Diego Dibós

No le teme al miedo

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: Giancarlo Shibayama
Es uno de los artistas pop más reconocidos del Perú y no recuerda la última vez que tuvo un mal día. Hoy Diego Dibós es jurado de un reality show de talento, ha sido nominado a los premios MTV Latinoamérica por una canción que le compuso a su esposa y espera lanzar un nuevo disco a fines de verano. Pero el miedo no lo agobia. Parece no conocerlo. Vivir de -y para- la música es un riesgo que él quiere correr aunque sienta temor. Dice que el miedo es una señal. Aunque, a veces, no sepa muy bien de qué.
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Diego Dibós ha pasado todo el día revisando un disco duro antiguo en su estudio de grabación de Miraflores, un distrito ubicado frente al mar, en Lima. Está preparando una producción nueva y piensa remasterizar grabaciones antiguas que nunca usó. Mientras escucha esas viejas grabaciones, frunce el ceño con un poco de molestia. «Hay tanto aquí que suena tan mal…», comenta, mientras se recuesta en una silla negra frente a tres computadoras, la consola de sonido y el teclado de su estudio, donde compone todas sus canciones. Ese disco duro tiene nueve años de antigüedad.
—¿Qué estabas haciendo hace nueve años?
—Estaba renunciando a mi trabajo.

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El músico se acuerda muy bien de ese día. Era una mañana de marzo de 2003. Después de trabajar por cuatro años en una transnacional como ingeniero industrial, Dibós le dijo a sus jefes que quería dedicarse a la música. «Hacía mucho calor y yo me comía un tráfico horrible cada día para ir a hacer un trabajo que no me gustaba», cuenta el cantante. «Odio la gente que no hace lo que le gusta. Si te vas a levantar temprano e ir a hacer algo todo el día, al menos haz algo que disfrutes».
—¿Y qué hiciste al día siguiente de tu renuncia?
—Di un concierto en la Estación de Barranco y no fue nadie. Fueron cuatro personas, una de ellas era mi novia, el resto de gente eran desconocidos que estaban ahí tomando y conversando.
—¿Cómo te sentiste?
—Sentí que era una señal. Que la vida me decía que esto no es fácil. Era una voz en mi cabeza diciéndome: «Si te vas a dedicar a esto, vas a tener que trabajar duro». Y eso hice.

En el estudio, la espuma ploma a prueba de sonido que cubre las paredes blancas encierra las notas de la canción Soul Almighty, de Bob Marley. Diego Dibós cierra los ojos y sus pies descalzos golpean la alfombra verde, al ritmo de la música. Es raro entender por qué, en tiempos donde el estrés y la depresión suelen ser los males más destructivos en los músicos, un tipo como Diego Dibós simplemente no sepa –o no quiera– ver el lado negativo de las cosas.
—¿Nunca pensaste que aquel fracaso en tu primer concierto era una señal de que quizá la música no era lo tuyo? –—le pregunto.
El músico mira al techo blanco, como lo hace cada vez que piensa en una de sus respuestas.
—No.

Desde su silla, Dibós se inclina hacia mí, cruza las manos y entiendo que es algo importante lo que va a decirme.
—Uno puede tomar las señales de muchas maneras —dice, y me mira a los ojos fijamente, como si quisiera asegurarse de que estoy entendiendo cada una de sus palabras.