Carolina Cano

Una incursión urbana a la nostalgia

Escribe: Manolo Bonilla / Una sesión de fotos de Miranda&Arrué
Ha interpretado a mujeres frívolas, sensuales y engreídas en la tele y en películas, pero también hizo de La Sirenita en un teatro con pocos niños. De niña bailaba ballet y de adolescente, Axe Bahia. Participó en una exitosa telenovela pero pidió un préstamo al banco para comprarse un carro y no se lo dieron. Carolina Cano es rubia, tiene ojos claros, barrio y amigos entrañables que conoció en Lince cuando vivía allí. La amistad se puede encontrar en la estación de cualquier tren. O en la banca de un parque.

–En Aura, iba a ser la pituca. Nuevamente. Pero ya no más. Entonces soy la chica de clase media baja. En el cumpleaños infantil, soy una niña. En la pollada, soy una más achori. En la otra, soy una ruquita. Son ocho fiestas en una sola obra.

Carolina Cano describe los personajes que ensaya de noche en el Museo de Arte de Lima para una próxima obra de teatro. Se trata de una pieza de ficción llamada Madrugada que dirige Diego López Francia. «No es una historia de amor, es de ilusión», corrige Cano.

Pero en ese primer año en Lince, Carolina Cano era La Sirenita en un teatro casi vacío en la Feria del Hogar. Todavía no era la actriz que haría Un día sin sexo ni actuaba aún de Viviana en Esta Sociedad. Todavía no era la que llamaban para papeles pitucos. «Es nuestro estigma. A mí también me ha pasado con ese tipo de personajes. A Ivonne, mi hermana, le pasó lo mismo­ –cuenta Patricia Frayssinet, la madre de Carolina, esa mañana en la cafetería–. Por el tipo que tenemos nos dan papel de pitucas, sobre todo para televisión y sobre todo, en Lima. Pero no hemos sido pitucos. Ojalá lo hubiéramos sido un poquito».

«Yo puedo justificar que uno tenga los carros, los viajes, si eres feliz así, cómprate todo lo que quieras. Pero yo no he tenido nada de eso. En mis personajes, he tenido todo. Es estúpido porque sé que tengo imagen de pituca, pero no es mi culpa», dice Carolina Cano en un departamento sin café para pasar. Cuando protagonizó, junto con Bruno Ascenzo, Anahí de Cárdenas y Jason Day, las dos temporadas de Esta Sociedad aparecieron críticas en medios que acusaban a la serie de racista, porque recreaba “un mundo superficial de blancos”. Cuando la actriz ayacuchana Magaly Solier protagonizó Madeinusa, otras voces acusaron a Claudia Llosa, la directora de la película, de tener una visión racista y retrógrada del Ande en el país. Ese tipo de discusiones y debates saturan a Carolina Cano. «No es culpa de los actores, en la serie lo que hacíamos era caracterizar a la gente que es un poco ridícula. En una escena, iba a la playa y sacaba un mapa de Miami porque era el único que mi personaje podía leer. O sea, imagínate».

Durante muchos años Lorena Tudela Loveday, el personaje creado por Rafo León que aparece en una columna de la revista Caretas cada semana, fue el estereotipo de esa pituca ridícula. La china Tudela era una señora regia que tenía una muletilla: darling. Su autor disfrazaba de esa manera una crítica costumbrista y solapada a las maneras de la clase alta en Lima. «Conozco también ese perfil de gente y son bellísimas personas que colaboran con una ONG y lo hacen con todo el corazón del mundo. Pero pienso que algo más tienes que buscar. ¿Qué más? ¿Eso te alimenta? Bien. Pero haz algo más, desarróllate como persona, como mujer. Seríamos mucho más felices de hacer lo que quisiéramos si no tuviéramos la necesidad de hacer dinero», dice Carolina Cano, la actriz que si pudiera pagaría por seguir actuando. Para ella, su trabajo es como ir a un club y si tiene que levantarse a la seis de la mañana para los ensayos, lo hace feliz. «He decidido vivir de esto, no con lujos pero sí con lo que es justo. Porque durante un tiempo tuve que chambear en la vida real».
–¿La actuación no es la vida real?
–Ahora sí, ya lo decidí con cabeza fría. Pero en ese entonces no. Veía como la pasábamos en mi casa donde todos eran actores y no podían planear absolutamente nada. Como esas temporadas donde simplemente no tienes trabajo y te amilanas ante eso. Yo no quiero eso. No poder irte de viaje. Que tus tiempos no sean tuyos. Me llamaban y me desllamaban en las audiciones. ¿Por qué pasa esto?, me preguntaba. Hasta que decidí no, mejor no. Centrémonos en la vida real, me dije.

La vida real de Carolina Cano transcurrió en tres años en los que se retiró de los escenarios, engordó cinco kilos y dejó de aparecer en las portadas de revistas. Tuvo su propia productora después de acabar de estudiar Comunicación Audiovisual en la Toulouse Lautrec. Pero fue el grito de rebeldía de una actriz. «Estaba decepcionada del mundo de la actuación porque no me salía nada importante, nada interesante, nada que me motivara».
Pero no hizo un drama de eso.

Los dramas reales tampoco existieron el parque Novoa en Lince durante los años que estuvo ahí cada tarde después del colegio. O no duraron tanto. Óscar dijo que estaban desencantados de la vida. Mientras crecían entendieron que la amistad consistía en darle vuelta a los problemas: parodiarlos para luego reírte de ellos. Para Carolina Cano, la amistad es saber estar ahí, en ese parque donde se encontraron.