Alessandra Denegri

Ya no quiere ser una chica mala

Escribe. Manolo Bonilla // Foto. César Guerrero Erazo
Estas son sus últimas palabras antes de ingresar a un retiro. ¿Cómo interpretar el silencio de una actriz?

Esto fue lo que escuché.

-¿Cómo estás?

-Loca. ¿Y tú?

-Debemos estar locos porque AlmaZen está cerrado.

-Pero yo estoy adentro.

La dueña de la voz por teléfono entonces aparece en la puerta de vidrio. Ahí estaba, con un chaleco blanco, una polera con capucha y una vincha verde que sujetaba su pelo. Alessandra Denegri acaba de regresar de Santiago de Chile. Fue a firmar el contrato por su participación en la serie Prófugos, a visitar a Cristóbal, su novio también chileno, y a morirse de frío a 5 grados.

El frío le causa alergia y hace que se enronchen sus dedos. Antes estuvo en Nueva York con nieve y solo sus pulgares se salvaron. Cuando tirita tiene ataques de dulce y come mucho chocolate. Pero hoy estamos en un restaurante de comida orgánica artesanal, donde la música es anestesiante, los colores de las paredes son pasteles y la mayoría de los comensales tienen dreads o visten ropas holgadas como para hacer yoga. Pedimos dos pasteles de papa nativa. Y los dos, con quesos adicionales. Dos vasos con agua. La actriz que se considera una fanática del Twitter dijo en un tweet que no sabía empacar. Era un hecho. Viajaba por diez días a Chile pero llevaba ropa como para quedarse un mes. No sabe hacer maletas y eso favorece el azar. Porque se puede quedar en cualquier lugar. «Nunca he tenido anclas —dice Denegri—. No soy de las que viajan y extrañan. No he sido muy apegada a las cosas o a mis amigos. Incluso a mi familia. Es una frescura, porque se que los voy a tener siempre. Pero recién con el tiempo, he ido aprendiendo a darles esa importancia». Hace seis meses, la actriz de la mirada asesina vivía en Barranco con su mejor amiga, que conoce desde el colegio. Hoy ha vuelto a la casa de sus padres, donde se siente libre. «Quería conseguir un lugar en Lima, donde encontrar paz. Ese lugar es la casa de mis papás. Antes lo único que quería irme y ahora me encanta», dice Denegri y se abre la campera. En su polo turquesa aparece impreso un mensaje: tu envidia es mi progreso.

Ahora prefiere no cargar tanto equipaje.

Viajó sola a Cusco, a la selva y a Europa cuando tenía 22 años durante un mes. Cree que esos viajes, sin amigos, significaron perderle el miedo a lo inesperado. Sobre todo, si su profesión hoy es tan incierta. «Mi vida es una improvisación. Puedo hacer muchos planes pero a la hora de la hora, pasan otras cosas», dice Denegri, la actriz que dice tener miedo que no la llamen porque no es lo suficientemente talentosa o linda o flaca.

«Soy vulnerable en el escenario. No se expone un cuadro en la pared: es uno mismo el que está expuesto. Los actores, en general, somos muy frágiles. Podemos incorporar otras pieles. Pero primero tienes que desnudarte de la tuya: sin barreras, paradigmas o limitaciones. La actuación es amoral: no hay bueno, no hay malo. Cuando dejas de juzgar, todo se hace más real. Entendí eso en la actuación y ahora lo quiero en mi vida. Quiero aprender a estar sin fricciones, angustias. Aceptar mi presente sin decorarlo: las cosas como son».