Cristian Rivero

La palomillada nunca se va

Escribe. Carlos Fuller M. / Fotos: Alonso Molina para Katapulta Estudio / Dirección de arte: Ángela Kusen
Siempre se salió con la suya. De travesuras adolescentes que terminaron con un vidrio roto de la casa vecina. De polizonte en un quinceañero al que nadie lo invitó. El conductor con barrio creció en Surquillo y allí se hizo. En la calle, en la esquina. Como Gisela Válcarcel, que nació en La Victoria y después se convirtió en una de las figuras más exitosas de la televisión peruana. Cristian Rivero condujo con ella cinco programas distintos. Ahora está al frente de un programa de gente que espera el aplauso después de exhibir sus virtudes. Pero él no ha ganado ningún torneo de baile, de fútbol o de canto.¿Tener cancha, digamos, puede ser su talento?

Cristian Rivero no pasaría de la primera ronda de Perú tiene talento, el show que conduce. No tiene una voz virtuosa, la verdad es que no canta muy bien. Sabe bailar, pero no tiene un estilo de baile que lo diferencie mucho. No sabe tocar ningún instrumento. Tampoco se contorsiona ni sabe hacer piruetas. Hace deporte todos los días, pero no destaca profesionalmente en ninguno. Ha actuado en telenovelas y miniseries, pero dice que aún le falta mucho por aprender. En un concurso donde se premia el virtuosismo, Cristian Rivero es un no virtuoso. Sin embargo, existe una razón para que esté ahí, frente a la pantalla desde que tenía trece años y era un gólmodi en Nubeluz, el show infantil más sintonizado de la historia de la televisión peruana. Para que haya sido co-presentador de Gisela Valcárcel, la conductora más popular del país, en cinco shows diferentes.

Ahí va. Caminando por el pasillo largo. Maquilladoras pintando, productores corriendo. Cortan cartulina, despegan maskin tape, salen del camerino, vuelven al camerino. Corren, corren. Los productores corren. De pronto, aparece un anciano vestido de hippie y se le acerca. «¡Cristian, una foto, Cristian!». «Claro, Pantera, claro». Click. «Listo, te veo en un rato Pantera, ponle huevos». Sigue avanzando hasta llegar a una sala. Un pequeño lobby con sillones, catering, una barra y una pantalla en donde se emite la previa a la gala. Ahí llegarán los invitados VIP cuando termine el show. Esta noche es en vivo, nada puede fallar, la primera gran semifinal de Perú tiene talento. Cristian Rivero se dirige hacia la barra y se pide un vaso. Se recuesta en el borde. Terno negro impecable, camisa blanca, corbata en nudo simple. Bien peinado y maquillado. Se recuesta y mira sereno. No dice nada, no hace un solo gesto.

Le alcanzan un vaso con agua, saca un polvo de su bolsillo, lo vierte, lo bate. El agua ahora es morada. Son vitaminas, para soportar el show. La bebe en sorbos lentos. «¡A ver al churro!», le grita Almendra Gomelsky, una de los tres jurados del show de esta noche. Cristian le sonríe de lado, la abraza, le conversa. Luego la deja. Sale del lobby y se dirige al backstage del escenario. Justo detrás, cientos de personas ya pasaron por la alfombra roja y esperan en sus asientos a que inicie la semifinal.

Camina por el pasillo, se le acerca la productora general, una mujer baja y estresada con audífonos en los oídos. Habla, habla, habla, pero no logra alterar a Cristian Rivero Schoster, que sale un momento y se prende un cigarro. «¡Schoster, Schoster! —grita un asistente— ¿ya sabes cómo es la vaina no, Schoster? Apenas te aviso dices que manden mensajes de texto». «Tranquilo, ya lo tengo». Apaga el cigarro, camina hacia el escenario iluminado de rojo, un papel con notas en la mano. «Mucha fuerza gente, mucha mierda». Se oyen aplausos, se oyen gritos, camina despacio, lo apuntan las luces, se mueven las cámaras, tres, dos, uno, va.