Testigo de una gran historia

Fernando de Trazegnies

Por Manuel Eráusquin / Fotos de César Campos
Ganar en el terreno diplomático es como escalar una montaña: se necesita paciencia para resistir los momentos de dificultad y capacidad estratégica para saber cuándo avanzar sin riesgo de caer en el abismo. Fernando de Trazegnies –ex ministro de Relaciones Exteriores– lo sabe bien y recuerda, en su libro Testigo presencial, cómo se logró la paz con el Ecuador y la finalización de las controversias terrestres con Chile. Momentos históricos para el Perú. Ahora espera con calma la decisión de la Corte de La Haya por el diferendo marítimo con los vecinos del sur. Aconseja tranquilidad pase lo que pase.
trazegnies2

Su biblioteca impresiona y no solo por su tamaño. Posee libros de diversos géneros y épocas. También escudos y armaduras medievales que hablan de alguien conectado a nivel emocional con la historia. En este espacio, Fernando de Trazegnies reflexionaba sobre la paz con el Ecuador y las controversias pendientes con Chile. Pensamientos que atravesaban su mente cuando todavía eran sueños.

Aquellos fueron tiempos de mucha intensidad e incertidumbre, pero no fueron en vano. Los objetivos trazados se cumplieron y el ex ministro de Relaciones Exteriores deja su testimonio de aquellos años en el libro Testigo presencial [Fundación M.J. Bustamante de la Fuente, 2013], publicación que expone desde una mirada más personal los distintos desafíos que se superaron para llegar a buen puerto con nuestros vecinos.

Ilustre Caballero de la Orden de Malta, Fernando de Trazegnies considera que es importante mantener la calma sobre la decisión que tome la Corte de La Haya respecto del diferendo marítimo con Chile. Los apasionamientos no son sabios consejeros para ninguno de los dos países. Lo que se decida tiene que ser aceptado, y cada nación debe mirar el futuro con fe. Esa es la única consigna.

Al principio las conversaciones con los ecuatorianos fueron muy ásperas. ¿Cómo se fue dando el cambio de actitud en ellos?

La primera reunión que tuvimos con Ecuador en Brasilia fue pésima. Cada país presentaba sus posiciones a través de documentos y resultó ser algo muy áspero y duro. No existía una dinámica de conversación. Cada uno manifestaba lo que consideraba que era suyo y se acababa el asunto. De esa manera no íbamos a llegar a ninguna parte. La amistad entre los pueblos requiere bases comunes y que las personas que están persiguiendo ese objetivo tengan una relación fraterna entre ellas. Por eso empecé a tender puentes con los ecuatorianos y a tener una vinculación más amical. Eso fue clave dentro del proceso.

La delegación peruana tuvo un momento muy difícil cuando la Cancillería no aprobaba los términos de lo que sería la Declaración de Brasilia, acuerdo fundamental para las negociaciones de paz.

La Declaración de Brasilia era muy buena porque en entrelíneas ellos reconocían nuestro territorio y se estaban asentando las bases para lo que iba a venir en las negociaciones de paz. Sin embargo, al principio la Cancillería no estaba de acuerdo con los términos y no nos daba autorización para que se aprobara. Eduardo Ferrero Costa me pidió el documento para estudiarlo con sus asesores. La respuesta de Cancillería, que no firmó Eduardo Ferrero Costa, fue durísima. Nos dijeron que estábamos echando hacia atrás la posición del Perú, y prácticamente nos dijeron que éramos traidores a la patria. Esto a mi delegación de diplomáticos los dejó furiosos.

«El Perú y Chile tienen que aceptar lo que La Haya decida. Ambos países poseen muchos intereses; es fundamental seguir con los negocios»

Un tema en que el mismo Fujimori entró a tallar, ¿cierto?

Llamé al canciller para discutir el tema y no estaba en Torre Tagle; me dijeron que estaba en palacio. Lo llamo a palacio y me contesta un edecán. Luego escucho una voz que no era la de Eduardo Ferrero Costa, era la de Fujimori, cuya voz no reconocí. Me preguntó si la postura que tenía la compartía toda la delegación diplomática peruana, y le dije que sí, y ellos también dijeron un rotundo sí porque la conversación telefónica estaba en altavoz. Le expresé que con esa declaración salíamos adelante, abríamos una puerta para empezar a transitar. Me pidió tiempo para estudiar la propuesta, y horas más tarde la aprobó. Todos estuvimos muy contentos: peruanos y ecuatorianos. Pero quienes estaban más contentos eran los garantes, que vislumbraban una salida.

La entrega de un kilómetro cuadrado de Tiwinza a Ecuador resultó controversial en su momento. En ese sentido, el gobierno sostenía que era un gesto simbólico, un reconocimiento a los caídos de ambos lados.

En el caso del conflicto con Ecuador, de acuerdo a la práctica y al derecho internacional, no podíamos ceder ninguna parte de nuestro territorio; pero sí podíamos aceptar ciertos reconocimientos dentro de nuestro territorio. De esta manera , dado que en la zona de Tiwinza hay enterrados soldados ecuatorianos caídos en combate, llegamos al acuerdo de establecer ahí un cementerio de guerra ecuatoriano, al igual como existen cementerios de guerra ingleses y franceses en Alemania y alemanes en Francia. Eso no significa entregar territorio sino simplemente la propiedad del terreno, por lo que la soberanía y la jurisdicción del Perú en esa zona no resultan afectadas. Es así solamente una propiedad, con un motivo perfectamente legítimo para cualquier país que la recibe, como el de honrar a sus muertos caídos en guerra.

¿Qué pasaba por su mente cuando firmaba la paz con Ecuador como ministro de Relaciones Exteriores?

En principio nunca acepté esa importante responsabilidad porque deseaba ser parte de un hito histórico. Lo que deseaba era poder contribuir para que se consiga la paz entre nuestros pueblos, y era algo que sabía que se podía conseguir, y se logró. Eso sí me satisface. Y ese día, 26 de octubre de 1998, después de la firma, todo era euforia. Todos estaban felices de haber obtenido después de tantos años la solución definitiva. La paz era una realidad.

trazegnies1

¿Cómo fue el acercamiento con Chile para terminar la ejecución total del Tratado del 29, donde estaba pendiente nuestra presencia en el muelle de Arica con actividad comercial?

Luego de haber obtenido el permiso del presidente Fujimori para proceder con este tema, viajé a Kuala Lumpur, en Malasia. Esta travesía tenía por fin una reunión de la APEC, pero también la utilicé para acercarme al canciller chileno, José Miguel Insulza. Le dije que ambos países no podían estar sin resolver un tema del siglo XIX y que había que solucionar este asunto de una vez por todas. Al principio se mostró escéptico y me dijo que todos los intentos habían fracasado. Pero igual aceptó reunirse conmigo en su habitación de hotel. Conversamos y me enfatizó que el tema era muy complicado porque las discrepancias eran muy grandes.

¿Cuál era el temor principal de Chile?

El miedo de Chile era que el Perú colocara barcos de guerra y convirtiera la zona en un enclave peruano en territorio chileno. Le expliqué que eso no sería así. Que iba a ser un puerto comercial y no militar. Ese día acordamos para que cada uno nombrara una comisión y se reuniera. Las comisiones empezaron a conversar. En algunos momentos tuvieron dificultades, pero las superaron hasta que todo quedó listo. En marzo del 2000 fue emocionante ver la bandera peruana ondeando en el morro de Arica junto a la bandera chilena. Un logro importante en señal de amistad de ambas naciones.

Se aproxima el dictamen de la Corte de La Haya sobre el diferendo marítimo con Chile. ¿Qué percepción tiene sobre lo que pueda ocurrir?

Me parece que el tema de La Haya es complicado, nosotros tenemos razón pero también hay argumentos muy fuertes del lado de Chile. Lo que no me parece es el clima que se ha creado en ambos países, donde cada uno cree que va a ganar. Acá lo cierto es que uno perderá, o que La Haya sacará un poco para uno y un poquito para el otro. En esas condiciones, el Perú y Chile tienen que aceptar lo que La Haya decida. Ambos países poseen muchos intereses; es fundamental seguir con los negocios. Y si no nos va bien a nosotros, se puede tener tristeza pero no rencor.

Sin embargo, en el caso de Colombia con Nicaragua, los colombianos se resisten a aceptar el dictamen. En ese sentido, ¿Chile podría mostrarse reticente al fallo de la Corte de La Haya si no le satisface?

No, no creo que Chile desconozca el fallo de La Haya si le resulta inconveniente. Los dos países han insistido en evitar el triunfalismo, lo que significa aceptar una eventual pérdida. Por otra parte, la autoridad a nivel mundial del Tribunal de La Haya implica un respeto de todos los países. El caso de Colombia es muy distinto al del Perú y Chile. Además hay que tomar en cuenta que es una verdadera excepción –a mi juicio inconveniente– porque es la primera vez que se presenta una rebeldía de esta naturaleza en esta área de las relaciones internacionales.

Bolivia está buscando llevar a Chile a la Corte de La Haya para recuperar su salida al mar. ¿El Perú tiene algún rol importante como varios analistas bolivianos sostienen, o es un tema exclusivo de ellos?

El Perú no debe involucrarse en esa disputa que no es nuestra. El territorio que antes era boliviano y que ahora es chileno, que daba una salida al mar a Bolivia por Antofagasta, nunca fue peruano, y el Perú no tuvo nada que ver en este tema. Si Chile quiere dar una salida al mar a Bolivia por el territorio que antes era boliviano, el Perú no es parte de ello. El único problema se presenta si Chile quiere dar a Bolivia una salida al mar por territorio que antes fue peruano, como Arica, debido a que los tratados entre el Perú y Chile establecen que Chile no puede ceder esos terrenos sin el acuerdo del Perú. En realidad es muy prematuro tocar este tema y es conveniente remarcar que una vez que termine el caso de La Haya no hay ningún otro tema pendiente que sea materia de controversia entre nuestros dos países. Y no está bien involucrarnos en problemas ajenos.