José A. Cuenco

Hay que quitarle la corbata al vino

Escribe: Joaquín Salas / Foto: Sergio Zúñiga
José A. Cuenco es un amante del vino. Nació en Puerto Rico, pero radica en Perú desde hace más de cinco años. A través de su compañía importadora está rompiendo esquemas en el mercado local. En esta entrevista, rompe algunos mitos sobre esta bebida. Y es que para él, los peruanos debemos perderle el miedo al vino. Solo así el boom de la gastronomía estará acompañado de la copa que se merece
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En su oficina guarda una veintena de libros sobre vino. Hay enciclopedias, un kit de aromas con más treinta pomitos y antiguas notas de cata, con apuntes que sacaron la biografía a vinos a través de los años para ver su evolución. Viene de un país caribeño con amplia cultura enológica y sabe que a los peruanos nos falta mucho por aprender. Además de ser un coleccionista, es un importador que está tiñendo de colores la gris realidad del ámbito nacional. Va por el mundo probando los mejores vinos y abriéndoles la puerta de un país que vive una explosión culinaria. Sibarita, locuaz, apasionado. Aunque ha catado mucho, sabe que esa labor nunca termina. El vino siempre es un cúmulo de sorpresas.

¿Cómo empezó su pasión por el vino?

Soy un sibarita de toda la vida. No lo busqué. Así nací. El vino representa mi búsqueda constante del buen vivir. Tuve tres tíos coleccionistas de vino. Uno amaba los españoles, otro era apasionado de Bordeaux y el último de Borgoña. Eran muy dadivosos. Eso sí aprendí de ellos. Así empecé. A los veinticinco años ya buscaba un Marqués de Cáceres Gran Reserva. Por ese entonces también me interesé por el whisky y conocí a un irlandés que me presentó cosas distintas. Fue mágico eso de romper parámetros, descubrir.

¿En qué momento ese gusto se relacionó con su vida profesional?
Estudié Administración y Marketing en Puerto Rico e ingresé a trabajar en una de las más grandes compañías importadoras-distribuidoras de vino de mi país. Tuve la suerte de coincidir con Serafín Alvarado, el único master sommelier latino en la Court of Master Sommeliers de Estados Unidos. Un tipo bacán, bohemio, que toca la guitarra. Buenísima gente. Él hace que la gente pierda el temor de acercarse al vino. Era el periodo cuando el vino ganó fuerza en Puerto Rico. Fue también cuando participé de eventos y empecé a llevar cursos. Luego ingresé a otra compañía de vinos donde estuve otros siete años. Después vine a Perú [su esposa es peruana], atraído también por el boom de la gastronomía, con la lógica de que el vino acompañaría este fenómeno.

Usted se ha relacionado con el vino de muchas formas. ¿Qué le seduce de todo esto?
De todas las bebidas espirituosas, el vino es la bebida más compleja, capaz de hacerte sentir un abanico de experiencias infinitas, siempre diferentes. Por ejemplo, de niño tuve la suerte de viajar ocho años seguidos a Asturias, en España. Mis familiares vivían en el campo, criaban vacas. Yo me subía a los árboles de cereza, también cogía manzanas, peras, ordeñaba. Cuando pruebo un vino revivo todo eso. Todo lo encuentro allí, en la copa. Es curioso: fui DJ hace años y suelo comparar la música con el placer de catar: me transporta.

¿Cuándo una persona puede decir que ya sabe de vinos?
Uno nunca termina de aprender. Es más, la persona que sabe de vinos siempre va actuar humildemente. Nunca con altanería o esnobismos. La razón es sencilla: hay tantísimo por probar. Si uno se jacta va a quedar como sonso, en verdad. Siempre habrá alguien que sabe más. El conocimiento se alimenta de las experiencias. Robert Parker, Michael Broadbent, Steven Spurrier, los catadores más importantes del mundo no son master sommelier ni enólogos. Más bien, son apasionados.

¿Aprender a catar requiere de una capacidad especial?
Es fácil, no es otra cosa que prestar atención a lo que estás ingiriendo. Si comes para empalagarte o tomas para emborracharte no vas a disfrutar nada. Catar es diferente. No se trata de relamerse sino de vivir la experiencia sensorial. Es como la comida gourmet. Ahí recién viene el verdadero goce, el momento supremo.

Vivimos un boom de la gastronomía. ¿Hay un boom también en la cultura del vino?
No. Es que la oferta tiene que crecer de la mano de la demanda. Hay que integrar el vino al boom. Hay que perderle el miedo. Por eso, cito al publicista peruano Alberto Goachet, «hay que quitarle la corbata al vino». Sin altanería, con inclusión. El vino es para todos, para todo aquel que puede acceder, ciertamente. Hay que llegar al equilibrio. A más conocimiento, más compradores de los buenos. Yo quiero poner los mejores vinos al público conocedor, al que ya le picó el bichito y quiere descubrir. Por eso fundé Vita, una importadora y distribuidora de vinos.

A usted le apasiona lo que hace. ¿Cómo refleja ese afán coleccionista con Vita?
Mis propuestas van desde lo premium hasta lo súper premium, pero no lo clásico. Son vinos frescos, distintos. Traemos ejemplares con más puntos Parker que cualquier otra importadora. Sé que hay marcas clásicas con más de cien años de historia. Está bien. Pero lo que a mí me interesa decir es que en el mundo hay productores que han alcanzado un nivel altísimo. Gozan de una calidad asombrosa, mas no de reconocimiento y difusión.

¿Eso quiere decir que, por el mismo precio, puedo consumir un vino mucho mejor con respecto al que normalmente tengo alcance?
Absolutamente. Ahí está la magia del vino. Yo vengo de un mercado diferente. He visitado todas las bodegas de las que importo. Todas. Solo por el gusto de catar adquiero vinos muy refinados. Lo divertido del vino es que nunca te vas a cansar, hay millones. No hay dos iguales. Si consumes uno de Vita tendrás la seguridad de que ha sido seleccionado no solo por mí, sino también por mi equipo. Vinos chilenos, españoles, franceses, estadounidenses, italianos. Apuesto por romper esquemas. Uno debe buscar cosas nuevas todos los días. No hay que conformarse, el mundo del vino es fascinante. Hay que descubrir lo que nos gusta y perseguirlo.

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