Como recibir 400 golpes sin dejarse caer

Juliana Oxenford

Por David Gavidia / Fotos de Alonso Molina
Juliana Oxenford se considera una sobreviviente. Delante y fuera de la pantalla hemos visto a esta periodista caer, llorar, indignarse, reír y tantas veces recuperarse como si nada. Hasta hoy. ¿Cómo resistir tantos golpes en la vida sin perder la sonrisa?
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Juliana Oxenford piensa en las noticias sobre la crisis en Venezuela. «Si fuese reportera, habría viajado a cubrir lo que está pasando», dice la periodista de 35 años, mientras se alista para comenzar el día. En su voz ronca y fuerte, sin embargo, no hay nostalgia por aquellos tiempos. «Es el tipo de comisiones que yo hacía», cuenta luego de recordar esos años cuando recorría ciudades y países buscando noticias, investigando a políticos y recogiendo denuncias sobre corrupción. Ella –a la que intentaron secuestrar en una cárcel, a la que amenazaron de muerte a través de correos electrónicos, a la que enviaron una rata muerta envuelta en papel de regalo– simplemente no tenía miedo morir. «Si moría, lo hacía en mi ley», dice, mientras mueve las manos, como intentando atrapar los recuerdos que aparecen de pronto en su mente. «Pero ahora tengo una razón grande para vivir». Esa razón –dice– se llama María.

María es la primogénita de Juliana Oxenford, y acaba de cumplir diez meses. Es una pequeña de ojos verdes que esta mañana gatea en el piso y busca los brazos de su madre, que le prepara el biberón, mientras le canta, le hace un puré de plátano y una papilla de granadilla. Todo al mismo tiempo y a una velocidad que bien puede definir su acelerada vida. Más tarde Juliana –en shorts, polo y sandalias– se lanzará al piso con ella, pondrá música y bailarán salsa o cumbia sin importar quién las mire. «Me interesa hacer de María una mujer fuerte, con los ovarios bien puestos». Juliana sabe que esa puede ser su mejor enseñanza. «Es alucinante. Me sorprende la paciencia que tengo ahora, de esa parte dulce que pensé que no existía en mí».

Mientras Juliana Oxenford responde a las preguntas, María interrumpe de rato en rato. Verla hoy tan hacendosa y desviviéndose por ella con los juguetes tirados en el piso de su casa es una imagen cotidiana. Parece lejano aquel setiembre de 2012 cuando Juliana anunciaba su embarazo de doce semanas y media en RPP Televisión. En aquella ocasión, acompañada por su equipo técnico que aplaudió la noticia, la vida pareció devolverle ese hálito de alegría que por momentos le parecía esquiva. No lloró. Se hizo la dura y siguió con el programa.

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Unos meses después, Juliana Oxenford se alejó momentáneamente de la televisión. Por estos días analiza dos propuestas. Solo se anima a decir que es un programa de entrevistas bajo el formato de Al estilo Juliana. Ahora se encuentra dedicada a su hija, y los fines de semana conduce su programa en Radio Capital, en el que opina sobre la actualidad y conversa con los oyentes. El tener ratos libres ha hecho que se acerque a la escritura, retornar a sus raíces. Ha lanzado su blog El árbol de María, en el que escribe sus aventuras maternales, y en el que no ha temido desnudar sus miedos, pero siempre con esa fortaleza que algunos miran como si se tratara de una indestructible coraza.

Sobre esa coraza habla una de sus mejores amigas, Erika Almenara. Ambas se conocen desde los seis años, y recuerda que ella aprendió a admirar de Juliana esa capacidad para recuperarse de situaciones adversas. «Ha logrado reconstruirse de pérdidas, de rupturas intensas, y siempre con buen humor», recuerda Almenara, quien radica en Estados Unidos y que por estos días en Lima no ha dudado en visitar a su amiga, la periodista achorada, la reportera inquisidora.

Cuando Erika menciona momentos de tristeza, se refiere a una lista que –la misma Juliana– no ha temido enumerar. A los cuatro años dejó Argentina y con ello a su abuela. A los siete sufrió la separación de sus padres, el actor Marcelo Oxenford y su madre Liliana Tuja. A los diecinueve superó la anorexia que, a decir de ella, la llevó a conocer la limpieza del alma a través del psicoanálisis. Y a los veintinueve ocurrió la muerte de su novio Álvaro Ugaz. Un momento que Juliana describe como heavy, del que pensó que no saldría, pero lo logró. Recientemente ha tenido que superar la separación de su pareja. Por eso María lo es todo para ella.

Otra de las mejores amigas de Juliana es Claudia Patrón. Se conocen desde los tiempos universitarios. Claudia y Juliana dieron a luz el mismo día y en la misma clínica. Fue un 4 de abril de 2013, alrededor del mediodía. Mientras Claudia se preparaba para ingresar a la sala de partos, la reportera con cuarenta semanas de embarazo se alistaba para que el nacimiento de María fuese natural. Sin epidural. «Ella no quería que la medicina afecte a su bebe y soportó el dolor», cuenta sobre aquella tarde de otoño.Patrón la vio ingresar a la sala de partos de lo más tranquila. «Pese a lo doloroso de su intervención, a la mañana siguiente Juliana estaba en su cuarto relajada, sentada como buda, como si no le doliera nada. Ya casi sin panza. Yo estaba totalmente tumbada», recuerda su amiga, casi un año después. Para Juliana Oxenford el dolor, a veces, es necesario para crecer.

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«Su aparente locura es también el maquillaje de una extrema sensibilidad», explica Víctor Tejada, quien fue el primer jefe de Juliana Oxenford en la fenecida Radio América, hace dieciséis años. «Cuando Juliana llegó a la radio, lo hizo con un traje de sastre; quería hacer producción. Yo le dije: te quiero en una cabina como locutora. Su voz gruesa me llamó la atención».

No se equivocó. El programa tuvo éxito. Juliana Oxenford comenzó su carrera como locutora de un programa de radio destinado a jóvenes de veinte años. Conducía de lunes a sábado de nueve a doce de la mañana. «Fue una época dorada», recuerda Víctor Tejada, hoy director de Radio Felicidad. Lo que viene después ya se puede encontrar en el espectro televisivo o en YouTube. Culminada su etapa como conductora juvenil apareció con éxito en el bloque de espectáculos en Panamericana Televisión, se convirtió en reportera de política e investigación en el programa La boca del lobo, del periodista César Hildebrandt, y lo que sucedió ahí lo cuenta otra fuente que prefirió el anonimato.

César Hildebrandt, conocido por su mal humor, halló en Oxenford un diamante en bruto con veintidós años. Por ser entradora, jodida, cuestionadora con sus opiniones, la tomó como una de sus favoritas. Pero eso no siempre era algo positivo. ‘Ser el favorito’ implicaba comerse las más grandes puteadas que jamás se hayan escuchado. A Juliana Oxenford le rompía sus escritos. Ella, antes de deprimirse y echarse a llorar, volvía al día siguiente con un tema o una nueva denuncia que prometía reventar el rating. A veces lo lograba, otras no. «Hildebrandt lo hacía porque me tenía mucha fe. Fue lo mejor que me pasó profesionalmente. Lo más importante en mis dieciséis años de carrera», recuerda Juliana Oxenford.

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Hoy esa etapa de reportera es cosa del pasado. Ahora es una entrevistadora capaz de pelearse con congresistas como la fujimorista Martha Chávez o con otros a quienes les increpa sus conflictos de intereses. Un rol que no siempre agrada, pero que la destaca por su carácter alejado de lo sumiso. Por eso las propuestas laborales no le han faltado. Polémica, bullanguera, de un discutible estilo que puede gustar o no, ahora analiza las ofertas que le llegan, pero lo hace con calma. Todo va en función de los tiempos que le debe y le tiene que dedicar a su hija María. «Si me ofrecen el trabajo con toda la plata del mundo, pero tengo que estar doce horas metida en una oficina, no lo acepto. Todo lo hago en función de María», dice de vuelta a su departamento de Miraflores y oyendo su rutina de madre: llevar a la niña al pediatra, luego jugar con ella en el Parque Tradiciones, o tal vez llevarla por Larcomar, quizás a que mire a los gatos del Parque Kennedy. «Y así hasta que se duerma a las once y media de la noche».

—La maternidad me ha cambiado mucho. Ahora valoro más a la familia y quiero que mi hija tenga un lindo entorno. También aprendí a valorar mi estabilidad emocional.

Desde ese ángulo, Juliana Oxenford habla del dolor con conocimiento de causa y sin la pose de mujer sufrida. Prefiere ir con un psicoanalista y hablar, llorar y desangrarse hasta mostrar el alma, como dice ella.

—Lo hago todos los martes porque he pasado mucha mierda, y la única manera de seguir respirando es entendiendo el porqué de las cosas que te tocan vivir, y no tratando de olvidarlas. La vida es jodida. Para algunos más que para otros.

Juliana Oxenford no tiene un ranking del dolor. Todos –asegura– solo somos sobrevivientes de lo que nos toca vivir.

Producción: Mariana Chamot
Asistente de producción: Luciana Gamio
Dirección de arte: Christian Duarte
Maquillaje y peinado: Sono Salón
Fotos making of: San Yun
Video making of: Sensorial films
Agradecimientos: Armani Exchange, Adolfo Domínguez
y Salvatore Ferragamo