La dama del color

Escribe: Adriana Seminario / Fotos: Macarena Tabja
La diseñadora española Agatha Ruiz de la Prada fue la invitada internacional en la cuarta edición del Lima Fashion Week. Lleva 31 años remeciendo las pasarelas con sus colores vibrantes, y ha hecho de los corazones y lunares su marca registrada. Madrid, Barcelona, París, Milán, Nueva York y Oporto son las ciudades que albergan sus tiendas exclusivas, además de las multimarca que tiene en más de 140 países. Se ha adentrado en los terrenos de perfumería, lencería, cosméticos, vajillas, bolsos, joyería, vestidos de novia, teléfonos móviles, lámparas y hasta velas de barcos. ¿Hasta donde pueden llegar sus dominios?

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Tercer día de la edición invierno del Lima Fashion Week ‘13. Las luces se apagan y el desfile de Ana María Guiulfo, una de las diseñadoras peruanas más reconocidas, está por comenzar. «Por favor, evite pisar la pasarela». Mientras este mensaje se repite por los altavoces de la sala y los asistentes hacen caso omiso, veo una figura alta y colorida moverse en la segunda fila al otro lado de la pasarela. El hombre sentado a mi lado le hace señas para que cruce y se siente en la primera fila, aunque no quede ni un asiento libre. «¡Agatha! ¡Pues, ven aquí, a primera fila!», la llama, con un marcado acento español. La mujer se saca los zapatos rápidamente y atraviesa la pasarela en puntas de pies. En un acto de prisa, él y yo nos acomodamos y logramos sentarnos los tres en dos asientos, intentando mantener la compostura requerida del front row. Llevo un vestido corto de cuero, con una cascada de trenzas del mismo material en la espalda, y es inevitable que Agatha Ruiz de la Prada, con el apuro, se siente sobre él. Se pone los zapatos y se levanta, disculpándose, pero la maraña de trenzas no termina de acomodarse nunca. La miro por segunda vez, así que se instala de nuevo y comenta de manera divertida: «Pues hombre, ¿¡qué es lo que lleváis puesto!?». No puedo evitar reírme y ella tampoco. Así como conocí a Agatha Ruiz de la Prada, la diseñadora española más importante a nivel internacional y 31 años de trayectoria en el mundo de la moda, un día antes de la entrevista que me había concedido.

Contrario a la imagen sobria y actitud monárquica que podría tenerse de la hija de dos aristócratas españoles, Agatha se muestra sencilla, ansiosa, desbordante de energía. No se pierde ni un solo detalle de la pasarela y mueve la cabeza para mirar al detalle cada salida del desfile, al tiempo que hace comentarios al hombre sentado a su lado derecho. La diseñadora española lleva un saco rosa chillón, pantis rojas, zapatos con líneas amarillas fosforescentes y una esfera dorada sobre la vincha que enmarca sus rizos rubios y definidos, de comercial. No lleva esmalte en las uñas. Tampoco anillos, ni pulseras. El color es el único accesorio que se permite.

Se trata de una diseñadora divertida, algo excéntrica y llena de color, pero lo cierto es que los méritos de Agatha son ampliamente reconocidos. Ha sido galardonada con el Premio CFDA [el Óscar de la moda] a La Estilista Internacional 2004, el Embajadoras de la Moda en el 2009 y el Women Together 2010. No por nada, luego de la presentación de Ana María Guiulfo, los diseños de Agatha serían los encargados de impactar la pasarela.
—¿Ya está todo listo para tu desfile? ¿Cómo te sientes en este momento?
—¡Pues, es que estoy histérica! —responde, encogiéndose de hombros como una niña inquieta. Es espontánea y no tiene pelos en la lengua. Me dice, por ejemplo, que está encantada con los zapatos, pero que la colección le parece un poco opaca y que esperaba ver más color. Así fue ella siempre. Y más desde los veintiún años, cuando presentó su primer desfile en Madrid, apenas graduada de la Escuela de Artes y Técnicas de la Moda.
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Corazones y lunares
Desde que Agatha Ruiz de la Prada y su equipo bajaron del avión para asistir al Lifweek, todo ocurrió en cámara rápida. El día después de su desfile salieron de su hotel a las once de la mañana y tenían planeado regresar a la medianoche. Entre diversas entrevistas, fotos, los conversatorios de retail y un poco de turismo por la ciudad, no le ha dado el tiempo más que para ver Lima desde la comodidad del auto FIAT pintando con sus corazones coloridos, grandes, rechonchos, coquetos y nunca uno igual a otro. Lo único que no le ha gustado ha sido tener que firmarlo con indeleble negro. «Han hecho un coche de Agatha Ruiz de la Prada que desgraciadamente me lo he cargado con una firma absurda que yo no quería hacer. No sabes cómo es de bonito el coche, una maravilla. Lo más mono que he hecho en mi vida», afirma.

Sus niveles de estrés de la noche anterior han reducido notablemente. «Es que estaba histérica, ¡Era para estarlo!», dice, levantando ambas manos súbitamente, pero sin perder la compostura. Cuenta no haber visto casi nada de la pasarela, pues entró por una pequeña puerta del backstage a cambiarse el outfit por el que usaría al final de su pasarela y salió de inmediato. Lo mejor, en su opinión, han sido dos cosas: hablar el mismo idioma y que la gente aquí se encuentra siempre dispuesta a ayudar. «Yo estuve contentísima con el Fashion Week. La gente aquí es simpatiquísima y hablar el mismo idioma es vital. Imagínate que el desfile hubiese sido en Croacia. Pues, estarías jodido. En el momento no entiendes a nadie». Para Agatha Ruiz de la Prada, montar un desfile en Perú fue como hacerlo en casa.

Color coraje
Si hay algo que disgusta a la décimo segunda marquesa de Castelldosrius es tener que hacer ropa a medida. Prefiere mil y un veces crear colecciones a escala industrial, masiva, que atender cliente por cliente. Según ella, esto último es motivo de drama total. «Vamos, la gente tiene muchas inseguridades. Yo recuerdo los trajes de novia que hacía cuando empezaba. Manga larga que luego se convierte en corta que luego no sabe cómo la quiere. Eso es de otra época». Habla fuerte y con una seguridad implacable, haciendo pausas entre frase y frase, como para darles mayor peso. Ésa debe haber sido su arma principal a los veintiún años, cuando comenzó a diseñar y a defender su propuesta. Para ella, lo bonito de un concepto fuerte es tener las agallas de ponértelo. «Algunos dicen: ay no tan fuerte, que la cintura así, que esto y el otro. Si no te atreves, no te atreves. Punto».

Su concepto de fuerza va amarrado con la idea del color. A Agatha Ruiz de la Prada no le gusta el color negro. Dice no habérselo puesto nunca. «No me gusta para nada. Se abusa mucho del negro en la moda. La gente considera que lo elegante es llevar negro, pero, ¿cómo va a ser elegante el negro si lo lleva todo el mundo?». Agatha explica que en España, al contrario de aquí, durante todo el siglo XX la gente de los pueblos iba vestida de negro. Era lo más barato y España era un país muy pobre. «Antiguamente, hubo gente que solo tenía un traje en su vida», explica la diseñadora. «Claro, el negro es mucho más barato, pero era una cosa muy sufrida. Tenía que ver con la Inquisición, con la parte tétrica de la religión». Agatha no lo dice, pero fue en parte su condición de aristócrata y estar rodeada de arte y diseño desde pequeña, con diecinueve generaciones de artistas y arquitectos en su árbol genealógico, lo que la mantuvo a salvo del gusto por la oscuridad. «Gracias a Dios yo estaba rodeada de negro en la distancia, pero no en la cercanía».

El imperio
Divertido. Esa es la palabra que sale con mayor frecuencia de sus labios rojos coral, perfectamente delineados. Si no hay diversión, dice, nada tiene sentido. Si no existe la posibilidad de hacer volar la creatividad y aterrizar en nuevos retos, todo se vuelve monótono y repetitivo. Bajo esta consigna, Agatha Ruiz de la Prada recuerda cómo fue que decidió expandir su marca de ropa femenina a todas las líneas de productos que maneja hoy.

«Un día fui a ver una exposición de Javier Mariscal, un artista y diseñador valenciano muy reconocido en España. Él era el mayor de once hermanos y cuando eran pequeños se murieron los padres, así que se tuvieron que espabilar. Javier era el mayor y había cinco o seis que trabajaban con él en el taller que puso. Fueron esos seis hermanos los que armaron esta exposición y me abrieron los ojos. Pensaba: qué divertido este tío que era capaz de hacer un cuadro que costaría 30 mil dólares y un pin que valía medio dólar». Que alguien pudiera jugar a hacer una silla, una cafetera, un póster, una tela, una portada de un disco, le pareció a Ágatha la cosa más divertida del mundo. Diversión. Motivo suficiente para que esta lógica se aplicara también en su línea de perfumería, mueblería, ropa infantil, alfombras, cuadros, porcelanatos, papelería y básicamente todas las variantes de su marca.

Agatha Ruiz de la Prada ha cruzado las piernas de un lado para el otro al menos un par de veces. No puedo evitar notar su falda roja de lunares blancos. Comenta casualmente que la tiene hace veinte años, y que la usó por primera vez para una presentación de Louis Vuitton en París. ¿Alguna vez esta diseñadora, genio de las propuestas irreverentes, ha dudado al momento de presentar un diseño en la pasarela? Al parecer, sí. «Hay veces que tú diseñas un traje y sale fatal, o haces una mierda y sale fantástica. De un error puede salir un traje maravilloso y uno que te parece increíble al final puede no salir tan bien. Es impredecible, nunca sabes qué va a pasar. A veces lo bonito sale de los fallos», explica. Lo que definitivamente no falló en su estadía en Perú fue su pasarela. La más esperada, la más comentada. El espíritu joven y lúdico de Agatha Ruiz de la Prada hizo aplaudir rabiosamente a una audiencia ávida de diseños divertidos en la pasarela del Lima Fashion Week. Con ella, Lima dejó de ser La Gris, aunque sea por una noche.