El actor de moda no quiere contestar su teléfono

Manuel Gold

Por María Jesús Zevallos / Fotos de Alonso Molina
Ha pasado poco más de un mes desde que se estrenó la película nacional EL VIENTRE, que protagoniza Manuel Gold, considerado por cineastas y directores de teatro como «el mejor actor peruano de su generación». Superando los cien mil espectadores en su primera semana de estreno, los protagonistas del filme son los más buscados para dar entrevistas en la prensa escrita, radio y televisión. Los teléfonos no dejan de sonar, pero Manuel Gold no responde el suyo.
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Manuel Gold está aburrido. Ya no sabe qué preguntar cuando entrevista a los invitados de los eventos que cubre para POLIZONTES, el programa de televisión que conduce desde hace tres años. Pero es trabajo, y Manuel lo hace como cualquier otro trabajo: bien. Se afeita y se corta el cabello cada vez que la producción se lo pide; va a alguna peluquería afiliada al canal y deja que hagan lo que tengan que hacer. Pero si le dieran a elegir, Manuel Gold nunca lo haría. Le da flojera cuidar su aspecto físico, su apariencia le importa poco. Camisetas regaladas y shorts Cargo hacen su colección de verano. La última vez que compró alguna prenda fue el año pasado: una casaca de la selección del noventa del equipo alemán de fútbol. Cuando graba POLIZONTES, sin embargo, se tiene que preocupar. Mejor dicho, alguien se tiene que preocupar por él. Trajes, corbatas, camisas, todo se lo da el canal. Manuel Gold no gasta dinero en ropa ni en cortes de cabello. Prefiere gastarlos en otras cosas, como piezas coleccionables de Lego. Gold arma Legos desde que tenía cinco años, y una vecina le regaló un juego para ensamblar. Un pequeño auto rojo que aún conserva perfectamente armado, en su habitación, junto con sus otros autos, motocicletas, y figuras de personajes de Nintendo en píxeles también armados con Legos. Su última construcción, una avioneta Sopwith Camel que hizo en cuatro horas, está en su sala, junto al teléfono que suena precisamente ahora. «Levanto y cuelgo», dice el actor de veintiocho años. No sabe quién es ni le interesa. Su celular suena tres veces, pero tampoco contesta las llamadas. Es una conocida leyenda urbana que el actor que ha sido llamado por directores de cine como Gonzalo Benavente y Daniel Rodríguez como «el mejor actor de su generación» y que ha hecho llorar con sus interpretaciones al dramaturgo Eduardo Adrianzén, detesta hablar por teléfono.

Gonzalo Ladines, director del microprograma web LOS CINÉFILOS, en el que actúa, ha tenido que ir a buscarlo a su casa para poder conversar con él. Complotar con el portero de su edificio para tocar las veces que sean necesarias hasta lograr que el actor responda, no es algo exagerado. Guillermo Castañeda, su roommate y coprotagonista en el mismo microprograma, es el receptor de muchas llamadas en busca de Manuel Gold. Castañeda entrega cordial el número, pero advierte que Manuel no contestará. De hecho, tampoco inicia conversaciones por teléfono: detesta hablar a través de ese aparato. De adolescente, cuando quería buscar a alguno de sus amigos, prefería ir a su casa y preguntar por él en vez de llamar por teléfono. Cuando alguien quiere pedir una pizza en el departamento en el que vive, Gold mueve el encargo hacia alguno de los otros roommates. Su smartphone, que no deja de sonar, recién tiene un mes en sus manos. Antes de eso, un Nokia que solo servía para hacer y recibir llamadas, mandar mensajes de texto y jugar snake –«el mejor juego de la historia» según el actor– era su conexión con el mundo. Tampoco tenía laptop hasta el año pasado. Pero, últimamente, la gente le exigía vivir con algo más que un teléfono básico y una computadora de escritorio. Manuel Gold se pone traje y corbata cuando la gente lo necesita bien vestido, y tiene un teléfono porque a la gente le urge encontrarlo.

«No creo que alguien decida no tenerme en su obra de teatro o en su película porque sea difícil contactarse conmigo», dice el actor, mientras exhala el humo de su cigarrillo. No es un ermitaño o un antisocial, explica. Solo es un tipo agradable a quien le disgusta tener que estar disponible para el resto en cualquier momento. «Un día un amigo me dijo que no contestarle el teléfono era como que yo esté caminando en la calle y él me salude, y yo no voltee. Y yo le dije no, creo que se parece más a que yo esté en un restaurante comiendo con mi enamorada, y tú vengas y digas: “¡Manuel! ¡Manuel! ¡Manuel!”, e interrumpas todo lo que estoy haciendo». Manuel Gold tiene modales. No responde mensajes de texto o correos electrónicos mientras está hablando con alguien o si tiene alguna reunión. No entiende la necesidad de tomar fotos cuando se encuentra con amigos y subirlas inmediatamente a alguna red social. Gold, de sonrisa fácil y respuestas ingeniosas, no quiere perderse lo que está sucediendo. El actor no entiende por qué la gente prefiere vivir a través de una pantalla.

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La actuación y la vida real son dos cosas separadas. Manuel Gold no es el chico obsesionado con películas y quedado que interpreta en LOS CINÉFILOS, pero sí es el metalero que viajó hasta Buenos Aires para ver a Megadeth en concierto. No es Tripaloca, el payaso ambulante y moribundo que interpreta en la obra de teatro A VER, UN APLAUSO, pero sí es el chico que prefiere ir al grifo que está a tres cuadras de su casa al menos una vez al día a comprar cigarros o algo para comer en vez ir al supermercado. Pero si de peculiaridades se trata, nada es más Manuel Gold que aquel físico del que prefiere no preocuparse. El actor pesa 52 kilos [12 kilos menos que lo mínimo recomendado por los doctores para un hombre que mide 1,78 metros] y vive de una dieta casi exclusiva de comida chatarra. En su mesa, una botella de gaseosa tibia es una de las tantas que guarda de las entregas de combos de hamburguesas que llegan a su casa al menos una vez a la semana. Fuma unos diez cigarrillos al día [que hace algunos meses eran entre veinte y treinta] y sus dientes, ya de un blanco opaco, se dividen al frente por una picadura de un amarillo anaranjado que no captan las cámaras. La montura gruesa de sus lentes, que aguantan la miopía de sus ojos caídos, ha generado un pequeño bulto en su tabique. Sus cejas forman una sola, y los maquillistas se encargan de partirlas cada vez que tiene que aparecer frente a las cámaras de POLIZONTES. Gold, sin embargo, sabe que todos sus atributos físicos son parte de su atractivo como actor, aunque algunos no lo entiendan. Ver a Manuel Gold ya es un show en si mismo. No tiene que hacer mucho para tener una respuesta del público. Esa respuesta suele ser una carcajada.

Manuel Gold ha sido un payaso muriendo de tuberculosis y un adolescente de los sesentas, y su físico le ha ayudado. También ha sido un mochilero sin rumbo y un astronauta, y por todos esos papeles –a veces sin quererlo– ha recibido risas. Sabe que su físico es una predisposición natural a la comedia, así no sea lo que está buscando hacer. En la premier de la película EL VIENTRE, bastó que el rostro de Gold apareciera en la pantalla para arrancar las carcajadas del público. Cuando estrenó la obra de teatro ASTRONAUTAS, solo tuvo que caminar al escenario para conseguir risas inesperadas desde las butacas. Entiende que su físico puede causar gracia. Sabe que es probable que un productor de televisión no vaya a pensar en él como primera opción cuando necesite un villano. Pero eso le importa poco.

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Hay muchas cosas que le gustan a Manuel Gold: el metal, los cuentos de Edgar Allan Poe, la lucha libre mexicana y japonesa, la actuación. Su gusto por esta actividad que terminó convirtiéndose en su carrera comenzó a los doce años. Entró a un taller del colegio y lo disfrutó. Por esa edad también pensó en ser director de cine, pero fue una idea que se desvaneció con el tiempo. Antes de salir del colegio, su madre lo obligó a entrar a un taller de verano que su prima, la actriz Natalia Parodi, hacía con el actor peruano Javier Echevarría. Manuel Gold no hacía nada y su madre no quería que desperdiciara el verano. Después de ese taller consiguió sus primeros trabajos, pero la idea de convertirse en actor profesional no se le había cruzado todavía por la cabeza. Estudió una carrera técnica que practicó dos años antes de aceptar que lo que prefería hacer era actuar. Le gusta actuar porque lo hace bien y viceversa. No hay mucho más detrás de su decisión de convertirse en actor. «A veces la gente me pregunta: Manuel, ¿y por qué te volviste actor?, ¿qué sientes cuando actúas? Si quieren una respuesta mística, esotérica, de cómo me encontré a mí mismo, cómo mejoré mi vida personal, no la van a encontrar. Me gusta, me divierte, la paso bien y lo sé hacer. Es mi trabajo y soy feliz con ello».

Manuel Gold no es un romántico. Tampoco es un soñador. Su propio razonamiento lo ha llevado a la simpleza. Es profundo, pero no indaga en aquellas cosas que viven en la superficie y no busca importancia en cosas que no lo merecen. «Si mañana me quedo sin trabajo y ya no hago lo que estoy haciendo ahorita, creo que sería un ser inútil: no sé construir cosas, no sé diseñar cosas, no sé vender cosas, no sé hacer negocios. No podría curar a una persona, no sé nada». Manuel Gold no habla mucho, pero dice lo que tiene que decir. Sus conversaciones son cautelosas, pero a la vez desprendidas y generosas. Tiene opiniones, pero sabe cómo y cuándo decirlas. Su trabajo, dice, consiste en observar, escuchar –o leer– y hacer.

Manuel Gold no se ha puesto a pensar mucho en por qué cosas como la apariencia o la comunicación le importan tan poco. Por qué no se estresa, o por qué no se da espacio a estresarse. Pero si tuviese que descifrar un punto de partida, sería probablemente la vida de su padre. Manuel Gold era también su nombre. Igual de alto, igual de delgado y con la cara idéntica a la que heredó su hijo. El actor vio a su padre llevar enfermedad tras enfermedad con la cotidianidad con la que se emplea el teléfono. Era usual llegar a casa y saber que lo habían llevado al hospital. Durante doce años su padre vivió con un tipo de cáncer de estómago que no se había visto antes en el país. «Creo que por eso no me preocupo tanto por cosas innecesarias», dice Gold, con un tono relajado. «Porque yo vi a este hombre vivir, trabajar con esta enfermedad que nadie sabía cuál era, sin quejarse un solo día, tranquilo». Manuel Gold tampoco se queja. También vive tranquilo.

Prefiere no llamarse a sí mismo artista, porque suena muy pomposo. Manuel Gold es actor. Prefiere pensar que simplemente actúa. No le busca razón a su gusto por la actuación ni trata de convertirlo en algo más de lo que es. «El otro día veía el programa de Bill Maher, THE REAL TIME, y decía que en Los Angeles, el 60% de los jóvenes se habían graduado en algo que tenía que ver con artes visuales, y Maher decía: “¿no sería más chévere tener ingenieros, doctores, que el 60% de los jóvenes se dedique a las artes visuales? Es como si en una comunidad de las cavernas, todos estuviesen pintando la cueva y ninguno saliera a cazar, a recolectar frutas, a arrancar las pieles, a hacer ropa. Puede sonar un poco conchudo de mi parte, porque yo soy uno de los que está pintando la cueva. Pero no todos podemos estar haciéndolo». El arte es bonito, dice Manuel Gold. «Todas las casas, por más pobres que sean, van a tener un cuadro, o una foto de una flor o un póster, y siempre habrá una radio o un televisor. Pero de que se puede vivir sin todas esas cosas, se puede». En un trabajo que hace de los mentirosos hombres adorados, el actor guarda videos como el de Maher para recordar que el mundo, casi siempre, está equivocado. «Somos de relleno, estamos para que la gente sea un poco más feliz. Solo somos el cuadro que adorna la pared. No somos la pared».


«La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño». Daniel Rodríguez, director de la película EL VIENTRE, utilizó esa frase de Nietzche para describir a Manuel Gold. Cuando el actor audicionó para el papel de Jaime, el mochilero de veintiún años que se enamora de la protagonista, Rodríguez dejó de buscar. Sabía que Gold podía ser más que solo un actor, un aliado creativo. El cineasta le pidió que leyera el guion y que lo olvidara al grabar. Quería hacerlo improvisar, jugar un poco. También le pidió que escribiera una biografía del personaje. En esa ficha, Gold escribe que Jaime Benítez es el hijo ilegítimo de una mujer de clase media limeña con un miembro del MRTA. A Jaime los cursos que más le gustaban de pequeño eran Geografía y Ciencias Naturales, y amaba LAS AVENTURAS DE TIN TIN. La biografía lo describe, mas no lo concluye. Jamás dice que Jaime es un errante por alguna razón. El actor sabe que esas pequeñas cosas significan algo, pero prefiere no meditar en ellas. De hecho, Manuel Gold disfruta de armar Legos porque, al menos por un momento, no tiene que pensar. Solo basta con seguir instrucciones para tener algo hermoso y bien hecho en sus manos. No le gusta que le digan qué hacer. Pero de vez en cuando no le molesta que le digan cómo hacerlo. También le gusta que, al menos por esas horas que pasa jugando, puede dejar de hacer cualquier otra cosa. Manuel Gold no puede hacer más de una cosa a la vez. Si lee La insignia, su cuento favorito de Julio Ramón Ribeyro, no escucha música. Si come, no conversa; si está pasando tiempo con su novia -o haciendo cualquier otra cosa- no contesta el celular.

La vida le ha traído sorpresas a Manuel Gold. Si no hubiese estado prestando atención, la actuación no se habría convertido en su profesión. Si hubiese seguido las normas sociales a las que se adapta la mayoría, no habría vivido como ha querido. Manuel Gold vive, como pocos, con los ojos bien abiertos, la mirada al frente y el celular en el bolsillo, vibrando y esperando respuesta. Pero no contestará. Simplemente no le gusta atender al llamado del mundo si está haciendo algo más importante, como vivir.

Dirección de arte: Gerardo Larrea y Antonio Choy-Kay
Producción: Mariana Chamot
Asistente de producción: Luciana Gamio
Asistente de fotografía: María Belén Panizo
Fotos making of: María Belén Panizo
Maquillaje y peinado: Beauty Bar

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