Andrea Llosa

Retrato de una diseñadora que ama el movimiento

Escribe: Rebeca Vaisman / Foto: Gustavo Arrué / Dirección de arte: Mr. Coco
Cuando diseña piensa en una mujer segura, fuerte y cool. Ella nunca ha tenido miedo de moverse, de cambiar, de empezar de cero. Andrea Llosa conoce de mujeres audaces, porque su familia está llena de ellas. Pero ahora que ya es madre, y que pronto dará a luz a una nueva colección, se permite ciertos miedos. Para la Mejor Diseñadora Peruana de 2012 superarlos la llevará a otro lugar. A uno donde todavía no ha estado.
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La puerta de la casa se abre. La voz de Andrea Llosa saluda de pronto y guía los pasos hasta una sala de estar pequeña y luminosa. Ahí está ella. Su doctor le ha advertido que en cualquier momento dará a luz. La diseñadora ya no puede trajinar mucho y camina lo menos posible. Diseña lo que le falta de la nueva colección desde su cama. Ahora se ha acomodado en el sofá blanco, sobre el que resalta el vestido corto y azul que lleva. Sentada, espera a que la entrevista inicie. Esta no debería ser muy larga: tras casi nueve meses, tanto su primer hijo como ella están impacientes en estos días de enero.

No tiene problemas en referirse a su cansancio emocional y físico, ni al reto que representó crear durante su embarazo. Ha sido difícil, dice. Como regalo amoroso, dejaba que sus energías fuesen consumidas por su hijo. A veces fue imposible concentrarse. Pero está contenta: está a punto de conocer a su bebé [de hecho, al cierre de esta historia, Andrea dio a luz a un niño, al que ha llamado Ricardo], y verá terminada la colección Otoño-Invierno 2013. Aún no puede revelar el concepto, pero sí la inspiración tras su colorido: todo gira alrededor del verde y a sus varias tonalidades conseguidas a través del terciopelo, la seda viscosa y el jackard. Mezclando texturas y tejidos, muchas veces tuvo que empezar a diseñar sin sentirse creativa e ir persiguiendo a la inspiración con su trabajo.

Cada cierto tiempo, Andrea Llosa se acomoda con una mano el pelo largo, abundante y castaño, hacia a un lado. Sus ojos grandes se abren aún más, prestando atención. Habla con rapidez. Sus rasgos de mujer guapa son vitales y definidos. Generan ángulos, revelan fuerza. Como sus trazos. Son expresión de carácter.
Los últimos meses, sus diseños han reflexionado sobre el poder de la silueta femenina mientras ella ha sentido a su propio cuerpo cambiar. Quizá ha sido la primera vez que ha sentido en carne propia esa necesidad de transformación que todo creador intuye.

Cuando Andrea Llosa apareció en la escena de la moda local, a inicios de 2011, sorprendió su visión de una sensualidad que no pasaba por siluetas ceñidas y escotes profundos en el pecho. Sus líneas geométricas y holgadas vestían otra forma de ser sexy, más interesante. Revelaban otra piel: espaldas bajas, muslos entrevistos, transparencias. La fuerza del paso de una mujer vestida con pantalones bombacho. Desde un comienzo, Andrea Llosa fue cool.

En el último LIF Week, en octubre de 2012, pudimos encontrar siluetas algo más convencionales. Pero incluso con un ligero cambio en la forma, la estética geométrica y limpia de Llosa era reconocible. Su desfile fue uno de los más elogiados de la semana de la moda limeña.

Aunque formalmente explore distintas opciones, el espíritu de las piezas –su onda– es el mismo. «Yo quiero lograr un look fuerte. No pienso en esa mujer que entra a una fiesta y atrae por su sensualidad; pienso en aquella cuya personalidad y estilo es lo que jala la vista, más que su cuerpo».

Después de todo, un cuerpo –como la vida– se transforma. Y, a veces, se doblega.


Andrea Llosa nunca le tuvo miedo al cambio. Sus padres la empujaron a ella y a sus dos hermanas a explorar. A vivir fuera. A ser mujeres en movimiento. Andrea quiso seguir ese ritmo.

Se había graduado de Administración en la Universidad de Lima en 2002, a los veintidós años. Con ese apoyo familiar, Andrea se detuvo a pensar qué era lo que quería hacer. Las opciones eran mucho más amplias que cuando tenía diecisiete y acababa de salir del colegio. Era inicios de 2003. Andrea había sido admitida en un máster en Marketing de Moda en Londres que iniciaba en octubre de ese mismo año. Su hermana, la cineasta Claudia Llosa, vivía en Barcelona por esa época, así que Andrea decidió irse a Europa seis meses antes de que se inicien sus clases para pasar un tiempo en la ciudad catalana. Al tercer mes se le acabó el dinero. Trabajó en el área de marketing de una de las marcas del Grupo Zara. Pero solo estaba pendiente del departamento de diseño. «Quiero estar ahí», recuerda que decía para sí misma. Entonces, decidida a seguir su impulso, abandonó el programa de Londres e ingresó a la Escuela Felicidad Duce, en Barcelona. Estaba lista para volver a empezar una carrera. Quería ser diseñadora de modas.

«La mayoría de gente tenía diecisiete años; yo tenía veintitrés y ya había trabajado», cuenta Andrea Llosa, acomodándose el pelo con una maniobra veloz. «Ya sabía lo que quería. Qué era importante y qué no».

Cuatro años más tarde, Andrea presentó su proyecto de final de carrera. Con este no solo se graduó segunda de su promoción de cuarenta diseñadores, también obtuvo el segundo lugar en el concurso Mittelmoda de Italia. Pero el mayor reconocimiento, y el que resultó ser decisivo para su carrera, fue otro: la peruana fue una de los diez diseñadores elegidos por el gobierno de Cataluña para recibir el premio del Proyecto Bressol. Andrea Llosa tendría un sueldo mensual durante tres años, asesoría financiera y de marketing, una oficina a su disposición y el apoyo del gobierno para viajar a ferias y participar en showrooms. El premio era ayudarla a crear e iniciar su marca. Pero le pedían logros, fechas y ninguna excusa. Si Andrea no cumplía, perdería inmediatamente todo. Antes de ganar, ella sabía que quería poner su propia marca. Nunca imaginó que el momento llegaría tan pronto. Suponía que debía hacer otras cosas antes, pero la decisión debía tomarse: «Me lanzaba en ese momento o perdía la oportunidad», cuenta Andrea.

Y no quiso perderla.

Perder no va con su temperamento.

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Gracias a sus estudios anteriores ya sabía hacer un business plan. Los otros ganadores probablemente eran maravillosos diseñadores que nunca habían hecho un presupuesto. Ella se aferró a esa ventaja.

Los primeros dos años de su marca fueron duros. Tenía poco tiempo y menos dinero. Su logo lo diseñó un amigo mexicano, de la escuela. Alquilaba un departamento de tres habitaciones y subarrendaba dos; de lunes a viernes trabajaba en la oficina que se le había asignado y los fines de semana lo hacía en su casa. «Trabajaba como loca: cosía, cortaba, mandaba a hacer cada pieza, le ponía precio», recuerda la diseñadora. Para el año 2009, había conseguido un agente en Londres que vendía su ropa allá Él la ayudó a encontrar un cliente en Arabia Saudita. Ella misma traía piezas a Lima y las colocaba en una tienda, o las vendía de forma personal. Su ropa estuvo en una tienda multimarca en las afueras de Barcelona y en los showrooms que el gobierno de Cataluña organizaba. Andrea viajaba a ferias como la Rendez Vous en París, y ella misma vendía sus colecciones. «Tienes que estar completamente convencido de lo que quieres para no agobiarte ante esa presión», dice Llosa, sobre sus agitados inicios.

Claro que estaba segura. Pero no pudo evitar el cansancio. O el bajón emocional de saberse agotada y lejos. Era en esos momentos cuando más agradecía tener a su hermana Claudia con ella.

Andrea nunca le ha tenido miedo al cambio o al movimiento.

Pero siempre ha querido a su familia cerca.


A fines de los años ochenta, Yves Saint Laurent fue ingresado con delirium tremens en un hospital psiquiátrico. Sumido en una profunda depresión, su obsesión era el triunfo: probablemente, hacía mucho que esa palabra había perdido sentido real para él. Desde Yves, el primer gran diseñador mediático, creación, obsesión y excentricidad han sido usuales en la pasarela. Es conocido que Karl Lagerfield suele ser insufrible con quienes trabajan a su alrededor, excepto con su gata siamesa. El joven y talentoso Alexander McQueen solía recluirse en un tormentoso mundo interior hasta que su obsesiva genialidad lo mató.

Andrea Llosa, a diferencia de otros dedicados a la moda, no comparte esa obsesión enfermiza por su carrera. Tiene claro que su trabajo, aunque le encante, es eso: su trabajo. Su familia y sus afectos ocupan otro lugar en su vida. Andrea sabe lo que quiere y cómo lo quiere.

Cuando volvió al Perú, a finales de 2010, su hermana mayor, Claudia, ya había estrenado su primera película, Madeinusa. Y también había conseguido una nominación al Óscar por La teta asustada. A la ceremonia en Los Ángeles, la directora llevó un vestido diseñado por su hermana.

Claudia había emigrado cuatro años antes. Aunque nunca vivieron juntas en Barcelona, estar ambas en esa ciudad nueva para Andrea fue un apoyo fundamental. Mientras sus compañeros, estudiantes de distintos lados del mundo, pasaban los domingos frente a la pantalla de la laptop y conectados a Skype, Andrea Llosa almorzaba con su hermana. Para ella, aun más especial que el inicio de su marca y de su proceso creativo fue compartir con Claudia años tan importantes.

En 2008, el que sería su último año completo en Barcelona, conoció a Ricardo Cillóniz, su actual esposo, un ingeniero que trabajaba en una empresa de consultorías en Londres. Andrea se mudó y pasó un año viajando: de lunes a jueves estaba en Madrid, donde fue convocada para ser directora creativa de la marca española Lavand; y los fines de semana los pasaba en Londres con Ricardo, yendo a conciertos, obras de teatro y paseando. Con Lavand viajó dos veces a China para buscar telas, estampados y mandar a hacer la ropa.

Entre oficinas, aeropuertos y ciudades mantuvo su propia marca de ropa: continuó diseñando para ella, sacando nuevas piezas de Andrea Llosa al mercado y vendiéndolas. Solo se detuvo durante seis meses. Los seis meses que se dedicó a viajar con su novio después de haber hecho maletas [muchas] y de haber cerrado definitivamente su departamento en Londres. Los seis meses previos a su regreso a Perú.


Andrea Llosa volvió a Lima a fines de 2010 y alquiló una tienda en Barranco, donde ocurre gran parte de la vida cultural de Lima. Meses después, en 2011, presentó en nuestra capital su primera colección hecha limeña, y lo hizo con un desfile. «Fue una locura, pero era la mejor manera de inaugurar mi tienda y mi vida en Lima», cuenta.
En Barranco [distrito limeño que le encanta «por su onda»] se quedó un año y medio, hasta julio de 2012. Desde entonces tiene su taller y tienda en la avenida La Mar, en Miraflores. Ahora está más contenta: tiene más movimiento y espacio. Ya necesitaba crecer.

Ese mismo año, se casó.

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«Andrea siempre fue muy audaz y definida en sus gustos. Era estudiosa y esforzada desde muy pequeña. Nunca tuve que decirle anda a estudiar», recuerda su madre, Patricia Bueno. Notable artista visual y directora de arte de las dos películas de su hija Claudia, Patricia asegura que ese temperamento que siempre había tenido su hija menor fue el motivo por el cual no dudó en apoyar su decisión de estudiar diseño. «Sabíamos que no era un capricho, sino que estaba buscando algo que realmente la apasionara», dice.

Claro que, por más segura que sea, a veces Andrea Llosa se preocupa. Es natural en una mujer que va a ser madre por primera vez. Un día antes de esta entrevista, Claudia la llamó desde Barcelona. Andrea tuvo la suerte de estar allá cuando su hermana tuvo a su hijo, pudo vivir ese proceso. Ahora, a la distancia, se lamentaba por teléfono de no contar con esos meses de permiso por maternidad que sí tiene quien es empleada de una empresa. «Es verdad», le respondió Claudia. «Pero piensa que luego de esos meses tú, que trabajas para ti, puedes seguir manejando tu tiempo para estar con el bebe lo más posible». Andrea entendió. Pero, igual, se lamenta.

Voy a dar a luz ahorita, y estaré desaparecida de mi tienda máximo un mes», cuenta la diseñadora, buscando una posición más cómoda en el sofá. «Quisiera tener mucho tiempo para dedicarme solo a darle de lactar y a dormir», se ríe. Y luego repite: «Un mes. Qué poquito, ¿no? Pero, ¿qué se hace?».

Y si hay que retroceder al génesis de la visión sobre la vida de Andrea, se debe conocer a su madre. La influencia de Patricia Bueno en sus tres hijas es evidente: Patty, arquitecta; Claudia, cineasta; y Andrea, diseñadora. Esta última recuerda que su madre estaba siempre en el techo de la casa, rodeada de lienzos y pinturas. Pero lo admirable es que Bueno, quien había pintado siempre, pero no había estudiado, se animó finalmente a cursar la carrera de Arte. Lo hizo en Corriente Alterna mientras su hija mayor estudiaba en la universidad.

Si algo puede decirle a Andrea, la última de sus hijas en ser madre, sobre la creación [de un hijo, de una obra de arte], es que «tiene que saber balancear las dos cosas. Pero siempre priorizando el fortalecimiento del vínculo familiar, que al final repercutirá en cualquier faceta de su vida».

Quizá debido a las palabras de su madre, y a los consejos de sus hermanas, Andrea no se angustió ante los retos que presentó su embarazo de cara a su próxima colección. «Quería disfrutar esta etapa, así como he disfrutado mi carrera desde que empecé», asegura. Si amanecía un día con la creatividad nublada, Andrea no se hacía problemas: se iba a la tienda, analizaba precios, reordenaba y se encargaba de temas administrativos. Siempre está involucrada en los temas administrativos…

Aunque esta vez la experiencia ha sido distinta, por lo general, las primeras dos semanas de trabajo creativo en una nueva colección, Andrea Llosa suele quedarse en casa. Extiende sus telas sobre la mesa del comedor y trabaja. No tolera muchas distracciones durante esa etapa. Una vez superada, se la puede encontrar en su taller, en horario de oficina. La tienda le está dando un feedback que antes no tenía. Y le está enseñando a ir detrás de ese punto medio entre el gusto personal del cliente y sus propias convicciones estéticas.

Hace poco, el diario El Comercio le dio el premio Luces a la Mejor Diseñadora Peruana del año 2012.

Cuando se enteró de la nominación, le pidió a su mamá que votara por ella.