Lecciones para cuidar un jardín

Por Manuel Eráusquin / Foto de Augusto Escribens
La depredación de la naturaleza, el agujero de la capa de ozono o el cambio climático no es un juego de niños. Nuestra relación con nuestro entorno ambiental va hacia direcciones riesgosas. Joaquín Leguía, de la Asociación para la Niñez y su Ambiente [Ania], ha realizado distintos proyectos ambientalistas en el Perú con niños. El hogar, la escuela y los espacios públicos son escenarios propicios para trabajar una mirada más afectuosa con el medio ambiente. La naturaleza –dice– siempre tiene algo que enseñarnos.
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Cuando era niño, Joaquín Leguía pasaba muchas horas jugando con su hermano en el jardín de su casa. Era un espacio amplio y cubierto por flores de colores y plantas de diversas especies. Allí él, sin saberlo, fue descubriendo su vocación. Aprovechó la posibilidad de ir a estudiar a Estados Unidos, y fue recibido en la Universidad de Cornell, donde siguió una carrera llamada Agricultura Internacional. Pero estudiar una maestría en Manejo Ambiental y una especialización en El Rol de la Niñez en el Desarrollo Sostenible en la Universidad de Yale fue decisivo para su vida. Ha trabajado el tema de la preservación ambiental en su ONG Ania desde el concepto de lo afectivo con los niños. Ahora prepara un proyecto denominado Población Ambientalmente Activa, una forma de comprometer al ciudadano a que ayude según sus posibilidades y sea socio del Estado con la finalidad de preservar el medio ambiente.

Esta iniciativa se desarrollará a nivel nacional y buscará reunir un millón de firmas de personas comprometidas con la preservación del medio ambiente. La idea es presentar este documento en la Conferencia de las Partes para el Cambio Climático [COP 20], el evento más importante sobre el cambio climático en el mundo, y que tendrá a Lima como sede en diciembre de este año. Presidentes, ministros y empresarios de 164 países estarán presentes. Joaquín Leguía, nieto del ex presidente Augusto B. Leguía, tiene fe en la llegada de buenos vientos.

¿Qué tipo de principios se deben considerar para preservar el medio ambiente?

Está bien que se necesite generar recursos, pero se debe tener en claro las potencialidades y limitaciones del planeta o de los recursos que pueda proveer sin causar una depredación. Saber hasta dónde llegar y cómo trabajar y cómo dirigir la tecnología sin poner en riesgo a la naturaleza. Esa idea de que la tecnología y el dinero solucionan los problemas es hasta cierto punto, porque la tecnología y el dinero solos no lo harán. Tiene que haber una orientación apropiada de esos recursos. Por eso su uso depende de nuestros valores y actitudes por la vida y la naturaleza. Y, según lo que he estudiado, esto se desarrolla entre los dos y once años de edad.

Los niños pueden generar cambios importantes en el futuro. ¿Crees que son bien orientados para que se relacionen y respeten a la naturaleza?

En las zonas urbanas hay cada vez menos espacios para que los niños se relacionen con la naturaleza y sean protagonistas de un cambio en el que crezca un afecto por la naturaleza y se la respete. Pero los espacios de tierra son desplazados en las escuelas por el cemento. Así, si se necesita una biblioteca o más aulas ocupan estos espacios. Lo paradójico está en que en esos lugares de cemento se enseña sobre medio ambiente, que podría ser una clase impartida en lo que podemos llamar un aula verde; donde puedan meter sus manos en la tierra y sembrar un árbol. Además, el tiempo que se destina en los colegios para que los niños desarrollen afecto por la naturaleza es disminuido por clases que enseñan a cómo mitigar desastres naturales.

En ese sentido, ¿te parece que se les empieza a sembrar un temor por la naturaleza?

Claro, porque en lugar de que el niño establezca una relación con la naturaleza desde la afectividad, se genera una actitud de ecofobia en vez de querer a la naturaleza. El problema acá está en que el niño empieza a ver a la naturaleza como una amenaza y no como un aliada. Entonces se produce un quiebre, algo que no debería ser así. Otro tema es la falta de coherencia, algo que veo en muchos programas de responsabilidad social destinados a preservar el medio ambiente. ¿Qué pasa cuando las personas regresan a sus casas después de esas campañas? No asumen un cambio genuino. En sus casas no se ve la transformación. Y digo esto porque el eje de la coherencia está en nuestro hogar.

¿De qué manera se inculca una actitud responsable por el medio ambiente a los niños?

Se desarrolla el respeto por el medio ambiente de una forma afectiva. Lo técnico es un medio, y el comprender la importancia del tema ambiental no resulta cuando te lo cuentan; lo tienes que vivir. Sin embargo, los niños que en el colegio realizan actividades de plantar árboles y desarrollar afecto por la naturaleza muchas veces experimentan que en sus casas a los padres no les interesan el reciclaje ni las plantas. Entonces no hay coherencia y se confunden.

Has desarrollado proyectos dentro y fuera de Lima. ¿Cómo los trabajan ustedes con los niños?

Hemos creado una metodología en la que el adulto entrega al niño, ya sea en su escuela u hogar, un espacio desde donde pueda demostrar su capacidad para aportar a su sociedad en la búsqueda de un cambio de mentalidad en relación con el medio ambiente. Nosotros hemos visto que cuando a los niños se les da la oportunidad, manifiestan actitudes increíbles y llevan adelante su proyecto de cuidado ambiental. Eso también inspira a otros a seguir ese camino. Y esta iniciativa que empezó en Madre de Dios ha ido creciendo y se encuentra en más de doce regiones del Perú. Además casi 25 mil niños participan en este proceso, y han aportado con más de dos millones y medio de metros cuadrados de áreas naturales desde sus hogares, escuelas y comunidades. Una perspectiva que aporta a la mejoría de nuestro país.

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¿Cuáles serían las ventajas para una persona que desarrolla una relación con la naturaleza?

El contacto con la naturaleza te genera una serie de valores muy importantes, como la empatía, la solidaridad, y te permite entender la interdependencia en la que vivimos, y te da la posibilidad de tener claridad de mente y escuchar a tu corazón. Suena romántico, pero hoy vivimos en contexto de caos, de bulla. Por eso cuando en los colegios quitan los aparatos electrónicos a los chicos, algunos sufren de ansiedad, y los papás también porque no pueden comunicarse. En ese sentido, las personas no tienen un lugar donde tranquilizarse y escucharse a sí mismas. Es decir, hacer un viaje interior. La naturaleza te permite hacer eso.

¿Has vivido una situación como la que describes de forma intensa?

Cuando viví en Madre de Dios para trabajar con algunas comunidades, todo el mundo se iba a dormir a las seis y media de la tarde. Yo entraba en mi mosquitero y no podía dormir y nada pasaba hasta las cinco de la mañana del día siguiente. Después me empecé a acostumbrar, y dormía desde las siete y media de la noche hasta las cinco y media de la mañana. Y eso es como diez horas; yo no dormía esa cantidad de tiempo desde que tenía cinco o seis años. Cuando empecé a dormir esa cantidad de horas, experimenté ciertos cambios internos interesantes. Comencé a identificar lo que me gustaba, lo que me molestaba y a saber lo que debía llevar a cabo. La naturaleza me permitió conectarme comigo mismo.

¿Cómo funciona el proyecto llamado Población Ambientalmente Activa?

Nosotros tenemos la meta este año de ayudar a promover un nuevo índice de desarrollo sostenible para el país llamado Población Ambientalmente Activa, la que se define como el segmento total de la población que de manera voluntaria desarrolla acciones a favor del medio ambiente en su hogar y con proyección para su comunidad. A través de esta meta buscamos movilizar a la sociedad civil y hacerle sentir que cada uno de nosotros podemos propiciar un cambio en nuestro país.

¿Parte de este proyecto también apunta a la reunión de la Conferencia de las Partes para el Cambio Climático [COP 20] en diciembre de este año en Lima?

La idea también es participar a fin de año en la conferencia. Nuestra meta es llegar con una carta firmada por más de un millón de personas de todas las edades y todas las partes del Perú para proponer al gobierno ser socios con ellos y aportar todo lo que podamos con el objetivo de preservar nuestro medio ambiente. Todo esto empezando desde nuestras casas, escuelas, centros laborales y los espacios públicos que
nos rodean.