Daniel Estulin

MR conspiración

Escribe: David Hidalgo / Foto: Musuk Nolte
Un agente secreto ruso se retira del espionaje para dedicarse a escribir libros de intriga política. En el camino suceden dos cosas: se hace famoso y descubre que la historia universal es una mentira. Ahora publica un libro donde asegura que Julian Assange, el hacker más famoso del mundo, es víctima de un lavado de cerebro. ¿Puede decirnos la verdad un hombre que no cree ni en su sombra?

Hasta un minuto antes de estrechar su mano, provoca pensar que Daniel Estulin es un hombre con aires de guerra fría, mirada de intriga y las maneras sofisticadas de todo espía que ha sobrevivido a sus enemigos. Su biografía dice que fue agente de la KGB y su libro más conocido –La historia definitiva de El Club Bilderberg– develó una presunta intriga protagonizada por los políticos y millonarios más influyentes del mundo. Pero el hombre detrás de ese apellido encarna algunos fetiches de la cultura pop: el agente secreto que se hace famoso, un infiltrado que disfruta de la vida pública o el eslabón perdido entre los supervillanos de la aristocracia internacional y el hombre de la calle. En consecuencia con semejante estatus, Estulin parece un actor dispuesto a contarte detalles de su papel en una película de espías próxima a estrenarse: se viste como un astro de la lucha libre metido en sets de cine, habla con desenfado y se sienta como alguien entrenado para las cámaras. Se le nota cómodo en esa pose de sicario retirado, alguien que administra secretos para vivir bien sin que eso le cueste la vida. Su primera visita a Lima –como autor invitado a la Feria Internacional del Libro de Lima de este año– es fruto de otro entripado, igual de grande que el anterior: un nuevo libro en el que denuncia la conspiración detrás del caso Wikileaks. Si las cosas son como él las pinta, Julian Assange, el hacker libertario de estos días, es en realidad el caballo de Troya del siglo XXI. El tema no deja de tener cierta ironía. Estulin, como Assange, tiene un pasado de “humo y espejos”, según una frase que le gusta decir. Suele contar que su padre fue “un científico disidente” soviético que debió partir al exilio; de joven vivió a salto de mata en ciudades de las que no hay rastro preciso; y en el libro sobre los Bilderberg (un best seller traducido a más de cincuenta idiomas, de acuerdo a su editorial) agradece a Canadá el haber refugiado a su familia; pero siempre evita detalles, por esto de que la seguridad es el grillete vitalicio para quienes han vivido en las sombras.

¿Cómo fue su vida de agente secreto?

Trabajé algunos años en distintos países de África, donde participé en operaciones de inteligencia contra el comercio de diamantes de sangre. Como es obvio, no puedo revelar detalles, pero fue una experiencia muy intensa. Cuando me retiré, tuve que decidir a qué me iba a dedicar. Y bueno, con el bagaje de información que tenía, pues era inevitable que mi camino terminara en la escritura. Te voy a contar una escena surrealista: una vez estuve en el bar de un pueblo muy lejano, perdido como esos pueblos perdidos de las películas western donde no pasa ni el diablo. En una mesa estaba un grupo de agentes de la CIA (y esto lo sé porque son tan evidentes que uno siempre sabe que son de la CIA). Al poco rato llegó un grupo de terroristas islámicos. De pronto todos estaban en la misma mesa, riéndose, bebiendo y mirando la televisión. ¿Cómo es posible? Pasa todo el tiempo, así se maneja todo, por intereses. Cosas como esa vi muchas.

¿No es extraño que usted revele las cosas que ha revelado sin tener represalias? Digo, los miembros del Club Bilderberg, por ejemplo, no debieron quedar muy contentos cuando usted expuso sus identidades y planes de manejar el mundo.

Puedes ver que no ando con guardaespaldas. Eso tiene que ver con mis libros. Así como hay gente que quiere esconder muchas cosas, hay gente que está cansada de ver lo que pasa y quiere sacarlas a la luz. Por eso me pasan información. Claro que muchos no me tienen simpatía y podrían querer matarme. En este momento podrían poner a un francotirador del otro lado de la calle que me clave una bala aquí mismo, en el ojo. Pero yo he sido un hombre de la comunidad de inteligencia y tengo mis contactos. Nos conocemos, nos cuidamos siempre.

¿Sus ex colegas le avisan si hay algún plan para matarlo?

Pues, sí. Pero no hay nada.

¿Cómo se enteró del Club Bilderberg?

La primera vez que escuché de este grupo fue hacia 1992. Un informante con el que me había citado llegó con una historia que sonaba a cuento: me dijo, entre muchas cosas, que un grupo de empresarios y políticos muy poderosos había decidido que Canadá debía dividirse. Yo pensé de inmediato que el tipo estaba chiflado, loco de remate. Pero luego, con los años, todo lo que predijo sobre el intento de separación de Quebec y muchas otras cosas se cumplieron al pie de la letra. ¡Él me lo había contado mucho antes! Fue la primera prueba de algo que iba a confirmar con varias otras fuentes y documentos confidenciales que revelo en el libro: los grandes acontecimientos de la historia reciente no son fortuitos, ya estaban decididos, bastante antes, por gente con mucho poder.

¿Le molesta cuando el término ‘teorías de conspiración’ ronda a su alrededor?

No me molesta. Pero ya no pasa más. Habría que ser un necio para seguir pensando que todo esto es solo una teoría de conspiración. Muchas cosas se han cumplido, no son especulaciones.