Christian Bendayán

Un bar de travestis en Iquitos y un pintor que la selva no devoró

Escribe. Manolo Bonilla // Foto. Alonso Molina
¿Sobrevivir en la selva es suficiente para ser un artista?

UNO

La Jarra no se llamaba así. Pero eso no lo sabía aún Bendayán. En el verano del año 2000, la sexualidad en Iquitos fascinaba al pintor. Las travestis aún no eran frecuentes en las calles. Desde niño había respirado sensualidad enla ciudad. Habíavisto a gente que se baña al aire libre; asomaba la cabeza por la ventana y veía a sus vecinas desnudas; sus amigos de primer grado de primaria hablaban de sexo. La sexualidad estaba hasta en la naturaleza: los árboles y plantas en forma de órganos sexuales. «De niño no sé si dibujaba travestis, pero de hecho eran medio travestis mis personajes, porque dibujaba a Bugs Bunny, y Bugs Bunny es travesti», diría sobre El Paraíso del Diablo, su última exposición, muchos años después. Pero aquel verano siempre andaba en busca de escenografías nuevas.

Y La Jarra lo iba a marcar de por vida.

Al inicio, solo era un rumor que los pirañas pronunciaban. Un gesto que los borrachos hacían empinando los dedos enla madrugada. Un código secreto. Un cuento más dela selva. Un mito.

Bendayán tenía 27 años y curiosidad. Y esa noche le pidió a un motocarrista que lo lleve. Quedaba casi en las afueras de la ciudad, camino al aeropuerto. Su nombre original era Dreicots. Un letrero en la puerta, hecho con espejos rotos, así lo decía. Le llamaban La Jarra porque vendían un trago barato y vertiginoso: la cola de mono. «Era un coctel de algarrobina aguada con leche, mucho dulce y mucho aguardiente», dice Bendayán. Costaba cinco soles la jarra. Y eso bastaba. Una familia estaba a cargo de la atención: la abuela, el Gato y la Rosita –que eran una pareja de esposos–, Axe, la travesti, y una niña. La Jarra era un local rústico de madera, con algunos cuadros fosforescentes. En uno, un hombre sale desde una tumba abierta en un cementerio, volando desdela tierra. Como en el Swan Song, el símbolo de la disquera de Led Zeppelin. No tenían ventiladores. Era un horno. «Cuando nos moríamos de calor, pasaba la abuela con un abanico de paja gigante. Te echaba aire, pero con una colonia. Horrible. Olía a bulín», recuerda Bendayán.

Esa primera vez, La Jarra estaba llena de adolescentes. «Esta es una discoteca cualquiera», pensó. Pero, de pronto, a la una de la mañana, empezaron a llegar las travestis.

DOS

Es uno de los primeros sábados de invierno en Miraflores y el patio de su departamento ha recibido la garúa de la noche anterior. Sus zapatos parecen hechos con escamas de paiche, pero los compró en Brasil. Su camisa de flores parece una guayabera psicodélica de Iquitos, pero la consiguió en una tienda de diseñador en Florencia. «El mal gusto está en todos lados», dice Christian Bendayán, el artista que conjuró la selva en sus pinturas. Pero hoy es un día familiar. Ha bañado a Nazareno, su hijo de tres años, luego de cuatro días de resfrío sin tocar el agua. Después recibirá a su asistente, a su cuñado y a Lala, su esposa, que llegó con un maestro carpintero. Quieren remodelar sus muebles: quitarle los ribetes, que el respaldar ahora sea cuadrangular y ensanchar tres centímetros el brazo. Tres. No cuatro. Bendayán es un maniático del espacio. Para el artista que organizó su muestra El paraíso del diablo en febrero, que curó La Noche en Blanco, instalación a cielo abierto que convocó a más de 200 mil asistentes en Lima y recorrió el festival ArteBA de Buenos Aires en mayo, cada detalle es importante.

En la sala hay una foto enorme con un niño que sostiene un flotador de Bob Esponja enla playa Agua Dulce, en Chorrillos. Nazareno pasa delante de la imagen del dibujo amarillo y no se detiene a verla. Esta mañana la dulzura de un chocolate Lindt con ají ha detonado los recuerdos de Bendayán en Iquitos, la capital de Loreto, a la que se llega solo en avión. O recorriendo los ríos durante días.

De niño, Bendayán vivió en el límite entre Belén y la ciudad de Iquitos, donde las lluvias lo inundan todo. Las garúas limeñas son cosquillas frente a los diluvios amazónicos. Cada seis meses, los ríos se convierten en serpientes que se mueven y cambian de lugar. Y eso lo sabe Bendayán. Hoy el río Amazonas ya no pasa porla ciudad. Perocuando tenía catorce años Bendayán sí jugaba en el río más caudaloso del mundo. Quería cruzarlo a nado con su grupo de amigos. Cinco años después, borracho en una madrugada, lo intentaría. Lo acompañaba un amigo. Cogieron madera balsa y empezaron a nadar. Cuando les regresó la lucidez, se dieron cuenta de que les faltaba mucho. Era imposible cruzarlo. Esa fue, digamos, su primera derrota ante la selva.

Pero no fue el único.

Carlos Fermín Fitzcarrald López, el más grande cauchero peruano de fines del siglo XIX, fracasó en su intento de unir las cuencas de dos ríos a través de un ferrocarril. Buscaba una ruta directa para el comercio.

Roger Casement, el cónsul británico enviado al Putumayo, fracasó en su intento de denunciar los abusos contra los indígenas durante la explotación del caucho en 1910. Quiso evitar los horrores del colonialismo.

Werner Herzog, el director alemán, llevó un diario de grabación que titulóLa Conquista de loInútil mientras filmaba la vida de Fitzcarrald López. Quiso retratar la impotencia humana.

Fernando Belaúnde, el presidente del Perú, solo esbozó el trazo inicial dela carretera Marginal, en 1963, que todavía no se concluye. Quiso unir la selva con el resto del país.

Beto Ortiz, el periodista perdido en su selva, inauguró una discoteca en Iquitos. Quiso hacer dinero y retirarse, pero quedó en bancarrota.

Todos fracasaron.

Como si la selva tuviera una muralla verde inconquistable. «No puedes hacer nada. La selva es tan grande en cuanto a historias, a personajes, que te absorbe. Y es tan corrupta, en su naturaleza misma, que no respeta nada. Todo muere, todo se invade. Cuando la tienes delante, es imposible domarla», dice Bendayán, que también leyó esa fascinación en el diario de Herzog. «La selva es infranqueable, siempre ha sido un espacio difícil de entrar y de salir. La gente va a explotar y sacar las cosas. Pero nada regresa».

–Pero saliste tú.

–Sí, pero muchos salieron con la cabeza reducida[1].