Carolina Cano

Una incursión urbana a la nostalgia

Escribe: Manolo Bonilla / Una sesión de fotos de Miranda&Arrué
Ha interpretado a mujeres frívolas, sensuales y engreídas en la tele y en películas, pero también hizo de La Sirenita en un teatro con pocos niños. De niña bailaba ballet y de adolescente, Axe Bahia. Participó en una exitosa telenovela pero pidió un préstamo al banco para comprarse un carro y no se lo dieron. Carolina Cano es rubia, tiene ojos claros, barrio y amigos entrañables que conoció en Lince cuando vivía allí. La amistad se puede encontrar en la estación de cualquier tren. O en la banca de un parque.

Carolina Cano vive en el barrio donde vivió Mario Vargas Llosa. Por las calles Diego Ferré, Ocharán y Porta en Miraflores. Aunque todavía no ha leído al Nobel, piensa comenzar con Las travesuras de la niña mala. Jimena Benavides, su personaje en la telenovela Ana Cristina, también es una niña mala, además de engreída y pituca. «Soy así en las pantallas porque tengo el pelo rubio nada más», explica Carolina Cano. La palabra «pituca» según Julio Hevia, autor del diccionario de jerga y peruanismos Habla Jugador, denota «estiramiento» pero con una carga social que tiene que ver con petulancia, soberbia, distanciamiento y aroma. «Porque la contraposición de un pituco, alguien que huele muy bien, es un apestado».

Pero Cano, la actriz, no es pituca. O al menos no se siente así. Aclara su pelo en la peluquería y tiene ojos claros. No es fashionista ni lleva maquillaje en el bolso, salvo una cucharita de acero inoxidable para «hacerse las pestañas». Se vistió durante mucho tiempo con buzos y polos. Hoy lleva un bividí negro y un short de jean en el sofá de su departamento de paredes desnudas. «No he decorado nada. No soy detallista. Nos han regalado ese cuadro y los cojines los compramos para darle algo de color. La alfombra es de Karina, mi roommate. Soy hombrecito a veces, lo sé», se excusa Carolina Cano. Dice que es monse y solo ha tenido tres enamorados. Practicó ballet por seis años, puede tomar cuatro tazas de café en dos horas y comer un chocolate todos los días. Cuando no tiene mucho qué hacer procura alargar los días, entonces se despierta temprano y da vueltas en la cama para desayunar más tarde, para bañarse más tarde, para almorzar más tarde. Y así hasta que llega la hora de ensayar porque sobre las tablas es disciplinada. Fue tímida hasta los once años cuando una profesora de ballet la humilló en público por llegar tarde a su primera clase. Salió enfurecida y con la cara roja.

Hoy, recuerda que entonces juró que no iba a soportar ningún trato parecido. «Eso fue determinante porque lo cambió todo. No quiso estudiar más y me cuadró», recuerda Patricia Frayssinnet, su madre, de quien heredó la nariz y los ojos. Una mañana llegó a una cafetería, cerca de su casa, para recordar el arco que tenían los pies Carolina. Por eso entró segunda a la escuela de ballet. «Pero me di cuenta que era un arte muy fuerte. Cuando le tocaba pararse de pies le salía sangre de los deditos. Ese día entendí que Caro no quería seguir haciéndolo», recuerda Patricia.

Desde entonces se volvió rebelde y respondona. Con todos. Con su papá, el actor Carlos Cano, que todavía sueña con una hija bailarina de ballet. Con su hermano Alonso, acróbata de La Tarumba, con quien peleaba por adueñarse del control remoto del televisor. Con sus profesoras en el Mater Purísima. «Una vez me llamó la maestra de Religión porque Caro la había dejado mal parada frente a todos. La había cuestionado y puso a todo el salón en su contra. Me llamó indignada», dice Patricia, la madre entonces incrédula de las travesuras de Cano en el colegio.
Pero esta mañana, en su sala en Miraflores, luce calmada. Solo es una chica de 26 años que vive hace uno con su mejor amiga, que hoy tiene flojera y que reniega porque el café para pasar se acabó. Cano renegó también cuando tuvo que mudarse a Lince, el barrio vecino de San Isidro, donde vivió durante casi diez años y donde conocería a sus amigos del Novoa Park.