le llegó ‘El viaje de Alejandra’ por correo electrónico: Solo sé que mi hija menor partió en la madrugada. Iba serena, con su mochila al hombro, y aunque acaba de cumplir 23, parece un coatí adolescente. Cúbrela con tu manto, madre mía. Yo te la recomiendo. Es una joven bella y de buenas costumbres.

Antonio Cisneros viajó a Inglaterra a enseñar letras en una universidad por las mañanas. Por las noches lavaba platos. Alejandra viajó a España a terminar su carrera de arte, y en el camino fue anfitriona, bartender, repartió volantes en la calle, hizo catering, ilustraciones para una revista y diseñó escaparates. Y aunque sacó el gusto de su mamá por la cocina, llegó a Europa sin saber que se debían hervir los fideos para comérselos. El padre y la hija se condujeron por sus pasiones, como un extraviado se guía por una estrella en el cielo. Ambos compartían el amor al arte y la pasión por los viajes transoceánicos. Eran almas gemelas. Por eso cuando falleció el poeta, Alejandra sintió que parte de ella moría en ese instante.

La partida de Antonio se aligeró cuando de pronto el niño llenó la casa con planes futuros. Ella dice que a su novio le gustaría que su hijo participe en los deportes de aventura, cosa que a ella, como a toda madre, no la entusiasma demasiado. Quizás termine de poeta como el abuelo, quién sabe. Por lo menos le ha heredado la profunda mirada. Antonio vive en el interior de su nieto. Sucede que los buenos escritores tienen adscrito el derecho a la resurrección.


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Sandra Plevisani


¿Se puede sobrevivir al cáncer de una hija desde la cocina? ¿Es posible trascender a la muerte a los once años?

Cuando la segunda hija de la familia Plevisani estaba internada haciendo un tratamiento para curarse del cáncer, su mamá cocinaba para ella y para otro centenar de niños hospitalizados con la misma enfermedad. Sucede que la quimioterapia produce náuseas y hace que a la boca todo le sepa mal. Después de las medicinas provoca saborear los platillos que se añoran, y Camila –de paladar Plevisani– prefería cambiar la comida de hospital. Extrañaba los espaguetis con salsa roja y mozzarella. Entonces Sandra Plevisani, su madre, ponía los tomates con albahaca y ajos en la olla, y los familiares de otros pacientes –quienes vivían con ella en un instituto de salud cercano al hospital– acudían a la cocina como los niños al flautista de Hamelín. Poco a poco se fueron apuntando en la lista para el menú del día siguiente. Cada vez se observaba a más personas en el comedor comunitario del nosocomio. Sandra cocinaba para olvidar.

La pequeña Camila tenía siete años cuando le encontraron un tumor en el cráneo. La llevaron a los mejores hospitales en oncología. Entre ellos el Johns Hopkins, en Washington. Si hubieran tenido que ir a Rusia o a la China, habrían ido. Durante el último año del tratamiento, Camila recibió un trasplante de médula y completó catorce operaciones. Sandra evitaba las horas muertas. Hacía deporte por la mañana, mientras su hija recibía clases en su cama hospitalaria. Luego almorzaba y jugaba con ella, y finalmente cocinaba un montón de suflés de chocolate o trescientos alfajores. La niña los comía mientras las medicinas entraban a su cuerpo. «Camila orgullosa le decía a la gente: “mira lo que mi mami me ha hecho”», recuerda Sandra con la voz entrecortada. Cada vez que entraba al quirófano, se despedía de su mamá cantándole See you later, alligator. En Estados Unidos, el coro de esta canción es una forma afectuosa de despedirse por un rato. Nos vemos más tarde, mamá. Cuando los médicos quisieron intentar un tratamiento con células madre, su hermana menor fue la única compatible. María, que ahora tiene dieciséis años y entonces tenía cinco, pasó siete horas conectada a una máquina que separaba las células que necesitaban. Camila falleció a los once años.

—¿Se puede superar la muerte de una hija?
—Nunca. Yo tengo un sentimiento que quiero quitármelo de cólera e impotencia, pero trato de sacar lo mejor de eso.

La niña dio lecciones a los adultos. Camila conversaba con los doctores y les decía que no era posible que otros niños no pudieran pasar la Navidad en su casa o hacer la primera comunión fuera del hospital, como ella. Decía que se debía hacer algo. Hoy existe la Fundación Camila Plevisani, una asociación fundada por el doctor George Graham, un médico que conoció a la pequeña y consideró que tenía razón. La asociación reúne fondos para que los niños se puedan reunir con sus familiares en fechas especiales.

Han pasado once años. Ahora Sandra cocina para recordar la valentía de Camila. Le hizo una promesa: se comprometió a ayudar a la ONG Make a Wish, una asociación que se encarga de cumplir un deseo a un niño enfermo y que su hija conoció. Sandra ha publicado el libro de ensaladas Cien por ciento fresco a beneficio de esta. Además aceptó ser imagen de una campaña publicitaria de la compañía cervecera más grande del país con la condición de que donaran el pago al puericultorio Pérez Araníbar. El día de la entrega de la donación, los niños saltaban de felicidad con ropa deportiva nueva. La mujer que perdió a su hija entregó cariño a los niños que no tienen padres. Sandra se fue antes de la celebración para no llorar. Ahora hace una publicación para la asociación de voluntarios Magia, un grupo de mujeres que apoya emocional y económicamente a los niños con cáncer.

«Camila ha hecho que seamos mejores personas. Ha cambiado a mucha gente; no solo a mí», dice, orgullosa, la mamá.

De las cuatro hijas Plevisani: Arianna, Camila, María y Valentina, la mayor se enojó más con la vida cuando su hermana falleció. Ahora siente que ella la cuida. Sandra lleva sus fotos en la cartera. Ese acontecimiento atroz que pudo desbaratar a la familia, hizo que esta se uniera más. Arianna, que tiene 24 años, estudió Antropología Visual y vive en Berlín. María se inclina por el arte, y Valentina, de doce, parece ser la única llamada a continuar la tradición repostera de la mano de aquella mujer que se refugió en una cocina para sobrevivir.


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Anahí Gonzales Daly


¿Puede una top model ser una mamá modelo?

Las modelos internacionales toman pastillas para dormir. Anahí las tomaba porque viajaba tanto, que su cuerpo ya no sabía si era de día o de noche. En dos semanas podía recorrer tres continentes con idas y vueltas. Los viajeros frecuentes más importantes de las líneas aéreas reciben una tarjeta negra por acumular millas. Ella tenía la tarjeta para los que superaban el millón. Poseía casi dos millones de millas recorridas y un hijo en Lima. Cuando los bebes crecen, la mayoría de las mamás se echan una siesta después de despachar al niño al colegio. Pero Anahí no pudo. A los 18 años tuvo a Joaquín. Intentó vivir en Miami, en familia, junto con el papá de su pequeño, pero la separación rompió aquella armonía equilibrada. Joaquín regresó al Perú con su papá, y Anahí se pasaba dos semanas en Estados Unidos y dos semanas en Lima. Anahí se propuso no enamorarse en el norte de América mientras su hijo estuviera esperándola en el sur.

A las agencias de modelos no les gusta que las chicas tengan hijos porque el cuerpo cambia. Pero su piel de adolescente ya estaba recuperada cuando le llegaron los contratos para modelar en Europa y Nueva York. Su carrera crecía, pero crecía también la distancia de su hijo. Anahí se hizo una promesa: trabajaría duramente desde los veinte años hasta los treinta. Y aunque durante esta década lloraría cada vez que se enteraba de que Joaquín se había caído y ella estaba literalmente al otro lado del mundo, cumplió lo que se había prometido. Ahora tiene treinta, una cuenta bancaria que la respalda, vive con Joaquín, se casó y solo acepta trabajos que no involucren más de cuatro días fuera de su casa. Además ha vuelto a ser mamá. Iago tiene un año y medio, y no descarta tener un tercero o una tercera.

Si tuviera una hija con inclinaciones al mundo de la moda, Anahí le advertiría sobre los peligros de su profesión. Ella ha modelado en Inglaterra, Italia, Alemania, Holanda, Tahití, Sudáfrica, Suecia y las islas Maldivas, ha hecho portadas de revistas para hombres, como GQ y Sports Illustrated, y sabe que en cualquier parte del planeta hay magnates que les ofrecen vidas de lujo a todas las modelos. «Te invitan a fiestas, viajes, miles de cosas», asegura Anahí. Si su hija opta por las pasarelas, ella evitaría que viaje sola hasta que estuviera segura de la madurez de la muchacha. Adolescente ni hablar. La mamá de Anahí también fue modelo. Ella hizo comerciales en Lima antes de dedicarse completamente criar y cuidar a sus hijos.

A Anahí nunca le ofrecieron drogas en su trabajo. Dice que si encontrara a uno de sus hijos fumando marihuana, le dejaría la papa caliente al papá. Joaquín, a sus once años, apaga los cigarros donde los ve. Anahí, que tantas veces se sintió sola, a pesar de estar rodeada de gente, prefiere canjear la pasarela por una cena familiar.


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Pamela Rodríguez


¿Cómo crecer con una mamá que no cree en casi nada?

Pamela Rodríguez no cree en la iglesia ni en la fama, no cree demasiado en el Grammy, no cree en el paradigma de la mujer bella y perfecta. No cree en los tacones. Jamás cambiaría el estilo de su música para vender más discos. No cree en la comida rápida. Pamela cree en la libertad.

—¿Qué ha heredado tu hija de ti?
—El síndrome obsesivo compulsivo. Cuando se me mete un proyecto en la cabeza, no paro, y no paro, y no paro, así como cuando ella me pide chocolates.

Pamela no cree en la cocina tradicional. Ella se alimenta de acuerdo a la nutrigenética. Los doctores han examinado sus genes para hacerle una dieta. Pamela puede morir comiendo vainitas o miel de abeja. Por extensión, su pequeña Luana come de la misma manera.
—¿Qué come Luana?
—Superalimentos, fibra, conciencia.

Superalimentos: lentejas, garbanzos, brócoli, alcachofas. Conciencia: pollo orgánico, reses alimentadas con pasto. Cuando Pamela le pregunta a Luana cuál es la puntuación nutricional del chupete que se está comiendo ahora, la niña de cinco años levanta un solo dedo. Cuando consulta por las lentejas, abre toda la mano. La pequeña conoce de nutrición y de antropología. Sabe que antes a las mujeres les prohibían trabajar y reniega en casa cuando alguna de sus amiguitas llora porque mamá va a la oficina.

Pamela no cree en la represión. Ella vivió en Venezuela. En Caracas no podía ir al parque con Luana. La violencia gratuita acechaba en cada esquina. La única manera de trasladarse por la calle era bajándose de un auto y subiéndose a otro. Por eso se mudó a Lima justo antes de que estallara el conflicto social. «Implicaba demasiado tener a la niña ahí», revela la artista. Y aunque extraña el clima, el verdor y el carisma de la gente sin prejuicios, prefiere la seguridad de su hija.

Pamela no cree en soñar con el futuro de los hijos. «Por suerte tengo un compromiso bien grande con mis propios sueños para no trasladar mis frustraciones a la niña», asegura la cantante. Para ella el mayor reto que le ha traído la maternidad ha sido equilibrar su carrera con la dedicación a Luana. A veces le provoca quedarse en casa con ella, a veces siente que debe ser quien se propuso ser.

Hace poco Luana y su mamá visitaron una iglesia por primera vez. Luana opinó que estaba chévere ese sitio donde enseñaban inglés. La religión católica es en lo que menos cree Pamela. Su hija no sabe nada de dogmas, no ha sido bautizada y asistirá a un colegio laico. «Para mí la religión es un comercio de fe. Pero si mi hija sale religiosa, la aceptaré y respetaré», asegura ella. Escepticismo y tolerancia conviven en el carácter de Rodríguez.

Pamela jamás cambiaría su look por pedido de una discográfica. Luana jamás se pondría un sombrero a solicitud del fotógrafo de esta revista. Ambas son felices haciendo lo que quieren, lo que creen.

Fotografía: Alonso Molina y Augusto Escribens
Dirección de arte: Christian Duarte
Styling: Mariale Kermenic
Producción: Mariana Chamot y Pía Gonzales Vigil
Maquillaje y peinado: Sono Salón y Sara Nuñez
Fotos Making of: Maka Mikkelsen
Video Making of: Sensorial Films
Agradecimientos: Ayni, Ice bear, Lama, Alessandra Petersen, Anima, Susan Wagner.