Dos artistas crean un mundo propio

Jessica Butrich y Abel Bentín

Por Rebeca Vaisman / Fotos de Alonso Molina
Ellos se inspiran en otras épocas, pero su arte cobra sentido en el presente. El 2013 ha sido un año importante para la diseñadora de modas Jessica Butrich y el artista plástico Abel Bentín: ella fue invitada a la Semana de la Moda de Madrid, y sus desfiles en Lima tuvieron gran acogida. Él ha expuesto en Miami, ha colaborado con Gastón Acurio y ha diseñado la que será su próxima muestra. Son esposos, jóvenes y creadores preocupados por su tiempo. Y tienen miedo de que este no les alcance para cumplir con todas sus metas.
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Él trabaja hasta muy tarde. Por lo general se va a la cama a las cuatro de la madrugada. A ella la encuentra profundamente dormida: Jessica Butrich se ha acostado muchas horas antes. Tal vez Jessica entreabra los ojos y en un susurro le pregunte qué tal salió su dibujo. Pero no hablarán mucho porque ella empezará el día pronto: a las seis de la mañana ya estará de pie. Cuando lo haga, encontrará una nota de su esposo, de Abel Bentín, en el que le pide que lo despierte tarde. Ella lo dejará dormir.

Esa es una escena hogareña común para ellos. Otra, también frecuente, empieza igual pero tiene otro final: Abel llega hasta el cuarto y despierta a Jessica diciéndole con angustia: «Levántate, por favor, ¡el dibujo me ha salido horrible!». Entonces se enciende la luz de la habitación.

Abel y Jessica están a punto de cumplir tres años de casados. Por supuesto, han desarrollado una rutina. Pero la suya está basada en el caos, en la inspiración, en las incontenibles ráfagas de energía que no pueden ser desaprovechadas, y que los arrastran por horarios impensables para otras parejas. Imposibles para las personas a su alrededor. Pero ellos lo entienden. Y a veces amanecerán cansados, o quizás sufrirán insomnio. Tal vez necesiten aumentar las dosis de café durante el día. Eso también es parte de su rutina. Sin embargo, una cosa es segura: no tienen miedo de que su matrimonio se agobie por un día a día repetitivo. Ni siquiera ellos mismos saben qué va a pasar mañana. «Un artista necesita no saberlo para poder crear», explica Jessica, quien acaba de preparar tres tazas de café. En la sala de su casa está sentada frente a Abel. Del mañana ellos solo necesitan saber que el otro estará ahí.

Entre ellos no hay celos profesionales ni egos heridos de creador. Ambos se necesitan de distintas maneras: Abel puede despertar a Jessica en la madrugada porque conversar con ella aclarará su mente y su lápiz. Y en medio del estrés que supone armar una colección y manejar un showroom, Jessica agradece saber que Abel está cerca

Decisiones de vida

Jessica y Abel están juntos desde su último año de colegio. Ella tiene veintiocho y él, veintinueve. Ella, muy independiente, se mudó sola a los veinte años en una época en que no era tan usual que una chica se vaya de su casa tan joven. Él, un hermano entre siete, ha sido siempre muy apegado a su familia. Jessica y Abel han estado juntos doce años.

Desde que puede recordar, Bentín tuvo claro que lo suyo es el arte. Sin embargo, cuando terminó el colegio cedió ante las preocupaciones de sus padres. Ingresó a la Universidad de Lima y cursó un semestre de Administración. Durante seis meses fue infeliz. «Estaba mal, muy triste», recuerda. Entonces sus papás entendieron que antes que el sentido común y cualquier inquietud paterna, su hijo quería ser artista.

Jessica, por su lado, había decidido que seguiría Arquitectura y que luego se especializaría en el diseño de mobiliario. Lo tenía todo muy claro. Entró a la UPC y estudió durante un año. Le encantaba la carrera y estaba segura de que había tomado la decisión correcta. Hasta que ese primer verano de vacaciones, su abuela le regaló una máquina de coser. Butrich no había sido esa clase de niña que jugaba a vestir sus muñecas, o robaba la ropa de su madre. Sin embargo, con máquina e hilo, experimentó lo que ella llama «un encuentro personal muy extraño». Se encerró los tres meses de verano a desarmar y volver a armar su ropa; a experimentar con las tijeras, la tela y su propio cuerpo.

«Hacías unas cosas de terror, Jessica. No sé cómo salías así a la calle», dice Abel, tapándose la cara. Ella se ríe, quizás recordando su imagen en el espejo. Un reflejo siempre es relativo. «Había llegado el momento de volver a matricularme en Arquitectura, pero yo me dije: “Aquí hay algo que me encanta”. Solo a Abel le conté lo que estaba pensando», cuenta Butrich. «Una vez que averigüé sobre la carrera de Diseño de Moda y que me retiré de la universidad, recién lo anuncié a mis padres. Fue la locura familiar. Pero empecé y nunca paré».

Abel entiende tales recelos. Él, de alguna manera, los comparte: «Ahora pienso que si tuviera un hijo que quiere ser artista me gustaría sentir que está seguro. Es una carrera complicada». Cuenta que muchos jóvenes lo buscan y le revelan que quieren ser artistas. Él les pregunta si les gusta otra cosa, si imaginan la posibilidad de hacer algo más. «Si me responden que sí, entonces les digo que no deben estudiar arte», continúa Abel. «Solo debes hacerlo si es la única cosa en la vida que quieres, si no ves otra opción».

A Jessica también la buscan jovencitas entusiastas. «Me gusta la ropa y quiero ser diseñadora como tú», le dicen. Jessica les responde que eso no basta: si lo que les gusta es ir de compras, lo suyo no es el diseño. Butrich explica que el tiempo que dedica a dibujar es mínimo. «El resto de mi tiempo se va en logística, proveedores, el taller… Tengo que estar encima de todo», admite.

«Si bien tengo la suerte de poder disponer de mis tiempos, siempre tengo la carga de mover mi trabajo, de promocionarme y de hacer cosas paralelas», dice por su lado Abel. Por ejemplo, este verano dictará un taller de dibujo en el Centro Cultural de la Católica. Y, durante los tres meses que dure, la situación será menos inestable. «Siempre me ofrecen enseñar, pero para mí no puede pasar de un taller», explica Abel. «La docencia es linda pero te absorbe. Y yo no imaginaría mi vida sin hacer caso a mi impulso de crear».

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Isla para dos

Viven en un departamento encantador, que por la disposición del edificio se asemeja más a una casa pequeña de una sola planta. La construcción es de los cuarenta, de techos altos y espacios luminosos. La sala y el comedor están atiborrados de pequeños detalles, de texturas interesantes y de arte: Patricia Villanueva, Amadeo y Renso Gonzales, Pati Camet y Diego Lama, entre otros plásticos. No hay muchas piezas de Abel, pues ser espectador de su propia obra le resulta insoportable: el paso del tiempo por su arte trae nuevos cuestionamientos. La pregunta constante. Así que, al menos en su casa, prefiere rodearse de imágenes amigas.

El espacio es un homenaje a los símbolos pop y retro que ocupan los trabajos del matrimonio. El piso de losetas blancas y celestes, el tapiz dorado en las paredes, la silla que encontraron en La Cachina.

Afuera, la bulla y el tráfico intenso anuncian el inminente fin del año. Adentro, en cambio, San Isidro se ha convertido en una fantasía acogedora, atemporal.

Sin embargo, Abel y Jessica están a punto de dejar el departamento. Han encontrado uno en un edificio setentero de Chorrillos, un penthouse de arquitectura sólida y espacios limpios. Justo lo que querían, explican ambos. Ya están pensando en las posibilidades de su nuevo espacio. Mientras tanto se disculpan innecesariamente por el desorden del que aún es su hogar. Tal desorden no se nota y, en todo caso, no importa. Los papeles sobre la mesa del comedor se deben a que Abel sigue dibujando cuando llega a su casa. Jessica hace lo mismo. A pesar de que cada uno ocupa un taller propio fuera de casa, no pueden evitar continuar trabajando. Abel lo explica: «Es que esto no es mi trabajo, es mi vida. No me imagino qué soy, si no soy un creativo».

Son conscientes del peligro latente de la rutina. Sobre todo de una que los mantiene inmersos en mundos propios. Espacios internos en los que a veces los puentes no son fáciles de encontrar. Crear los absorbe. Por eso se imponen un espacio en común, un tiempo de pareja para reencontrarse, como señala Abel. Por eso también se les puede encontrar todos los viernes en la misma mesa del balcón del restaurante Dánica pidiendo los mismos platos de siempre, y frente a una jarra de sangría. Es un ritual maniático que les permite hablar de todo, y de cualquier cosa. En esos viernes, ambos dejan que la sangría se les suba un poco a la cabeza.

Un par de veces al año se escapan de Lima. Y los fines de semana tratan de salir poco y de estar juntos lo más que puedan. Sí les gusta mucho recibir amigos en casa: Jessica cocina y Abel prepara los tragos. «Claro que hay una línea peligrosa que se puede cruzar al compartir tanto el trabajo del otro», reflexiona este último. Muchas veces, uno callará al otro diciéndole: «Ya dejemos de hablar de trabajo».

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El mejor año, cada vez

Jessica Butrich llama a este 2013 «el año del cambio». Su carrera empezó pronto –ya en su primer año, estudiando Diseño de Modas, se hizo de algunas clientas–, pero quiso avanzar lentamente. A Jessica le gusta sentirse segura de sus decisiones. Luego de cinco años de producir solo colecciones de zapatos, en abril del 2013 se presentó por primera vez en Lima Fashion Week con una colección completa: ropa, zapatos y accesorios. El resultado fue una invitación a la Semana de la Moda de Madrid con una colección que fue muy comentada en el medio español, y que Jessica presentó también en LIF Week de noviembre con gran acogida. Su showroom, remodelado hace algunas semanas, no ha parado de recibir interesadas. «Este ha sido el año más importante de mi carrera», sentencia Jessica. También ha sido un año muy importante para Abel Bentín. Ha sido el año en que ha resultado finalista de Pasaporte para un Artista, y en que dos de sus esculturas se colocaron en el inaugurado Hotel B. Es uno de los artistas expuestos en la gran colectiva auspiciada por The Factory Studio, en Miami. Y ha colaborado con Gastón Acurio diseñando la vajilla para el nuevo menú de Astrid&Gastón: Gastón le pidió platos, Abel le presentó esculturas.

Ha sido un año en que Bentín ha aprovechado para volver a sus raíces, a sus primeros trazos. En unas semanas empieza el proceso de creación de la nueva muestra que expondrá en julio del 2014: esta vez no se realizará en la galería Lucía de la Puente, a la que Abel ha pertenecido los últimos años; esta vez no quiere que el espacio lo limite ni que sus piezas se adapten a otras paredes. Su próxima muestra será la primera vez que invite a los espectadores a un espacio enteramente levantado por su creatividad. La primera vez que otra persona verá lo que sucede dentro de su cabeza. Excepto por Jessica, claro.

Entre ellos no hay celos profesionales ni egos heridos de creador. Ambos se necesitan de distintas maneras: Abel puede despertar a Jessica en la madrugada porque conversar con ella aclarará su mente y su lápiz. Y en medio del estrés que supone armar una colección y manejar un showroom, Jessica agradece saber que Abel está cerca. Ambos comparten una fascinación por la estética de otras décadas, pero la reinterpretan para cuestionarse, desde sus artes, sobre el tiempo que les tocó vivir. Disfrutan la decoración y son cachivacheros, y en su nuevo departamento intentarán no llenarse «de cosas viejas».

«Este año ha sido el más importante», repite Jessica. «Pero al final de cada año siempre decimos lo mismo». «Quizás nuestra obsesión con lo retro venga de nuestra preocupación por el tiempo», continúa Abel, sentado frente a su esposa. «A veces nos frikeamos porque tenemos treinta años y hay demasiado que queremos hacer». Jessica cree que es posible. Y también cree que su generación, al dar tanta importancia a la inmediatez, ha perdido la noción de «para siempre».

Quizás. Pero no ellos.
Ellos la tienen clara.