Chiara Macchiavello diseña una pieza para Milán [su hijo de cuatro meses]

Escribe: Manolo Bonilla / Foto: Vito Mirr / Dirección de arte: Mr. Coco
Su madre le dijo que un hijo es un motivo importante para hacer un sueño realidad. Por eso, Chiara acaba de crear la Casa Macchiavello, un centro de diseño integral que Lima aún no ha visto. Hace poco, en su taller, cuando Milán la acompañaba durmiendo o tomando leche, se dio cuenta de que todavía no le había diseñado nada, salvo sábanas para su cuna. Entonces supo que lo más difícil recién empezaba. ¿Cómo seguir creando después de ser mamá?
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Para una diseñadora, las prendas que concibe deben fluir por su cuerpo. Es una comunión constante. Durante el embarazo, Chiara Macchiavello se dio cuenta cómo su cuerpo se volvía otro. Esos nueve meses también eran un anticipo, preparaban a la mujer que se iba a llenar de cambios. Ella quería seguir trabajando y sintió pánico de quedarse quieta. Nunca estuvo tanto tiempo sin hacer nada.

«Me muero por él, no sabes», dice Chiara cada vez que ve pasar a Milán, sobre los brazos de su niñera, en su taller de Barranco repleto de hilos, telas, milagritos, cruces y accesorios de culturas precolombinas. Es la primera semana de febrero y su hijo está allí, con ella. Es la tercera vez que la acompaña. La diseñadora ha vuelto a su espacio creativo luego de seis meses. Durante ese tiempo –que ella llamó cuarentena–, se sintió un simple objeto productor de leche. Solo salía a la calle cuando tenía que visitar al pediatra. No podía dejar de alimentarlo cada hora y media. Milán tenía que ganar peso. El primer mes de Milán, Chiara no pudo dormir. Pasaba todo el día en el cuarto de su hijo, sentada en un sillón de estética shipiba que ella había diseñado. A su lado, estuvo Lissy Urtega, su madre. «Es increíble, ojalá pudiera ser como ella», dirá Chiara, días después, en su departamento invadido por el verde de las ramas de un árbol que asoman por la terraza.

Pero ahora siente nervios. Nunca ha estado tanto tiempo sin producir algo. «Dar vida a algo y poder alimentarlo te entrega más fuerza para crear. No temes a ciertas cosas, como que te mandas. Creo más en mí. Porque a veces, uno se mete cabe a sí mismo. Lo veo creciendo y me provoca crear y sentirme completa».

Un año atrás, la diseñadora no quería saber nada de bebés ni de succionadores. De hecho, cuando era niña, Chiara Macchiavello no jugaba con muñecas o bebitos de plástico. Tenía un pitufo. Le gustaba montar bicicleta, patinar y andar en uno de esos carritos que aceleran con el impulso de las piernas. Si usó vestidos rosados en una fiesta, lo hizo para consentir un capricho de su madre. Por las noches, dormía abrazada de un trapo o de un pedazo de algodón que escondía en la punta de su almohada. Lo frotaba, acariciaba, enrollaba y hacía ovillos con los dedos. Como si de niña ya supiera lo que iba a hacer más tarde, al crecer.


«Era indiferente pero ahora está derretida por su hijo», dice Lissy Urtega, la madre de Chiara, que parece vestida como para asistir a una clase de yoga, en su departamento casi vacío al lado del malecón. No tiene muebles porque no quiere ocultar la vista al mar. Sus invitados deben sentarse en la alfombra, en pequeños taburetes o en un puf. Frente a uno de los ventanales que miran hacia el Pacífico hay una cuna en forma de huevo con cierto estilo futurista, como si fuera parte de la utilería de 2001: Odisea en el espacio, la famosa película de Kubrick. Dice que Milán puede pasarse horas allí, calladito y en silencio, viendo el atardecer. Pero esta mañana, la neblina parece entrar a la sala y no deja ver nada. En la mesa hay artesanías de Runcie Tanaka, cerámicas precolombinas y piedras y conchas que recoge de costas lejanas durante sus viajes: Las Maldivas, Punta Sal, Islas Granadinas. Lissy viaja mucho, pero siempre vuelve a Iquitos, su centro de operaciones.

Salvo ese primer mes que acompañó a Chiara en Lima, cuarenta días en los que no fue a ningún lado. Viven a dos cuadras y hablaban por teléfono casi ocho veces al día. Las llamadas de auxilio de su hija fueron constantes: para contarle que le había salido una cosita roja al bebé, que si iba a estar en casa, si le podía prestar tal cosa. «Cuando una mujer enfrenta la maternidad, recién puede identificarse con su mamá. En ese momento, puede entender por qué una se preocupaba o exageraba», dice Lissy, quien considera que ser abuela es la cúspide de su vida.

Así también lo entendió Aldo Macchiavello, el banquero que dejó todo para crear junto a su esposa El Delfín, una empresa de viajes en crucero por el río Amazonas. El papá severo de Chiara, que no la dejaba ir a más de dos quinceañeros al mes, se ha convertido en un abuelo chocho que tiene una facultad especial: es capaz de tranquilizar el llanto de Milán. Le cuenta historias al oído, lo pasea por el parque, lo carga en brazos, le canta.

Milán es su primer nieto.

Le dicen enano, enanisco, tutito, bobó.

Quieren llevarlo a la selva.

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Tener un hijo lo cambia todo. Cuando nació Nazareno, el artista Christian Bendayán reemplazó las curvas sinuosas de las mujeres de la selva por figuras casi celestiales donde dominaba el blanco. La exposición se llamó Luz y fue la más atípica. Cuando tuvo en sus brazos a Luana, la cantante Pamela Rodríguez empezó a componer las canciones de su disco Reconocer, el más cuajado de su carrera. Mariana de Althaus escribió tres obras de teatro sobre ser mamá en solo tres años, después de dar a luz. La maternidad –y también la paternidad– se inmiscuye en el proceso creativo y le otorga nuevas fuerzas. Pero también aparece el miedo. «En cuanto nació ella, ya nunca dejé de tener miedo», dice la escritora estadounidense Joan Didion en su libro Noches Azules. No exageraba: la esquina de una mesa, una cocina encendida, un enchufe, un vidrio o el jabón en la ducha. La escenografía cotidiana de la vida ahora es peligrosa para un niño.

Lissy Urtega también sintió miedo. Pánico. Una vez, cuando la diseñadora tenía apenas cuatro meses, estaba dándole leche en el primer piso de la casa de sus suegros. De pronto, Chiara tuvo tres espasmos cortos, violentos, y se quedó quieta. Lissy dio alaridos mientras corría buscando ayuda. Pensaba que su hija había muerto allí, en sus brazos. El papá de Aldo se la arrebató de las manos y se dieron cuenta de que se había dormido. «Fue un suspiro raro el que tuvo después de acabar con el biberón. Ahora me río, pero esa tarde fue un susto tremendo», dice Lissy, que tuvo a su primera hija a los veintiún años.

Ahora que es madre, Chiara Macchiavello también tiene ese impulso protector, casi neurótico, de la madre primeriza. En Miami, antes de dar a luz compró un succionador eléctrico hands free, un artilugio que se coloca encima de la blusa. Una tarde, en la sala de su departamento de techos altísimos en Miraflores, Chiara me mostró el artilugio, que más parecía un instrumento de tortura sujeto a un strapless blanco: ventosas, batería, cables y tubos. Nunca sintió tan cercana la filosofía de una vaca. Chiara me contó que había pasado semanas sacándose leche, cada tres horas, que clasificaba por días y que luego ponía a congelar. Su récord: sesenta botellas de leche de cinco onzas cada una. Eso le daba seguridad a Chiara Macchiavello. Podía pasar cualquier cosa, pero ella se sentiría tranquila: Milán, su hijo de cuatro meses, iba a tener qué comer. Su tranquilidad duró poco. Milán agotó su stock con un hambre voraz, algo inaudito para un niño que pesó dos kilos al nacer.

Chiara Macchiavello era una niña intolerante a la lactosa y Lissy no tenía tanta leche para darle. Entonces le daba un suplemento para lactantes. La mamá de la diseñadora estuvo expuesta a la modernidad, donde se creía que todo lo procesado era mejor que lo natural. Hasta los doctores recomendaban la no lactancia. En esa época, ella estaba convencida de eso. «Todo eso que hemos comido es la consecuencia de los altos índices de enfermedades que tenemos ahora. Comemos puro químico». Hasta que Lissy conoció la selva, la medicina natural y la gran biodiversidad que alberga. Entonces cambió. Si antes fue una mamá tradicional, ahora es una abuela orgánica y naturista. «Milán va a sufrir mucho menos porque yo a mis hijas les di porquerías. Tengo que reconocerlo», dice Lissy, como quien asume una culpa nutricional. «Porque era lo que en ese momento se hacía. Ahora a Milán no le pienso comprar un solo caramelo. Le haré chupar zanahorias y apios». Y Chiara está de acuerdo con Lissy. Nadie te enseña a guardar la calma cuando eres una mamá por primera vez.


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Milán ya no le tiene miedo a los ladridos de Puma y Pukaro –el primero porque parece un puma diminuto y el otro porque semeja un torito de Pucará–. Por eso, ahora puede dormir tranquilo en su cuna redonda, la misma que idearon sus padres: Horacio Goitre es el arquitecto y Chiara es la diseñadora, quien también le hizo las sábanas con diseños y tejidos de lana con motivos blancos y negros. En su cuarto, sobre una repisa se coloca el set de operaciones donde le cambian los pañales, tiene cruces andinas, artesanías de Puerto Miguel –una comunidad amazónica por donde pasa El Delfín– que parecen juguetes y un sol del artista danés Olafur Eliasson que se carga con luz solar.

Hace una semana, Milán no lucía así, tranquilo y plácido en su cuna que parece un huevo expandible. Había reaccionado mal a una vacuna, le sobrevino fiebre y tuvo un pequeño moretón al lado de la inyección. Chiara estaba sola y angustiada: era la primera vez que lo veía así, llorando de dolor. ‘Miedo’. La palabra apareció de vuelta en su cabeza. «Antes me encantaba la adrenalina y no tenía miedo a que me pase algo. Pero, de pronto, adquieres la fragilidad de esa personita que depende de ti», dice Chiara.
Dar a luz es dar forma. «Vivir al máximo la maternidad hace que saques toda tu energía de creación para tener un hijo. Antes había creado otras cosas, pero esto es alucinante. Hacerlo crecer, alimentarlo, es un capacidad animal, salvaje, de hembra», dice Chiara Macchiavello, una mamá primeriza que no entiende cosas como depresión postparto. El día que nació Milán, su felicidad era la prenda que mejor le quedaba.

Chiara Macchiavello lee el Manuscrito de Huarochirí –un relato sobre el proceso de extirpación de idolatrías a inicios de la Colonia(1)– como inspiración para su próxima colección. Para ella, la moda ya no es una segunda piel, se trata más bien de un escudo. Escudo también es el nombre de la línea de ropa que va a lanzar a mediados de este año.

Todo el concepto de marca derivó en el nombre: Escudo. Como pieza de protección en la guerra, el vestuario es un escudo que te hace sentir seguro. Salir vestido es protegerse. También existe la noción de escudo como blasón, como símbolo de identidad familiar. En su colección aparece esa mezcla de íconos de la religión pagana de los pueblos serranos y de la religión católica con la llegada de los españoles. Producto de ese choque surge una nueva creencia, con fiestas y vestuarios creados a partir de esa fusión. «Hay miles de Paucartambos y Candelarias en varios otros pueblitos. Así como las procesiones de distintas vírgenes y patrones, la aparición de milagritos y cruces. No me voy a enfocar en solo uno», dice la diseñadora que conoció el Perú andino cuando regresó de estudiar en Londres por seis años.

Una mamá también protege. Por eso, Escudo es la primera línea de otra de sus últimas creaciones, la Casa Macchiavello de Diseño. Es una empresa, no es una línea de ropa que solo busca la estética. Va a tener un showroom, un área que realiza diseño personalizado [por ejemplo, los vestidos de novia], un espacio para la exhibición de piezas de arte y una boutique. «Si antes pensaba que podía hacer varias cosas a la vez, ahora pienso que puedo hacer un montón más», dice la diseñadora que también se va a encargar del vestuario de un guión adaptado de Rapunzel que tiene de protagonista a la Dama de Cao. «Es una propuesta parecida a la del Circo del Sol», dice Chiara. Ahora tiene un nuevo impulso para crear.

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EPÍLOGO

Hace tres años, Chiara Macchiavello se vistió con polleras de colores y se calzó botas como de punk en Gamarra, para una sesión fotos de esta revista. Era una embajadora del diseño en el emporio textil de la ciudad. Entonces Milán no era su hijo, sino una meca de las grandes marcas de ropa y el anhelo de varios creadores a nivel mundial. Es una ciudad a trece horas de Londres, la capital donde estudió y expuso su primera colección.

Hoy Milán es su hijo de cuatro meses y el motivo para despejar sus miedos. Es también la razón por la que se ha embarcado en un proyecto empresarial, la excusa para permanecer seis meses alejada de su taller, el desvelo de noches interminables en las que le daba de lactar, las ganas de crear y demostrarle que los sueños se pueden realizar.

Milán es también el miedo instalado en ella. Como el fin de semana que se la pasó zambullido en fiebre o la primera vez que se atoró con su propia saliva.

Milán es un nuevo descubrimiento en la relación con su mamá.

Milán es el fruto de su matrimonio.

Su mejor creación.

Pero Milán no tenía ni siquiera un gorro creado por su mamá diseñadora. Lo había olvidado. Incluso había leído un libro sobre meditación en el embarazo y descargó una aplicación en su iPhone, Baby Center, donde había ingresado la fecha de nacimiento de Milán y le enviaban semanalmente una lista de sugerencias y consejos personalizados de acuerdo al crecimiento del bebé y al tipo de madre que era [una breastfeeding and pumping working mom].

Cuando se dio cuenta de esa omisión, emprendió el proyecto con el mismo entusiasmo y rigor con que realiza sus trabajos. Le iba a hacer un enterizo completamente bordado y un chullo tejido, de esos que tapan incluso las orejas. Había planeado hasta los dibujos de los bordados: dos llamas pequeñas en los pies hechas con algodón Pima orgánico.

Por fin, Milán tendrá un Macchiavello original.

(1). Se trata de un inventario que los primeros conquistadores hicieron sobre los altares y centros de culto, vistos como paganos desde la religión católica, que existían en el valle de Lima durante el incanato.